Zona Muerta Capítulo 13
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Capítulo 13

Theo

Para la tercera semana de rehabilitación había dejado de mentirme sobre una cosa: lunes, miércoles y viernes a las cuatro eran lo único de mi semana que esperaba con ganas.

No lo decía. Ella tampoco. Pero los dos lo sabíamos, y se notaba en tonterías.

En que yo llegaba cinco minutos antes y ella ya estaba, cuando una sala de rehabilitación no necesita que nadie llegue antes.

En que las sesiones, que en teoría duraban una hora, se nos iban a hora y diez, a hora y cuarto, sin que ninguno mirara el reloj para cortarlas.

En que el resto de mi vida —mi padre, la casa, las preguntas sin respuesta, la carpeta que no encontraba— se quedaba aparcado en la puerta de aquella sala, y durante una hora yo era solo un tío al que le mandaban pedalear y una chica que le miraba los números.

Desde lo del homenaje había algo más, además.

No lo habíamos hablado. Yo lo intenté, el primer lunes después, le dije «oye, lo del otro día, gracias, me sacaste de…

», y ella me cortó con un «fue una crisis de ansiedad, es mi trabajo, no le des importancia» tan rápido y tan plano que entendí que el tema estaba cerrado con llave.

Pero mi cuerpo no había cerrado nada. Mi cuerpo se acordaba de su pulso debajo de mis dedos cada vez que ella se acercaba a tomarme el mío, y los dos hacíamos como que no.

Aquel miércoles decidí usar la hora para algo más que pedalear.

—Te propongo un trato —dije, desde la bici, a mitad de serie.

—No hago tratos con pacientes.

—Este te va a gustar, porque ganas tú. —Seguí pedaleando, mirando al frente, como quien no quiere nada—.

Cada bloque que termine sin rechistar, sin quejarme, clavando las pulsaciones donde tú digas, me contestas a una pregunta.

Una. Con la verdad. Tú decides qué pregunta aceptas y cuál no, así que el control es todo tuyo.

Yo solo sudo. Tú solo hablas si quieres.

—¿Y si no quiero contestar ninguna?

—Entonces no contestas ninguna, yo me quedo sin saber nada y tú te quedas con la conciencia tranquila de no haberme mentido, que sé que es lo que más te importa. No pierdes. Es un trato en el que solo puedes ganar o quedarte igual.

Se cruzó de brazos. Estaba calculando, buscando la trampa, sin encontrarla donde la buscaba.

—Una pregunta por bloque —dijo—. Yo decido si entra. Y si digo que pasamos a la siguiente, pasamos, sin discutir.

—Hecho.

—Y nada de esto sale de aquí. No es una conversación. Es parte de la sesión.

—Como todo lo nuestro —dije, y me arrepentí en el aire, porque «lo nuestro» se me había escapado solo, sin pedirme permiso, y ella lo cazó al vuelo, y por un segundo los dos nos quedamos con esa palabra en mitad de la sala antes de hacer como que no la había dicho.

Lo pensó. Y se le notó en la cara exactamente por qué dijo que sí: dijo que sí porque le ofrecí el volante.

Negociar es lo suyo, controlar es lo suyo, y yo le estaba poniendo en la mano la potestad de decidir cada pregunta, de cerrar la puerta cuando le diera la gana.

Creyó que con eso estaba a salvo. Es lista, la más lista que he conocido, de las que ven venir las cosas con dos jugadas de antelación.

Pero esa tarde se equivocó en una, y tardó tres preguntas en darse cuenta de cuál.

Porque yo no pensaba preguntar de frente.

Lo de frente no sirve con alguien así; pregúntale a bocajarro «¿qué fuimos tú y yo?

» y se cierra como una ostra y has gastado tu bala.

Lo aprendí viéndola esquivar a todo el mundo.

A la gente como ella no se le entra por la herida.

Se le entra por el tejido de alrededor, pregunta tras pregunta lateral, hasta que el dibujo aparece solo, sin que ella lo haya dibujado.

Pregunté como me imagino que opera un cirujano: nunca el órgano de golpe, siempre el corte limpio en lo de al lado.

—Trato —dije—. Primera. Completo este bloque y me dices una cosa de nada.

