Zona Muerta Capítulo 15
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Capítulo 15

Renata

Mi madre todavía le airea las sábanas a Mateo dos veces al año, aunque Mateo lleve nueve años sin dormir en esa cama.

Las saca, las tiende en el balcón, las vuelve a meter por la tarde.

No lo hace delante de nadie. Yo lo sé porque una vez llegué antes de la cuenta y la pillé doblando una funda de almohada contra el pecho, en silencio, como quien abraza a alguien que ya no ocupa sitio.

Hay una fecha en el calendario que en mi casa no se nombra y se nombra todo el rato.

Ese fin de semana toca esa fecha, así que cogí el coche y conduje las dos horas hasta el pueblo, como hago todos los años, porque a mi madre no se la deja sola ese día y porque, aunque me cueste reconocerlo, yo tampoco quiero estar sola ese día.

Conduzco esas dos horas todos los años con la radio apagada.

No es por nada. Es que la música, ese día, sobra.

Necesito el ruido del motor y el repaso mental de lo que me voy a encontrar, que es siempre lo mismo y siempre me pilla desprevenida: la casa, el olor, el rincón, las botas, mi madre un poco más pequeña que el año anterior.

Una se cree preparada. Una conduce dos horas preparándose.

Y luego abre la puerta y no está preparada para nada.

La casa huele igual que siempre, a guiso y a cera, y sigue teniendo en la entrada lo que mi madre llama «el rincón» y que es, sin decirlo, un altar.

No es de los aparatosos. Una foto de Mateo con dieciocho años y la camiseta amarilla del equipo, sonriendo con esa cara que no sabía todavía nada de nada.

Una vela que mi madre enciende esa semana.

Y, en el suelo, debajo de la repisa, las botas de fútbol.

Las suyas. Los tacos gastados por dentro, con el barro de su último partido todavía seco en las estrías, porque nadie las ha limpiado nunca y nadie las va a limpiar y nadie, jamás, las va a tirar.

Llevan nueve años ahí. Cada vez que vuelvo me las encuentro en el mismo sitio, y cada vez es como recibir el golpe nuevo.

Mi madre habla de Mateo en presente sin darse cuenta.

«A Mateo no le gusta esta marca de café.

» «Mateo siempre se deja la luz del pasillo encendida.

» Se le escapa, y luego se calla un segundo, y yo hago como que no lo he oído, porque corregirla sería matarlo otra vez, y bastante lo matamos ya el resto del año cuando hablamos de él en pasado.

Ese día, en esa casa, una vez al año, Mateo vuelve a estar en presente.

Es lo único que sé darle a mi madre. Hacer como que oigo mal.

Mi madre y yo no hablamos mucho de él. Hablamos de todo lo demás, de la vecina, de mi trabajo, de si como bien, y entre frase y frase, Mateo está, sentado a la mesa con nosotras, sin silla.

Es por la tarde, fregando los platos las dos, cuando lo dice. Lo dice todos los años, en algún momento, y yo todos los años espero a que lo diga porque sé que necesita decirlo.

—Si alguien lo hubiera visto a tiempo —dice, con las manos en el agua, sin mirarme—.

Eso es lo que no me cabe en la cabeza, hija.

Que estaba ahí. Que se podía ver. Si alguien le hubiera hecho una de esas pruebas, lo de los papelitos con las rayas, la máquina esa.

.. Una sola vez. Le habría salido. Lo tenía dentro desde que nació y nadie miró.

Un crío de diecinueve años con una cosa escrita en el corazón que una máquina lee en cinco minutos, y nadie le puso la máquina, porque era fuerte, porque corría más que nadie, porque quién le va a hacer una prueba del corazón a un chaval que parece un toro.

—Saca las manos del agua. Se las seca despacio—.

Cinco minutos, Renata. Una máquina. Eso era todo lo que hacía falta. Y no estaba.

No le contesto. Hace nueve años que no sé qué contestar a eso, porque no hay nada que contestar, porque tiene razón. Le paso el paño. Sigo fregando.

