Zona Muerta Capítulo 8
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Capítulo 8

Antes — II

Para cuando llevábamos tres meses, el juego del nombre se había convertido en una guerra de desgaste que yo iba perdiendo sin que se notara.

Él seguía sin decir bien mi apellido. Acosti, Acasta, una tarde Agosto, otra vez Costa a secas, como si se le hubiera caído la primera mitad por el camino.

Yo seguía corrigiéndolo, puntual, las tres sílabas, cada vez, y él seguía coleccionando mis correcciones con esa cara de estar ganando algo.

Lo que ninguno de los dos decía, y los dos sabíamos, es que un tío que tarda tres meses en aprender a decir un apellido de tres sílabas no es que sea lento.

Es que no quiere terminar el juego. Mientras siguiera diciéndolo mal, yo seguía teniendo que mirarlo y contestarle.

Lo había montado para eso. Y yo seguía cayendo, todas las veces, porque resulta que tampoco quería terminarlo, aunque eso no me lo confesé a mí misma hasta mucho después.

Tres meses dan para mucho. Dan para aprenderte los turnos de alguien sin querer.

Para saber qué días entrena y a qué hora se queda solo en el hielo cuando los demás ya se han ido.

Para notar que se me ponía la espalda recta sola cada vez que él entraba en la sala médica, y para fingir delante de mí misma que se me ponía recta por profesionalidad.

Dan para que un juego tonto sobre un apellido mal dicho se convierta en lo primero que buscas al levantarte y en lo último que sueltas al apagar la luz, sin que en ningún momento haya pasado nada, porque no había pasado nada.

Tres meses de no pasar nada con una intensidad que dejaba sin dormir.

Volvía a la camilla cada dos por tres, eso también. Una contractura, un dedo, un punto de sutura que él juraba que se le había abierto y que estaba perfecto. Yo lo sabía y lo atendía igual, y los dos fingíamos que la lesión no era un pretexto para los veinte minutos a solas. Lo era.

La noche del salto fue una de esas. Tarde, casi cierre, el pabellón ya vacío, Sayer hacía rato que se había ido y me había dejado a mí recogiendo.

Yo estaba en el almacén de material, ese cuarto largo y estrecho que hay detrás de la sala médica, lleno de estantes de vendas y bolsas de hielo y cajas de cosas que nadie usa, ordenando lo que no hacía falta ordenar, cuando oí la puerta.

—Está cerrado —dije, sin volverme.

—Para mí no. —Theo, en el marco, con el hombro apoyado y esa tranquilidad suya de dueño de los sitios—. Me he hecho daño.

—¿Dónde.

—No lo sé todavía. Por eso he venido. Tú lo encuentras.

—No funciona así, Marchetti.

—Contigo todo funciona como tú dices que funciona. —Entró. El almacén no es grande; con él dentro se hizo más pequeño—. Llevo tres meses comprobándolo.

Seguí con las vendas. No me volví. Tenía una bolsa de hielo en la mano y la estaba colocando en su estante con una concentración que ninguna bolsa de hielo del mundo se merece.

—¿Sabes lo que he aprendido en tres meses?

—dijo, más cerca, detrás de mí—. Que no me sonríes nunca.

A todos. A Sayer, a Okafor, al de recepción.

A todo el mundo le sonríes lo justo, profesional.

A mí no me has sonreído ni una vez. Y eso, viniendo de ti, empiezo a pensar que es lo más cerca que me dejas estar.

—Es lo más cerca que dejo estar a un paciente.

—Yo no soy un paciente. Llevo tres meses sin estar lesionado de verdad y tú lo sabes.

Eso me hizo volverme.

Estaba más cerca de lo que esperaba. No demasiado; lo justo para que tuviera que levantar la cabeza para sostenerle la mirada, lo justo para que el almacén dejara de tener aire de almacén.

—¿Y a qué vienes entonces? —dije—. Si no estás lesionado. Tres veces por semana. ¿A qué vienes, Marchetti?

—A lo mismo que tú te quedas a recoger un cuarto que ya estaba recogido.

—Yo recojo porque es mi trabajo.

