Capítulo 14
Theo
A Ozzy se le suelta la lengua a la cuarta cerveza y se le cae el alma entera a la sexta, así que compré pizza para dos y cerveza para ocho.
No es que esté orgulloso. Emborrachar a tu mejor amigo para sacarle información es una jugada fea, de esas que hago ahora y que el Theo de hace dos años a lo mejor no hacía, no lo sé, no me acuerdo de qué clase de tío era.
Pero llevaba semanas chocándome contra paredes pulidas en mi propia casa, y Ozzy era lo contrario de una pared.
Ozzy era una puerta abierta de par en par con un cartel de «pasa y sírvete».
Solo tenía que esperar a la sexta cerveza.
Cenamos en su piso, en un sofá que huele a perro aunque no tiene perro, viendo un partido viejo que ninguno miraba.
Le dejé hablar. Ozzy borracho es una de las maravillas del mundo: empieza una frase sobre el partido, se va por una rama a hablar de un tío del instituto, de ahí salta a una teoría sobre por qué las pizzas saben mejor a las dos de la mañana, vuelve al partido sin que nadie lo haya pedido, y todo con una seguridad de catedrático.
En una hora me explicó por qué los pingüinos no se marean, por qué el segundo trozo de pizza sabe mejor que el primero pero el cuarto ya es una decisión moral, y una teoría completa sobre que su ex lo dejó por culpa de Mercurio retrógrado, defendida con datos que se inventaba sobre la marcha.
Me reí de verdad un par de veces, y eso también hacía semanas que no me pasaba.
Es raro lo que tengo con Ozzy. Yo no me acuerdo de él.
Sé que es mi mejor amigo porque todo el mundo me lo dice y porque hay fotos, pero los dos años que compartimos antes del paro están en el mismo agujero negro que el resto.
Para mí, Ozzy es un amigo nuevo de toda la vida.
Y aun así, sentado en aquel sofá, con él divagando sobre pizzas, me sentí más en casa que en mi propia casa.
Eso me pasa con poquísima gente. Con Ozzy y, aunque me reviente admitirlo, con una mujer que me odia a muerte tres tardes por semana.
Dos personas en el mundo. Las dos, gente con la que mi cuerpo está a gusto sin que mi cabeza sepa por qué.
Cuando llegó a la quinta, empecé a empujar despacio hacia donde quería.
—Oye —dije, como sin importancia—. El otro día pensaba en cosas de hace dos años. Lo de antes del paro. Y hay un montón que no me cuadra. Tú estabas en todo, ¿no? Eras mi sombra.
—Tu sombra con mejor cuerpo —dijo, con la boca llena—. ¿Qué no te cuadra?
—Lo de Acosta. Cómo empezó. En casa me lo cuentan de una manera que es como muy... ordenada. Que fue creciendo, que me fue cogiendo manía con el tiempo, meses de roces, y al final el informe. Como una bola de nieve.
Ozzy paró de masticar. Hasta borracho, el nombre lo puso serio medio segundo, igual que la otra vez.
—Tío, esa historia yo la dejaría en paz —dijo—. No te hace bien.
—Ya. Eso dice todo el mundo. Por eso te lo pregunto a ti y no a todo el mundo.
—Porque sabes que yo no te sé mentir. —Me señaló con el trozo de pizza, muy serio de pronto—.
Eso es rastrero, Marchetti. Aprovecharte de que soy el único que no te edita.
Tu padre te dice lo que te conviene oír.
Yo te digo la verdad, y tú lo sabes, y por eso me has traído ocho cervezas en vez de las dos de siempre.
Te he calado. —Le dio un trago—. Pregunta lo que quieras, anda. Pero que conste que te he calado.
Me reí, porque me había calado y porque daba exactamente igual.
—¿Tú lo viviste como una bola de nieve? ¿Meses de roces? —Le abrí la sexta y se la puse en la mano, que es la maniobra más sucia de la noche.
Le dio un trago largo. Se acomodó. Y arrancó por una rama, como siempre, porque Ozzy nunca contesta una pregunta de frente, la rodea hasta que se cansa.
