Zona Muerta Capítulo 9
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Capítulo 9

Theo

Le había prometido que no volvería, y a los cuatro días la universidad me mandó a su sala tres veces por semana. Si existe un dios del humor, ese día estaba currando horas extra.

La sala de rehabilitación cardíaca está en la planta baja del centro médico, llena de bicicletas estáticas, cintas, monitores y una luz de acuario.

Yo llegué a las cuatro menos cinco con la carpeta de mi caso bajo el brazo, sin saber quién me iba a llevar, y me la encontré a ella de pie junto a una camilla, con bata, una tablet en la mano y una cara que no era la del pasillo.

La del pasillo estaba cansada. Esta estaba blindada.

Había decidido algo entre aquel día y este, y lo que había decidido era no dejarme entrar por ninguna rendija.

—Marchetti —dijo, sin levantar la vista de la tablet—. Siéntate en la camilla. Camisa fuera.

—Hola a ti también.

—Aquí no hay holas. Hay sesión. Camisa fuera, por favor.

En la pared, detrás de ella, habían pegado una hoja plastificada con mis normas, escritas en mayúsculas como un cartel de prohibido el paso.

FRECUENCIA CARDÍACA MÁXIMA EN ESFUERZO. ZONAS DE TRABAJO.

SIGNOS DE ALARMA, PARAR DE INMEDIATO. Y abajo del todo, subrayado dos veces: NADA DE PATINAJE NI HIELO HASTA NUEVA INDICACIÓN.

Esa la leí dos veces. A un jugador le pones «nada de hielo» en una pared y es como ponerle a un pez «nada de agua».

Lo apunté para luego, en la otra libreta, la de las cosas que pensaba desobedecer.

Me quité la camisa. Y empezó la cosa más rara que me había pasado desde que volví, que ya es decir.

Primero me tomó el pulso a mano, a la antigua, dos dedos en mi muñeca y los ojos en el reloj de la pared.

Contó por dentro, moviendo apenas los labios.

«Sesenta y cuatro», dijo, y lo anotó sin mirarme.

Y me quedé observando cómo aquella chica contaba uno a uno los latidos de un corazón que ella misma había denunciado dos años antes, en silencio, con dos dedos en mi muñeca, y se me ocurrió que no había en el mundo una postura más rara: los dos quietos, unidos por un pulso que era mío y que ella sabía leer mejor que yo.

Me puso los electrodos. Diez, doce pegatinas frías por el pecho y los costados, cada una con su cable, los dedos rápidos y profesionales, sin tocarme un milímetro más de lo que el electrodo necesitaba. Conectó los cables al monitor. Y se puso a leer mi corazón.

Hay que entenderlo. La chica que tengo delante, según todo el campus, según los hilos, según ella misma, presentó hace dos años un informe sobre mi corazón que me costó la vida que iba a tener.

Denunció este corazón. Lo señaló. Y ahora estaba a treinta centímetros, con la pantalla llena de las líneas que dibujaba ese mismo corazón, leyéndolas otra vez, dos años después, con la misma cara con la que se lee un expediente que ya conoces.

Yo no sabía toda la historia. Sabía la suficiente para que se me hiciera un nudo mirar cómo escuchaba lo que latía dentro de mí la única persona que había avisado de que latía mal.

—Respira normal —dijo—. No me ayudes. La gente cree que ayuda respirando raro y me estropea la lectura.

—¿Está bien? —pregunté—. Mi corazón.

—Está donde tiene que estar para empezar. —Tocó la pantalla, anotó algo—. Lo demás te lo dirá el cardiólogo. Yo llevo el seguimiento, no doy diagnósticos.

—Pero tú sabes leerlo.

—Sé leerlo.

—Mejor que el cardiólogo.

No contestó a eso. Y ahí, en esa esquina exacta de la conversación, pasó la primera. Su mano izquierda subió, sin que ella lo decidiera, y se cerró un segundo sobre la muñeca de la derecha, un gesto pequeño, de apretarse el pulso, antes de volver a la tablet.

Y yo lo supe.

No sé explicarlo mejor. Lo supe antes de pensarlo: que ese gesto, la mano en la muñeca, lo hacía cuando una pregunta la incomodaba, cuando se acercaba a algo que no quería decir.

