Capítulo 11
Renata
Me hicieron ir al homenaje por protocolo, y «protocolo» es una palabra muy limpia para decir que la universidad quería una foto de su supervisión ejemplar sentada donde se la viera.
Me pusieron en la zona médica, a pie de pista, con un chaleco que decía STAFF y una radio que no iba a usar, por si al chico le pasaba algo.
Por si al chico le pasaba algo. Como si lo del chico no llevara dos años siendo mi especialidad.
Ese pabellón y yo tenemos una historia que no le he contado a nadie, y volver a entrar no estaba en mi lista de cosas agradables.
Tengo mis motivos para no pisarlo, motivos que no son del caso clínico ni de protocolo ni de nada que se ponga en un formulario, y que me callé cuando Klein me pidió que viniera, igual que me lo callo todo.
Pero negarse a un acto oficial sin dar explicaciones no es una opción, y dar explicaciones es lo único que no me puedo permitir.
Así que vine. Me puse el chaleco. Y me senté a pie de pista, en el sitio donde mejor se me viera, a vigilar de lejos a la única persona del edificio a la que tenía prohibido mirar de cerca.
El pabellón estaba lleno. Catorce mil personas que habían venido a celebrar que un crío no se había muerto, con pancartas y con su número en la cara pintado, y arriba, en la grada de los palcos, detrás del cristal, estaba él.
Theo. Con su padre a un lado, su hermano al otro, una camisa que le habían elegido y la cara de quien preferiría estar en cualquier sitio menos en una tribuna viendo cómo lo homenajean por seguir vivo.
Yo no miraba el partido. Yo miraba el hielo.
Hay un punto, casi en el centro de la pista, un poco escorado hacia el banquillo local, que para todos los demás es hielo igual que el resto del hielo.
Para mí no. Para mí ese metro cuadrado tiene nombre.
Llevaba toda la tarde sin poder dejar de mirarlo, ese trozo de pista donde un corazón que yo había leído dos años antes hizo exactamente lo que yo había escrito que iba a hacer.
No voy a decir más de ese sitio. Hay sitios de los que no se habla.
A mitad del segundo tiempo pararon el juego para la ceremonia.
Bajaron las luces. Sacaron una alfombra al hielo, un micrófono, al entrenador, a dos directivos.
Hablaron de coraje, de familia, de los Kings.
Y entonces, para el momento grande, subieron al techo una camiseta enorme con su número y su apellido, MARCHETTI, y un cartel que decía «HASTA TU REGRESO», y los focos, todos los focos del pabellón, se juntaron en un solo círculo de luz blanca sobre el hielo para iluminar el momento.
El círculo de luz cayó justo sobre el punto.
Sobre ese punto. El suyo. El del centro escorado hacia el banquillo.
Catorce mil personas aplaudiendo un círculo de luz blanca puesto exactamente encima del metro cuadrado donde a Theo Marchetti se le había parado el corazón, y nadie en todo el pabellón, ni el que diseñó la ceremonia ni los que aplaudían, parecía darse cuenta de lo que estaban iluminando.
Yo sí. Y arriba, detrás del cristal, alguien más se dio cuenta.
Lo vi desde abajo, a través del cristal del palco, y desde abajo se veía todo.
La cara se le quedó fija en el círculo de luz, como si le estuvieran enseñando algo imposible.
La mano le subió al pecho, a tientas, buscándose el corazón por encima de la camisa.
Se levantó de golpe, torpe, chocó con la silla y la tiró.
Su padre le alargó el brazo, le agarró el codo, tiró de él hacia abajo para sentarlo, para que no montara una escena delante de las cámaras que habían venido a grabar un milagro y no un derrumbe.
Y Theo, que no se quita a su padre de encima casi nunca, esta vez se lo quitó.
Apartó el brazo de Vincent como quien aparta una rama y salió del palco a trompicones, sin mirar a nadie.
No lo pensé. Ya estaba corriendo cuando me di cuenta de que corría.
Por el lateral, por la escalera de servicio, hacia los túneles de los palcos, con el chaleco de STAFF dándome paso por donde a otros se lo habrían cerrado.
Llegué al pasillo de servicio que sale de la zona VIP justo cuando él salía por la otra punta, y estaba solo, porque su familia se había quedado arriba calculando cómo gestionar aquello, y lo único que había bajado a buscarlo era yo.
