CAPÍTULO 2 Señales de una investigación interrumpida
BLOQUE 1
El Segundo Cuaderno permaneció toda la noche dentro de su caja de conservación.
Nadie volvió a abrirlo.
Irene había sido terminante.
Encontrar un volumen cuya escritura coincidía con la mano principal del Primer Cuaderno, cuyas referencias internas remitían a folios conocidos y cuyo contenido reproducía exactamente el método de Julián de Almarza no autorizaba a saltarse la historia material del objeto.
La identificación era ya muy fuerte.
La procedencia archivística todavía necesitaba cerrarse por completo.
Sebastián lo sabía.
Y aun así había dormido poco.
A primera hora estaba revisando las fotografías tomadas el día anterior. No buscaba las páginas posteriores a Villayuda ni la carta mencionada hacia el final del cuaderno. Irene había interrumpido deliberadamente esa lectura.
Antes de avanzar necesitaban entender cómo había sido construido aquel objeto.
Un cuaderno de trabajo no era un libro redactado de principio a fin.
Podía contener una conclusión tardía en una página utilizada años antes. Una corrección de 1893 podía aparecer junto a una nota iniciada en 1887. Algunas hojas podían incorporarse después. Otras quizá hubieran sido retiradas para devolverlas a quienes las habían prestado.
Si ignoraban esas capas, podían fabricar una cronología que Almarza nunca había escrito.
Cuando Irene entró en la sala, Sebastián ya tenía sobre la mesa varias reproducciones del Primer Cuaderno.
—¿Hace cuánto estás acá?
—Poco.
—Eso significa demasiado.
Sebastián no respondió.
Irene observó las hojas.
—¿Qué buscás?
—Correspondencias de estructura.
—Sin tocar el original.
—Por eso estoy usando las fotografías.
—Bien.
La aprobación le produjo una satisfacción que prefirió no comentar.
Mauro llegó poco después con una carpeta. El hermano Esteban lo acompañaba.
Fray Julián seguía en San Millán, preparado para comprobar cualquier referencia cruzada que apareciera con el Primer Cuaderno.
Mauro dejó la carpeta sobre la mesa.
—Tengo algo que te va a gustar menos que encontrar un cuaderno.
Sebastián levantó la vista.
—Entonces probablemente sea importante.
—La equivalencia de D.A.-12 cierra buena parte del recorrido archivístico, pero todavía quiero revisar un salto.
Irene se sentó.
—¿Cuál?
Mauro abrió una reproducción.
El registro reconstruido el día anterior establecía:
D.A.-12 → Dep. 12 → manuscritos de estudiosos.
También constaba que las hojas sueltas del depósito habían pasado a otra serie.
Pero entre el ingreso de 1902 y aquella clasificación posterior todavía había una descripción intermedia:
Cuaderno antiguo de procedencias documentales. Procedente de materiales de consulta ingresados a comienzos de siglo.
No decía Almarza.
No mencionaba las hojas 48 y 49.
Tampoco la carta cerrada.
Sebastián entendió.
—Querés demostrar que este cuaderno es el mismo objeto recibido en el Paquete C, no simplemente otro cuaderno de Almarza.
—Exactamente.
Irene tomó la copia.
—Eso sigue siendo necesario.
La relación interna entre ambos cuadernos estaba demostrada por la referencia al folio 39.
Pero la procedencia material del volumen exigía otra clase de continuidad.
El cuaderno podía ser auténtico y pertenecer a Almarza sin haber formado parte del envío de 1902.
Era improbable.
No imposible.
Sebastián preguntó:
—¿Qué puede cerrarlo?
Mauro respondió:
—La historia de los anexos.
El Paquete C había llegado con hojas separadas, extractos y una carta de instrucciones.
Si una reorganización posterior mencionaba que esos materiales habían acompañado al mismo cuaderno antes de ser separados administrativamente, la identidad archivística quedaría mucho más firme.
El hermano Esteban había encontrado una ficha de movimientos.
La colocó sobre la mesa.
Dep. 12. Cuaderno manuscrito con hojas anexas y papeles de relación. Se separan los materiales sueltos por clasificación, manteniéndose referencia común al ingreso antiguo.
