Zona Muerta Capítulo 23
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Capítulo 23

Theo

Resulta que ser feliz se me da fatal. No tengo práctica. O sí la tengo, según las fotos, pero no me acuerdo, así que para el caso es la primera vez, y la primera vez en todo se hace uno torpe.

Pasó sin que ninguno lo decidiera. Una noche, una de las noches del cuento, en mitad de una frase suya sobre los dos críos del lago, me callé, ella se calló, y nos miramos durante demasiado tiempo, y esa vez no hubo luces automáticas que nos salvaran, ni puerta que cerrar, ni nadie que entrara.

Esa vez no nos paró nada. Y al día siguiente no fingimos que había sido un error, que es la diferencia con todo lo anterior.

Al día siguiente ella vino a la sesión, me puso los electrodos, y al terminar, en vez de despedirse de usted, me dio un beso rápido en la sien y me dijo «cuídate ese corazón que es mío», y yo pasé el resto del día como un imbécil, sonriéndole a la pared.

Así que estábamos juntos. Otra vez, dicen las fotos.

Por primera vez, dice mi memoria. Y como mi memoria es la única que tengo, yo lo vivía como un estreno.

Cada cosa era nueva. Cómo se le arruga la nariz cuando algo le hace gracia y no quiere reírse.

Cómo se le escapa el español cuando baja la guardia.

Cómo, después, se queda mirando el techo muy seria, como si calculara algo, y cuando le pregunto en qué piensa dice «en nada» con una cara que no es de nada en absoluto.

Yo no sabía leer esa cara todavía. Tardé en aprender que esa cara era miedo.

Lo más raro de todo era confiar. Yo llevaba meses convencido de que en esa ciudad todo el mundo me mentía, mi padre, mi hermano, los médicos, el equipo, y de pronto tenía una persona de la que no dudaba.

Era rarísimo. Era como aprender a confiar de cero, con el músculo atrofiado.

Cada vez que ella me decía algo, yo tenía el reflejo automático de buscar la trampa, la letra pequeña, el ángulo por donde me iban a clavar el cuchillo, y cada vez no lo encontraba, y eso me desarmaba más que cualquier mentira.

La verdad, cuando llevas mucho tiempo sin ella, da casi vértigo.

Una mujer que no me editaba. La primera de toda mi vida, según mi memoria, aunque las fotos juraran que era la segunda vuelta.

Renata

Para él era un estreno. Para mí era una reposición, y yo conocía el final.

Esa es la tortura que él no podía ni imaginar: que mientras él descubría cada cosa con los ojos muy abiertos, como un niño en una feria, yo estaba viéndolo todo por segunda vez.

Yo ya sabía cómo huele su cuello a las tres de la mañana.

Ya sabía que se duerme antes que yo y que ronca un poco y que lo niega.

Ya sabía la forma exacta de su espalda. No había una sola novedad para mí en aquel hombre, y aun así me temblaba todo como si la hubiera, porque querer a alguien por segunda vez, sabiendo cómo acabó la primera, no es el doble de bonito. Es el doble de aterrador.

Cada momento feliz traía pegado su gemelo del pasado. Le veía reírse y veía al de hace dos años reírse igual. Le sentía dormirse contra mí y recordaba todas las veces que se durmió así antes de que yo lo rompiera todo. Vivía en dos tiempos a la vez. Él en uno solo, el bueno.

Y debajo de los dos tiempos, todo el rato, como un tambor, una sola pregunta: ¿y el tercer acto?

Porque esta historia ya tuvo un primer acto de amor y un segundo acto de destrucción, y yo los había vivido los dos, y sabía, con la certeza con la que sé leer un electrocardiograma, que las historias que empiezan dos veces igual no suelen terminar distinto.

Estaba enamorada y estaba contando los días para la catástrofe, las dos cosas, a la vez, todo el tiempo.

Nadie me enseñó a hacer otra cosa. En mi familia el amor y el miedo a perderlo vienen en el mismo paquete desde que tengo uso de razón.

Mi madre quiso a mi padre hasta que se murió, y después quiso a Mateo, y a Mateo lo enterró con catorce años yo a su lado.