Estaba apoyado en la pared con las dos manos, doblado, intentando coger aire y sin conseguirlo, respirando rapidísimo, demasiado rápido, con esa respiración de pájaro que no le sirve a nadie. Tenía la cara gris y los ojos abiertos de par en par, de animal.
—No puedo respirar —dijo, cuando me vio—. Otra vez. Se me está parando otra vez. Llama a alguien. Mi corazón. Se me está parando.
—No se te está parando —dije.
Me puse delante de él. Profesional. Es lo único que sé ser cuando todo lo demás se cae.
—Mírame. Theo, mírame a mí. ¿Te duele el pecho? ¿Te aprieta, como un peso, o te quema?
—Me... aprieta. No sé. No puedo respirar.
—¿El brazo? ¿Se te duerme el brazo izquierdo, la mandíbula?
—No. No sé. El pecho. Voy a morirme.
—No vas a morirte. —Le cogí la cara con las dos manos para que parara de mirar alrededor y me mirara a mí—.
Escúchame con la cabeza de jugador, no con el miedo.
Estás respirando treinta veces por minuto.
Eso es lo que te marea, lo que te hormiguea en las manos, lo que te aprieta el pecho.
No es el corazón. Es que estás hiperventilando.
Si fuera el corazón, yo lo sabría, y no estaría hablando contigo, estaría haciendo otra cosa. ¿Me crees?
Lo dije con toda la autoridad que tengo, que es mucha cuando se trata de corazones, porque es lo único en lo que el mundo me ha dejado tener razón. Y algo de eso le llegó. Dejó de mirar las salidas y me miró a mí.
—Es pánico —dije, más bajo—. Has visto la luz en el sitio donde caíste y tu cuerpo ha creído que volvía a pasar. No te está pasando. Estás a salvo. Pero tienes que bajar la respiración o te vas a desmayar, y entonces sí que vamos a tener una escena. ¿Quieres una escena?
—No.
—Pues vamos a bajarla juntos. Siéntate.
Lo senté en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, y me senté a su lado, y entonces hice lo que no debería haber hecho, lo que llevaba dos años sin hacer, lo que mi cuerpo se sabía mejor que cualquier protocolo de los que me han enseñado.
Le cogí la mano. La derecha. Y me la puse en mi muñeca, los dedos de él sobre el pulso mío, apretando un poco, lo justo para que lo notara.
—Ahí —dije—. ¿Lo notas? Mi pulso. Está tranquilo.
Va despacio. No mires el tuyo, que está loco y te va a asustar más.
Mira el mío. Respira a mi ritmo. No al tuyo.
Al mío. Coge aire mientras yo cuento tres, lo sueltas mientras cuento cuatro.
Tu cuerpo se va a sincronizar con el mío. Lo hace solo. Tú déjalo.
Y empecé a contar.
Uno, dos, tres, aire. Uno, dos, tres, cuatro, fuera.
La voz baja, monótona, la de dormir niños, la que se me sale sola con los pacientes que creen que se les acaba el aire.
Es lo que mejor hago en el mundo, bajarle las pulsaciones a alguien convencido de que se muere.
Lo aprendí de mala manera, demasiado pronto, y lo he hecho mil veces desde entonces con gente que no me importaba nada.
Nunca lo había vuelto a hacer con alguien a quien hubiera querido tanto.
Eso era lo nuevo. Eso era lo que me estaba costando la vida mientras contaba con voz de no pasar nada.
Y él respiró. Mal al principio, entrecortado, pero respiró, con los dedos en mi muñeca y los ojos en mi cara, y poco a poco, mientras yo contaba, su respiración fue dejando de ser de pájaro y volviéndose de persona.
Tres para coger. Cuatro para soltar. Mi pulso debajo de sus dedos, ordenándole el suyo.
Lo terrible no fue hacerlo. Lo terrible fue lo bien que él lo hizo.
Porque su cuerpo se sabía aquello. Lo noté en cómo se entregó, en cómo sus dedos encontraron el punto exacto de mi muñeca sin que yo se lo enseñara, en cómo se acopló a mi ritmo con una facilidad que no tenía ningún sentido para alguien que lo hacía por primera vez.
No lo hacía por primera vez. Su cuerpo había bajado pulsaciones contra mi muñeca otras veces, muchas, en otro sitio, en otra vida, y se acordaba aunque su cabeza no, y se entregaba a mí en aquel pasillo con la confianza ciega de quien ya ha estado a salvo así antes.
