Capítulo 5
Theo
El campus me miraba como se mira a alguien que debería estar muerto.
Hay dos formas de mirar a un resucitado, y aquella primera mañana de vuelta las recibí las dos.
Estaba la mirada de santo, la de los que se paraban a media zancada, me ponían una mano en el hombro y me decían que se habían acordado de mí, que habían rezado, que qué milagro, con los ojos brillantes de quien necesita que tu suerte le confirme que el universo a veces hace bien las cosas.
Y estaba la otra, la de fantasma: los que me veían venir por el pasillo y desviaban un poco la trayectoria, los que bajaban la vista, los que se reían más fuerte de la cuenta para que no pareciera que se habían quedado callados al verme.
Esa era peor. Esa era la de los que ya me habían enterrado por dentro y ahora tenían que volver a colocarme entre los vivos, y no sabían dónde ponerme.
Yo me movía por en medio de las dos miradas con la mochila a un hombro, despacio, porque el esternón todavía protestaba en las cuestas, y con la sensación rara de ser el único del campus que no sabía qué le había pasado al campus.
—¡EH! ¡El muerto!
Solo había una persona en el mundo capaz de gritarme eso a tres metros de la biblioteca, y era Ozzy Okafor.
Vino hacia mí dando esas zancadas suyas de dos metros de envergadura, con la sonrisa puesta, y me dio un abrazo medido, de los que se calculan para no apretar donde duele.
Eso ya me dijo bastante. Ozzy nunca calcula nada.
Que calculara el abrazo significaba que alguien le había explicado lo de las costillas, y que se lo había tomado en serio, y que llevaba días ensayando cómo abrazarme sin parecer que me abrazaba como a un enfermo.
—Estás horrible —dijo, soltándome—. En serio. Te has muerto y has vuelto más feo. No sé qué esperaba, pero esperaba mejor.
—Y yo esperaba que durante mi ausencia hubieras aprendido a tirar a puerta. Veo que los dos nos hemos llevado una decepción.
—Au. —Se llevó la mano al pecho—. El muerto tiene lengua.
Buena señal. —Caminamos un trozo juntos, y noté cómo me iba mirando de reojo, comprobándome, como se comprueba un coche que ha tenido un accidente para ver si todavía arranca—.
¿Cómo lo llevas? Y no me digas «bien», porque «bien» es lo que dice la gente cuando quiere que la dejes en paz, y yo no te pienso dejar en paz.
—Lo llevo raro —dije, y eso le gustó más que cualquier «bien»—. Hay dos años que no están. Me los han borrado de la cabeza como me han borrado el móvil. Y todo el mundo a mi alrededor sabe lo que pasó en esos dos años menos yo.
—Joder. —Se quedó serio medio segundo, y en ese medio segundo vi el miedo de verdad, el que llevaba puesto debajo de las bromas desde la noche del pabellón, asomar y volver a esconderse—.
Bueno. Tampoco te perdiste gran cosa. Dos años de exámenes y de que yo metiera los goles que tú no metías.
Ya te pongo al día. Empezamos por lo importante: hay una máquina nueva de café en el ala de ciencias y es una basura.
—¿Y de lo demás qué? —dije—. Cosas normales. Empieza por algo que no sea un agujero negro.
—A ver. —Contó con los dedos—. Tu coche es otro; el viejo lo vendiste y te timaron, en paz descanse. Te dejaste barba dos meses y fue un crimen contra la humanidad; hay fotos, las he borrado por tu bien y por el de todos. Salimos campeones de conferencia y lloraste como un crío.
—No lloré.
—Tengo. El. Vídeo. —Sonrió—. Lo tengo guardado para tu boda y para tu funeral, y tú ya me has fallado una vez con lo del funeral, así que no me falles con la boda.
Me reí. Dolió en las costillas y me reí igual.
Y entonces, porque llevaba el nombre clavado desde el hospital, porque lo tenía subrayado en una libreta que Ozzy no sabía que existía, lo solté así, de lado, mientras subíamos las escaleras:
—Ozzy. ¿Quién es Acosta?