—¿Sabes lo del burrito? —dijo.
—¿Qué burrito.
—El burrito. El Gran Burrito. —Lo dijo con mayúsculas, lo juro—.
Viaje a un torneo, autobús del equipo, seis horas.
Marchetti, escúchame, esto es importante.
Yo me había comprado un burrito en la gasolinera, un burrito hermoso, del tamaño de un antebrazo, y lo dejé en mi asiento dos minutos para ir a mear, dos minutos, y cuando volví te lo estabas comiendo tú.
Mi burrito. Con una cara de felicidad que daban ganas de matarte.
Y cuando te dije que era mío me dijiste, con toda la jeta, que un burrito sin nombre es de quien lo encuentra.
¡Un burrito sin nombre! ¡Le pusimos nombre, Marchetti!
Estuvimos cuatro horas de autobús discutiendo la jurisprudencia del burrito.
El equipo entero se dividió en bandos. Hubo un juicio.
Y el árbitro fue Sayer, que iba en el autobús porque le tocaba supervisión médica, y montó un tribunal con el botiquín de mesa y un depresor de lengua de mazo.
Sayer, tío. El médico del equipo. Dictando sentencia sobre un burrito robado con un palito de mirar gargantas.
Te declaramos culpable. Tuviste que comprarme tres burritos de penalización en el viaje de vuelta.
Fue —se le quebró la voz de risa— fue el mejor día de aquel curso. De lejos.
Me estaba riendo. No podía no reírme.
—¿Y eso qué tiene que ver con Acosta?
—Espera, que voy. —Bebió—. Lo del burrito fue un viernes. Me acuerdo porque al volver el lunes ya estabas raro, ¿vale? Y eso es lo que te quería decir. Que aquí está la cosa.
Y ahí, sin darse cuenta, sin saber lo que tenía en la mano, Ozzy dejó la cerveza en la mesa y me miró con esa lucidez que les viene de pronto a los borrachos, justo antes de volver a perderla.
—Lo raro nunca fue que la odiaras —dijo—.
Eso lo entendí. Si la tía te metió un informe y te jodió el draft, normal que la odiaras, la gente odia por menos.
Lo raro fue el calendario, tío. Las fechas.
Tu padre y eso lo cuentan como que fue poco a poco, pero yo estaba allí, y yo te lo digo: aquello fue de un día para otro.
De un día. Un viernes andabas por ahí...
—se rio, buscando la palabra— ...sonriéndole al móvil como un imbécil, como un quinceañero, con una sonrisa de tonto que yo no te había visto nunca, y te picábamos con que tenías novia secreta y tú te ponías colorado y nos mandabas a la mierda.
Eso un viernes. Y el viernes siguiente, de golpe, sin transición, sin nada, era «no nombréis a Acosta delante de Theo».
De la sonrisa de tonto al «no la nombréis».
En una semana. ¿Eso es una bola de nieve?
Una bola de nieve tarda. Aquello fue un interruptor.
Alguien le dio a un interruptor y se acabó.
Y nunca supe quién, ni por qué, ni qué pasó ese finde en medio.
Pero bola de nieve no fue. Eso te lo firmo borracho y te lo firmo sobrio.
Se quedó callado, satisfecho de haberlo dicho, y volvió a coger la cerveza, y a los diez segundos ya estaba otra vez con que si quedaba pizza, el momento de lucidez gastado, sin la menor idea de que acababa de ponerme en las manos lo más grande que me había dado nadie en semanas.
Porque no había juntado las dos cosas. Para Ozzy eran dos recuerdos sueltos: yo sonriéndole al móvil un viernes, y yo odiando a Acosta el siguiente.
No los había unido nunca. No tenía por qué.
Él no sabía a quién le sonreía yo en aquel móvil.
Yo tampoco lo sé. Pero a diferencia de Ozzy, yo tenía otras piezas en la mesa, y una de ellas era una mujer que se sabe mi sonrisa de memoria y cambia apósitos que no hace falta cambiar, y otra era una carpeta cifrada que escondí del mundo muerto de nervios, y de pronto la sonrisa de tonto al móvil de hace dos años dejaba de ser un recuerdo suelto y empezaba a tener un sitio donde encajar que no me atrevía a decir en alto.
