Capítulo 21
Theo
Llevaba tres días sabiendo dos cosas. Una, que la contraseña era una flor. Dos, que me faltaba la otra mitad, y que esa mitad la tenía yo escondida en alguna parte, porque las cosas que de verdad importan me las escondo siempre a mí mismo, eso ya lo había aprendido.
Una flor y algo más. Una flor y un número, seguramente, porque las contraseñas que pones con miedo, con prisa, para que no las adivine nadie pero para no olvidarlas tú, son siempre una cosa que quieres más una cosa que no se te puede olvidar. La flor la tenía. Me faltaba la fecha.
Y a las tantas de la tercera noche, mirando la peonía seca encima de la mesa, mirándome las manos, se me ocurrió el único sitio donde no había buscado.
Mi guante.
Soy zurdo. Llevo el guante en la izquierda.
Y un guante de portero no, yo soy delantero, pero el guante de la mano del stick, el que me pongo siempre primero por manía, ese guante lo conozco como conozco mi propia piel, y dentro de ese guante, hace meses, encontré una flor prensada que alguien —yo— había escondido donde solo yo miro.
Si yo, hace dos años, hubiera querido esconder una fecha en un sitio donde solo la encontrara yo y nadie más, ¿dónde la habría puesto?
Fui a por el guante. Le di la vuelta. Y en la cara interior, en la parte de la muñeca, en el sitio exacto donde la tela roza la piel cuando cierras la mano, donde nadie mira nunca porque nadie le da la vuelta a un guante por dentro, había algo escrito a lápiz.
Casi borrado de los años y del sudor. Una letra mía, más joven, más redonda. Un número y un mes.
Nueve de febrero.
Me quedé mirándolo un rato largo. No me decía nada.
No tenía ni un recuerdo asociado, ni una imagen, nada.
Era una fecha muerta, de un año cualquiera, que mi yo de hace dos años había considerado lo bastante importante como para grabarla a lápiz dentro de un guante para que no se le olvidara nunca.
Confié en él. Es lo único que me quedaba: confiar en el tío de hace dos años, que sabía cosas que yo no sé.
Abrí el portátil. Abrí la carpeta «R.». Me pidió la clave.
Y escribí: peonia, junto, sin tilde, y detrás los números del nueve de febrero, todos pegados, como se escriben las claves.
Le di a aceptar.
Y la carpeta se abrió.
Lo primero que pensé, antes que cualquier otra cosa, antes de mirar siquiera, fue una estupidez: que el tío de hace dos años y yo acabábamos de chocar los cinco a través del tiempo. Que por fin habíamos colaborado en algo. Luego miré la pantalla, y dejé de pensar en nada durante un rato muy largo.
Trescientas doce fotos. Y vídeos. Y no eran del equipo, ni de fiestas, ni de nada que yo pudiera explicar.
Eran de ella y de mí.
Voy a contarlo en tercera persona, porque es la única forma de que me salga, porque cuando las miraba no me reconocía, no era yo, era otro, era un tío que se parecía a mí pero que no he sido nunca que yo recuerde: el tío de las fotos.
El tío de las fotos está en un lago helado, de noche, con una chica.
El mismo lago de mi sueño. El hielo negro, las estrellas, todo igual que lo soñé, salvo que esto no es un sueño, es una foto, con fecha y hora.
El tío de las fotos se ríe. No sonríe: se ríe, con la boca abierta, con los ojos cerrados, con una cara que yo no sé poner.
Yo no me río así. Yo no me he reído así en mi vida, o eso creía, hasta que vi a ese tío hacerlo en trescientas doce ocasiones.
El tío de las fotos tiene a una chica dormida encima, en un sofá, tapada con una sudadera que es mía, la del catorce, la reconozco.
Ella duerme. Él ha hecho la foto desde arriba, con cuidado, para no despertarla.
Se le ve media cara y un brazo. Es Renata.
Es Renata Acosta dormida con mi sudadera, con una paz en la cara que no le he visto nunca despierta, porque a la Renata que yo conozco no la dejan dormir así ni sus propios fantasmas.