Yo le estaba prestando un gesto que era nuestro.
Y él lo recibía como suyo sin saber por qué era suyo.
Estuvimos así tres minutos. Puede que cuatro. El pabellón rugía al otro lado de la pared, a años luz, y nosotros dos en el suelo de un pasillo de hormigón, mi pulso y su respiración, sin que nadie nos viera, que es como habíamos hecho siempre todo lo que valía la pena.
Cuando ya respiraba normal, soltó mi muñeca. Despacio. Como si le costara.
—Ya estás —dije, y me aparté un poco, porque tres minutos eran demasiados y cuatro habrían sido imperdonables—. Era pánico. Pasa. Sobre todo a quien ha pasado por lo que pasaste tú. No te avergüences.
Se quedó mirando el suelo, recuperando el color, con la nuca contra la pared. Y entonces, sin levantar la vista, en voz muy baja, me hizo la pregunta.
—Tú y yo nos odiábamos —dijo—. ¿Verdad?
No era una pregunta de las suyas, de las de pelea.
La hizo cansado, casi para sí mismo, como quien comprueba la última pieza de un puzzle que no termina de encajar.
Acababa de respirar con mi pulso dentro de los dedos.
Acababa de calmarse contra mi muñeca como un niño contra su madre.
Su cuerpo le estaba gritando una cosa, y él, pobre, intentaba hacerla cuadrar con la otra, con la que le habían contado, con la única que tenía.
Y yo tenía dos respuestas. Tenía la verdad entera, que me habría costado todo.
Y tenía la otra, la que llevo dos años puesta como un abrigo: una verdad a medias, de las mías, de las que no mienten en ninguna palabra y mienten en todo.
Porque nos habíamos odiado, sí. En público, delante de catorce mil personas, a muerte, con ganas, durante meses.
Eso era cierto. Lo que no pensaba contarle era lo que había estado debajo de aquel odio.
Elegí la media verdad. Otra vez. La elijo siempre, que para eso me entrené: yo no miento, solo dejo fuera lo único que importa.
—A muerte —dije.
Y oí cómo sonaban en aquel pasillo esas dos palabras ciertas, sobre los dedos que acababan de apretarme el pulso, y supe que no había dicho nunca una verdad más tramposa.
Cada palabra, exacta. Nos odiábamos, en público, a muerte.
Y todas las palabras juntas, una trampa, porque debajo de aquel odio había estado lo contrario, y eso no se lo dije.
La verdad a medias, dicha con la cara perfectamente lisa. Mi especialidad.
Dos palabras. «A muerte.» La distancia entre esas dos palabras y lo que mi cuerpo acababa de hacer con el suyo era tan grande que no sé cómo cupo en aquel pasillo sin reventarlo.
Le había prestado mi pulso para que no se muriera de miedo, le había sostenido la respiración con mi muñeca como había hecho tantas veces cuando éramos otros, y al terminar le había confirmado que nos odiábamos a muerte, que era verdad, y le había escondido que lo había querido más que a nada, que también era verdad.
Las dos verdades en el mismo minuto, en el mismo metro de hormigón.
Así llevo dos años. Partida exactamente por ahí.
No dijo nada más. Pero algo le cambió en la cara.
No me creyó. O me creyó las palabras y no la música, igual que él hacía con su padre, porque resulta que ese chico, con dos años de menos, una cicatriz nueva en mitad del pecho y un cuerpo que se acordaba de mí mejor que él, había aprendido a oír las mentiras lisas exactamente igual que las oía yo.
Me sostuvo la mirada un segundo de más, con los dedos todavía calientes de mi pulso.
No me hizo falta que dijera nada. Lo conozco, aunque él ya no me conozca a mí, y detrás de aquella mirada se estaba decidiendo algo: que no iba a parar.
Que iba a averiguarlo todo. Conmigo, si lo dejaba.
A pesar de mí, si no. El «a muerte» no le había cerrado ninguna puerta.
Solo le había confirmado que detrás de la puerta había algo que alguien se había tomado muchas molestias en cerrar con llave.
Me levanté. Le dije que avisaría de que estaba bien, que descansara, que el lunes teníamos sesión. Cosas de staff, dichas con voz de staff. Y me fui por el pasillo de hormigón con el pulso todavía caliente del sitio donde él lo había apretado, sabiendo dos cosas con una claridad que daba vértigo.
Que le había vuelto a mentir.
Y que esta vez no me iba a creer mucho tiempo más.