Capítulo 7
Renata
Me metí en el primer baño que encontré y conté hasta que el cuerpo se calló.
Hay una taquicardia que no viene en ningún manual: la del cuerpo que acaba de ver de cerca algo que la cabeza llevaba dos años enterrando con paladas.
Manos frías, pulso a ciento veinte sin haber corrido, el sudor justo en la nuca.
Me apoyé en el lavabo, me miré en el espejo —mala idea— y me hice el diagnóstico de siempre, el único que sé hacerme: esto pasa.
Es una descarga. El cuerpo cree que estás en peligro y no le puedes explicar que el peligro mide metro noventa, no se acuerda de ti y se acaba de ir por un pasillo. Respira. Baja. Ya.
Bajó. Tardó más de la cuenta, pero bajó. El cuerpo siempre obedece al final, si lo tratas con la frialdad suficiente.
Lo que no bajó fue la pregunta.
«¿Y por qué lo presentaste?»
Llevaba dos años esperando que alguien me odiara por ese informe, y todos lo habían hecho, puntualmente, con ganas.
Lo que no había esperado nunca, ni una sola vez en dos años, era que alguien me preguntara el porqué de verdad.
Sin la respuesta ya escrita. Sin haber decidido de antemano que la respuesta era «porque es mala persona».
Theo me lo preguntó mirándome a los ojos, sin gritar, queriendo saberlo de verdad, y esa pregunta hizo lo que no habían hecho dos años de insultos: me abrió por una costura que tenía cosida con hilo de acero.
Porque la respuesta verdadera no cabía en un pasillo.
La respuesta verdadera tenía un hermano muerto dentro, y tenía otras cosas que no le pienso contar a nadie, y tenía, debajo de todo, un motivo que me dejaba a mí peor parada que cualquier mentira.
Así que hice lo único que sé hacer con las verdades que no caben: me la tragué entera y le di la espalda.
Él no se acordaba de mí.
Esa era la otra cosa, la que no me dejaba en paz mientras volvía a clase con la cara recompuesta.
No se acordaba de nada. Ni de lo malo ni de.
.. ni de nada. Para él yo era una desconocida con un apellido en una libreta.
Dos años de su vida borrados, y yo dentro de esos dos años, borrada con ellos, como una nota a lápiz que alguien pasa la goma por encima sin saber lo que estaba escrito.
Debería haber sido un alivio. Una parte pequeña y cobarde de mí lo sintió como un alivio, y de esa parte no estoy orgullosa.
El resto lo sintió de otra manera que no voy a nombrar, ni siquiera aquí.
Llegué a casa a las siete. Priya estaba en el sofá con un libro de anatomía abierto bocabajo sobre el pecho, lo que quiere decir que no estaba estudiando, que estaba esperándome, aunque ella jamás lo llamaría así.
—Hola —dije, y por el «hola» ya supo que algo iba mal, porque me conoce desde primero y el «hola» es lo primero que se me rompe.
—Hola. —Se incorporó. No preguntó. Esperó, que es lo suyo.
Dejé la mochila. Me serví agua que no quería. Y se lo conté, una versión, la que se podía contar.
—Me ha buscado Marchetti —dije—. En la facultad. Hoy.
Priya cerró el libro del todo.
—¿Qué quería?
—Hablar. —Bebí—. No sabe nada. El paro le borró dos años.
No se acuerda del informe, no se acuerda de la guerra, no se acuerda de.
.. —paré medio segundo, el medio segundo de siempre, el que mi cuerpo dedica desde hace dos años a frenar en seco la frase justo antes del precipicio— .
..no se acuerda de nada de esa época. Ha venido a que le cuente por qué medio campus dice que me odia.
—Joder. —Priya se pasó la mano por la cara—. ¿Y qué le has dicho?
—La verdad. Que presenté un informe y le costó el draft.
—¿Toda la verdad?
—La que hay —dije.
Y ahí estuvo. Ahí, exactamente, en ese «la que hay», dicho con la cara lisa, con la voz tranquila, sin que se me moviera ni un músculo.
Llevo dos años mintiendo por omisión y ya no es una decisión, es un reflejo, es algo que hace el cuerpo solo, como apartar la mano del fuego.