Irene leyó dos veces.
—¿Fecha?
—1957.
—¿Hay alguna referencia anterior?
—Una.
Otra ficha, de 1948:
Conjunto procedente de depósito antiguo. Cuaderno de investigador y papeles asociados. No incorporar como fondo propio.
Sebastián sintió que el recorrido encajaba.
No por una palabra aislada.
Por la persistencia de la misma condición jurídica y material.
Depósito antiguo.
Cuaderno de investigador.
Papeles asociados.
Después separación administrativa.
El hermano Esteban añadió:
—Y encontré esto al reverso.
Había una anotación a lápiz:
Ingreso original con dos hojas numeradas y carta.
Mauro miró a Sebastián.
Esta vez no dijo nada.
Sebastián tampoco necesitó corregirlo.
Irene fue quien habló.
—Eso sí cierra mucho.
La descripción coincidía con la recepción de 1902.
Dos hojas numeradas.
Una carta.
No era una característica genérica.
Sebastián escribió:
CADENA ARCHIVÍSTICA DEL SEGUNDO CUADERNO — SUFICIENTEMENTE DEMOSTRADA.
Debajo:
1902 ingreso en depósito → conjunto de consulta → Dep. 12 / D.A.-12 → separación administrativa de anexos → cuaderno a manuscritos de estudiosos.
Mauro señaló.
—¿Ahora podemos abrirlo?
Irene sonrió.
—Ahora podemos estudiarlo.
El volumen volvió a la mesa.
Irene comenzó por la cubierta.
No buscaba marcas llamativas.
Buscaba uso.
El cartón estaba recubierto por un papel oscuro, más parduzco que negro. El lomo había sido reparado en algún momento y la presión de la costura no era uniforme.
—No es el mismo material del Primer Cuaderno —dijo.
Sebastián observó.
—No necesita serlo.
—Precisamente. Quiero dejarlo dicho antes de que alguien imagine que Almarza encargó dos ejemplares idénticos.
Pasó a los cantos.
Algunas hojas tenían desgaste visible.
Otras casi no mostraban señales de manipulación.
—No se usó de manera uniforme.
Mauro preguntó:
—¿Por Almarza?
—Por alguien. No puedo decir quién solo mirando desgaste.
Había además diferencias entre grupos de papel.
No suficientes para hablar de varios cuadernos independientes, pero sí compatibles con un objeto que hubiera crecido durante años.
—Puede haber empezado con un núcleo —explicó Irene— y recibido hojas después.
Sebastián recordó cómo trabajaba Almarza en el Primer Cuaderno.
Recibía una relación.
La insertaba temporalmente.
Extraía datos.
Corregía.
Devolvía lo ajeno.
La estructura material era parte de su método.
Volvieron a la primera página escrita.
Continuación de las relaciones que no deben mezclarse con el cuaderno de voces.
Irene observó la tinta.
—Esto parece ligeramente distinto de las líneas siguientes.
Sebastián se acercó.
—¿Añadido después?
—Es posible. No puedo fecharlo con precisión, pero la frase de apertura pudo incorporarse cuando el cuaderno ya llevaba algún tiempo en uso.
La idea tenía sentido.
Almarza quizá no había concebido desde el comienzo dos cuadernos perfectamente separados.
Había empezado estudiando formas escritas.
Después comprendió que necesitaba reconstruir procedencias.
La separación metodológica pudo consolidarse gradualmente.
Sebastián anotó:
LA DIVISIÓN ENTRE CUADERNOS PUDO FORMALIZARSE DURANTE LA INVESTIGACIÓN.
Los primeros folios confirmaban que no existía una cronología lineal.
Algunas entradas llevaban fecha.
Otras remitían a correspondencia.
Varias compartían una palabra que se repetía de manera insistente:
Comprobar.
No era una consigna retórica.
Era una operación.
Comprobar entrega.
Comprobar si corresponde al mismo hombre.
Comprobar generación.
Comprobar señal.
Comprobar si la copia pertenece a este volumen.
Mauro observó.
—No confiaba demasiado.
Sebastián negó.
