Capítulo 12
Antes — III
Fue la madrugada del nueve de febrero. Me sé la fecha como me sé el grupo sanguíneo, de tan grabada, y no la voy a olvidar mientras me funcione la cabeza.
Theo apareció debajo de mi ventana a las cuatro de la mañana, un martes, con el coche de Ozzy prestado y una idea de las suyas.
Me había mandado el aviso a la manera que teníamos para las cosas importantes, que no era un mensaje, porque los mensajes dejaban rastro y eso iba contra las normas que yo misma había escrito: era una piedrecita en el cristal, como en las películas malas.
Bajé en pijama y abrigo. No me dijo a dónde íbamos.
«Confía», me dijo, y de él esa palabra significaba lo que significa cuando la dice alguien que no te miente.
Condujo una hora y media hacia el norte, fuera del condado, fuera de donde a Theo Marchetti lo conocía hasta el del quiosco, hasta un sitio donde éramos dos desconocidos cualesquiera y nadie iba a sacar el móvil para fotografiarnos.
Eso era lo que me había regalado, me di cuenta luego: no el lago.
El anonimato. Una noche de ser dos personas normales que se gustan, sin chaleco, sin badge, sin apellido, sin nada que esconder porque a nadie le importábamos.
Yo no sabía cuánto pesaba esconderse hasta que pasé una noche sin hacerlo.
Llevábamos cuatro meses queriéndonos en almacenes de material, en mi coche con los cristales empañados, en los veinte minutos que le robábamos a la sala médica, siempre con un ojo en la puerta, siempre calculando quién podía aparecer.
Era como respirar con medio pulmón sin enterarte, hasta que alguien te deja respirar con los dos.
Esa noche respiré con los dos. Por eso me sé la fecha. No por el lago. Por el aire.
El lago estaba helado de orilla a orilla, negro y blanco bajo la luna, con una capa de hielo que crujía de gruesa. Theo sacó del maletero dos pares de patines. Los míos, de mi número. Llevaba días planeándolo.
—Ni de coña —dije, mirando el hielo—. Yo no me subo ahí.
—Aguanta un camión. Lo he comprobado.
—¿Cómo lo has comprobado?
—He venido antes. Solo. A comprobarlo. —Se encogió de hombros, quitándole importancia a haber conducido tres horas un día cualquiera para asegurarse de que el hielo donde iba a subirme no se rompía—. No te iba a traer a un sitio sin comprobarlo.
No supe qué hacer con eso. Con el cuidado. Era un crío de veinte años que en el hielo grande era un dios y fuera de él rompía cosas sin querer, y resulta que había conducido de noche, solo, a saltar sobre un lago helado para que yo pudiera patinar tranquila. No se lo dije. Me até los patines.
Patinar, lo que se dice patinar, no patiné. Me agarré a él como un koala a un árbol y me dejé arrastrar por la superficie negra mientras él iba hacia atrás, sujetándome de las dos manos, riéndose de mí con una paciencia que no le conocía.
—Relaja las rodillas. No mires los pies. Mírame a mí.
—No puedo relajar nada, tengo todos los músculos contraídos a la vez.
—Eso es porque eres una cabezota que lo controla todo. Aquí no controlas nada. Aquí manda el hielo y te llevo yo. Suéltate.
—Te recuerdo que me dedico a que la gente no se rompa.
—Y yo me dedico a no romperme encima del hielo. Por una vez en tu vida, fíate del experto. Rodillas.
Aflojé las rodillas un milímetro. No me caí. Me sorprendió tanto no caerme que me caí.
—Como me sueltes te mato.
—No te voy a soltar. Llevo toda la noche sin soltarte, Acosta, abre los ojos.
Los abrí. Estábamos en mitad de un lago helado, a las cuatro y media de la mañana, debajo de un cielo sin una sola nube y con todas las estrellas que en la ciudad no se ven nunca, y un chico me sujetaba de las manos y me miraba como si yo fuera la única cosa interesante en kilómetros de hielo.
