El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) CAPÍTULO 3 Tras los papeles de Julián de Almarza
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CAPÍTULO 3 Tras los papeles de Julián de Almarza

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A la mañana siguiente no pidieron el Segundo Cuaderno.

Sebastián fue el primero en llegar a la sala de consulta y, por primera vez desde que habían entrado en Valvanera, no sintió la necesidad de volver a abrirlo.

La frase de Almarza seguía presente en su memoria:

Ordenar papeles para quien continúe.

Ahora entendía que obedecerla exigía apartarse momentáneamente del propio cuaderno.

No de la investigación.

De la versión que Almarza había dejado escrita en él.

El volumen mostraba aquello que el investigador creyó, corrigió o decidió mantener pendiente.

Los registros del monasterio podían contar otra historia: qué había llegado con el depósito, cuándo se separaron sus partes y en qué momento la unidad intelectual que Almarza había querido conservar dejó de coincidir con la clasificación del archivo.

Sebastián tomó una hoja.

Escribió:

1902 — INGRESO DEL CONJUNTO

Después:

SEPARACIONES POSTERIORES

Y debajo:

LOCALIZAR ANEXOS

Irene entró pocos minutos después.

—Eso está mejor.

Sebastián levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—Que no hayas escrito todavía la conclusión.

—Estoy aprendiendo.

—Despacio.

Mauro llegó con varias reproducciones que el hermano Esteban había localizado durante la tarde anterior.

Fray Julián seguía en San Millán. Habían acordado que permanecería allí revisando referencias del Primer Cuaderno si aparecían nuevas concordancias.

Mauro extendió una ficha.

—Encontraron otra referencia a la reorganización.

Sebastián se acercó.

Era de 1911:

Revisión de papeles de consulta recibidos de particulares. Se separan cartas de cuadernos y extractos.

Irene leyó despacio.

—Ahí tenemos el momento de dispersión.

—Tenemos una dispersión —corrigió Sebastián—. Falta demostrar que corresponde a nuestro conjunto.

Mauro sonrió.

—Eso estuvo bien.

Siguieron la referencia.

El registro general indicaba que seis grupos de papeles habían sido reorganizados aquel año.

Dos tenían apellido.

Uno correspondía a documentación económica.

Otro contenía copias genealógicas.

Los dos restantes aparecían descritos de forma genérica.

Uno decía:

Papeles de estudio relativos a monasterios, libros antiguos y noticias de sus responsables.

Sebastián dejó el lápiz.

A la derecha figuraba una instrucción:

Cuaderno queda en consulta. Cartas pasan a correspondencia. Hojas de extractos se ordenan con copias.

Esta vez nadie habló inmediatamente.

La estructura coincidía demasiado bien con el Paquete C para ignorarla.

El cuaderno.

Las cartas.

Los extractos.

Separados por naturaleza documental.

No había desaparición.

Había una reorganización.

Almarza había concebido aquellas piezas como una unidad de investigación.

El archivista de 1911 las había visto como categorías diferentes.

Un cuaderno debía permanecer con manuscritos.

Una carta pertenecía a correspondencia.

Los extractos podían terminar entre copias históricas.

La lógica archivística había roto la unidad intelectual sin destruir los documentos.

Mauro dijo:

—Si es nuestro conjunto, nueve años después de llegar ya dejó de existir como paquete.

Sebastián asintió.

—Y eso explica por qué seguir buscando “Paquete C” no servía.

Irene intervino.

—También explica por qué todavía tenemos que encontrar las piezas.

No bastaba con reconstruir el acto administrativo.

Necesitaban demostrar qué había sobrevivido.

Siguieron el camino de los extractos.

En 1926 apareció:

Copias y noticias históricas de procedencia diversa.

Una ficha subordinada decía:

Extractos de inventarios antiguos. Relaciones de entrega. Nombres de depositarios. Procedencia: cuaderno separado de papeles de consulta.

Debajo:

Algunas hojas llevan iniciales J. A.

Sebastián levantó la mirada.

—Julián de Almarza.

Irene no lo contradijo de inmediato.

—Probablemente.

Sebastián respiró.

Mauro intervino:

—Contenido compatible. Procedencia compatible. Fecha compatible. Y tenemos un cuaderno identificado.

