Capítulo 4
Antes — I
Yo no fui a las prácticas con los Kings para conocer a Theo Marchetti. Fui a aprender a leer cuerpos que valían millones, que es otra cosa.
El primer día me dieron una bata que olía a armario y una acreditación con mi nombre y la palabra PRÁCTICAS en mayúsculas, por si a alguien se le ocurría confundirme con alguien que importara.
La sala médica del pabellón estaba debajo de las gradas, con esa luz de fluorescente que no perdona a nadie: dos camillas, un armario de hielo y vendas, una báscula que mentía dos kilos por abajo, y un olor que tardé semanas en dejar de notar, linimento y sudor y el frío del hielo colándose por las rendijas.
Yo venía de un sitio donde a los cuerpos no se les pide que ganen partidos, solo que sigan vivos, y eso te cambia la forma de mirar un vestuario.
Para casi todo el campus, los Kings eran una religión.
Para mí eran veinte músculos caros con nombre y apellido, y cuanto más ilustre el apellido, más ruido hacía alrededor del músculo.
Había aprendido a no escuchar el ruido. El ruido no aparece en una radiografía.
El doctor Sayer me recibió con un apretón firme y la sonrisa de quien lleva veinte años poniéndoles hielo a chavales que se creen inmortales. Era el médico del equipo. Me presentó al fisio, a la otra residente y a un par de camillas vacías como si también fueran personal.
—Esta —dijo, señalándome con la barbilla mientras le contaba a la residente quién era yo— lee electrocardiogramas como otras leen el horóscopo. La tengo fichada de la facultad. Le pones delante un papel con cuatro rayitas y te suelta la vida entera del que lo llevaba dentro.
—Es un sistema más fiable que el horóscopo —dije.
—Y menos optimista —contestó, y se rio solo de su gracia, que es la peor manera de reírse y la más honrada.
Yo sonreí lo justo. No le iba a contar que las rayitas me importaban más que cualquier otra cosa de aquel pabellón, más que la plantilla, más que los millones, más que el chico del que todo el campus hablaba como si fuera una marca de coche.
Hay aficiones que una no explica el primer día. Hay aficiones que una no explica nunca.
El chico del que todo el campus hablaba llegó a media mañana, andando hasta la camilla con un hielo improvisado en la muñeca izquierda y la cara del que está acostumbrado a que el mundo deje lo que esté haciendo para verlo entrar.
—Marchetti —dijo Sayer, sin levantar mucho la voz, porque a Marchetti no había que levantarle la voz—. ¿Otra vez tú?
—Otra vez yo. —Se sentó en la camilla, dejó la muñeca encima de una toalla y me miró a mí, no a Sayer—. ¿Y esto?
—Esto es la nueva —dijo Sayer—. Renata, échale un ojo a la muñeca, que tengo a Okafor con la rodilla en la otra punta. Si hay algo serio, me avisas.
Se fue, y me dejó sola con la estrella del equipo, su muñeca izquierda y su costumbre de mirar a la gente como si todos hubieran comprado entrada.
—La nueva —dijo, masticando la palabra como si le hiciera gracia—. ¿Sabes quién soy?
—Sé que eres una muñeca izquierda con un golpe. El resto me lo invento si hace falta.
Le cambió la cara medio segundo. Volvió enseguida, pero le cambió. La gente acostumbrada a entrar en las salas no espera que la sala no se entere.
Le cogí la muñeca. Hinchada por el dorso, caliente, pero los dedos se movían y el pulso radial llegaba limpio.
Le pedí que cerrara la mano. La cerró despacio, con cuidado, vigilándola, y ahí entendí dos cosas a la vez: que no había fractura, y que esa muñeca le importaba más de lo que un golpe tonto justificaba.
Lo leí como leo a todos, de arriba abajo, sin pedir permiso: hombros de cargar peso desde crío, una cicatriz vieja partiéndole una ceja, la manera de sentarse en la camilla repartiendo el peso a la derecha para no apoyar la muñeca, sin pensarlo siquiera.