Me reí. Me reí de verdad, con todo el cuerpo, de esas risas que no me dejo en la vida normal, y el sonido salió disparado por la superficie del lago y volvió rebotado, y por un momento fuimos dos risas en mitad de la nada.
Me caí cuatro veces. La cuarta lo arrastré conmigo, y acabamos los dos espatarrados en el hielo, sin aire de tanto reírnos, mirando hacia arriba.
Y ahí, tumbada en el hielo a su lado, le hice lo que le hago a todo el mundo sin darme cuenta, lo que llevo haciendo desde los catorce: le busqué la muñeca y le puse dos dedos en el pulso.
—Te va a mil —dije.
—Será por el frío.
—No es por el frío. —Le conté las pulsaciones, mirando el cielo, con sus latidos golpeándome la yema de los dedos—. Ciento diez. Estás como si vinieras de un esprint.
—Estoy tumbado en un lago.
—Por eso digo. —Me volví a mirarlo—. ¿Por qué te va el corazón a ciento diez tumbado en un lago, Marchetti?
No contestó con palabras. Se me quedó mirando, y el pulso, debajo de mis dedos, en vez de bajar, subió un poco más, y los dos supimos por qué, y ninguno lo dijo, porque algunas cosas pierden si las nombras.
—Te voy a enseñar un truco —dije, para tapar lo que no íbamos a decir—. Es lo primero que aprendí en lo mío. Para los nervios, para el pánico, para cuando el corazón se desboca y tú no puedes hacer nada. Dame la mano.
Le cogí la mano y me la puse yo en mi muñeca, los dedos de él sobre mi pulso.
—No mires el tuyo, que está loco. Siente el mío. El mío va despacio. Respira a mi ritmo, no al tuyo. Tu cuerpo se sincroniza con el que tiene al lado, lo hace solo, es física. Si tienes cerca un pulso tranquilo, el tuyo se calma. Pruébalo.
Y lo probó. Cerró los ojos, con los dedos en mi muñeca, y respiró conmigo, despacio, y noté cómo su pulso, debajo de la piel, iba bajando hacia el mío, igualándose, hasta que latíamos casi a la vez, tumbados en un lago helado, dos corazones puestos al mismo paso por un truco de catorce años.
Lo había hecho mil veces con pacientes. Es una técnica, viene en los manuales, la enseño yo a otros.
Pero nunca había sentido lo que sentí en aquel lago: que mi pulso le sirviera a alguien para algo más que para un dato en una gráfica.
Que mi cuerpo tranquilo pudiera tranquilizar el suyo.
Era la primera vez que lo que sé hacer, que casi siempre llega tarde y de luto, servía para algo bonito, en presente, con alguien vivo y riéndose a mi lado.
No sabría explicar por qué se me llenaron los ojos. Menos mal que estaba oscuro.
Abrió los ojos.
—Tu pulso me ordena —dijo, muy serio, como si acabara de descubrir una ley de la naturaleza—. ¿Lo sabías? Le digo al mío que se calle y no me hace caso. Te toco a ti y se calla. Tu pulso me ordena más que yo.
—Es física —repetí, pero me salió la voz rara.
—Es brujería. —Me apretó la muñeca una vez, suave—. Me lo quedo. Este truco me lo quedo para siempre. El día que me agobie de algo, vengo, te cojo la muñeca y listo.
Se rio al decirlo, porque era una tontería de las que se dicen tumbado en un lago a los veinte años, sin ningún peso, una frase bonita y nada más. Yo también me reí. Las dos cosas eran verdad aquella noche: que era una tontería, y que nos reímos.
Volvimos a la orilla cuando empezó a clarear, helados, con las piernas temblando. Theo fue al coche y volvió con la mano cerrada, y yo ya sabía lo que era antes de que la abriera, porque era la tercera, o la cuarta, había perdido la cuenta.
Una peonía blanca. Robada, otra vez, del invernadero del jardín botánico, el único sitio del estado donde florecen en febrero.
—Otra —dije.
