Capítulo 22
Renata
Un beso no arregla nada. Se lo dije a él y me lo dije a mí.
Pero tampoco se queda quieto. Un beso, una vez que existe, entra en el sistema como un fármaco, y al día siguiente el cuerpo te lo pide otra vez aunque la cabeza sepa perfectamente que es veneno.
Me pasé la mañana siguiente diciéndome que había sido un error, un desliz, el cansancio, la una de la madrugada, y por la tarde ya había dejado de creérmelo.
No fue un error. Fue lo más sincero que había hecho en dos años, y esa era exactamente la razón por la que no podía repetirse.
Porque yo había construido una vida entera sobre la base de que Theo Marchetti me odiara.
Y el beso había tirado esa base abajo. Ahora él sabía que nos quisimos.
Tenía las fotos. Tenía mi confirmación. Y un hombre que sabe que lo quisiste no para de tirar del hilo hasta que el hilo entero se desenrolla, y al final de mi hilo, si tiraba lo suficiente, estaba lo único que no podía dejarle ver: el porqué del informe.
Que era el porqué de su corazón. Que era, ahora, también, el porqué de una carpeta que llevaba en el móvil titulada con la fecha de mi hermano, con fotos de una falsificación que demostraba que su propia familia lo había mandado a morir.
Tenía dos bombas. La vieja y la nueva. Y un hombre tirando del hilo que llevaba a las dos.
Así que hice lo único que se me ocurrió, que era una locura, que iba contra todo mi instinto de seguir viva y a salvo y lejos de él. Le ofrecí un trato.
Lo cité en la sala de rehabilitación, fuera de horario, sin electrodos, sin bici, los dos sentados en las sillas de plástico como dos personas normales.
—Te propongo una cosa —dije—. Y la propongo una vez, así que escúchame entera antes de contestar.
—Te escucho.
—Quieres saber. Lo entiendo. Tienes dos años de tu vida borrados y quieres recuperarlos, y tienes todo el derecho del mundo.
—Respiré—. Yo no te puedo devolver la memoria.
Pero te puedo devolver la historia. Lo nuestro.
Te lo puedo contar yo, entero, desde el principio, cada cosa que pasó, cada día que recuerde. Te lo cuento todo.
Se le encendió algo en la cara. Y luego, porque no es tonto, se le apagó enseguida, porque ya estaba esperando la trampa.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que dejes el informe. —Lo dije rápido, antes de arrepentirme—.
De que dejes de excavar en eso. El informe, la denuncia, el papel que firmé, todo eso.
Lo aparcas. Hasta que termines la rehabilitación, por lo menos.
—Y aquí venía la parte médica, la que era verdad a medias, que son las peores—.
Y no es un capricho mío, Theo. Es clínico.
Estás recuperándote de un paro cardíaco.
Llevas semanas con el pulso disparado, durmiendo fatal, obsesionado, removiéndote por dentro día y noche.
Lo veo en tus registros, en cada sesión.
Ese nivel de estrés sostenido, en un corazón como el tuyo, ahora mismo, es lo peor que te puede pasar.
Te lo digo como tu médico antes que como cualquier otra cosa: necesitas dejar de excavar o te vas a hacer daño de verdad.
Era cierto. Cada palabra era cierta. El estrés era real, los registros eran reales, el peligro era real.
Lo único que me callé fue que la persona a la que más protegía aparcando ese tema no era su corazón.
Era yo. Pero no le mentí. Ni una palabra.
Solo elegí, otra vez, qué verdad ponía encima de la mesa y cuál dejaba debajo.
Theo se quedó callado un buen rato. Y cuando habló, me dejó sin defensa, porque dijo justo lo que yo temía que dijera:
—Sé lo que estás haciendo —dijo—. Sé que me ofreces una cosa preciosa para que no mire la otra. Sé que estás negociando para esconderme algo, porque si no tuvieras nada que esconder no necesitarías comprarme con mi propia vida. Lo sé, Renata. No soy idiota.
—Ya sé que no...
—Déjame terminar. —Me miró—. Lo sé, y acepto igual.
¿Sabes por qué? Porque he hecho cuentas.
Puedo tener la verdad del informe y no tenerte a ti, o puedo tenerte a ti contándome quién fui cuando era feliz, y no tener la verdad todavía.