Lo supe con la misma certeza con la que sé dónde tengo el codo sin mirarlo.

No me acordaba de habérselo visto nunca.

No tenía ni un recuerdo de ella. Y sin embargo mi cuerpo guardaba el manual de instrucciones de aquella chica, capítulo a capítulo, y me lo iba leyendo en voz baja sin pedirme permiso.

—¿Por qué te incomoda que diga que sabes más que el cardiólogo? —pregunté, suave. Interrogatorio amable. Lo que sé hacer.

—No me incomoda nada. —Soltó la muñeca. La había vuelto a apretar—. Sube a la bici. Diez minutos suaves, calentamos. Te voy mirando la frecuencia.

Me subí a la bici. Empecé a pedalear, despacio, con los cables colgando, y ella se puso enfrente con la tablet, vigilando los números.

—¿Cuánto tiempo llevas en esto? —pregunté, pedaleando—. La rehabilitación. La cardiología.

—El suficiente.

—¿Por qué cardiología? De todo lo que hay, el corazón.

—Porque alguien tiene que.

—Esa no es una respuesta.

—Es la que hay. —Tocó la pantalla—. Sube un poco el ritmo, estás por debajo de la zona.

Subí el ritmo. Tenía un repertorio entero de respuestas que no eran respuestas, frases lisas que cerraban la puerta sin dar el portazo, y yo empezaba a entender que era una especialista en eso, en decir cosas ciertas que no contaban nada, igual que en el pasillo.

Pero también empezaba a entender otra cosa: que cada vez que me acercaba a un porqué —el de la cardiología, el del informe, el de ella— la mano se le iba sola a la muñeca.

Llevaba un detector de mentiras cosido en el cuerpo y me lo estaba enseñando sin saberlo, gesto a gesto, mientras me vigilaba a mí.

Y yo, en vez de mirar los números, la miraba a ella, y mi cuerpo seguía pasando páginas.

Sabía que iba a recogerse el pelo antes de que lo hiciera.

Lo digo en serio. Estaba inclinada sobre la pantalla, se le había soltado un mechón por el lado, y dos segundos antes de que levantara la mano yo ya sabía que la iba a levantar, que iba a recogerse ese mechón detrás de la oreja con el dedo corazón, no con el índice, con el corazón, y que lo haría sin darse cuenta porque algo de la pantalla la había concentrado.

Lo supe dos segundos antes. Y lo hizo. Exactamente así.

El mechón, el dedo corazón, detrás de la oreja, los ojos en la pantalla.

Se me erizó algo que no era la piel.

No era solo el pelo. Era todo. Era que el aire entre ella y yo tenía una temperatura que mi cuerpo reconocía.

Era saber, sin mirarla, en qué punto de la sala se había puesto.

Era una comodidad de fondo, de esas que solo se tienen con la gente con la que has pasado mucho tiempo en silencio sin que el silencio incomodara.

Mi cabeza la trataba como a una desconocida peligrosa.

Mi cuerpo la trataba como a su casa. Y las dos cosas no podían ser verdad a la vez, así que una de ellas mentía, y empezaba a tener clarísimo cuál de las dos.

—¿Va todo bien? —dijo, porque debí de cambiar la cara, o el ritmo, o las dos cosas; el monitor no perdona—. Se te ha subido la frecuencia. ¿Mareo? ¿Presión en el pecho?

—No. Estoy bien.

—La frecuencia dice otra cosa.

—La frecuencia se equivoca.

Levantó la vista por primera vez en toda la sesión y me miró, un segundo de más, como si esa frase le hubiera dado en algún sitio. Luego volvió a la pantalla.

—La frecuencia no se equivoca nunca —dijo—. Es lo único de esta sala que no miente.

Y eso también me dio en un sitio, aunque no supiera dónde estaba el sitio. Como si fuera una frase que ya hubiera oído, o casi, o al revés.

A dos camillas de distancia, un fisioterapeuta trabajaba con un señor mayor que se recuperaba de algo, haciéndole levantar y bajar el brazo despacio, una y otra vez.

