Capítulo 10
Theo
Esperé al café para empezar, porque mi padre baja la guardia con el café.
Es lo único que se permite sin medir: un café solo, muy cargado, después de cenar, y durante esos cinco minutos es casi una persona.
Llevaba toda la semana planeando aquella cena como se planea una jugada, y la jugada empezaba con el café.
Cenábamos los tres en la mesa grande, debajo del cuadro de mi abuelo con el casco de los años cincuenta, con la vajilla buena que en esta casa se saca cada noche porque en esta casa cada noche es por si acaso viene alguien.
Dominic había venido del trabajo todavía con la corbata puesta.
Mi padre llevaba la sesión de siempre: cómo iba la rehabilitación, qué decían los médicos, lo fuerte que estaba, lo orgulloso que se sentía, el milagro.
Yo asentía y guardaba las preguntas, todas, para cuando llegara el café.
Llegó el café.
—Papá —dije—. Cuéntame lo del informe.
No levantó la vista de la taza. Pero algo en la mesa cambió de temperatura, un par de grados, los que cambian cuando entra en una habitación lo que no se nombra.
—¿Qué informe, hijo?
—El de hace dos años. El de la chica. El que me costó el draft.
—Ah. Eso. —Removió el café sin azúcar, despacio—. No le des más vueltas a eso. Es agua pasada y no te hace bien.
—Me hace bien saber qué me pasó en los dos años que no tengo. Cuéntamelo.
Mi padre dejó la cucharilla. Me miró, y me puso la cara que les pone a los periodistas difíciles, la de paciencia infinita, la de te voy a contestar con tanto cariño que no te vas a dar cuenta de que no te contesto.
—Había una becaria en el equipo médico —dijo—.
Lista, eso sí. Pero resentida. De esas que llegan con algo que demostrarle al mundo y deciden demostrarlo contigo.
Te cogió manía, no sé por qué, esas cosas pasan, y fue a por ti.
Escribió un informe sobre tu corazón, lo infló todo lo que pudo, lo presentó por los canales formales para que no hubiera más remedio que pararte, y consiguió lo que quería.
Te apartaron a seis semanas del draft. Perdiste la primera ronda.
Perdiste el contrato de tu vida. Por una becaria con algo que demostrar.
—Bebió—. Eso es el informe, hijo. Te robaron.
Yo lo único que he hecho estos dos años es intentar arreglar lo que esa chica te rompió.
Era una versión preciosa. Tenía villana, tenía motivo, tenía víctima, tenía un padre arreglándolo todo.
Estaba pulida de tanto contarla. Y cada palabra encajaba en la siguiente con esa perfección que ya había aprendido a desconfiar, porque las verdades de verdad no encajan tan bien, tienen rebabas, tienen partes que no cierran. Esta cerraba como una caja de joyería.
Y había algo que no cerraba, más concreto que una sensación: las fechas.
En internet me había leído mi propio odio con calendario.
El vídeo de la cafetería, los hilos, el mote, todo el ruido contra esa chica estaba apelotonado en unas pocas semanas, como si el odio hubiera estallado de golpe, de un día para otro, igual que revienta una tubería.
Mi padre, en cambio, me lo contaba en pendiente: una becaria que «me fue cogiendo manía», que «fue a peor», meses de roce hasta el informe.
Pendiente lenta contra tubería reventada.
Las dos cosas no podían ser verdad. O el odio creció despacio, como decía él, o estalló de golpe, como decía internet.
Y las tuberías, por experiencia, no revientan de aburrimiento. Alguien abre el grifo.
Así que metí el dedo donde no cerraba.
—Si el informe estaba inflado —dije—, si era exagerado, si mi corazón estaba bien... ¿por qué se me paró en el hielo?
Silencio.
Lo justo. Medio segundo. Pero lo hubo.
—Eso fue otra cosa —dijo mi padre, sin pestañear—. Una arritmia. Mala suerte. Un golpe de calor, esfuerzo, mil factores. No tiene nada que ver con lo de hace dos años. Lo de hace dos años fue una becaria con mala idea. Lo del hielo fue un accidente. Son dos cosas distintas, no las mezcles.
