Capítulo 6
Theo
No esperé a mañana porque sabía dónde encontrarla.
Medicina deportiva está en el ala vieja, un edificio de ladrillo con pasillos largos que huelen a alcohol de farmacia y a papel.
Yo no había pisado esa facultad en mi vida; un jugador de hockey en ese pasillo es un caballo en un salón, todo el mundo se aparta y nadie sabe qué hace ahí.
Pregunté en recepción por la zona de prácticas con un par de mentiras pequeñas, me apoyé en la pared de enfrente de una puerta con un horario pegado, y esperé.
Tenía pensado lo que iba a decir y ni idea de lo que iba a pasar después, que es la peor manera de esperar.
Pasaron estudiantes con batas y carpetas.
Un par me miraron dos veces, el resucitado fuera de su hábitat, y siguieron.
Yo miraba la puerta y me preguntaba qué clase de tío se planta en la facultad de la persona que más lo odia para pedirle un favor.
Uno sin más sitios donde buscar, decidí.
Eso era yo aquella mañana, y me lo guardé, porque no era una idea cómoda de tener de pie en un pasillo.
Salió a los veinte minutos, con la carpeta bajo el brazo y la cabeza en otra parte. Iba leyendo algo. Levantó la vista, me reconoció, y se le borró la cara entera.
No fue miedo. Fue otra cosa, más controlada, la cara de alguien que ve venir un golpe que conoce de memoria y decide aguantarlo de pie.
Se paró en seco a tres metros, ajustó la carpeta contra el costado, y esperó a que yo dijera lo que hubiera venido a decir, como se espera a que pase una tormenta que no es la primera.
—Acosta —dije.
—Marchetti.
Y ahí pasó lo primero que no entendí, lo primero de muchas cosas que no iba a entender de aquel pasillo: que estar a tres metros de ella me hizo algo en el cuerpo.
No el odio. Esperaba el odio, lo traía preparado, había venido con ciento treinta pulsaciones de munición acumulada desde el hospital.
Pero el cuerpo, de cerca, no me daba odio.
Me daba otra cosa que no sabía nombrar, una especie de reconocimiento sordo, como cuando entras en una habitación a oscuras de tu propia casa y los pies saben dónde está cada mueble sin que tú lo decidas.
Mi cabeza no la conocía. El resto de mí parecía estar discutiéndolo.
—¿Qué quieres? —dijo. Lo dijo con cansancio, no con rabia. Como quien ya ha tenido esta conversación cien veces y sabe cómo termina—. Si vienes a montar una escena, este no es buen sitio. Hay gente estudiando.
—No vengo a montar nada.
—Eso lo dices tú.
—Lo digo yo.
—La última vez que te acercaste a mí con esa cara, había público. —Ajustó la carpeta contra el costado—. Perdona si me quedo a tres metros.
—No me acuerdo de esa vez.
—Claro que no. —Una sombra de algo que no llegó a sonrisa—. Para ti es nueva. Qué suerte la tuya.
Lo dijo sin veneno, con una sorna cansada que me dolió más que si me lo hubiera escupido, porque era justa. Yo me había librado del recuerdo de mi propia mala leche. Ella no se había librado de nada.
Cruzó los brazos sobre la carpeta. Era más baja que yo, mucho, y de pie en aquel pasillo, con esa quietud, parecía sostener un peso que no se veía.
La miré buscando a la víctima de los hilos, a la resentida, a la envidiosa, a la enterradora de los foros, y no la encontré.
Encontré a una chica muy cansada que me miraba a los ojos sin pestañear, esperando.
—Quiero preguntarte una cosa —dije—. Y no me la va a contestar nadie más, así que te ha tocado a ti.
—Pregunta y vete.
Respiré. Lo había ensayado en el banco, detrás de la biblioteca, y aun así me costó decirlo, porque decirlo en voz alta era admitir delante de la última persona del mundo a la que pensaba admitírselo que estaba roto.
—No me acuerdo de nada —dije.
Algo le pasó en la cara. Fue rápido y lo tapó enseguida, pero le pasó.
No sé describirlo bien porque duró menos que un parpadeo: la cara de alguien a quien acaban de quitarle el suelo de debajo sin avisar.