—Eso es —le decía el fisio al señor—. No piense en el movimiento. Déjelo salir. Su brazo se lo sabe de memoria, lo ha hecho un millón de veces. Memoria muscular. El cuerpo se acuerda de cosas que la cabeza ya ni recuerda haber aprendido. Usted déjelo, que él sabe.

Memoria muscular.

El cuerpo se acuerda de cosas que la cabeza ya ni recuerda haber aprendido.

Me quedé pedaleando, con esa frase dándome vueltas, mirando a la chica que tenía delante, y por fin le puse nombre a lo que llevaba pasándome desde el hospital.

El pulso a ciento treinta con solo oír su apellido.

El cuerpo poniéndose de pie en el campus antes de reconocerla.

La mano metiéndose sola en el guante. Y ahora esto: saber sus gestos, anticiparlos, conocerla a ciegas.

No era magia. Era memoria muscular. En algún momento de esos dos años que me robaron, mi cuerpo había hecho un millón de veces el movimiento de estar cerca de ella, lo había aprendido hasta el hueso, y ahora se lo sabía solo, aunque la cabeza no recordara ni una sola de las repeticiones.

La pregunta era qué clase de movimiento se repite un millón de veces con la persona que te odia.

—Para —dijo—. Diez minutos. Baja despacio, no te pares en seco.

Bajé de la bici. Me quitó los electrodos uno a uno, despegándolos con cuidado, y en uno, el del lado izquierdo, el más cercano al corazón, los dedos se le quedaron medio segundo de más sobre mi piel.

Medio segundo. A lo mejor se le enganchó la pegatina.

A lo mejor no. No levantó la vista. Yo tampoco dije nada.

Pero el monitor ya estaba apagado, así que esta vez no hubo número que la delatara, y fue la primera cosa de toda la sesión que pasó sin que ninguna máquina la registrara.

Solo lo supimos los dos. Y ella se dio la vuelta enseguida a tirar las pegatinas usadas, demasiado rápido, como quien se aparta de algo caliente.

—El lunes a la misma hora —dijo, de espaldas—. Trae ropa cómoda. Y nada de saltarte las zonas de frecuencia entre sesiones. Lo sabré.

—¿Cómo lo vas a saber?

—Porque tu corazón me lo va a chivar. Llevas un registro. Lo leo yo.

Me puse la camisa. En la puerta me volví, porque no me podía ir sin intentarlo una vez más, aunque solo fuera para verle hacer el gesto.

—Acosta. La pregunta del pasillo sigue ahí. Por qué presentaste el informe. No tengo prisa. Vengo tres veces por semana. Te la voy a hacer hasta que te canses.

Su mano subió a la muñeca. La derecha, otra vez, apretada un segundo por la izquierda.

—Que tengas buena tarde, Marchetti —dijo, sin volverse, con la mano todavía en la muñeca, chivándome, sin saberlo, todo lo que la boca se callaba.

Me fui.

Esa noche saqué la libreta y no apunté nada del corazón, ni de las zonas de frecuencia, ni de la cardiopatía. Apunté lo único que importaba de toda la tarde, lo que llevaba apuntado por dentro desde que la vi cruzar el campus y por fin tenía palabras:

Mi cuerpo no la odia. Mi cuerpo hace otra cosa.

Y debajo:

Sé sus gestos sin haberlos visto nunca. Sé que se aprieta la muñeca cuando le pregunto algo que no quiere contestar.

Sé que se recoge el pelo con el dedo corazón.

Lo sé como sé andar. Memoria muscular, dice el fisio: el cuerpo guarda lo que la cabeza tira.

Mi cabeza me dice que esta chica me arruinó la vida.

Mi cuerpo lleva dos años sabiéndosela de memoria.

Uno de los dos miente. Y empiezo a tener una idea muy clara de cuál.

Cerré la libreta. Apagué la luz. Y me quedé un rato a oscuras pensando en una cosa que no me atrevía a escribir todavía, ni siquiera ahí: que de toda la gente que me había tocado desde que desperté —médicos, mi padre, mi hermano, enfermeras— la única que me había hecho sentir algo verdadero en el pecho, algo que no era miedo, era la única que me habían enseñado a odiar.

El lunes. A las cuatro. No podía esperar al lunes, y eso debería haberme preocupado mucho más de lo que me preocupó.