—Qué casualidad —dije—. Que una becaria con mala idea avisara hace dos años de que mi corazón iba a fallar, y que dos años después mi corazón fallara exactamente. Para estar inventado, le salió clavado.
—Theo. —Lo dijo con suavidad. Con muchísima suavidad.
Mi padre nunca levanta la voz; no le hace falta.
La suavidad con la que dijo mi nombre tenía más amenaza que un grito, porque era la suavidad de quien controla todo lo que hay en la habitación, incluido el aire que respiras—.
No te conviene ir por ahí. Confía en mí.
Lo de tu corazón está controlado, los médicos lo llevan, vas a estar bien.
Lo único que sacas removiendo es ponerte malo. Déjalo estar.
«Confía en mí.» Lo dijo dos veces aquella noche, «confía en mí», y las dos veces se me erizó lo de dentro, porque te lo pide la gente cuando lo que te está contando no aguanta que lo compruebes.
Probé otra cosa. Una pregunta fácil, de las que no tienen trampa, para ver qué pasaba.
—¿Quién recogió mis cosas del pabellón después del paro? La bolsa, el equipo. ¿Quién las trajo a casa?
Una pregunta tonta. La habría contestado cualquiera sin pensar. Y Dominic, que llevaba toda la cena callado, comiendo, abrió la boca para contestar, y antes de que le saliera la palabra, miró a mi padre.
Fue medio segundo. Un cruce de ojos hacia la cabecera de la mesa, rápido, automático, el de quien pide permiso para algo que no debería necesitar permiso. Mi padre no movió ni un músculo. Y Dominic, leído lo que tuviera que leer en esa cara quieta, contestó.
—Las traje yo —dijo—. ¿Por?
—Por nada. —Sonreí—. Curiosidad.
Pero ya lo tenía. Ya había visto lo que había venido a ver.
Mi hermano no podía decirme quién había llevado una bolsa de deporte sin consultarle a mi padre con la mirada.
Una pregunta de cero importancia, y aun así había mirado, por costumbre, por miedo, por lo que fuera, antes de contestar.
En esta casa hasta lo fácil pasaba por la aprobación de la cabecera.
Y si hasta lo fácil pasaba por ahí, no quería ni imaginar por dónde pasaba lo difícil.
—Otra cosa —dije, ya jugándomelas—. Quiero mi móvil viejo. El físico. Aunque esté roto.
—Lo restauramos de fábrica —dijo Dominic, esta vez sin mirar a nadie, porque esa respuesta ya la tenía cargada—. Te lo dije. Estaba comprometido. No hay nada.
—¿Y la nube? Yo tenía copia de todo en la nube. Mensajes, fotos. Eso no se borra restaurando un móvil.
—La cuenta se cerró —dijo mi padre—. Por seguridad. Cuando lo del hackeo. No se pudo recuperar.
—¿Quién la cerró?
—Se cerró —repitió, y la palabra «se», ese «se» sin sujeto, ese «se cerró» que no tiene a nadie detrás haciendo nada, me sonó a la mentira más limpia de la noche. En esta casa las cosas «se» borraban, «se» cerraban, «se» perdían, solas, sin que nadie las tocara, por arte de seguridad.
—Hijo. —Mi padre se terminó el café y dejó la taza con un ruidito final, el de quien da una conversación por cerrada—.
Tienes una segunda vida. ¿Sabes cuánta gente mataría por una segunda vida?
No la gastes escarbando en la primera. Lo que necesites saber, me lo preguntas a mí, que para eso estoy. Yo te cuido. Siempre te he cuidado.
Y ahí estaba otra vez la música. La letra era impecable: un padre que cuida a su hijo. La música decía otra cosa. La música decía: no busques. La música decía: el que controla lo que sabes soy yo.
Subí a mi cuarto y no apunté nada todavía. Salí a correr, despacio, dentro de mi zona de frecuencia como una buena rata de laboratorio, y por el camino llamé a Ozzy, porque necesitaba oír a alguien que no editara cada frase antes de decirla.
Quedamos en que pasaba a recogerme. Diez minutos en su coche, dando vueltas a la manzana, fue lo más sincero que respiré en todo el día.
