BLOQUE 2
El primer indicio capaz de fechar una de aquellas interrupciones aparecía varios folios más adelante.
Carta solicitada nuevamente, febrero de 1893.
Debajo:
Sin respuesta.
Meses después:
Reiterado.
No aparecía nada más hasta 1894.
La tinta cambiaba ligeramente.
También el trazo.
Irene pidió detenerse.
—Compará la escritura.
Sebastián observó.
Seguía siendo la misma mano, pero la ejecución parecía menos regular.
—Más lenta.
—Puede parecerlo.
—¿Por enfermedad?
Irene negó.
—No hagamos medicina paleográfica.
Mauro se rio.
—Esa la tenés que anotar.
Irene continuó.
—Puede ser la pluma, la postura, el papel o el cansancio. Sabemos por otras fuentes que su salud empeoró, pero eso no nos permite diagnosticar una línea.
El texto sí decía algo concreto:
No he podido viajar.
Eso bastaba.
La frase estaba vinculada con una abreviatura archivística todavía no resuelta.
Debajo:
Pedir copia completa si fuese posible.
Mauro dijo:
—Entonces necesitaba verificar algo en otro archivo.
Sebastián asintió.
—Eso sí.
No sabían todavía dónde estaba.
En otra hoja aparecía:
Recibida copia parcial.
Y después:
Falta final.
Almarza había comparado aquella copia con una relación anterior.
Marcó varias coincidencias, pero no cerró la identificación.
Su conclusión:
No basta.
Sebastián sintió la vieja frustración.
—¿Qué le faltaba?
La respuesta estaba en el margen:
Falta demostrar continuidad entre ambas noticias.
Dos documentos podían describir un volumen semejante.
Incluso podían compartir nombres.
Sin un enlace documental entre ambos, seguían siendo segmentos independientes.
Irene encontró entonces una hoja doblada dentro del cuaderno.
No parecía formar parte de la encuadernación.
Examinó los bordes antes de desplegarla.
—Insertada durante el uso.
—¿Por Almarza?
—Probablemente estuvo acá mientras él trabajaba. Veamos primero.
La hoja contenía una copia manuscrita de una carta.
La letra principal pertenecía a otra persona.
Almarza había añadido observaciones marginales.
Fecha:
1893.
El remitente hablaba de una relación antigua que mencionaba:
un volumen de pergamino, defectuoso al principio, del cual se habían sacado ciertas noticias para conservar memoria de las entregas.
Sebastián volvió a leer.
Mauro se acercó.
—“Se habían sacado ciertas noticias”.
—Sí.
La frase podía significar copia de información.
Todavía no sabían cuál.
La carta continuaba:
No consta que el volumen fuese dividido ni deshecho para ello.
Irene levantó la mirada.
Aquello era importante.
Pero no definitivo.
La identidad del volumen mencionado todavía debía demostrarse.
Más abajo:
La relación habla de apuntes separados, tomados de algunos de sus asientos.
Ahora el sentido era más preciso.
Alguien había copiado información vinculada con el volumen.
No necesariamente páginas del objeto.
Podían ser nombres o referencias de entrega.
También asientos administrativos.
Almarza había escrito al margen:
Importante si se confirma identidad.
Otra vez la condición.
No había convertido automáticamente aquel volumen en el mismo que investigaba.
Sebastián respiró despacio.
—Esto puede explicar por qué aparecen relaciones parecidas en lugares donde el libro quizá nunca estuvo.
Irene asintió.
—Puede.
—Y por qué determinados nombres sobreviven en varias copias.
—Puede.
Mauro miró a ambos.
—¿Van a decir “puede” durante todo el día?
—Hasta que podamos decir otra cosa —respondió Sebastián.
La segunda parte de la carta mencionaba una relación parcial vista años antes por un investigador local.
No aparecía el nombre completo.
Solo iniciales.
Almarza escribió:
Buscar.
No había resolución posterior.
Otra línea abierta.
Otra investigación sin cerrar.
Sebastián empezó a comprender que la distancia entre Almarza y el Códice no podía medirse solamente en kilómetros.
Había llegado muy cerca del problema.
Sabía qué clase de evidencias necesitaba.
Había comprendido que la información del volumen podía separarse del propio objeto.
También había reconstruido funciones distintas entre custodios, transportistas y quienes únicamente copiaban o certificaban.
Lo que no tenía era una continuidad completa capaz de conducirlo hasta una localización material.
Había entendido la estructura.
No había resuelto todavía el itinerario.
Más adelante apareció una tabla.
No contenía una cadena lineal.