—Otra. —Me la puso en la mano—. He pensado una cosa. Una por cada vez. Cada vez que conseguimos vernos sin que nadie lo sepa, sin badge, sin esconder nada, una flor. Para llevar la cuenta. Como las muescas en una pared, pero bonito.
—Eso es una cursilada enorme.
—Lo es. —No se disculpó—. ¿La quieres o no?
La quería. Claro que la quería. Llevaba ya tres peonías secas guardadas en un libro que no abría delante de nadie, y aquella iba a ser la cuarta, y en ese momento, con el lago clareando detrás, decidí sin decirlo que iba a guardar todas las que me diera, una por una.
Lo que él no sabía, lo que no le dije, es que llamarlo cursilada era mi forma de que no se me notara cuánto me importaba.
En mi casa nunca fuimos de flores. Éramos de aguantar.
Que un chico me trajera una flor cada vez que conseguía verme, y que llevara la cuenta de las veces como quien lleva la cuenta de algo que vale, era lo más cerca que había estado nunca de que alguien me dijera, sin decirlo, que yo valía la pena del esfuerzo.
Me guardé la peonía en el bolsillo del abrigo, contra el pecho, y le dije que conducía él, que yo tenía sueño, para no tener que mirarlo mientras se me pasaba lo que se me había puesto en la garganta.
Hablamos de futuro sin atrevernos a conjugarlo.
Es lo más cerca que estuvimos nunca de decirlo en alto.
Él dijo «algún día me gustaría llevarte a patinar de verdad, no a esto», y no dijo cuándo ni cómo ni dónde estaríamos ese algún día, porque ese algún día no cabía en ninguna realidad que pudiéramos nombrar sin que se rompiera.
Yo dije «algún día me gustaría no tener que tirarte piedras a la ventana», y no dije más.
—¿Sabes qué echo de menos? —dijo él, mirando el cielo—. Una tontería. Echo de menos poder decir tu nombre en alto. En la cafetería, en el pasillo, donde sea. «Esta es Renata.» Sin más. No poder decirlo es lo único de todo esto que llevo regular.
—Algún día.
—Algún día —repitió, y ahí los dos nos callamos, porque «algún día» era hasta donde llegábamos.
Más allá de «algún día» empezaba un terreno de fechas y planes y consecuencias que no podíamos pisar sin que se nos cayera todo encima, y los dos lo sabíamos, y los dos preferíamos quedarnos en el «algún día», que no obliga a nada y se parece muchísimo a la esperanza.
Los dos dejamos los «algún día» colgando, en condicional, sin sujeto ni fecha, como dos personas que se asoman a un sitio precioso y no se atreven a poner el pie porque no se fían de que el suelo aguante.
Hablábamos del futuro como del lago: sabiendo que estaba ahí, sin fiarnos del todo de que fuera a sostenernos.
Cuando nos fuimos, ya de día, me volví a mirar el lago una última vez desde la orilla.
En el hielo quedaban nuestras dos líneas de patines, cruzándose una y otra vez, enredadas, sin orden, el mapa tonto de una noche entera dando vueltas agarrados.
Y en el centro, donde nos habíamos caído por última vez, Theo había dejado la peonía.
Una flor blanca, sola, en mitad de toda aquella extensión de hielo negro, pequeñísima, marcando el sitio exacto donde habíamos sido, por una noche, dos personas a las que no había que esconder.
Me sé la fecha como me sé el grupo sanguíneo.
Nueve de febrero. Me llevé de aquella madrugada todo lo que se puede llevar uno de una noche: la hora, el frío en las piernas, el truco del pulso, la cuarta peonía en el bolsillo del abrigo y la imagen de la quinta sola sobre el hielo.
Conduje de vuelta con la sien apoyada en su hombro mientras él llevaba el coche de Ozzy por una carretera vacía que iba clareando, y no hablamos casi.
No hacía falta. Había sido la noche más fácil de mi vida, y la facilidad, para alguien como yo, que lo complica todo por dentro, es la cosa más parecida a la felicidad que conozco.
Esa madrugada la tuve entera, del frío de las cuatro al sol de las siete. Esa madrugada fue mía y suya y de nadie más. Y así se queda.