—Por eso la asociación es fuerte —respondió Irene—. No necesitamos convertir dos iniciales en una prueba aislada.

Fray Julián habría dicho lo mismo.

Sebastián lo sabía.

La ficha contenía además:

Véase correspondencia asociada. Antigua caja C-19.

La caja ya no existía bajo esa signatura.

Siguieron las equivalencias.

C-19 pasó a C-31.

C-31 fue dividida en 1956.

Una parte terminó ordenada cronológicamente.

Otra por institución.

Un pequeño grupo de cartas sin identificación suficiente quedó bajo una descripción casi inútil:

Correspondencia erudita. Finales del siglo XIX. Remitentes diversos.

Mauro observó.

—Tenemos trabajo.

Sebastián lo corrigió.

—Tenemos una posibilidad.

Irene sonrió.

—Definitivamente está aprendiendo.

Antes de solicitar aquellas cartas apareció algo más importante.

En el reverso de la ficha de 1926 alguien había escrito:

Las hojas no deben separarse del cuaderno según indicación antigua, pero ya se hallan distribuidas.

Sebastián sintió una tensión inmediata.

Aquella frase conectaba directamente con la instrucción de Almarza conocida desde el Primer Cuaderno:

El de procedencias deberá acompañarse de las hojas marcadas.

Y con la descripción del envío de 1902:

cuaderno de procedencias, hojas de relación, extractos de inventarios y carta cerrada.

Irene volvió a examinar la ficha.

—Ahora sabemos que alguien dentro del archivo advirtió que la separación administrativa contradijo una instrucción anterior.

Mauro preguntó:

—¿Cuándo?

—La ficha es de 1926. La anotación puede ser posterior. Primero localicemos las hojas.

Sebastián asintió.

—Y después la carta.

—Primero las hojas —insistió Irene—. Sabemos cómo fueron descritas. La carta puede estar bajo el nombre de alguien que todavía no conocemos.

Por primera vez desde que habían encontrado el Segundo Cuaderno, la investigación dejó de perseguir a Almarza como persona.

Empezaba a seguir las huellas que su método había dejado dentro de la organización del archivo.

Las hojas aparecieron en más de una localización.

El primer grupo contenía siete extractos manuscritos incorporados a una carpeta de copias históricas.

Dos tenían las iniciales J. A.

Otro presentaba, en la misma mano que Sebastián conocía del Primer Cuaderno:

Pasado a II.

Irene comparó la grafía con las reproducciones.

La correspondencia era muy fuerte.

Sebastián leyó el contenido.

Era un extracto de inventario:

un libro grande de pergamino, sin comienzo entero, guardado con otros papeles.

Debajo, Almarza había añadido:

No confundir con otra relación de igual descripción. Falta responsable.

Mauro apoyó los brazos sobre la mesa.

—Hasta cuando copiaba un inventario se dejaba una advertencia.

Sebastián observó la hoja.

No era únicamente una coincidencia temática.

Tenían la mano.

El método.

La referencia al Segundo Cuaderno.

Y una procedencia archivística compatible.

Era una pieza desprendida del conjunto.

El segundo grupo apareció entre materiales reorganizados en 1956.

Cuatro hojas.

La primera numerada.

48.

La siguiente:

49.

Sebastián no se movió.

Habían esperado demasiado tiempo para apresurarse justo entonces.

Irene examinó ambas.

El papel era compatible con las hojas móviles utilizadas en el Primer Cuaderno.

La numeración coincidía en posición y forma.

Las marcas de plegado eran coherentes con documentos insertados, no con folios arrancados de una costura.

Eso importaba.

Las hojas 48 y 49 nunca habían formado parte de la encuadernación del Primer Cuaderno como folios cosidos.

Habían sido materiales móviles.

Después Almarza escribió:

48–49 a II.

Y en 1902 ambas acompañaron el depósito enviado a Valvanera.

Irene tardó unos segundos antes de hablar.

—Podemos identificarlas.

Sebastián la miró.

—¿Sin “probablemente”?

—Sin “probablemente”.

La frase tuvo más peso que cualquier entusiasmo.

Las hojas perdidas habían reaparecido.

No escondidas.

No arrancadas.

Reclasificadas.