Aprendí de ella que querer es prepararse para el luto desde el primer día, que cada persona que dejas entrar es una pérdida futura a la que ya le vas poniendo fecha en silencio.

Es una forma horrible de querer. Lo sé. Pero es la única que me enseñaron, y con Theo se me activó entera, multiplicada, porque a Theo ya lo había perdido una vez y sabía exactamente la textura del hueco que deja.

No hay miedo peor que el del que ya sabe cómo duele.

El que nunca ha perdido le teme a una idea. Yo le temía a un recuerdo.

Theo

Lo de esconderlo lo propuse yo, y me hizo gracia proponerlo, porque por una vez en mi vida tenía una idea clara de cómo se hacía algo.

—Esto hay que esconderlo —le dije una noche, en mi sofá, con su cabeza en mi pecho—. Tú eres mi médica. Yo soy el tío del paro cardíaco que sale en las noticias. Si esto se sabe, te hunden a ti la carrera y a mí me cambian de programa y no nos vemos más. Hay que llevarlo en secreto.

—Ya —dijo ella, muy bajito—. Eso se nos da bien.

—Y mira, da la casualidad de que sé exactamente cómo se hace. Porque me lo contaste tú. —Me incorporé un poco, encantado de mí mismo—. La lista. La del almacén. Me la sé. La vamos a hacer otra vez.

Y se la recité. Tal cual. Me la había aprendido de memoria del cuento que ella me contaba, palabra por palabra, porque hay cosas que se te quedan grabadas aunque tengas el resto del disco duro borrado.

—Una —dije—. Si esto existe, no existe para nadie.

Nadie. Ni tu mejor amigo, ni el mío. —Levanté un dedo, como un crío jugando—.

Dos. Nada por escrito. Nada de mensajes que dejen rastro.

Si hay que decir algo, se dice en persona.

Tres. En el pabellón no nos conocemos, en el hielo tú no me ves y yo no te veo, delante de la gente seguimos como hasta hoy.

—Sonreí—. Aunque la de odiarnos un poco en público ya nos sale regular, después de todo.

Ella no se reía. Yo lo achaqué a que era tarde.

—Cuatro —seguí, y esta no sé por qué la dije más despacio, se me bajó la voz sola—.

Si alguna vez esto se complica, si alguna vez deja de poder existir, se acaba y ya está, sin escándalo.

Limpio. Como si no hubiera pasado. —Hice una pausa—.

Cinco. Di bien mi apellido cuando estemos solos.

Y seis... la seis es el mote, ¿no? La seis ya me la pusiste. Tramposo. Me toca aguantarme.

Lo dije orgulloso, como quien presenta un trabajo bien hecho. Y la miré esperando que me aplaudiera el truco de memoria.

Y ella tenía los ojos llenos de lágrimas.

Renata

«Si esto existe, no existe para nadie», había dicho él, sonriendo, levantando un dedo como un niño que juega.

Y yo, por dentro, le puse a la frase el final que él no sabía que llevaba.

Otra vez. Si esto existe, no existe para nadie.

Otra vez. Como la primera. Como si dos años no hubieran pasado, como si no hubiéramos aprendido nada, como si los mismos barrotes pintados de broma no fueran a encerrarnos exactamente igual que la vez anterior.

Me las recitó él. Mis reglas. Las que dicté yo en un almacén hace dos años, sintiéndome poderosa y a salvo entre cajas de hielo, las que monté pieza a pieza para protegernos y que acabaron siendo los barrotes.

Me las devolvió enteras, palabra por palabra, en su boca, con orgullo de buen alumno, sin saber que cada una de esas frases tenía mi letra.

Y la cuatro. Dios mío, la cuatro. «Si alguna vez esto se complica, se acaba y ya está, sin escándalo.

Limpio. Como si no hubiera pasado.» Esa la dije yo la primera vez bajando la voz, como una premonición que no sabía que era una premonición.

Y esa fue la que ejecuté. Esa regla la cumplí al pie de la letra el día que cerré una puerta y le dije «porque pude».

«Limpio. Como si no hubiera pasado.» La había escrito yo, mi propia sentencia, dos años antes de firmarla, y ahora me la recitaba él de memoria sin tener ni idea de que me estaba leyendo en voz alta el acta de nuestra muerte anterior.