—El armario de hielo lo has abierto y cerrado cuatro veces sin meter nada. —Sonrió, sin sorna, por primera vez sin nada de sorna—. Se te da fatal mentir con las manos. Con la boca eres buenísima. Con las manos, fatal.

—Has estado contando las veces que abro un armario. Eso es de psicópata.

—He estado contando todo lo tuyo desde el primer día.

Las veces que abres el armario sin meter nada.

Las veces que te recoges el pelo cuando algo te concentra.

Las veces que casi me sonríes y no te dejas.

—Dio medio paso—. Tres meses de datos, Acosta.

Soy peor que tus electros. Yo también leo cuerpos, resulta.

Y el tuyo dice una cosa y tu boca dice otra, y yo me fío del cuerpo.

—El cuerpo se equivoca.

—El tuyo no. El tuyo es lo único de ti que no sabe mentir.

Me quedé sin la siguiente frase. Es lo único que recuerdo con claridad de ese segundo: que tenía preparada una respuesta, como tenía siempre una preparada, y que por primera vez en tres meses no la encontré.

La busqué donde la guardaba y no estaba.

Y en el hueco donde tenía que estar la respuesta, solo había una cosa muy simple y muy peligrosa, que era que quería que dejara de hablar.

—Marchetti —dije. Y no me salió como un reproche. Me salió de otra forma.

—Esa es la primera vez que dices mi nombre sin que parezca un parte de guerra —dijo él, muy bajo.

—Cállate.

—Vale.

Y se calló. Pero no se apartó. Y yo tampoco.

Y el silencio que se quedó entre los dos en aquel cuarto estrecho no se parecía a ninguno de los que habíamos tenido en tres meses, porque en aquel no había nadie ganando ningún asalto.

Solo estábamos los dos, demasiado cerca, sin frases, y yo levanté la barbilla ese último centímetro que faltaba, o lo levantó él, nunca nos pusimos de acuerdo en quién, y nos besamos entre las vendas y el hielo, en un almacén que olía a goma y a frío, sin que nadie nos viera, que es como íbamos a hacerlo todo a partir de entonces.

Cuando nos separamos, los dos respirábamos como si hubiéramos corrido.

—Vale —dije yo, recomponiéndome, agarrándome a lo único que sé hacer cuando el suelo se mueve, que es organizar—. Vale. Esto no puede pasar.

—Acaba de pasar.

—Y no puede volver a pasar. —Me pasé la mano por la cara—. Theo. Escúchame. Soy becaria del staff médico. Tú eres jugador. Lo que acaba de pasar, si se sabe, me expulsan. No me amonestan: me expulsan, se acabó la carrera, se acabó todo, conflicto de interés, fuera. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo. —Se puso serio—. ¿Y?

—Y tú no eres un jugador cualquiera. Eres un Marchetti. Tu padre coge todo lo que tocas y lo convierte en algo que vender. Como esto exista para alguien, deja de ser nuestro y pasa a ser de él, de la prensa, del campus, de todo el mundo. —Lo miré—. Lo único que puede sobrevivir es lo que no existe.

Theo se apoyó en el estante. Tardó en hablar, y cuando habló, no discutió.

Eso lo recuerdo. Que no discutió. Que un chico acostumbrado a que el mundo se reorganizara a su alrededor para hacerle sitio escuchó cómo yo le explicaba que lo nuestro tenía que esconderse debajo de tierra para poder respirar, y no peleó, no dijo «a mí qué me importa mi padre», no propuso enseñarlo al mundo como hacía con todo lo demás.

Aceptó esconderlo. Aceptó que yo decidiera la forma.

Y yo lo tomé por una victoria, porque para mí decidir la forma de las cosas era la manera de protegerlas, y me gustaba protegerlas, y me gustó mucho que él me dejara hacerlo.

Me sentí poderosa aquella noche, dictando reglas en un almacén entre cajas de hielo.

Poderosa y a salvo, las dos cosas a la vez.

—Entonces ponme las normas —dijo—. Tú eres la que organiza. Organiza esto también.

Y ahí, en aquel almacén, medio en serio y medio en broma, con la boca todavía caliente del beso, le dicté las reglas como quien dicta una receta, porque convertir las cosas en una lista es la única forma que tengo de no tenerles miedo.