Lo que mi madre no sabe, lo que no le voy a decir nunca para no cargarla con ello, es que esa frase suya, «la máquina esa, los papelitos con las rayas», es toda mi vida.

Es mi carrera entera dicha por una mujer que no sabe que la está describiendo.

Yo no elegí cardiología del deporte porque me gustaran los corazones.

La elegí porque tenía catorce años y estaba en la grada, en tercera fila, viendo a mi hermano correr detrás de un balón un sábado de sol, y lo vi pararse en seco en mitad del campo, sin que nadie lo tocara, y caerse, y no levantarse.

Lo vi desde arriba. Tardé en entender que aquello iba en serio, que no era una caída de las de levantarse, lo mismo que tardé luego en entender muchas cosas.

Y cuando lo entendí, ya estaba todo el mundo corriendo hacia el centro del campo, y yo seguía en la grada, en tercera fila, sin poder moverme, mirando.

Esa es la imagen. No la voy a contar con más detalle, ni siquiera aquí, porque hay imágenes que si las sacas demasiado se gastan, y esa no me la puedo permitir gastar, la necesito intacta.

Solo diré que toda mi vida profesional, cada electrocardiograma que he leído, cada ratito que paso mirando rayas en una pantalla que para los demás no significan nada, es esa niña de la grada intentando volver atrás y bajar al campo a tiempo.

Me dedico a poner la máquina que no le pusieron a Mateo.

A leer el papel que nadie le leyó. A ver lo que estaba ahí, escrito, para que nadie tenga que mirar desde una grada cómo se cae alguien que se podía haber salvado con cinco minutos y un aparato.

Eso es lo que hago. Esa es la Enterradora del campus, la tía rara que lee corazones como otras leen el horóscopo. No leo el horóscopo. Leo finales. Y los leo porque vi uno que nadie quiso leer a tiempo, y no se lo deseo a ninguna madre, a ninguna hermana en ninguna grada, a nadie.

Y por eso, cuando en una pantalla me aparece la frase, esa frase, la que mató a Mateo, escrita en el corazón de alguien que todavía corre y todavía ríe y todavía no sabe nada de lo que lleva dentro, no me puedo quedar callada.

No sé hacerlo. No me sale, aunque callarme fuera lo cómodo, lo seguro, lo que no me costara la carrera ni los amigos ni que me llamaran cosas por los pasillos.

No puedo. Porque ya me quedé una vez quieta en una grada, a los catorce años, viendo, sin poder bajar al campo a tiempo, y desde aquel sábado tengo una sola norma que está por encima de todas las que me he inventado después: que mientras yo sepa leer la frase, nadie se me cae sin que yo haya avisado.

Nadie. Me cueste lo que me cueste. Lo que pase después del aviso ya no está en mi mano.

Pero el aviso sí. El aviso es lo único que de verdad puedo dar, y lo doy siempre, y lo volvería a dar mil veces, y que me llamen Enterradora las mil veces.

No le dije nada de esto a mi madre. Le di un beso, le dije que las botas seguían bien donde estaban, dormí en mi cama de cría con los pósters todavía pegados, y el lunes por la tarde, después de pasar el día con ella, cogí el coche y volví al campus con el pecho lleno de cosas que llevo nueve años sin saber dónde poner.

Llegué de noche. Aparqué, y en vez de ir a casa fui hacia la facultad, no sé bien por qué, a lo mejor porque la sala de rehabilitación es ahora el único sitio donde me siento entera, aunque no tenía sesión, aunque era tarde, aunque no había nadie.

Había alguien.

En el banco de fuera, el que hay enfrente de la puerta de la sala, estaba Theo.

Dormido. Encogido en una postura imposible para un tío de su tamaño, con la chaqueta puesta de cualquier manera, profundamente dormido, como solo se duerme cuando llevas mucho rato esperando algo que no llega.

Y en el suelo, a sus pies, dos vasos de café para llevar, con la tapa puesta, los dos intactos, los dos fríos hacía horas.

Me quedé parada mirándolo. No entendía nada.