El cuerpo de alguien que llevaba toda la vida cuidándose como se cuida una inversión, porque eso era para los suyos, lo supe antes de saber nada de los suyos: una inversión con dos piernas.
Lo leí entero en medio minuto. Lo único que el cuerpo no me dijo fue por qué a aquel paciente le divertía tanto que yo no le sonriera.
—Es la mano de arriba, ¿no? —dije.
—¿Qué?
—En el stick. Eres zurdo. La izquierda va arriba, la de control. Por eso me la traes con esa cara, no por el golpe. El golpe te da igual. Te da miedo la mano.
Se quedó callado un segundo de más. Luego sonrió, y esta vez era de verdad, no de catálogo.
—¿Eso lo has visto en el horóscopo? —dijo.
—Lo he visto en cómo cierras el puño. La proteges. Un jugador protege la herramienta antes que el hueso. —Le solté la muñeca—. No hay fractura. Esguince de nada. Hielo, reposo, y deja de patinar dándote contra las vallas como si tuvieras nueve años.
—Me empujaron.
—Seguro que sí.
—¿No me vas a preguntar cómo? —Se reacomodó en la camilla, cómodo, dueño del sitio—. Es buena historia. Sale un defensa de metro noventa, mi reflejo, que es legendario, y una jugada que voy a contar en mi boda.
—No.
—¿No te interesa?
—Me interesa tu muñeca. Y tu muñeca no estaba en la pelea. Estaba debajo de ti cuando caíste mal. Eso me lo cuenta la hinchazón, no tú. La hinchazón no presume.
—La hinchazón es muy aburrida.
—La hinchazón no me ha pedido todavía que la mire a los ojos mientras le pongo la venda. Tú llevas haciéndolo cinco minutos.
Cerró la boca. Medio segundo. Lo justo.
—¿Siempre eres así? —dijo, después.
—¿Así cómo?
—Así. De hielo. Tengo a media facultad pidiéndome fotos, y tú me vendas como si te molestara que respire.
—No me molesta que respires. Me molesta que hables mientras te vendo. Es distinto.
—¿Y si me callo?
—Si te callas, terminamos antes, y ganamos los dos. —Apreté el penúltimo giro de la venda—. Bueno. Gano yo. Tú te quedas sin público.
Cogí la cinta para cerrar. Él alargó el cuello para leer lo que escribía en la ficha, y le aparté la ficha del campo de visión sin levantar la vista, como se le aparta un vaso a un niño del borde de la mesa.
—Es mi muñeca —protestó—. Tengo derecho a saber lo que pone.
—Pone «esguince leve». Y pone «pregunta demasiado». Lo segundo no es clínico. Es una nota personal.
Se rio en voz alta, una risa que rebotó en los azulejos.
Y aquí viene la parte que tardé en colocar: cuanto peor lo trataba, más a gusto estaba.
Yo le ganaba los asaltos uno detrás de otro, le cerraba todas las puertas, y él coleccionaba cada portazo como si fueran cromos, encantado, pidiendo el siguiente.
En mi vida había tratado a un paciente al que mis desplantes le hicieran tanta ilusión.
—¿Cuánto reposo? —preguntó.
—El que te diga Sayer. Yo soy la nueva, ¿recuerdas? No firmo nada.
—Pero tú sabes más que Sayer.
—Eso lo has dicho tú, no yo.
—Lo has pensado.
—Lo que yo pienso no te lo va a vendar nadie. —Le terminé la venda, ni floja ni apretada, y le dejé el brazo encima de la toalla—. Ya está. Hielo veinte minutos cada dos horas. No la fuerces. Y la próxima vez que te empujen, cáete con la otra mano.
—La otra mano es importante también.
—Entonces aprende a no caerte. Es gratis y dura más que el hielo.