Priya es mi mejor amiga. Priya me ha recogido del suelo más de una vez.
Priya sabe lo del informe, sabe lo de Mateo, sabe casi todo lo que se puede saber de mí.
Y aun a Priya, esa tarde, en mi propia casa, con el cuerpo todavía temblándome por dentro de lo de la mañana, le di solo «la que hay», y cerré la frase a tiempo, y ni se me notó.
Esa es la parte que de verdad debería darme miedo: lo bien que se me da.
Que ya no tengo que esforzarme para callarme lo importante.
Que se ha vuelto la postura natural de mi cuerpo, como una cojera con la que llevas tanto tiempo andando que ya te parece tu forma de andar.
Priya me miró un rato. Me conoce lo suficiente para saber que «la que hay» tiene letra pequeña. Pero también me conoce lo suficiente para saber que no se entra ahí a la fuerza, que si aprieta me cierro, igual que me cerré con Theo en el pasillo. Así que no apretó. Eligió otra cosa.
—¿Estás bien? —dijo. Solo eso.
—Estoy bien.
—Ese «bien» es como tu «hola».
—Estoy... —busqué una palabra honrada que no me delatara, que es el deporte más difícil que practico— ...rara. Me ha removido. Pero estoy. Mañana se me pasa.
—¿Te ha dicho algo feo? —Priya tenía la mano en el respaldo del sofá, lista para levantarse e ir a por mí, a por él, a por quien hiciera falta—. Porque como haya vuelto a las andadas me da igual que esté delicado del corazón, le parto las dos piernas y a rehabilitar las tres cosas.
—No. —La corté—. No ha sido feo. Ese es el problema.
Lo solté antes de poder frenarlo, y vi a Priya guardarse la pregunta que venía detrás, la lógica, la única que importaba: si no ha sido feo, ¿cuál es el problema?
Me miró esperando que la llenara yo. Yo miré el vaso.
La pregunta se quedó entre las dos, sin hacer, que es donde se quedan todas mis preguntas peligrosas: a la vista, encima de la mesa, y nadie las toca.
—Vale. —No se lo creyó, y me dejó que no se lo creyera sin discutírmelo, que es el mayor favor que sabe hacer Priya—. Si quieres odiarlo conmigo un rato, aquí estoy. Tengo helado y opiniones muy malas sobre él.
Me reí un poco. Fue verdad, esa risa, pequeña pero verdad, y se la agradecí más de lo que le dije.
Lo que no le dije, lo que no le dije a ella ni me dije del todo a mí, es que no podía odiarlo.
Que no me sale odiarlo. Que llevo dos años fingiendo que lo odio porque fingir que lo odio era lo único que me sostenía de pie, y que aquella mañana, viéndolo perdido en un pasillo, sin memoria y sin rencor, preguntándome el porqué con esa cara, lo de fingir se me había hecho cuesta arriba de una manera nueva.
Pero eso es del cajón. Eso no sale del cajón.
El golpe de verdad llegó al día siguiente, y llegó por correo del departamento, con membrete, que es como llegan las sentencias modernas.
La doctora Klein me citó en su despacho a primera hora.
Klein dirige el programa, me tutela desde segundo y me aprecia de esa manera seca que tienen los que de verdad te aprecian en la universidad: dándote más trabajo que a nadie y ni una palmadita.
Me senté enfrente de su mesa llena de papeles, y antes de que terminara de sentarme ya supe, por cómo me miró, que no era una reunión de rutina.
—Te voy a pedir una cosa difícil —dijo—. Y antes de que digas nada, escúchame entera, porque no es una pregunta. Es una decisión que ya está tomada y yo solo te la comunico.
—La escucho.
—El chico Marchetti empieza programa de rehabilitación cardíaca supervisada.
Es un caso de altísimo perfil, ya lo sabes; medio país lo conoce.
La universidad ha decidido montarlo como estudio clínico tutelado, con documentación impecable de cada paso, supervisión por arriba y por los lados, todo registrado, todo con firma. —Juntó las manos—. ¿Sabes por qué?