Y resulta que, después de ver esas fotos, prefiero lo segundo.
Prefiero que me cuentes el lago a saber por qué firmaste el papel.
Por ahora. —Tragó—. Así que sí. Trato hecho.
Cuéntame mi vida. Y guárdate tu secreto un poco más, que ya lo sacaré yo solo cuando esté entero.
Y ahí, en esa sala, supe dos cosas. Una, que acababa de comprarme tiempo.
Dos, que él me lo había vendido sabiendo exactamente lo que me vendía, lo cual significaba que no le había engañado en nada, que el trato era limpio por las dos partes, cada uno sabiendo lo que el otro escondía.
Nunca he querido a nadie tan claramente como en el momento en que aceptó dejarme mentirle a sabiendas.
La primera noche fue en su piso. Yo no quería ir a su casa, pero la sala de rehabilitación a las nueve daba mal rollo y mi piso estaba descartado por motivos obvios, así que fui.
Él había hecho té. No sabe hacer té; estaba malísimo, demasiado fuerte, sin azúcar porque no tenía.
Nos sentamos en el sofá, cada uno en una punta, con dos tazas de un té horrible entre las manos, y él sacó su libreta negra y un boli y me miró como un niño espera un cuento.
—Cuéntame el día del almacén de material —dijo.
Sabía cuál era. Por las fotos, supongo, o por intuición, no lo sé. Pero pidió justo ese. El día que más me dolía. El día que empezó todo.
Y empecé a contárselo. Y descubrí, sobre la marcha, que solo me salía en tercera persona.
No podía decir «tú y yo». Me salía «había un chico y había una chica», como un cuento, como algo que les pasó a otros, porque era la única manera de contarlo sin romperme.
Él lo notó. No dijo nada, pero lo notó, y me siguió la corriente, y durante un rato los dos hablamos de aquellos dos como si no fueran nosotros, como si fueran personajes, dos críos de hace dos años a los que les íbamos a tener cariño desde fuera.
—Había un chico —dije— que se quedaba siempre el último en el pabellón, después de todos, porque no soportaba volver a una casa donde le tenían la vida planificada hasta los cuarenta.
Y había una chica que también se quedaba hasta tarde, en el ala médica, porque en su casa no había nadie esperándola.
Y una noche coincidieron en el almacén de material, los dos buscando hielo, y se pusieron a discutir por una tontería, por quién tenía más derecho a estar cansado, y la discusión subió y subió. ..
—¿Por qué discutían? —Interrumpió. La primera pregunta de detalle. Tenía el boli quieto—. ¿Por qué siempre discutían?
—Porque era más fácil que lo otro. Discutir era la única forma que tenían de estar cerca sin admitir que querían estar cerca. —Lo miré—. Os pasa a los que tenéis miedo. Convertís las ganas en pelea. Es más seguro.
Apuntó algo. No vi qué.
—¿Cómo era ella entonces? —preguntó—. Antes de todo esto. ¿Cómo era?
Me lo pensé. Era una pregunta más difícil de lo que él creía.
—Más entera —dije—. Creía que tenía el mundo controlado.
Creía que si una se preparaba lo suficiente, si estudiaba lo suficiente, si lo medía todo, no se le moría nadie por sorpresa.
Era joven. —Bebí del té horrible para tener algo que hacer con las manos—.
El chico fue la primera cosa de su vida que no pudo medir ni controlar.
Y en vez de salir corriendo, que es lo que habría hecho la chica sensata, se quedó.
Por una vez se quedó. Esa fue la única locura bonita que hizo en toda su vida.
—¿Y se arrepiente? —preguntó, y los dos sabíamos que ya no estábamos hablando de la chica.
—Nunca —dije—. De lo único que no me arrepiento es de haberme quedado en ese almacén. De todo lo demás, sí. De eso no.
Y seguí. Le conté cómo aquella noche, en el almacén, la discusión se les fue de las manos hasta que de repente ya no estaban discutiendo, estaban a un palmo, y el chico dejó de hablar a media frase, y la chica también, y pasó lo que tenía que pasar.
Le conté el primer beso de ellos dos sin decir que era nuestro.
