BLOQUE 2
La identificación no se cerró con el nombre de Almarza.
Se cerró con una referencia interna.
Apareció once páginas después.
Sebastián avanzaba con lentitud, registrando cada folio antes de interpretar el contenido. Algunas entradas estaban tachadas. Otras conservaban correcciones hechas con tintas diferentes.
No parecía un texto preparado para publicación.
Era trabajo en curso.
En un margen encontraron:
Véase cuaderno de voces, f. 39.
Sebastián se quedó inmóvil.
Conocían el folio.
En el Primer Cuaderno, el folio 39 contenía una revisión de noticias procedentes de Nájera sobre el libro incompleto.
Irene pidió la reproducción.
Leyeron ambos documentos en paralelo.
Primer Cuaderno:
Revisar descripción de Nájera. No identificar mientras falte responsable.
Segundo:
Véase cuaderno de voces, f. 39. Responsable posteriormente comprobado en relación separada.
Ya no había duda razonable sobre la relación entre ambos volúmenes.
El segundo no era solo obra del mismo investigador.
Era la continuación explícita del primero.
Sebastián escribió:
SEGUNDO CUADERNO DE ALMARZA — IDENTIFICACIÓN DOCUMENTAL CONFIRMADA.
Mauro leyó.
—¿Ahora sí?
—Ahora sí.
El hermano Esteban permaneció unos segundos mirando el cuaderno.
—Entonces estuvo acá todo este tiempo.
Sebastián negó con suavidad.
—Estuvo en el archivo. No sabemos si siempre en esta caja.
—Correcto.
Irene sonrió.
—Ya se contagió.
La identificación modificó la tarea.
Hasta ese momento buscaban el objeto.
Ahora necesitaban reconstruir su estructura antes de utilizarlo como fuente.
Sebastián empezó por la numeración.
Había una foliación antigua de Almarza.
Después, números añadidos por otra mano.
Algunas hojas estaban insertadas.
Pero faltaban dos números en la secuencia.
48
49
Mauro vio la ausencia.
—No están.
Irene revisó la costura.
—Nunca estuvieron cosidas acá.
Eso coincidía exactamente con lo ya reconstruido.
Las hojas 48 y 49 habían sido anexos del conjunto, no folios encuadernados.
Podían haberse conservado aparte.
La nota archivística sobre la reorganización cobraba peso.
Parte de las hojas sueltas pasa a relaciones e inventarios. Cuaderno permanece con manuscritos de estudiosos.
Sebastián escribió:
BUSCAR HOJAS 48–49 EN SERIE DE RELACIONES / INVENTARIOS.
No era una hipótesis caprichosa.
Tenían una acción archivística documentada.
La primera parte del Cuaderno reunía antecedentes conocidos.
Gonzalo de Pancorbo aparecía como responsable formal.
Martín de Villamayor figuraba vinculado al transporte.
Después Rodrigo de Herramélluri.
Ferrán de Ojacastro.
Martín de Arce.
Diego Sánchez.
Las funciones estaban diferenciadas.
No había una lista continua de propietarios.
Cada nombre aparecía acompañado por verbos y fuentes.
recibe para llevar
entrega
continúa
responsabilidad no transferida
El trabajo de Almarza confirmaba por otra vía la reconstrucción moderna.
Pero Sebastián no quiso avanzar directamente al siguiente nombre.
Primero necesitaba saber con qué fuentes había construido cada enlace.
Había abreviaturas laterales.
N.
S.D.
M.N.S.
También referencias a cartas privadas.
Una columna parecía registrar nivel de certeza.
No utilizaba una escala numérica.
Almarza escribía:
comprobado
probable
no incorporar
esperar copia
En algunos casos un nombre aparecía primero entre los dudosos y más adelante se incorporaba después de una segunda referencia.
En otros ocurría lo contrario.
Una persona inicialmente aceptada terminaba tachada al comprobarse que pertenecía a otra generación de la misma familia.
Irene señaló:
—Esto es importante.
—Muchísimo.
El Segundo Cuaderno no era la cadena final.
Conservaba también la historia de cómo Almarza la había construido.
Eso permitía auditar sus errores.
Mauro preguntó:
—¿Entonces qué hacemos con los nombres posteriores?
—Nada todavía.
—¿Nada?
—Primero reconstruimos por qué los aceptó.
Sebastián sabía que resultaba frustrante.
Precisamente por eso era necesario.
Una relación escrita por Almarza seguía siendo una fuente secundaria respecto de los documentos que había consultado.
Valiosa.
En ciertos casos irreemplazable.
Pero no infalible.
A mitad del cuaderno apareció una frase que condensaba su método:
Una noticia puede permanecer donde el libro ya no está. También puede viajar copiada sin que viaje el original.