Almarza había distribuido los nombres según función:
Vieron o copiaron
Recibieron
Entregaron
Solo mencionados
Mauro se inclinó.
—Esto es buenísimo.
Sebastián asintió.
Un nombre no entraba automáticamente en la historia física del volumen.
Alguien podía copiar una relación sin tocar el libro.
Otro podía recibirlo.
Un tercero aparecía únicamente citado por una fuente posterior.
Irene señaló un apellido tachado en la columna de Recibieron.
Almarza lo había trasladado a Solo mencionados.
En el margen:
No vio el libro. Conservó copia de la relación.
Sebastián pensó de nuevo en Fernando de Velasco.
No era el mismo hombre.
La lógica documental era idéntica.
Una persona podía parecer custodio si se leía mal la fuente.
Al lado de otro nombre había un signo de interrogación entre dos columnas.
La anotación decía:
No decidir.
Sebastián permaneció un momento sobre esas palabras.
Dos palabras bastaban para resumir buena parte del método de Almarza.
No decidir antes de tiempo.
La tabla terminaba con un apartado separado:
Noticias posteriores.
Había tres entradas.
Una tenía fecha.
Otra incluía una abreviatura de lugar.
La última remitía únicamente a una carta.
Al lado:
No incorporadas.
Mauro preguntó:
—¿Porque no pudo verificarlas?
Sebastián buscó la explicación.
Debajo:
Falta cotejo directo. No puedo viajar.
La interrupción empezaba a adquirir una forma precisa.
No se trataba únicamente de que Almarza hubiera muerto antes de terminar.
Había llegado a un punto en que ya no necesitaba producir más hipótesis.
Necesitaba acceder a los documentos.
Fray Julián, conectado con ellos desde San Millán, escuchó la descripción por teléfono.
Después de unos segundos dijo:
—Quizá por eso estuvo tan cerca.
Sebastián preguntó:
—¿En qué sentido?
—Había llegado al límite de lo que podía hacer por correspondencia. Después necesitaba cotejos directos.
Era cierto.
Viajar.
Ver originales.
Comparar copias.
Revisar inventarios en sus archivos de procedencia.
La enfermedad y las limitaciones materiales de su época empezaban a cerrarle esas posibilidades justo cuando más las necesitaba.
Sebastián sintió una incomodidad extraña.
Él disponía de herramientas que Almarza jamás había tenido.
Podían obtener reproducciones de alta resolución en horas.
Consultar catálogos a distancia.
Comparar documentos conservados en instituciones alejadas sin esperar meses una respuesta.
Podían reunir en una misma mesa digital testimonios que para Almarza habían estado separados por jornadas de viaje.
Almarza había trabajado escribiendo cartas.
Esperando.
A veces recibía un extracto.
En otras ocasiones una copia parcial.
Muchas preguntas simplemente quedaban sin respuesta.
No había fallado por falta de método.
Había chocado con las condiciones de su tiempo.
Irene lo observó.
—No empieces a pensar que somos mejores porque tenemos mejores herramientas.
Sebastián la miró.
—No pensaba eso.
—Pensabas que podemos hacer lo que él no pudo.
—Eso sí.
—No es lo mismo.
Sebastián asintió.
Más acceso no significaba mejor criterio.
El propio Cuaderno lo demostraba.
Mauro volvió a la tabla.
—¿Seguimos esas tres noticias?
Sebastián estuvo a punto de responder que sí.
Irene se adelantó.
—Primero las describimos.
—Eso también es seguirlas.
—No. Seguirlas es empezar a construir rutas. Describirlas es saber qué dicen realmente.
Mauro miró a Sebastián.
—Este tomo se te va a hacer largo.
Sebastián sonrió.
Irene no.
—Hablo en serio. Si el Cuaderno menciona archivos pequeños o colecciones privadas, no podemos transformar cada referencia en una guía pública sin entender qué estamos señalando.
Sebastián permaneció en silencio.
El problema no era ocultar conocimiento histórico.
Habían visto recientemente cómo una procedencia ambigua podía convertirse en mercancía.
Un archivo poco catalogado podía atraer a personas interesadas no en investigarlo, sino en apropiarse de aquello que allí pudiera aparecer.
—Todavía no vamos a publicar nada —dijo.
—Lo sé.
—Entonces tenemos margen.
—Sí. Pero quiero que esta pregunta exista desde ahora.
Mauro observó a Irene.
—¿Querés frenar la investigación?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Quiero que distingamos encontrar una procedencia de hacerla circular sin contexto.
Sebastián no respondió.
Pero guardó la frase.