Hay vídeos de seis segundos. Los pongo. En uno van los dos en un coche, de noche, y ella canta algo en español, fatal, desafinando a propósito, y el tío de las fotos —yo— se ríe tanto que la cámara tiembla, y al final ella le mira y le dice algo que no se oye bien y los seis segundos se acaban.
Lo pongo otra vez. Y otra. Catorce veces.
Quería oír lo que decía al final. No lo conseguí.
Ocho meses. Las fechas iban de un octubre a un junio. Ocho meses de una vida entera que yo había tenido, día a día, foto a foto, y que alguien me había borrado de la cabeza con tanto cuidado que ni sabía que la echaba de menos.
No me había olvidado de una chica. Me habían robado una felicidad. Hay una diferencia, y la diferencia es todo.
No sé cuánto tiempo estuve. Sé que en algún momento me levanté, cogí el móvil, me pasé tres de las fotos —el lago, ella dormida, los dos en el coche— y salí de casa sin chaqueta, a la una de la madrugada, en mitad de mi rehabilitación de un paro cardíaco, conduciendo con la mano derecha que no me responde del todo, hasta el piso de Renata, que resulta que también sabía dónde estaba sin que nadie me lo hubiera dicho nunca.
Aporreé la puerta. Una. Dos. Tres veces, fuerte, sin parar, hasta que oí pasos y un «¿pero qué...?» y la puerta se abrió con la cadena puesta, y por la rendija apareció su cara, sin maquillaje, con el pelo suelto, con cara de la una de la madrugada y de susto.
—¿Marchetti? ¿Estás loco? ¿Qué...?
Levanté el móvil. Le puse la pantalla en la cara, a través de la rendija. La foto del lago. Los dos riéndose en el hielo negro.
—Éramos esto —dije.
No era una pregunta. No me temblaba la voz. Lo dije como se dice un hecho, porque era un hecho, lo tenía en la mano, trescientas doce veces.
Se le cayó la cara. Toda. De golpe. Se le fue el color por la rendija de la puerta, miró la pantalla, luego a mí, luego otra vez la pantalla, y se dio cuenta en tiempo real de que se había acabado, de que ya no había nada que omitir, de que el papel que había mantenido en pie durante dos años acababa de caerse de un soplo.
Quitó la cadena. Abrió. No porque quisiera; porque ya no había motivo para no abrir.
Entré. Cerró la puerta detrás de mí. Y nos quedamos los dos en su salón, a la una de la madrugada, con la verdad encima de la mesa por fin, después de dos años.
—Me dejaste creer que te odiaba —dije. Y ahora sí me temblaba algo, no la voz, las manos—.
Dos años. Dos años creyendo que eras lo peor que me había pasado.
Y resulta que eras lo mejor, y que alguien lo borró.
Todo el mundo me ha dejado creer que te odiaba.
Mi padre, mi hermano, el equipo, todos. Y a ellos los entiendo, ¿sabes?
, porque a ellos los entiendo: ellos me mienten por dinero.
Valgo más odiándote. Valgo más solo, sin distracciones, enchufado al hielo.
Lo suyo lo entiendo, es asqueroso pero lo entiendo.
—Di un paso hacia ella—. Pero tú no cobras.
Tú no ganas nada. Así que dime una cosa, la única que necesito saber esta noche.
Ellos me mienten por dinero. ¿Tú por qué?
Y ella, que es la persona más entera que conozco, la que tiene siempre la cara en orden, la que no pierde nunca, se quedó sin palabras.
Por primera vez. Abrió la boca y no le salió nada.
Peleó con ello, buscó la frase, descartó tres o cuatro, y al final lo único que consiguió decir fue mi nombre, mal, en un hilo:
—Theo...
Y fue oírle decir mi nombre así —no «Marchetti», no el apellido con el que me mantiene a distancia, sino «Theo», bajito, roto— y se me rompió a mí algo que llevaba aguantando toda la noche.
No sé quién se movió primero. Juro que no lo sé.
Sé que de repente la tenía contra mí, o yo contra ella, su boca en la mía, las dos manos en su cara, y que la besé con dos años de rabia y ocho meses de algo que no recuerdo pero que el cuerpo sí, todo a la vez, el deseo y la furia en la misma boca, besándola como se besa a alguien al que quieres y al que no perdonas, que resulta que se puede, que resulta que es el peor beso del mundo y el mejor, los dos, pegados.
