El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) CAPÍTULO 1 El depósito que perdió su signatura
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CAPÍTULO 1 El depósito que perdió su signatura

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La caja estaba preparada cuando regresaron al archivo de Valvanera.

El hermano Esteban la había solicitado la noche anterior después de encontrar la referencia de 1986. No pertenecía a ninguna serie identificada con Julián de Almarza. Tampoco conservaba la antigua denominación D.A.-12, desaparecida durante las reorganizaciones del archivo.

En el inventario actual figuraba de una manera mucho menos prometedora:

Cuadernos, notas y transcripciones. Siglos XIX–XX. Procedencia diversa.

Sebastián leyó la descripción desde el otro lado de la mesa.

La tarde anterior habría sentido la necesidad de abrirla inmediatamente.

Aquella mañana esperó.

Irene se quitó el abrigo y dejó únicamente una libreta junto a la silla. Mauro permaneció de pie mientras el hermano Esteban completaba el registro de consulta.

Fray Julián no había viajado con ellos.

Seguía en San Millán, desde donde podía revisar en paralelo las referencias del Primer Cuaderno si aparecía alguna concordancia que necesitara comprobarse.

Eso también había cambiado la forma en que Sebastián entendía la investigación.

Ya no necesitaban reunir todos los documentos físicamente en una misma mesa.

Necesitaban saber cómo se relacionaban.

El hermano Esteban acercó la caja.

—Esto es lo que anoche pude vincular con la antigua referencia D.A.-12.

Sebastián preguntó:

—¿Vincular de qué manera?

—No por una equivalencia completa. El registro de 1978 dice que D.A.-12 pasó provisionalmente a papeles de investigadores. Después la signatura desaparece. En 1986 aparece esta unidad con materiales procedentes de antiguos depósitos sin correspondencia de signatura.

Mauro señaló la caja.

—Entonces puede contener D.A.-12.

Sebastián intervino:

—Puede contener materiales procedentes de D.A.-12.

Mauro lo miró.

—Primer minuto.

—¿Qué?

—Primera corrección del día.

Irene sonrió.

El hermano Esteban abrió la caja.

No había ningún cuaderno visible en la parte superior.

Aparecieron carpetas delgadas, sobres y varias transcripciones mecanografiadas. Algunos materiales pertenecían claramente al siglo XX. Otros parecían anteriores.

Irene pidió conservar el orden exacto.

Sebastián se sentó.

La primera carpeta contenía papeles de un investigador que nada tenía que ver con Almarza.

La segunda, reproducciones de inventarios del siglo XVIII copiadas durante la década de 1930.

La tercera reunía correspondencia fragmentaria.

Nada.

Mauro comenzó a impacientarse.

—¿Cuántas unidades hay?

El hermano Esteban consultó la relación.

—Veintitrés.

Sebastián lo miró.

—Las revisamos una por una.

Mauro se sentó.

—Lo sabía.

La cuarta unidad era un pequeño conjunto de hojas sueltas.

Una descripción a lápiz decía:

Procedencias varias.

Sebastián sintió el impulso de acercarse.

No lo hizo.

Irene examinó primero el papel.

—Siglo XIX compatible por manufactura. Distintas manos.

Sebastián leyó.

No era Almarza.

Había relaciones de entregas de libros pertenecientes a otra casa religiosa.

—No todo lo que diga “procedencias” es nuestro —dijo Irene.

—Lo sé.

—Te lo recuerdo preventivamente.

Pasaron a la quinta.

Después la sexta.

La séptima contenía un índice incompleto.

Algunas entradas tenían una antigua numeración:

Dep. 4

Dep. 9

Dep. 12

Sebastián se detuvo.

—¿“Dep.” puede ser “depósito”?

El hermano Esteban asintió.

—Es probable dentro de esta serie.

—¿Y doce?

—No necesariamente D.A.-12.

Sebastián escribió la referencia sin establecer equivalencia.

La línea correspondiente decía:

Dep. 12 — papeles varios de investigador. Relaciones y cuaderno.

Mauro se inclinó.

—“Cuaderno”.

—Sí.

No figuraba nombre.

Debajo:

Hojas añadidas conservadas aparte por tamaño.

Irene levantó la mirada.

Aquello sí cambiaba algo.

No porque demostrara que estuvieran ante el Segundo Cuaderno.

Sino porque recordaba una característica documentada del depósito de Almarza.

Hojas añadidas.

Sebastián preguntó:

—¿Hay fecha del índice?

—No exacta —respondió el hermano Esteban—. Por el tipo de formulario y otras entradas, probablemente es posterior a 1948 y anterior a la reorganización de los sesenta.

Eso encajaba con la etapa en que el conjunto de Almarza todavía podía haber mantenido cierta unidad.

La entrada siguiente decía:

Dep. 12 — revisar con caja de papeles de estudiosos riojanos.

Irene señaló:

—Ahí puede estar la transición hacia la clasificación de 1948.

Sebastián asintió.

No era todavía una cadena completa.

Pero por primera vez tenían una posible equivalencia intermedia entre el depósito antiguo y los papeles de investigadores.

El hermano Esteban fue a buscar el registro de movimientos.

Mientras esperaban, Mauro observó el índice.

—Si “Dep. 12” es D.A.-12, ¿qué necesitaríamos para demostrarlo?

Sebastián respondió:

—Una equivalencia explícita o una combinación suficientemente específica de contenido, origen y movimientos.

—¿Contenido como las hojas 48 y 49?

—Eso sería muy fuerte.

Irene intervino.

—O la carta de 1902. O una referencia interna a Almarza. Pero no busquemos únicamente lo que esperamos ver.

Mauro suspiró.