—Tienes cara de funeral —dijo, arrancando—. Y no el tuyo, que ese ya lo hiciste y no te quedó mal del todo. ¿Qué pasa?
—Mi familia. Que cuanto más les pregunto del pasado, menos me cuentan. Y con mejores modales cada vez.
—Bienvenido al club. Llevo conociendo a tu padre desde los catorce y todavía no le he sacado una respuesta recta. El tío te da los buenos días y te quedas con la duda de qué quiere a cambio.
Me reí. Era exactamente eso, y por eso lo había llamado: porque Ozzy era lo contrario de mi casa. Todo lo que pensaba se le caía por la boca sin pasar por ningún control de calidad. Con él no había que traducir la música.
Le conté lo de la nube. Que estaba todo borrado, el móvil, la cuenta, dos años de mi vida sin un solo archivo.
—Qué fuerte —dijo Ozzy—. Con lo paranoico que eras tú con tus cosas.
—¿Paranoico cómo?
—No, nada. Una tontería. —Se rio solo, recordando—.
Una vez, no me preguntes cuándo, me viniste hecho un manojo de nervios a que te enseñara a cifrar una carpeta en la nube.
Tú. Que no sabes ni cambiarle la funda al móvil.
«Ozzy, enséñame a poner una carpeta con contraseña que no la pueda abrir nadie.
» Y yo: «¿Pero qué guardas tú, tío, los planos de un banco?
». Nos reímos un montón. Estuvimos media hora con un tutorial.
Cifrado de verdad, del bueno, del que si pierdes la clave no lo abre ni Dios.
—Me miró de reojo—. Nunca me dijiste qué metías ahí.
Y yo nunca te lo pregunté en serio. Cosas tuyas.
Me quedé muy quieto en el asiento del coche.
—¿Una carpeta cifrada —dije—. En la nube. Con una contraseña que no podía abrir nadie.
—Eso. ¿Por?
—¿En qué cuenta?
—Y yo qué sé, tío. La tuya. —Se encogió de hombros—. Ha pasado tiempo. ¿Importa?
Importaba. Importaba más que todo lo de la cena junta.
Porque mi familia me había jurado que mi vida digital se había «cerrado por seguridad», que no quedaba nada, que el hackeo se lo había llevado todo.
Y resulta que en algún momento de esos dos años, yo, el que no sabe cambiar una funda, me había puesto tan nervioso por guardar algo que había aprendido a cifrar una carpeta con una clave que no abría ni Dios.
Yo había escondido algo. A propósito. Con todas mis fuerzas.
Algo que no quería que encontrara nadie.
Y mi familia, que había borrado todo lo demás, o no sabía de esa carpeta, o no había podido abrirla.
Le pedí a Ozzy que me dejara en casa y subí directo a por la libreta.
Pasé las hojas, las once que ya tenía de cosas que no cuadraban, y en la página once escribí la frase que llevaba toda la cena formándose, la que resumía la casa entera en la que había crecido:
En esta casa el único que no me miente soy yo, y no me acuerdo de nada.
Y debajo, lo nuevo, lo que de verdad iba a cambiarlo todo:
Tengo una carpeta cifrada en alguna cuenta de la nube.
La cifré yo, con ayuda de Ozzy, muerto de nervios, para que no la abriera nadie.
Mi familia dice que mi nube «se cerró sola».
O no saben de esa carpeta, o no han podido entrar.
Sea lo que sea lo que escondí ahí dentro, lo escondí del mundo y, por lo visto, también de ellos.
Y ahora mismo es lo único de mi vida pasada que mi propia familia no controla.
Hay que encontrar esa cuenta. Hay que abrir esa carpeta.
Lo que sea que escondí de todos, voy a tener que robármelo a mí mismo.
Cerré la libreta. La metí debajo del colchón, con la flor seca entre las páginas, y me quedé despierto mucho rato pensando en un chico de hace dos años, con mi cara, tan asustado de perder algo que se había puesto a aprender a cifrar carpetas a escondidas.
Tenía muchas ganas de saber qué le daba tanto miedo perder.
Empezaba a temerme que la respuesta tuviera nombre, y que ese nombre me apretara la muñeca cada vez que le hacía una pregunta difícil.