Terminé el bloque. Pulsaciones clavadas. Me bajé de la bici.

—¿Te caía bien? —pregunté—. Al principio de todo. Antes del informe, antes de la guerra. Cuando llegaste de prácticas y yo era solo un jugador más. ¿Te caía bien?

Lo pensó. Lo bonito de su regla, que tardé en descubrir que tenía, es que nunca mentía. Esquivaba, recortaba, se dejaba la mitad, pero lo que decía era verdad. Y por eso sus respuestas, si las escuchabas bien, valían oro.

—Eras un creído insoportable —dijo—. Te paseabas por el pabellón como si fuera tuyo.

Sonreías a todo el mundo sabiendo que ibas a caer bien, que es lo más insoportable que hay.

Me parecías un niño guapo al que nunca le habían dicho que no.

—Hizo una pausa—. ¿Que si me caías bien? No. Al principio no.

Lo dijo, y lo registré, y guardé también lo que no dijo, que es donde estaba la información.

No había dicho «me caías mal y punto». Había descrito con un detalle de fotógrafa exactamente cómo era yo, cómo sonreía, cómo andaba, qué le parecía.

Te tienes que haber fijado mucho en alguien para describirlo así dos años después.

La gente a la que de verdad le das igual te despacha en una frase: «un creído, ni me acuerdo».

No te hace un retrato. No se sabe tu sonrisa de memoria.

Renata se sabía la mía entera, el paseo, la cara, hasta lo que le había parecido cada gesto, dos años y un odio más tarde.

Esa no es la memoria del que te detesta.

Es la del que te estudió. Primera pieza, y me la guardé sin que se notara que la guardaba.

—Segunda —dije, y me puse con las pesas, las que más odio—. Otro bloque.

Terminé las pesas con el brazo derecho temblando, el torpe, el que la reanimación me dejó más lento. Solté las mancuernas.

—¿Nos reíamos juntos alguna vez? —pregunté—. Tú y yo. En algún momento de esos dos años, antes de que se torciera todo. ¿Llegamos a reírnos juntos de algo?

Y ahí pasó una cosa pequeña que lo dijo todo.

Antes de contestar, se le movió algo en la boca.

Un principio de sonrisa que mató en el sitio, que cazó al vuelo y borró antes de que le saliera del todo, como quien tapa una carta.

Pero le dio tiempo a arrancar. La sonrisa empezó sola, de puro recordar, le tiró de la comisura un milímetro hacia arriba antes de que ella la pillara y la estrangulara a medio camino.

No fue lo bastante rápida. Para mí, que llevaba semanas estudiándole la cara como ella había estudiado la mía, ese milímetro fue un grito.

—Alguna vez —dijo.

Dos palabras. «Alguna vez.» Frías, medidas, mínimas.

Y completamente desmentidas por la sonrisa que había tenido que estrangular medio segundo antes.

Si nos hubiéramos reído «alguna vez», la cara no se le habría ido sola hacia la sonrisa.

Esa cara era de quien se ha reído mucho, tantísimo que el cuerpo todavía se le va para allá solo al recordarlo, y la palabra era de quien quiere que pienses que fue poco.

La verdad estaba en la cara. La mentira por defecto estaba en las palabras.

Y no me había mentido: nos reímos alguna vez, sí, técnicamente cierto.

Solo que «alguna vez» quería decir «siempre», y ella lo sabía, y por primera vez aquella tarde la vi darse cuenta de en qué se había equivocado al aceptar el trato.

No controlaba las preguntas. Daba igual qué pregunta aceptara.

Cada respuesta verdadera, por recortada que la diera, era un ladrillo más de un muro que ella llevaba dos años levantando para que nadie viera lo que había detrás, y yo se los iba sacando de uno en uno sin tocar el muro.

Se puso seria. Se le acabó el juego de golpe. Pero ya había aceptado el trato, y ella no rompe los tratos, esa es otra cosa que sé de ella sin saber cómo lo sé.

—Tercera —dije—. La última de hoy. Te la cambio: este bloque no es de ejercicio. Es de quedarte ahí quieta mientras te lo pregunto.

—Eso no es el trato.