Me di la vuelta para guardar el material. Lo daba por terminado. Había ganado, limpiamente, todos y cada uno de los asaltos, y me iba del cuadrilátero con los puntos contados.
Él se había guardado el último para el final.
—Acosta —dijo a mi espalda.
Me había leído la acreditación. Me la había leído entera mientras yo le vendaba la muñeca y le ganaba la conversación, con esa cara de no estar atento a nada, y se había quedado con mi apellido para usarlo cuando me creyera fuera de su alcance.
—Renata Acosta —repitió, despacio, saboreándolo—. Vale.
—Vale —dije, sin volverme del todo.
—Solo que lo voy a decir mal.
Eso sí me hizo volverme.
—¿Qué?
—Tu nombre. Lo voy a decir mal. A propósito.
—Se estaba colocando bien el hielo en la muñeca con una tranquilidad insultante—.
Tú a mí me has tratado como a una muñeca con un golpe.
Yo a ti te voy a llamar... no sé. Acasta.
Acosti. Ya iré probando. Hasta que me caigas lo bastante bien como para acordarme bien.
—Es Acosta. Tres sílabas. No es difícil.
—Para ti. —Sonrió—. Yo soy lento. Tardo semanas.
Y ahí entendí que acababa de perder el único asalto que importaba, porque me había metido en un juego del que no se sale: cada vez que me llamara mal, yo iba a tener que corregirlo, y cada corrección iba a ser un punto suyo.
Lo había montado en diez segundos, desde una camilla, con una muñeca esguinzada y sin que yo lo viera venir.
La estrella del equipo no era tan tonta como su sonrisa quería hacer creer.
Esa fue la primera cosa que aprendí de Theo Marchetti que no estaba en ningún informe.
—Que te mejores la muñeca, Marchetti —dije.
—Gracias, Acosti.
—Acosta.
—Eso. —Se bajó de la camilla con el brazo pegado al cuerpo, y antes de salir se volvió medio palmo, lo justo para dejarme la última palabra que en realidad era suya—. Hasta la próxima. Y vendrá una próxima. Yo siempre vuelvo a la camilla.
Salió. Me quedé con la venda sobrante en la mano y con la cara, supongo, de quien acaba de ganar una pelea y de perder otra cosa más difícil de medir.
Guardé el material. Apunté el esguince en su ficha, con buena letra, y debajo, donde nadie la iba a buscar, una nota para mí misma: tres datos clínicos sobre un paciente. Zurdo. Protege la izquierda. Miente sobre el golpe. Eso me dije. Tres datos clínicos y nada más.
Aquella tarde, en casa, Priya me preguntó qué tal el primer día con los famosos.
—Bien —dije—. Hay uno que no sabe decir mi apellido.
—¿Y eso es bueno o malo?
Lo pensé más de lo que la pregunta merecía.
Pensé en la cara que había puesto cuando le dije lo de la mano.
Pensé en que llevaba toda la tarde repitiendo «Acosta» dentro de la cabeza, corrigiéndole en silencio a alguien que ni estaba, y en que esa clase de presencia, la de alguien que no está y sigue ocupando sitio, no me gustaba nada.
—Esa pausa ha sido muy larga para un «no sé» —dijo Priya.
—No ha sido una pausa. He ido a por agua.
—No te has movido del taburete.
—Ha sido a por agua mental.
—Ajá —dijo, y me dejó la palabra ahí, que es lo peor que sabe hacer Priya, dejarte una palabra delante para que la mires.
—Todavía no lo sé —repetí, y esa vez era para mí.
No me importaba él. Me lo dije muy claro, fregando la taza con más empeño del que una taza necesita. Lo que no soporto es que digan mal las cosas que tienen una forma correcta de decirse. Un apellido se dice bien o se dice mal. El mío se dice de una manera. Ya aprendería.
Al día siguiente volví a la sala médica diez minutos antes de mi hora. Por puntualidad. Solo por eso.