—Fray Julián no vino, pero dejó representantes.

Sebastián ignoró el comentario.

El hermano Esteban regresó con un libro estrecho.

Encontró la entrada poco después:

Depósito 12. Reordenado con papeles de investigadores por contener cuadernos de trabajo y transcripciones. Mantener referencia a procedencia antigua.

No aparecía Almarza.

Más abajo había otra nota:

Parte de las hojas sueltas pasa a relaciones e inventarios. Cuaderno permanece con manuscritos de estudiosos.

Los cuatro quedaron en silencio.

Irene habló primero.

—Entonces al menos un depósito doce fue dividido administrativamente.

Sebastián asintió.

El cuaderno había permanecido con manuscritos.

Las hojas sueltas habían sido enviadas a otra clasificación.

Si aquel depósito era el de Almarza, la reorganización podía explicar por qué las hojas 48 y 49 dejaron de acompañarlo.

Pero todavía no podían afirmar que fueran aquellas hojas.

Mauro preguntó:

—¿Dónde están los manuscritos de estudiosos?

El hermano Esteban buscó en la equivalencia posterior.

La serie había cambiado dos veces.

Finalmente apareció una signatura actual.

—Hay dos cajas.

Sebastián levantó la vista.

—¿Descritas pieza por pieza?

—No.

Mauro sonrió.

—Claro que no.

Una de las cajas estaba disponible.

La otra requería autorización porque incluía materiales especialmente frágiles.

Pidieron la primera.

Mientras esperaban, Irene volvió al registro.

—Quiero una cosa clara antes de seguir.

Sebastián la miró.

—Decime.

—Incluso si encontramos el Cuaderno, eso no significa que las hojas 48 y 49 sigan con él.

—Correcto.

—Y si encontramos hojas 48 y 49 en otra serie, tampoco significa que hayan pertenecido a Almarza hasta que podamos demostrarlo.

—Correcto.

Mauro añadió:

—Y encontrar a Almarza no significa encontrar el Códice.

Sebastián lo miró.

—Muy bien.

—Estoy aprendiendo.

La caja llegó.

Dentro había siete cuadernos.

No tenían títulos uniformes.

Uno llevaba nombre de autor.

Otro estaba identificado solo por materia.

Dos conservaban signaturas antiguas.

El quinto tenía una etiqueta:

Notas históricas. Autor no identificado.

Irene empezó por el primero.

No era.

Tampoco el segundo.

El tercero pertenecía a un sacerdote de comienzos del siglo XX.

El cuarto reunía transcripciones paleográficas sin relación aparente con la búsqueda.

Cuando Irene tomó el quinto, Sebastián reconoció algo antes de que lo abriera.

No la encuadernación.

La etiqueta antigua adherida cerca del lomo.

Había visto esa caligrafía en una reproducción del archivo.

—Esperá.

Irene dejó el cuaderno apoyado.

—¿Qué viste?

Sebastián buscó la fotografía.

Era una ficha de mediados del siglo XX.

En ella aparecía una descripción:

Cuaderno antiguo. Relaciones de procedencias. Autor no identificado.

La letra de la etiqueta parecía la misma.

No probaba autoría.

Sí podía demostrar continuidad archivística.

El hermano Esteban comparó ambas.

—Es muy probable que esta etiqueta pertenezca a aquella reorganización.

Mauro preguntó:

—¿Lo abrimos?

Irene observó el estado del lomo.

—Despacio.

La cubierta era sencilla.

Cartón revestido con papel oscuro.

Nada excepcional.

No se parecía demasiado al Primer Cuaderno.

Sebastián sintió una decepción absurda y la reconoció inmediatamente.

No había ninguna razón para que ambos volúmenes fueran iguales.

Irene abrió la primera hoja.

En blanco.

La segunda también.

En la tercera apareció escritura.

Sebastián dejó de moverse.

No leyó todavía.

Miró la mano.

La inclinación irregular.

Las abreviaturas.

El modo en que ciertas palabras se estrechaban al acercarse al margen.

Había pasado demasiadas horas frente al Primer Cuaderno para no sentir el reconocimiento.

Pero no dijo el nombre.

Irene tomó una reproducción.

Comparó.

—Compatible con la mano principal del Primer Cuaderno.

Sebastián respiró.

—¿Cuánto de compatible?

—Lo suficiente para seguir. No para cerrar autoría solo por esto.

Mauro señaló la primera línea.

—Entonces leamos.

Sebastián se acercó.

No había título.

Solo una indicación escrita cerca del margen superior:

Continuación de las relaciones que no deben mezclarse con el cuaderno de voces.

Nadie habló.

La frase siguiente decía:

Anotar aquí únicamente procedencias comprobadas y entregas documentadas; los nombres sin enlace suficiente quedarán aparte.

Sebastián cerró los ojos durante un instante.

No necesitaba que apareciera todavía la firma.

Reconocía el método.

Pero el método tampoco era una prueba material de autoría.

Siguieron.

En otra página:

No llamar propietario al que recibe por guarda.

Y más abajo:

No formar continuidad donde solo existe semejanza.

Irene miró a Sebastián.

Él entendió.

No estaban ante un cuaderno simplemente compatible.

Estaban ante una continuidad textual directa del sistema que habían reconstruido durante semanas.

El hermano Esteban buscó la ficha antigua.

Encontró una anotación al reverso:

Procede de depósito histórico. Hojas asociadas separadas en reorganización posterior.

Mauro habló muy bajo.

—D.A.-12.

Sebastián respondió:

—Todavía necesitamos la equivalencia.

—Pero estamos muy cerca.

—Sí.

Esta vez no discutió la palabra.

Porque lo estaban.