—Llevo toda la sesión cumpliendo. Me he ganado una rara. —Me senté en la camilla, frente a ella, y bajé la voz, porque la pregunta que llevaba toda la semana queriéndole hacer no era para decirla fuerte—. Renata. ¿Yo era buena persona, hace dos años?

Y por primera vez no tuvo lista la respuesta.

Se quedó sin nada. Abrió la boca, no le salió, la cerró.

La chica que tiene una frase plana cargada para todo se quedó muda delante de una pregunta de seis palabras.

Era una pregunta sucia por lo limpia que parecía: no le preguntaba por ella, ni por nosotros, ni por el informe.

Le preguntaba por mí. Por quién había sido yo en los dos años que me habían robado, una cosa que yo no podía saber y que ella sí, y que de repente necesitaba más que el aire, porque todo el mundo me había contado qué me habían hecho y nadie me había dicho nunca quién era yo cuando me lo hicieron.

Si era de los buenos o de los malos. Si el chico que fui merecía algo de lo que me pasó.

Y la pregunta le hizo algo por dentro, aunque peleara por que no se le notara.

Sabía la respuesta. Se le notaba a kilómetros que la sabía, que era larga, que le pesaba, que se le agolpaba detrás de los dientes con ganas de salir.

Y decidió no dejarla salir. La tragó entera, con esfuerzo, igual que había hecho con la sonrisa, igual que hacía con todo, y por un segundo le costó tanto que casi me dio pena haber preguntado. Casi.

—Eras muchas cosas —dijo, por fin.

Y se dio la vuelta. Cogió el rollo de esparadrapo y se puso a cambiarme el apósito de la cicatriz del pecho, el de la reanimación, el que me cierra el esternón por fuera, un apósito que estaba perfectamente puesto y que no había que cambiar, y lo despegó y lo volvió a poner igual, con las manos demasiado ocupadas y los ojos demasiado fijos en mi pecho para tener que levantarlos hacia mi cara.

—«Eras muchas cosas» no es una respuesta —dije, bajito.

—Es la que hay. —La voz le salió rara. Apretó el esparadrapo nuevo sobre la cicatriz, justo encima del corazón que me había fallado, con un cuidado que no le ponía a ninguna otra parte de mí—. Has cumplido el trato. Tres bloques, tres respuestas. Se acabó por hoy. El viernes seguimos.

No insistí. No porque me rindiera, sino porque ya tenía lo que había venido a buscar, aunque no fuera lo que creía.

No había conseguido saber si yo era buena persona.

Había conseguido algo mejor: ver a una mujer que se supone que me odia a muerte cambiarle a mi cicatriz un apósito que no hacía falta cambiar, solo para no tener que mirarme a los ojos y decirme la verdad sobre quién fui.

La gente no le pone esa clase de cuidado a una cicatriz que odia.

Salí de la sesión con el apósito nuevo en el pecho, puesto por unas manos que decían justo lo contrario que su dueña, y con la sensación rara de haber ganado y perdido la misma partida.

Ganado, porque ya sabía. Perdido, porque saber no me servía de nada mientras no pudiera demostrarlo, y porque cada pieza que le sacaba me dejaba con más hambre de la única que de verdad quería, la que ella tenía detrás del muro y no pensaba darme jamás.

Esa noche, en la libreta, no escribí ninguna conclusión grande. Escribí las tres respuestas, una debajo de otra, tal cual me las había dado:

Que si me caías bien: «no», con todos los detalles de cómo era yo. Que si nos reíamos: «alguna vez», con una sonrisa que tuvo que matar. Que si yo era buena persona: «eras muchas cosas», y un apósito cambiado para no mirarme.

Y debajo, lo único que me atreví a concluir:

No miente nunca. Solo deja fuera. Y todo lo que deja fuera, junto, dibuja exactamente la misma cosa: que tú y yo, hace dos años, fuimos algo que no era odio.

Su boca dice una cosa. Su cara, su sonrisa, sus manos y mi propio cuerpo dicen otra.

Llevo toda la vida fiándome de la música y no de la letra.

Y la música de esta mujer, cuando cree que no la oigo, toca algo que no se parece nada a odiarme.