—Una. Si esto existe, no existe para nadie. Nadie. Ni tu mejor amigo, ni el mío.

—Una —repitió él, serio como un juramento.

—Dos. Nada por escrito. Nada de mensajes que dejen rastro. Si hay que decir algo, se dice en persona.

—Dos.

—Tres. En el pabellón no nos conocemos. En el hielo, tú no me ves y yo no te veo. Delante de la gente seguimos como hasta hoy, tú dices mal mi apellido y yo te odio un poco.

—Esa me gusta. La de odiarte un poco en público la voy a hacer muy bien.

—Cállate. Cuatro. —Bajé la voz, aunque no había nadie—. Si alguna vez esto se complica, si alguna vez deja de poder existir, se acaba y ya está, sin escándalo. Limpio. Como si no hubiera pasado.

Esa la dijo más despacio. La repitió sin la broma.

—Cuatro —dijo.

—Y cinco. —Esta me salió a mí misma por sorpresa, no estaba en el guion—. Deja de decir mal mi apellido cuando estemos solos. Aquí dentro lo dices bien o no me hablas.

Se rio.

—Acosta —dijo, perfecto, las tres sílabas, por primera vez en tres meses—. ¿Mejor?

—Mejor.

—Pues ahora me toca a mí ponerte una a ti. —Me miró con la cabeza ladeada—. Tú me has llamado Marchetti durante tres meses como si fuera un insulto. Yo quiero un nombre tuyo. Uno que no use nadie más.

—Eso no estaba en el trato.

—Lo estoy añadiendo. Regla seis.

Lo pensé. Y se me escapó en español, que es lo que me pasa cuando algo me toca de verdad y bajo la guardia: el idioma de mi casa se me sale solo, sin permiso.

—Tramposo —dije.

—¿Qué significa?

—No te lo voy a decir.

—Acosta. ¿Qué significa?

—Que aprendas español. —Cogí la bolsa de hielo del estante, por fin, para tener las manos ocupadas—. Te vas a llamar así para mí, y no vas a saber qué quiere decir, y te va a fastidiar mucho. Esa es la regla seis. Te aguantas.

—Me parece justo —dijo, y por la cara que puso supe que le había encantado, que se había llevado el apodo como se había llevado mis correcciones todos esos meses, encantado, como un trofeo más.

Lo eché del almacén antes de que apareciera el de seguridad. Él se fue, y volvió dos minutos después, cuando yo cerraba la sala con llave, y me tendió una cosa con la mano.

—Toma —dijo—. Por la regla seis. Compensación.

Era una flor. Una peonía blanca, todavía con gotas, arrancada de mala manera, con medio tallo de menos.

—¿De dónde la has sacado?

—Del jardín botánico. Hay un seto entero detrás del invernadero.

—Se encogió de hombros, como quien no le da importancia a nada, que era exactamente lo que estaba haciendo, no darle importancia—.

Me ha parecido que pegaba. No sé. La he visto al pasar y he pensado en ti.

Ya está. No le des más vueltas, que te veo.

—Robar plantas del campus también es expulsable —dije, cogiéndola.

—Pues vamos a tener un expediente la mar de gordo, tú y yo. —Se metió las manos en los bolsillos, dio dos pasos hacia atrás sin dejar de mirarme, y se fue por el pasillo encerado, silbando, con esa facilidad insultante que tenía para irse de los sitios como si no acabara de pasar nada.

Me quedé con la flor en la mano y la sala cerrada a mi espalda, y por un momento no supe qué hacer con la cara, porque me había quedado una sonrisa puesta que no recordaba haber pedido.

Me la llevé a casa metida en la mochila, con cuidado, para que no se aplastara.

Esa noche la puse en un vaso de agua en mi mesilla y la miré más tiempo del que merece una peonía robada con medio tallo. No pensaba en nada concreto. Solo la miraba. Y antes de apagar la luz me di cuenta de que llevaba un buen rato sonriéndole a una flor, sola, en mi cuarto, como una idiota.

No me apetecía nada dejar de hacerlo. Así que no lo dejé. Apagué la luz con la sonrisa todavía puesta y la flor en el agua, y aquella noche, por una vez, me dormí sin nada en el cajón.