Sonreí. Me tragué las lágrimas como me trago todo.

Le dije «te has aprendido bien la lección, Marchetti», y él se rio, satisfecho, y me besó, y nos olvidamos de las reglas durante un rato largo y bueno en el que el mundo se redujo a su sofá y a su cuerpo y a un corazón que latía debajo de mi oreja, fuerte, vivo, prestado.

Y luego, cuando él se durmió —antes que yo, como siempre, roncando un poco, como siempre—, me quedé despierta en la oscuridad de su salón.

Y saqué el móvil. Y, sin querer, por costumbre del miedo, abrí la carpeta.

La de la fecha de mi hermano. Las fotos de la falsificación.

El eco que no existió, la máquina rota, la firma del médico fantasma.

Las miré una a una a la luz de la pantalla, en bajo, mientras el hombre al que esa falsificación había estado a punto de matar dormía a mi lado, tranquilo, sin saber que yo guardaba en la mano la prueba de que su propia sangre lo había vendido.

Cerré las fotos antes de que se me clavaran más.

Pero ya estaban dentro. Llevaba semanas durmiendo con esa carpeta encima, literalmente, en el móvil contra el muslo, como se lleva un arma o una reliquia, sin decidir todavía cuál de las dos cosas era: una prueba para denunciar o una bomba para no tocar nunca.

Cada noche que pasaba con él era una noche más que no la usaba.

Y cada noche que no la usaba era una noche más que su familia tenía para preparar el siguiente empujón hacia el hielo.

Yo lo sabía. Y aun así no la sacaba, porque sacarla era abrir el tercer acto con mis propias manos, y yo prefería robarle al tercer acto una noche más, y otra, y otra, aunque cada una me costara el sueño.

Bloqueé el móvil. Me acerqué a él en el sofá. Le puse la mano en el pecho, sobre el latido, para contarlo, como hago siempre, como no sé dejar de hacer.

Y pensé: tercer acto. Está al caer. Y esta vez no sé si lo voy a sobrevivir.

Theo

Me desperté a las pocas horas. Ella seguía ahí, despierta, con la mano en mi pecho, contándome las pulsaciones en la oscuridad como si fuera lo más natural del mundo. No le dije que estaba despierto. Me dejé contar.

En la mesilla, al lado del sofá, estaba mi libreta.

Abierta. No la había cerrado. Y desde donde estaba, con la poca luz que entraba de la calle, alcanzaba a leer lo último que había escrito, mi lista de preguntas sin responder, y la número uno, arriba del todo, sin tachar: «¿Por qué firmó el papel, si me quería? ».

Le había dado mi palabra de que no iba a excavar. Y la estaba cumpliendo. No buscaba, no preguntaba, no removía. Tenía a la mujer y me había guardado la pregunta en un cajón, como prometí.

Pero la pregunta no se había ido. Estaba ahí, en la libreta, a un metro de los dos, latiendo igual que latía su mano sobre mi corazón. Dos cosas en la misma habitación: ella cuidándome el pulso, y una pregunta sin tachar que, el día que se respondiera, igual lo paraba.

Sonó el móvil. Vibró en la mesa, una vez, dos. Estiré el brazo sin moverla a ella. En la pantalla, un nombre: Dominic.

Mi hermano. La una y media de la madrugada.

Me quedé mirando el nombre vibrar en la oscuridad. Dominic, que arregla las cosas de la familia. Dominic, que no llama a estas horas para preguntar qué tal. Renata levantó la cabeza, miró la pantalla, vio el nombre, y noté cómo se le tensaba el cuerpo entero, sin decir nada.

Rechacé la llamada. La silencié con el pulgar y dejé el móvil boca abajo.

—No es nada —dije.

Pero los dos sabíamos que un hermano que te llama a la una y media de la madrugada, en plena rehabilitación, justo cuando empiezas a ser feliz, no llama por nada.

La abracé y me dije que ya me ocuparía mañana. Que esa noche era nuestra. Que el resto podía esperar.

Casi siempre que uno decide que el resto puede esperar, el resto no ha pedido permiso.