Se quedó muy quieta. La carpeta se le movió un par de milímetros contra el pecho, como si los brazos se le hubieran aflojado un segundo y los hubiera vuelto a apretar a tiempo.
—¿Cómo? —dijo, y la voz le salió distinta. Más baja.
—El paro me borró dos años. Lo último que tengo es de antes de todo esto.
No sé qué pasó entre tú y yo. No me acuerdo de tu cara, no me acuerdo de tu nombre, no me acuerdo de por qué medio campus te llama lo que te llama y dice que es por mí.
—Hice una pausa—. Me he buscado en internet como un desconocido.
He visto un vídeo. Salgo yo gritándote en una cafetería delante de todo el mundo, y no me reconozco.
No sé quién es ese de la pantalla. Así que he venido a que me lo cuente la única persona que estaba al otro lado.
Tardó en hablar. Mucho. En ese silencio cabía algo grande que yo no podía ver, y me quedé quieto, dejándolo pasar, porque algo me decía que si la apretaba se cerraría del todo.
—No sabía que no te acordabas —dijo por fin. Casi para sí misma.
—Ahora ya lo sabes.
Se quedó mirándome de una manera nueva, recolocándome, como quien creía conocer una casa y descubre que le han cambiado las paredes de sitio.
Lo que sostenía en los brazos pareció pesar distinto de pronto.
No supe leerlo. Lo guardé para después, en la lista cada vez más larga de cosas de aquella chica que mi cabeza no entendía y que el resto de mí parecía llevar tiempo entendiendo sin consultarme.
—¿Nadie te lo ha contado? —dijo—. ¿Tu padre, tu hermano, nadie?
—Todo el mundo me lo ha contado. —La miré—. Esa es la cuestión. Todo el mundo me ha contado por qué te odio. Quiero que me lo cuentes tú.
No sé qué esperaba que pasara con esa frase.
Algo se movió en el pasillo aunque no se moviera nada.
Ella descruzó los brazos despacio, los volvió a cruzar, miró un segundo hacia la puerta como quien calcula la salida.
Y se decidió. Lo tenía delante, en la cara: el cálculo rápido de quien guarda varias versiones de la misma historia y elige cuál sacar.
Eligió la que tenía más a mano, la más gastada, la que ya no le costaba decir porque la había dicho mil veces.
La versión oficial. La que el campus entero ya conocía de memoria.
—Presenté un informe —dijo—. Hace dos años. Un informe médico sobre ti, durante mis prácticas con el equipo. Por ese informe te apartaron del hielo a unas semanas del draft. Perdiste tu sitio. Eras primera ronda y lo perdiste, y lo perdiste por mí.
Lo dijo del tirón, sin defenderse, sin suavizarlo.
Lo dijo como había visto confesar a la gente en las películas cuando ya no le importa la condena, cuando solo quiere que el juez dicte sentencia de una vez y la deje sola.
Tenía la barbilla un poco alta. Estaba esperando que yo le gritara.
Estaba lista. Tenía todo el cuerpo listo para encajar lo que viniera, igual que en el vídeo, sentada, sin agachar la cabeza.
Y ahí estuvo la trampa, aunque ella no la había puesto y yo no la vi venir: que lo que dijo era verdad.
Cada palabra. Lo notaba. Después de una semana oyendo a mi familia decirme verdades con la música falsa, era capaz de reconocer una verdad de verdad cuando la oía, y aquello lo era.
El informe existió. Me apartó. Perdí el draft. Todo cierto.
Y aun así faltaba algo.
No sabría decir qué. No era una mentira; era un agujero.
Como cuando lees una factura que cuadra en todas las cifras pero el total no te sale, y sabes que el error está en alguna línea que no ves.
Ella me había dado el qué con una precisión perfecta, demasiado perfecta, una precisión de cosa repetida mil veces.
Me había dado el qué entero. No me había dado nada más.
Así que pregunté lo otro. Lo único que quedaba.
—¿Y por qué lo presentaste?
Se le paró la cara.
No es una manera de hablar. Se le paró de verdad, como se le para a alguien cuando le hacen una pregunta para la que no tiene guion.