—Para protegerse —dije. Lo dije sin pensarlo, porque era evidente.
—Para protegerse —repitió, y algo parecido a la aprobación le cruzó la cara—.
Hace dos años hubo un informe sobre el corazón de ese chico que esta casa decidió no escuchar.
Y a ese chico, dos años después, se le ha parado el corazón en el hielo, en directo, delante de las cámaras.
Si esto acaba en un juzgado, y puede acabar, la universidad necesita poder demostrar que ahora hace las cosas de manera ejemplar.
Supervisión modelo. Rigor de manual. La clase de expediente que un abogado mira y cierra la carpeta.
Yo ya veía hacia dónde iba. Lo veía con una claridad horrible, como se ve venir un coche cuando ya no te da tiempo a apartarte.
—Y para eso —dijo Klein— necesito en el equipo del caso a mi mejor estudiante de cardiología deportiva.
A alguien con el expediente intachable. A alguien cuyo criterio, sobre el papel, ya quedó demostrado.
—Me sostuvo la mirada—. ¿Y quién mejor para el seguimiento de la rehabilitación de ese corazón que la persona que detectó la anomalía hace dos años, cuando nadie más quiso verla?
Es perfecto, Renata. Sobre el papel, es perfecto.
La que tenía razón, supervisando. No hay abogado en el mundo capaz de tocar eso.
Sobre el papel.
Sobre el papel yo era la elección perfecta. Sobre el papel no había una sola objeción razonable que pudiera ponerle. Y todas mis objeciones, todas, las de verdad, vivían debajo del papel, en el cajón con llave, en un sitio del que no puedo sacar nada sin sacarlo todo.
Era una jaula bonita. Eso es lo peor de las jaulas bien hechas: que son bonitas, que cualquiera que las mire desde fuera ve una oportunidad, un reconocimiento, un golpe de suerte para una estudiante con ambición.
Klein creía estar haciéndome un favor. Y para la Renata del expediente, la del currículum impecable, a lo mejor lo era.
El favor más cruel que me habían hecho en dos años, hecho con la mejor intención del mundo, convencida de que me ponía algo bueno en las manos.
Porque ¿qué le decía? ¿Que no podía? ¿Por qué no?
Un «no me siento cómoda» de la estudiante modelo, sin motivo, sobre el único caso para el que estaba objetivamente más cualificada que nadie en el departamento, habría sido una bomba: o sospechoso, o cobarde, o las dos cosas, y cualquiera de las dos abría una puerta a preguntas que yo no me podía permitir.
Negarme habría costado más explicaciones que aceptar.
Negarme era el único movimiento que me delataba.
Así que asentí.
—¿Cuándo empiezo? —pregunté, y me oí la voz salir tranquila, profesional, perfecta, mientras por dentro firmaba algo con mi propia mano sin poder leer la letra pequeña.
—Esta semana. Te paso los datos hoy. —Klein recogió unos papeles, ya con la cabeza en lo siguiente—. Gracias, Renata. Sé que no es plato de gusto, con la historia que tenéis. Pero eres una profesional, y esto te viene bien para el currículum. Lo harás impecable.
—Lo haré impecable —dije.
Es lo único que sé hacer. Hacer las cosas impecables por fuera. Lo difícil nunca se ve por fuera.
Salí del despacho con un sobre en la mano. Dentro estaba el protocolo, los formularios, y una hoja con el calendario de sesiones. La saqué en el pasillo, apoyada en la pared, porque no pude esperar a llegar a ningún sitio.
Arriba, en negrita, impresa por una máquina que no sabía lo que escribía, estaba la primera cita. Día, hora, sala. La leí dos veces.
Mi nombre y el suyo, juntos otra vez en un papel, dos años después. La primera vez que lo escribí yo, a mano, fue para apartarlo del hielo y perderlo. Esta venía impresa, y era para tenerlo delante tres veces por semana sin poder apartarme yo.
La doblé con cuidado, como se dobla una citación, y me la guardé en el bolsillo, junto a la costilla donde guardo todo lo demás.
Lunes. Las cuatro. Sala de rehabilitación cardíaca.
Sonaba menos a cita que a fecha de ejecución. La mía.