Le cambió el paso. Medio escalón. Nada que pudieras señalar, pero yo llevaba toda la semana entrenando el ojo para ver exactamente esa clase de cosas en la gente que me quería.
—¿Por? —dijo.
—Por nada. Es un apellido que me suena y no sé de qué.
—Déjalo, tío. —Lo dijo deprisa, demasiado amable, mirando al frente—. En serio. De todo lo que te puedes poner a desenterrar de estos dos años, esa es la tumba que yo dejaría cerrada. Hazme caso.
—¿Por qué?
—Porque te quiero y porque es lunes. —Me dio una palmada en el hombro, en el bueno—. Va. Tengo clase. Comemos luego. Y come algo de verdad, que pareces una radiografía tuya.
Se fue. Y me dejó con un apellido, un consejo que no pensaba seguir, y la certeza de que hasta mi mejor amigo prefería que yo no escarbara ahí.
Cuando la gente que te quiere te pide que no mires debajo de una piedra, lo que te está diciendo es que debajo hay algo.
Yo de momento solo coleccionaba piedras.
Me senté en un banco apartado, detrás de la biblioteca, donde no llegaban ni las miradas de santo ni las de fantasma, y saqué el móvil restaurado de fábrica, el de los seis contactos. Tenía internet. Internet no me lo habían podido restaurar de fábrica.
Escribí mi propio nombre en el buscador.
Es una cosa rara, buscarte a ti mismo cuando te faltan dos años.
Es como abrir el álbum de fotos de un desconocido que resulta que tiene tu cara.
Los primeros resultados los entendía: el paro, el milagro, los titulares de aquella semana, «la joven promesa de los Kings se desploma en el hielo», con mi foto de capitán que yo ni recordaba habernos hecho.
Capitán. Por lo visto, en los dos años que no tengo, me habían dado una C en el pecho.
Me la quedé mirando un rato, esa letra, como se mira un regalo que te han dado mientras dormías.
Pero debajo de los titulares del milagro había otra capa. Una más vieja, de hacía un par de años, y esa no la entendía en absoluto.
Había hilos. Foros del equipo, comentarios, capturas que la gente se reenvía.
Y un nombre que salía una y otra vez, siempre cerca del mío, siempre con el mismo desprecio alrededor: la Enterradora.
Tardé en darme cuenta de que la Enterradora y Acosta eran la misma persona.
El campus le había puesto ese mote a una chica por algo que le había hecho a alguien, y ese alguien, según todos los hilos, era yo.
La chica que enterró a Marchetti. La que le costó el draft.
La resentida. La envidiosa. Catorce mil opiniones distintas sobre los motivos, y una sola coincidencia: que yo era la víctima y ella el monstruo.
En uno de los hilos, alguien había escrito que ojalá se le hubiera parado el corazón a ella en el hielo, en vez de a mí.
Tenía ochenta «me gusta». Cerré ese hilo deprisa, y no fue por ella, a la que aún no conocía de nada.
Fue por los ochenta. Por la facilidad con la que ochenta personas habían apretado un botón para desearle la muerte a alguien por una historia que yo, el supuesto protagonista, ni siquiera recordaba.
Y luego encontré el vídeo.
Lo había subido alguien hacía casi dos años, y lo habían visto miles de personas.
Estaba grabado con un móvil desde una mesa, en una cafetería que reconocí, con esa imagen que tiembla y ese sonido que no es sonido, solo ruido: bandejas, voces, el zumbido de un sitio lleno.
No se oía nada de lo que se decía. Esa fue la primera misericordia de aquel día, aunque entonces no lo supe: que el audio era una porquería y no se entendía ni una palabra.
Lo que sí se veía era a un tío de pie en medio de la cafetería, inclinado sobre una chica sentada, gritándole.
El tío era yo.
Lo digo así, en tercera persona, porque así lo viví.