Se despertó al notarme. Le costó situarse, parpadeó, se incorporó con un gesto de dolor en el cuello, y cuando me vio se le pasó por la cara algo que no supo esconder a tiempo, algo entre el alivio y la vergüenza.

—Estás aquí —dijo, con la voz pastosa de sueño.

—¿Qué haces tú aquí?

—Era miércoles. —Como si eso lo explicara todo.

Se frotó la cara—. Teníamos sesión. A las cuatro.

No has venido. Y no avisaste, o a mí no me llegó el aviso, no sé.

—Señaló los cafés del suelo, y al hacerlo se dio cuenta él mismo de lo absurdo que era, y se le encendió un poco la cara—.

Te traje café. Dos. Por si venías con frío.

Se han quedado helados. Llevo aquí... bastante.

Miércoles. Hoy era lunes. Había perdido la cuenta de los días en casa de mi madre, entre las botas y la vela y la frase de siempre, y se me había pasado la sesión del miércoles, y este chico había ido, y al no encontrarme se había quedado esperando, con dos cafés, no sé cuántas horas, hasta dormirse en un banco.

Y no era hoy. Era miércoles. Habían pasado días.

Que los cafés estuvieran ahí significaba que había vuelto.

Que había vuelto más de una vez. Que llevaba días pasándose por ese banco por si yo aparecía.

Algo se me descolocó por dentro. Algo que llevo dos años teniendo perfectamente colocado, atornillado, sujeto con todas las normas que yo misma escribí, se movió de su sitio, ahí, en aquel pasillo, a las once de la noche, mirando a un chico medio dormido con dos cafés fríos a los pies.

Porque yo venía de pasar el fin de semana con el agujero más grande de mi vida, el de no haber podido salvar a alguien.

Y me encontraba a alguien a quien sí había salvado, esperándome en un banco con café, sin saber siquiera que se lo había salvado, sin recordar nada, solo porque su cuerpo lo había llevado hasta el único sitio donde yo le ordeno el pulso.

Las dos cosas a la vez fueron demasiado para la mujer que volvía esa noche.

La de siempre lo habría gestionado. Esa, la del lunes del aniversario, con la armadura todavía en el coche, no pudo.

—No tenías que esperar —dije, y me salió la voz rota por un sitio por el que no me sale nunca.

—Ya. —Recogió los cafés fríos del suelo, los dos, y se levantó, y se quedó ahí, despeinado, sin saber qué hacer con ellos ni conmigo—. ¿Estás bien? Tienes mala cara. Mala cara de verdad, no la que pones para echarme.

Y esa pregunta, «¿estás bien?», hecha por él, a esas horas, después de ese fin de semana, con dos cafés helados en las manos que había traído por mí, fue lo que estuvo a punto de romperme del todo.

Porque a mí nadie me pregunta si estoy bien.

Yo soy la que pregunta. Soy la del chaleco, la del pulso, la que sostiene a los demás cuando se les desboca el ritmo.

A mí no me sostiene nadie, porque a mí no me dejo, porque hace nueve años que decidí que mi sitio es de pie, sujetando, y no sentada, dejándome sujetar.

Y aquel chico, que se suponía que me odiaba, que no se acordaba de mí, que tenía todas las razones del mundo para no traerme un café en su vida, me había esperado en un banco con dos hasta que se le quedaron helados, y me preguntaba si estaba bien con una cara que de verdad quería saberlo.

No supe qué hacer con eso. No tengo protocolo para eso.

Tengo protocolo para todo menos para que me cuiden.

No me rompí. Pero estuve cerca. Más cerca que en dos años.

—Estoy bien —dije.

Y por primera vez desde que lo conozco, no me molesté en que sonara verdad.

Dije «estoy bien» como se cierra una puerta, y él oyó la puerta cerrarse, y supo perfectamente todo lo que había detrás sin pedirme que la abriera.

Por una vez no señaló nada. Se quedó ahí, con sus dos cafés fríos, dejándome el «estoy bien» puesto como quien te echa una manta por encima sin decir palabra.