El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 3
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La señal más clara de que Almarza había asumido que quizá no terminaría su trabajo apareció cerca del final de una serie fechada en 1894.

No era una despedida.

Tampoco una declaración solemne.

Estaba escrita entre referencias ordinarias:

Si no pudiera comprobar personalmente las noticias pendientes, dejar separadas las seguras de las recibidas por copia.

La frase continuaba:

No permitir que la imposibilidad de cotejo convierta en cierta una relación que solo considero probable.

Nadie comentó inmediatamente.

No hacía falta.

Almarza no había relajado su método al comprender que le faltaba tiempo.

Había hecho lo contrario.

Intentaba proteger a quien continuara de sus propias hipótesis.

Debajo había dos signos.

Uno acompañaba varias entradas verificadas.

El otro aparecía junto a noticias parciales y referencias que él mismo declaraba pendientes.

Sebastián reconoció algo parecido del Primer Cuaderno.

—Esto puede servir para distinguir niveles.

Irene asintió.

—Si el uso es constante.

Comprobaron doce casos.

El primer signo aparecía junto a relaciones sostenidas por más de una fuente o por un documento que Almarza consideraba suficiente.

El segundo marcaba recuerdos familiares, copias no cotejadas o datos todavía abiertos.

No había código secreto.

Solo una convención de trabajo.

Mauro pidió revisar las últimas páginas.

Irene aceptó.

No para saltar directamente hacia la carta anunciada.

Querían entender cómo terminaba la investigación.

Las páginas finales tenían menos escritura.

Había espacios amplios.

Algunas hojas contenían únicamente una anotación.

No porque Almarza hubiera llegado a una conclusión.

Porque las respuestas habían dejado de llegar.

Una página llevaba el encabezado:

Pendientes de comprobación.

La primera entrada estaba tachada:

Resuelto. No corresponde.

Otra decía:

Confirmado por copia independiente.

Después:

Esperar respuesta.

Más abajo:

No localizada.

Y finalmente:

Viaje necesario.

Las últimas tres no tenían resolución.

Sebastián sintió una tristeza inesperada.

No había un gran fracaso.

Había tareas pendientes.

Una página posterior decía:

No he podido realizar el viaje.

Fecha:

junio de 1894.

Nada más.

Irene observó la escritura sin intentar explicar el estado físico de quien la había trazado.

El documento ya decía suficiente.

Sebastián avanzó.

Apareció la referencia que habían visto al final de la jornada anterior:

Carta recibida. Véase adelante.

Dos folios después había una hoja insertada.

No era la carta original.

Era una transcripción parcial hecha por Almarza.

En la parte superior:

Extracto. No he visto original.

La advertencia precedía al contenido.

Sebastián empezó a leer:

En relación antigua se recuerda que del volumen se tomaron nombres de quienes lo tuvieron en guarda, y que esos nombres fueron asentados también en papeles separados para evitar su pérdida.

Mauro permaneció inmóvil.

Irene también.

La idea estaba cada vez más cerca de convertirse en uno de los ejes centrales de la investigación.

Pero la propia nota de Almarza obligaba a contenerse.

No he visto original.

No era prueba directa.

La transcripción continuaba:

Las noticias copiadas no siguen todas al volumen, pues algunas quedaron en los lugares donde fueron tomadas.

Sebastián apoyó la mano sobre la mesa.

—Otra vez.

Irene asintió.

La información podía separarse del objeto.

Una copia podía quedarse atrás.

Otra viajar por una vía distinta.

Si después alguien intentaba reconstruir la ruta del libro utilizando indiscriminadamente todas esas copias, obtendría un itinerario imposible.

Mauro preguntó:

—¿De dónde viene?

Almarza solo había escrito:

Copia recibida por mediación de R. M.

Fecha:

1893.

—¿Quién es R. M.? —preguntó Mauro.

—No sabemos.

—¿Lugar?

—No figura.

—¿Original?

—Tampoco.

Mauro se recostó.

—Otra investigación.

Sebastián iba a contestar cuando vio la línea siguiente:

Original, según informante, en archivo particular.

Irene frunció el ceño.

Aquello complicaba cualquier intento de verificación.

No sabían si se trataba de una familia, de una colección de otro tipo o siquiera de un archivo riojano.

Almarza había escrito:

No incorporar hasta verificar procedencia del extracto.

La noticia no había superado su filtro.

Meses después apareció otra anotación:

Segunda noticia independiente menciona copias de nombres y entregas.

Sebastián sintió que el peso documental cambiaba.

Una única noticia podía ser error o deformación.

Una segunda fuente independiente podía indicar que existía una práctica real.

Pero Almarza había añadido:

No coincide en todos los nombres.

Irene señaló.

—Eso no necesariamente debilita la independencia.

Mauro la miró.

—¿Que sean diferentes puede ser bueno?

—Puede indicar que una no copia directamente a la otra. También puede significar que alguna está equivocada. Hay que ver dónde divergen.