Sebastián la leyó dos veces.
Irene se inclinó.
—Ésa cambia mucho.
—Sí.
Mauro preguntó:
—¿Por qué?
Sebastián señaló el contexto.
Almarza había comparado una entrega del volumen con una copia conservada en otra casa.
La copia registraba información sobre el objeto, pero no había viajado con él.
La anotación continuaba:
No seguir la copia como si fuera el libro.
Después:
Separar ruta del volumen y ruta de la noticia.
Sebastián sintió que el eje de la investigación cambiaba delante de ellos.
Hasta entonces se habían concentrado en una pregunta:
¿Dónde siguió el Códice después de Villayuda?
Almarza había descubierto otra dimensión.
La información asociada al libro podía permanecer atrás.
Podía copiarse antes de una entrega.
Podía trasladarse por una vía diferente.
Y con el tiempo esas copias podían sobrevivir donde el volumen hacía siglos que ya no estaba.
Mauro dijo:
—Entonces podríamos tener documentos que parezcan demostrar que el libro estuvo en un lugar donde nunca estuvo.
—Exactamente.
Irene agregó:
—O documentos de dos lugares diferentes que procedan de una misma noticia.
Sebastián asintió.
Eso obligaba a replantear cualquier aparente bifurcación.
Un volumen no necesitaba dividirse físicamente para producir dos ramas documentales.
Bastaba con que alguien copiara una relación.
La siguiente página contenía un ejemplo.
Relación A — acompaña entrega.
Relación B — copia queda en casa anterior.
Después:
Mismo contenido parcial. No implica dos volúmenes.
Sebastián permaneció mirando.
Ahí estaba el principio que terminaría guiando toda la investigación.
La existencia de documentos paralelos no demostraba que el Códice se hubiera fragmentado.
Podía demostrar simplemente que su información había sido copiada.
Más adelante apareció:
No llamar “parte del libro” a hoja que solo copia noticia del libro.
Irene levantó la cabeza.
—Esto va a ser importante.
—Sí.
Todavía no sabían cuánto.
La palabra parte podía haber sido interpretada de diferentes maneras en inventarios posteriores.
Una hoja relacionada con el volumen no era necesariamente una hoja arrancada de él.
Podía ser una relación administrativa.
Un extracto.
Una copia de contenido.
Incluso una descripción.
En otra entrada Almarza había escrito:
Divididos los papeles, no el volumen.
Sebastián se detuvo.
Mauro leyó por encima.
—¿Eso no resuelve ya...?
—Resuelve este caso documental.
Mauro lo miró.
—Correcto.
La frase estaba asociada a un grupo concreto de papeles.
No podían convertirla todavía en explicación universal de todas las referencias a división.
Pero marcaba un camino.
Una anotación posterior decía:
Dos copias salen por caminos distintos después de la entrega. El libro continúa unido.
Sebastián escribió en su libreta:
HIPÓTESIS DE TRABAJO: “DIVISIÓN” PUEDE REFERIRSE A INFORMACIÓN / COPIAS, NO AL OBJETO. VERIFICAR CASO POR CASO.
Irene leyó.
—Bien.
No afirmaban todavía que el Códice nunca hubiera sido físicamente dividido.
Eso requeriría examinar todas las referencias.
Pero el Segundo Cuaderno acababa de demostrar que, en al menos algunas fuentes, el lenguaje de separación se refería a documentos asociados.
La investigación podía haber estado persiguiendo durante años una imagen equivocada.
No un libro roto.
Una memoria documental dispersa.
Mauro señaló las páginas siguientes.
—¿Seguimos?
Sebastián miró el reloj.
Tenían tiempo.
Pero no quería avanzar sin cerrar antes la identificación material.
Pidieron revisar las fichas archivísticas.
Una de ellas aportó la equivalencia que faltaba:
Dep. 12 = antiguo D.A.-12. Cuaderno trasladado a manuscritos de estudiosos. Hojas sueltas a relaciones e inventarios.
El hermano Esteban la leyó en silencio.
Luego miró la caja.
—Entonces sí.
Sebastián escribió:
D.A.-12 → DEP. 12 → CUADERNO A MANUSCRITOS DE ESTUDIOSOS.
Y debajo:
HOJAS SUELTAS → RELACIONES E INVENTARIOS.
La cadena del depósito estaba finalmente cerrada.
El Segundo Cuaderno no había desaparecido.
Había perdido la signatura que permitía reconocerlo.
Y sus anexos habían seguido otra clasificación.
El título del problema ya no podía ser más literal.
El depósito había sobrevivido.
Lo que se perdió fue su nombre.