No me reconocí. Vi a un desconocido con mi cara y mi cuerpo y mi chaqueta del equipo, de pie, escupiéndole palabras a una chica que ni se levantaba, con la mandíbula tensa y una mano cortando el aire, y alrededor un corro de gente, y en el corro algunos se reían.
Se reían. Eso fue lo que no pude colocar en ninguna parte: que lo que aquel tío le estuviera diciendo era lo bastante cruel para hacer daño y lo bastante ingenioso para hacer gracia, las dos cosas a la vez, y que medio campus lo había aplaudido.
No oí las palabras. Repito el vídeo tres veces y no las oí, solo el ruido, solo las caras.
La de él, la mía, deformada por algo que yo no sabía que era capaz de sentir.
Y la de ella, sentada, encajándolo sin agachar la cabeza, mirándolo a los ojos mientras le caía encima todo aquello, con una cara que no era de víctima.
Era otra cosa. Una cara que aguantaba como se aguanta algo que crees que te mereces.
Paré el vídeo. Dejé el móvil en el banco, bocabajo, como si así dejara de existir.
No sentía rabia hacia ella. Esperaba sentirla, porque todos los hilos me decían que la odiaba, y mi propio cuerpo había saltado a ciento treinta pulsaciones con solo oír su apellido en un hospital.
Pero viendo aquel vídeo no me salía el odio.
Me salía vergüenza. Una vergüenza fría, ajena, la que se siente al ver a alguien de tu sangre portarse como un cerdo y no poder hacer nada porque ya pasó, porque tiene dos años, porque el que se portó así eras tú y ni siquiera te acuerdas de por qué.
Saqué la libreta. Pasé las páginas: las cosas que no cuadraban se habían ido multiplicando esos días, llenando los renglones de mi letra cada vez menos torpe. Llegué a una hoja en blanco, la quinta, y escribí lo único que aquel banco me había enseñado:
O ella me hizo algo imperdonable, o el imperdonable soy yo.
Y debajo:
Todo el campus dice que la víctima soy yo.
El vídeo dice otra cosa. En el vídeo el que grita soy yo y la que aguanta es ella, y aguanta como quien paga una deuda.
Las víctimas no aguantan así. Algo no cuadra entre la historia que me cuentan y la cara de esa chica.
Y hasta Ozzy quiere que deje esto enterrado.
Pregunta sin responder: ¿qué pasó de verdad entre esa chica y yo, y por qué todos prefieren la versión fácil?
Cerré la libreta. Tenía la boca seca y un cansancio en el pecho que no era de las costillas. Levanté la vista del banco para descansar los ojos en algo que no fuera una pantalla.
Y la vi.
Cruzaba el campus por el camino de los castaños, sola, con una carpeta apretada contra el costado y la cabeza un poco gacha, a unos cuarenta metros, sin verme. La chica del vídeo. Acosta. La Enterradora. La reconocí enseguida, claro, porque acababa de pasar diez minutos mirándole la cara.
Pero esa no es la parte importante.
La parte importante es que yo ya estaba de pie.
Me había levantado del banco sin decidirlo.
Sin pensarlo, sin un «voy a levantarme», sin nada.
El cuerpo me había puesto en pie en el segundo exacto en que ella apareció entre los árboles, antes de que mi cabeza tuviera tiempo de reconocerla, antes de los cuarenta metros, antes del nombre.
Las piernas se me habían adelantado a todo, igual que se me habían disparado las pulsaciones en el hospital, igual que la mano se me había ido sola al fondo del guante.
Mi cabeza no sabía quién era esa chica.
Mi cuerpo se había puesto de pie para ir hacia ella.
Y por primera vez desde que había vuelto, los dos misterios, el del pecho y el del apellido, dejaron de parecerme dos.
Me quedé quieto, de pie detrás de la biblioteca, mirando cruzar a una desconocida a la que mi propio cuerpo conocía mejor que yo, y entendí que tarde o temprano iba a tener que cruzar esos cuarenta metros y preguntárselo a la única persona del campus que, según todo el mundo, me odiaba.
Mañana, me dije.
Fue mentira. No esperé a mañana.