Un sitio donde encajar. Esa es la sensación más rara de reconstruirte a ti mismo a ciegas: que las piezas, de una en una, no dicen nada, y de repente dos encajan y hacen un ruidito, un clic pequeño, y sabes que vas bien aunque todavía no veas el dibujo entero.
Aquella noche oí el clic. La sonrisa al móvil encajó con algo, no sabía con qué, pero encajó, hizo su clic, y supe que no me lo estaba inventando, que de verdad había un hueco con esa forma esperando esa pieza desde hacía dos años.
Le seguí el juego una hora más. Pedí la otra pizza para que no sospechara que solo había venido a por aquello.
Lo dejé ganar una discusión absurda sobre si los tiburones eran más viejos que los árboles.
Lo arropé con una manta cuando se quedó frito en el sofá a media frase, a mitad de una teoría sobre los árboles, con la boca abierta y una lealtad encima que él ni sabe que tiene, porque Ozzy me había protegido toda la noche de una cosa sin enterarse de que me la estaba contando.
Conduje a casa despacio, dentro de mi zona de frecuencia, con una frase dándome vueltas en la cabeza como una piedra en una lavadora. «De la sonrisa de tonto al no la nombréis. En una semana.»
Subí a mi cuarto. Saqué la libreta. Y escribí, y esta vez subrayé, subrayé de verdad, repasé las líneas tres veces hasta que el bolígrafo casi rompe el papel, porque algunas cosas hay que subrayarlas para creértelas:
El odio no creció. El odio se encendió. Un viernes feliz, el viernes siguiente «no la nombréis».
De un día para otro. Eso no lo hace el tiempo.
Eso lo hace un acontecimiento. Algo pasó ese fin de semana, algo concreto, algo con fecha, y de ese algo nació todo: el odio, el informe, la guerra, los dos años.
Mi familia dice bola de nieve. Ozzy dice interruptor.
Internet dice interruptor. Mi cuerpo dice interruptor. Cuatro contra uno.
Y debajo, sin atreverme a poner la conclusión, porque la conclusión todavía no la podía escribir sin que me temblara la mano, dejé solo las preguntas:
¿A quién le sonreía yo en ese móvil? ¿Qué pasó ese fin de semana? ¿Y por qué todos en mi casa necesitan que yo crea que fue lento, cuando fue de golpe?
Dejé el boli. Y entonces lo hice, lo que hago algunas noches sin querer: abrí la libreta por la página de en medio, donde guardo la flor.
La peonía seca. La que encontré dentro de mi propio guante el primer día en casa, blanca una vez, marrón ahora, aplastada entre dos hojas como un secreto prensado.
La saqué con dos dedos, con el cuidado con el que se coge algo que se puede deshacer en polvo, y la giré bajo la luz del flexo.
Alguien la había prensado. Una flor no se seca así por accidente; alguien la metió entre dos páginas a propósito, con cuidado, para conservarla.
Y ese alguien, hace dos años, había sido yo.
Yo guardé esta flor. Yo la prensé. El mismo que sonreía a un móvil como un imbécil y que de un día para otro empezó a odiar a una chica.
El tío que hizo esas tres cosas es el que tengo que encontrar, porque ese tío sabía algo que a mí me han borrado.
La dejé bajo la luz, encima de la mesa, al lado de la palabra «interruptor» subrayada tres veces.
Una flor seca y una fecha que no cuadra.
Un chico que sonreía a un móvil y de pronto odiaba.
Un guante de zurdo que esconde una peonía.
No sabía aún qué dibujaban juntas todas esas cosas.
Pero por primera vez desde que desperté, tumbado en la cama mirando una flor marrón a la luz de un flexo, tuve la certeza física de que dibujaban algo, y de que ese algo era exactamente lo que mi familia se había dejado la piel en borrar.
Guardé la flor donde estaba. Apagué el flexo.
Mañana tocaba sesión. Y empezaba a saber qué pregunta hacer.