Le conté que después se quedaron en el suelo del almacén, entre los conos y los sticks rotos, muertos de miedo y de risa, y que la chica, que era la más cobarde de los dos aunque pareciera la más valiente, propuso un pacto absurdo para protegerse: que aquello no existiera para nadie, que fuera un secreto, que nunca se vieran en el hielo.
—¿Y él aceptó? —preguntó Theo.
—Él aceptó. Habría aceptado cualquier cosa. Estaba...
Y ahí me pasó.
Iba a decir «estaba enamorado», y en vez de eso, no sé por qué, se me coló el final de aquella noche, el momento en que la chica, ya de madrugada, le puso al chico un nombre.
Un nombre tonto, en español, que él no entendía y que ella no le quiso traducir nunca.
Y al llegar a ese punto de la historia, al ir a decir el nombre en voz alta por primera vez en dos años, la palabra se me quedó atascada en la garganta, porque era la misma palabra que se me había escapado en el hielo hacía unas noches, la que tapé, la que él registró sin entender.
Y decirla ahora, a propósito, contándola, era como abrir con los dedos una herida que llevaba dos años cosida.
—...estaba —repetí, y me falló la voz, y tuve que carraspear— estaba muy pillado. Y la chica le puso un mote. En español. Una broma privada. Y nunca se lo tradujo.
—Tramposo —dijo Theo.
No fue una pregunta. Lo dijo él. Lo soltó despacio, mirándome, conectando en ese instante el hielo de aquella noche con el almacén de hace dos años, atando el cabo delante de mí.
—Eso me lo dijiste tú —siguió, en voz baja—. En la pista. Antes de... —No terminó—. Es eso, ¿verdad? Ese era el mote.
No le contesté con palabras. No me salían. Solo asentí, una vez, con la vista clavada en la taza de té horrible, porque si lo miraba me deshacía, y me había prometido que no me iba a deshacer delante de él.
Y entonces me di cuenta de que estaba llorando.
Sin ruido, sin aspavientos, solo dos líneas calientes cayéndome por la cara hacia la taza.
Y de que él también. A su punta del sofá, con la libreta en las rodillas, Theo Marchetti tenía los ojos llenos y la mandíbula apretada y se le estaba cayendo por la cara lo mismo que a mí.
No nos tocamos. Ese era el acuerdo, el de verdad, el que no habíamos hablado pero los dos respetábamos esa noche: nada de tocarse.
Nos quedamos cada uno en su punta, llorando los dos en silencio por los mismos dos críos del almacén, sin acercarnos ni un centímetro, y cada uno fingió, por el bien del otro, que el otro no se había dado cuenta.
Yo fingí que no le veía llorar. Él fingió que no me veía llorar a mí.
Y los dos supimos que el otro fingía, y dejamos que fingiera, porque a veces el único regalo que le puedes hacer a alguien es no señalarle que se está rompiendo.
Cuando me fui, ya de madrugada, él se quedó en el sofá con la libreta.
No me dijo adiós con palabras, solo levantó la barbilla, y yo bajé las escaleras de su edificio pensando que acababa de empezar la cosa más bonita y más peligrosa que había hecho nunca: enseñarle a un hombre a quererme otra vez mientras le escondía la razón por la que tuve que dejar de hacerlo.
Y mientras bajaba, con el frío de la escalera y el sabor del té malo todavía en la boca, pensé en la otra carpeta.
La del móvil. La que no le había enseñado, la que demostraba que mientras yo le contaba cuentos en su sofá su propia familia seguía ahí fuera, dispuesta a mandarlo al hielo otra vez en cuanto se recuperara.
Tenía un cuento bonito en una mano y una bomba en la otra, y le estaba dando solo el cuento.
Algún día las dos cosas se iban a tocar.
Pero esa noche no. Esa noche le dejé con su cuento, y me llevé la bomba a casa, conmigo, como me llevo siempre todo lo que no puedo soltar.
---
Me lo ha contado casi todo. El lago, el almacén, el mote, el pacto, las risas. Me lo ha dado entero y lo he cogido entero, y aun así, al final de la noche, sigo teniendo media mujer: la de las fotos, no la de la firma. Y que Dios me ayude, con media me vale. Por ahora.
Algún día tendré las dos. La historia y la respuesta. Y entonces sabré quién es ella de verdad.
Pregunta sin responder número uno. Sigue siendo la misma.