Almarza había hecho exactamente eso.

En la página siguiente colocó ambas relaciones en paralelo.

No transcribió todo.

Solo los puntos comparables.

Tres nombres se repetían.

Otros aparecían únicamente en una de las fuentes.

Un apellido tenía una grafía diferente.

Junto a uno de los nombres comunes había escrito:

Figura también en inventario de Nájera.

Sebastián se quedó quieto.

Había un tercer testimonio.

No podían demostrar todavía que los tres fueran completamente independientes entre sí.

Pero la convergencia era significativa.

Mauro dijo:

—Estaba triangulando.

—Sí.

Una noticia particular.

Otra relación.

Un inventario.

Almarza no necesitaba que los textos fueran idénticos.

Buscaba coincidencias que aparecieran en tradiciones documentales diferentes.

Su conclusión era medida:

Es probable que varias relaciones deriven, directa o indirectamente, de una información más amplia que estuvo reunida en otro documento.

Sebastián volvió a leer.

No decía Códice.

Ni siquiera volumen.

Decía:

otro documento.

Almarza había inferido una fuente más amplia a partir de la distribución parcial de información.

Un añadido posterior decía:

Puede ser el volumen incompleto si se demuestra que contenía estas relaciones.

Ahí estaba la posible unión.

Condicionada.

Todavía abierta.

Irene miró a Sebastián.

—Ya había entendido la posibilidad.

—Sí.

—Pero no la había demostrado.

—No.

Esta vez respondió sin reserva.

Las últimas páginas cambiaban de tono.

No contenían conclusiones.

Eran instrucciones.

Buscar original de la relación particular.

Comprobar segunda noticia en su archivo.

Ver si el nombre repetido corresponde a la misma persona o a descendiente.

Después:

No unir las copias al volumen sin noticia material.

Y finalmente:

Seguir por procedencias, no por semejanza de palabras.

Sebastián permaneció en silencio.

La frase cerraba un recorrido intelectual.

Almarza había comenzado estudiando palabras.

Terminaba recomendando seguir procedencias.

No porque hubiera abandonado el interés por la lengua.

Había comprendido que las palabras no podían decir por sí mismas dónde había estado el volumen que las investigaciones intentaban relacionar con ellas.

En la parte inferior aparecía una última anotación:

La investigación queda interrumpida.

Debajo:

Ordenar papeles para quien continúe.

Nadie habló durante unos segundos.

Fray Julián, todavía conectado desde San Millán, fue quien rompió el silencio.

—Sabía que no iba a terminar.

Sebastián observó la página.

—Sí.

—Y por eso separó lo seguro de lo pendiente.

—Sí.

—No dejó una solución.

Sebastián levantó la mirada.

—Dejó una forma de continuar.

Eso era más valioso.

Irene cerró despacio el cuaderno.

La identificación estaba consolidada.

La cadena archivística también.

Pero aún faltaban los anexos.

Las hojas 48 y 49 permanecían separadas.

La carta de instrucciones no había aparecido.

Los extractos asociados al Paquete C podían haberse dispersado en otras series.

Todavía existía mucho que reconstruir antes de utilizar las noticias posteriores del Cuaderno como continuidad del volumen.

Mauro guardó sus notas.

—Entonces seguimos con los papeles asociados.

—Sí —dijo Sebastián.

—No con la carta que apunta más lejos.

—Todavía no.

Irene lo miró.

—Eso fue casi prudente.

—Estoy aprendiendo.

Antes de marcharse, Sebastián volvió a mirar la última página:

La investigación queda interrumpida.

Durante décadas, la frase había descrito exactamente lo ocurrido.

Almarza no completó todos los cotejos.

No localizó el original de algunas relaciones.

No pudo realizar al menos uno de los viajes que consideraba necesario.

Y en ninguna parte afirmaba haber encontrado físicamente el Códice de San Millán.

Eso debía permanecer claro.

Su cercanía al problema no consistía en haber tenido el volumen delante.

Consistía en comprender qué pruebas eran necesarias para seguirlo correctamente.

La caja volvió a cerrarse.

En el corredor, Irene caminó junto a Sebastián.

—Hay algo que no quiero que olvidemos.

—Lo de no convertir las procedencias en una ruta pública.

—También.

—¿Qué más?

Irene tardó unos segundos.

—Almarza dejó instrucciones para que alguien continuara. Eso no significa que quisiera que cualquiera continuara de cualquier manera.

Sebastián la miró.

La frase lo acompañó hasta la salida.

Porque comprendió que el problema que acababan de abrir ya no era únicamente histórico.

El Segundo Cuaderno podía conducirlos hacia documentos olvidados y archivos poco estudiados.

Tal vez, con el tiempo, también hacia el propio Códice.

Pero desde ese momento quedaban separadas dos preguntas que antes parecían una sola.

Encontrar algo.

Y decidir qué hacer con lo encontrado.