—No aceptaba una relación solo porque encajara.
El hermano Esteban sonrió.
—Eso suele alargar las investigaciones.
—Y evita otras.
Una entrada de 1886 mostraba un nombre tachado.
Al margen:
No corresponde. Hijo del anterior.
Sebastián comparó la anotación con una de las cartas que habían localizado durante la investigación anterior.
Era una de las correcciones conocidas.
La rectificación epistolar había quedado incorporada físicamente al Segundo Cuaderno.
Otra concordancia independiente.
Más adelante encontraron una modificación todavía más reveladora.
Almarza había escrito originalmente:
Poseedor.
Después tachó la palabra y la sustituyó por:
Responsable de guarda.
Debajo:
No consta transmisión.
Sebastián permaneció observando.
Aquella diferencia había organizado buena parte de su propia investigación.
Custodia no era propiedad.
Almarza no había nacido sabiendo eso.
Lo había aprendido corrigiéndose.
Irene dijo:
—Esto me interesa más que si hubiera acertado desde el principio.
—¿Por qué?
—Porque muestra evolución de criterio.
Una investigación sin errores, sin hipótesis retiradas y sin cambios de interpretación habría resultado mucho menos creíble.
Las tachaduras demostraban trabajo.
En otro folio varias líneas estaban atravesadas por una diagonal.
No era un descarte total.
En el margen:
Separar. Corresponde a copia, no al volumen.
Sebastián sintió inmediatamente la importancia de la frase.
Irene lo anticipó.
—No sabemos qué copia.
—No.
—Ni qué relación tenía con el volumen.
—No.
—Entonces seguimos.
Mauro se rió.
—Ya pueden hacer esto sin discutir.
La página siguiente era más clara:
La noticia permanece aquí aunque el libro no.
Debajo:
No seguir la copia como si fuera el volumen.
Sebastián se quedó inmóvil.
Aquella distinción iba mucho más allá de un detalle archivístico.
Un documento podía hablar de un libro sin haber viajado con él.
Una copia de una entrega podía terminar en un monasterio donde el volumen jamás había estado.
Si un investigador posterior confundía la geografía del documento con la geografía del objeto, podía construir una ruta falsa.
Mauro lo expresó con sencillez:
—Entonces alguien podía tener noticia del libro sin haberlo tenido nunca.
—Exactamente.
—Como Fernando de Velasco.
Sebastián asintió.
Fernando había conservado o certificado información relacionada con una entrega sin convertirse por eso en custodio físico del Códice.
La misma lógica aparecía ahora ampliada.
Un individuo podía formar parte de la historia documental de un objeto sin participar de su recorrido material.
El hermano Esteban observó:
—Almarza estaba separando memoria y tránsito.
Sebastián escribió:
MEMORIA
TRÁNSITO
El Segundo Cuaderno contenía ambas.
Confundirlas podía destruir toda la reconstrucción.
Durante las siguientes horas apenas avanzaron por las primeras páginas.
La impaciencia de Sebastián fue desapareciendo.
El cuaderno no era una respuesta preparada para ellos.
Era un registro de decisiones.
En cada tachadura podían ver el momento en que Almarza retiraba una conclusión que había dejado de sostenerse.
Y cuanto más avanzaban, más visibles se volvían las interrupciones.
Espacios reservados.
Referencias a cartas que todavía no habían llegado.
Una fecha seguida de:
Esperar.
Más adelante:
Respuesta pendiente.
Y después:
No cerrar esta relación.
Una página conservaba media hoja vacía bajo el encabezado:
Continuación después de la entrega de…
El nombre figuraba.
La continuación no.
Almarza había esperado volver.
Nunca completó aquel espacio.
Junto al vacío había un signo que Sebastián conocía del Primer Cuaderno.
Dos puntos pequeños y una raya oblicua.
—Pendiente de cotejo.
Irene asintió.
En el otro volumen habían determinado que ese signo acompañaba datos que Almarza todavía no quería incorporar como seguros.
Aquí marcaba una continuación que permaneció abierta mientras él trabajaba.
La interrupción no había sido producida por una pérdida posterior.
Estaba dentro de la investigación original.