Ella me agarró de la camiseta, no para apartarme, para acercarme, y por un momento, un momento solo, dejamos de ser dos personas que se habían hecho daño durante dos años y fuimos otra cosa, la de las fotos, los del lago, los de antes.
Duró poco. Lo cortó ella. Me puso las dos manos en el pecho —en el pecho roto, encima del esternón que todavía me duele, encima del corazón que ella conoce mejor que yo— y empujó, despacio pero firme, y se separó, y se llevó la mano a la boca, y negó con la cabeza.
—No —dijo—. No, no, no. Esto no. Esto no arregla nada.
—¿Y qué arregla algo? —Yo respiraba mal—. Dímelo tú, que lo sabes todo. Dime qué arregla esto.
—Vete a casa, Theo.
—No me llames Theo y me eches en la misma frase. Una cosa o la otra.
Se quedó callada. Y luego hizo lo que mejor sabe hacer. Se recompuso delante de mí, pieza a pieza, se puso otra vez la cara de orden, la de profesional, la de la que no siente nada, y cuando habló ya era esa, ya no era la del hilo de voz.
—Lo nuestro existió —dijo—. No te voy a insultar negándolo, no después de eso. —Señaló el móvil con la barbilla—. Fue real. Todo lo que hay en esas fotos fue real. Te quise. Lo que viste en ese lago pasó. Eso te lo confirmo, porque te lo mereces y porque mentirte a estas alturas sería de cobardes.
Por un segundo pensé que iba a contármelo todo. Por un segundo.
—¿Y el informe? —dije—. Si me querías. Si todo eso era real. ¿Por qué firmaste el papel que me hundió?
Y ahí, justo ahí, la vi cerrarse. Como una puerta. Como su puerta de hace dos años, que yo no recuerdo pero que el cuerpo sí. Se le endureció algo en la cara, levantó un muro entre los dos, piedra a piedra, delante de mí, y dijo, con una voz nueva, plana, definitiva:
—Eso no era parte de lo nuestro.
—¿Cómo que no? Es la única parte que importa.
—Eso es otra cosa, Theo. Lo nuestro es una. El informe es otra. No las mezcles.
—Son la misma noche. Son la misma persona. ¿Cómo no van a ser la misma cosa?
—Porque no lo son. —Y me sostuvo la mirada sin pestañear, blindada, inexpugnable—. Vete a casa. Por favor. Te lo pido por una vez en la vida sin discutir. Vete.
Y me fui. Porque no había nada más que sacarle esa noche, lo conozco ese muro, contra ese muro no se puede. Me fui con el beso todavía en la boca y con la mitad de la verdad en el bolsillo y con la otra mitad cerrada con llave detrás de una frase que no me creía: «eso no era parte de lo nuestro».
Conduje a casa despacio, con la ventanilla bajada para no dormirme, repasando lo único nuevo que tenía, que era enorme y que no me servía de nada.
El odio era mentira. Vale. Eso ya lo sabía.
¿Y el informe?
Porque esa era la cosa. Ahora tenía dos historias, y las dos eran verdad, y no cabían juntas.
La historia de que nos quisimos, que era real, que estaba en trescientas doce fotos.
Y la historia de que ella me traicionó, que también era real, que estaba en un papel con su firma.
Antes, cuando creía que solo me odiaba, todo cuadraba.
Ahora que sabía que me había querido, ya no cuadraba nada.
Una mujer que te quiere no te hunde la carrera.
Y una mujer que te hunde la carrera no guarda trescientas doce fotos tuyas cifradas hasta el día que te mueres.
Las dos cosas no podían ser verdad a la vez. Y eran verdad a la vez. Las dos.
Así que faltaba una tercera cosa. Una pieza que uniera las dos historias imposibles y las convirtiera en una sola que tuviera sentido. Una razón. La razón que ella había cerrado con llave detrás de «eso no era parte de lo nuestro».
Y yo iba a encontrarla. Aunque fuera lo último que hiciera con este corazón prestado que me queda.