Toda la entereza con la que había confesado, toda la barbilla alta, toda la espera de la condena, se le cayó de golpe y dejó debajo otra cosa, algo desnudo y rápido que tapó enseguida pero que llegué a ver.
Abrió la boca. La cerró. Miró hacia un lado, hacia la ventana del pasillo, hacia la luz, hacia cualquier sitio que no fueran mis ojos.
Y no contestó.
El silencio que vino después no fue un hueco.
Fue una cosa con peso y con bordes, que se nos puso entre los dos en mitad del pasillo y se quedó ahí, ocupando sitio, respirando.
Yo no lo llené. Algo había aprendido esa semana en mi propia casa: a la gente que esconde algo no hay que llenarle los silencios, hay que dejárselos delante, abiertos, a ver si no aguantan y los llenan ellos.
Mi padre nunca los llenaba. Ella tampoco.
Aguantó aquel silencio como aguantaba todo lo demás, de pie, sin agachar la cabeza, mirando la luz de la ventana del pasillo como si en el cristal hubiera algo escrito que solo ella sabía leer.
—¿Por qué? —repetí, más bajo. Sin acusarla.
De verdad quería saberlo, y creo que eso fue lo que la rompió, que no la estuviera acusando—.
Tuviste que tener un motivo. La gente no destroza la carrera de otro porque sí.
¿Qué te hice yo? ¿O qué viste? Dime el porqué y me voy, y no vuelvo. Te lo prometo. Solo el porqué.
El silencio se estiró hasta hacerse insoportable, y ella lo sostuvo.
Lo sostuvo a propósito. Tenía la respuesta ahí, en algún sitio, lo vi en cómo le temblaba la mandíbula del esfuerzo de no decir nada, y decidió no dármela.
Eligió el silencio igual que un rato antes había elegido la versión del informe.
No era que no supiera. Era que no podía.
O no quería. Las dos cosas se le parecían en la cara.
—Que te mejores, Marchetti —dijo al final.
La voz le salió rota por un sitio y entera por el resto, controlada otra vez, ya recompuesta. Se ajustó la carpeta, dio un paso para rodearme, y me dejó la frase ahí, vacía, igual que yo había venido a vaciarme delante de ella.
—No me has contestado —dije.
—No —dijo, sin pararse—. No te he contestado.
Y se fue por el pasillo largo, sin correr, con la espalda recta, hasta que dobló la esquina y dejó de oírse el ruido de sus zapatos en el suelo encerado.
Me quedé solo entre el olor a alcohol y a papel, con dos años de menos y una respuesta de menos.
No me había mentido. Esa era la parte que no me dejaba moverme del sitio.
Llevaba una semana rodeado de gente que me quería y que me mentía con dulzura, y acababa de cruzarme con la única persona del campus que, según todo el mundo, me odiaba, y resulta que era la primera que no me había dicho ni una sola cosa falsa.
Me había dado verdades. Las había contado completas, sin esconder ni una.
Solo se había guardado una, y se la había guardado a cara descubierta, sin disimular que se la guardaba, que es otra forma de no mentir.
Esa chica sabía algo que yo no. Algo que la incriminaba lo bastante para callárselo. O algo que dolía lo bastante para no decirlo en un pasillo. O las dos cosas.
Saqué la libreta apoyado en la pared. Pasé a la página siguiente y escribí, debajo de todas las cosas que no cuadraban, la única pregunta que de verdad importaba, la que ella había dejado morir en el aire:
¿Por qué presentó el informe?
Y debajo, porque era lo único que tenía claro de toda la conversación:
No me ha mentido. Me ha contado todo menos esto.
Y se ha callado esto mirándome a los ojos, sin mentir, como quien guarda algo que no es suyo.
La única que no me miente en todo el campus es la que todo el campus me dice que me odia.
Esto no cuadra más que ninguna otra cosa.
Pregunta sin responder número uno. Y va a seguir siendo la misma hasta que la responda ella.
Cerré la libreta.
Le había prometido que no volvería.
Esa también fue mentira. Pero esa, al menos, todavía no lo sabía.