Capítulo 3
Theo
Salí del hospital por la puerta principal porque mi padre quería que saliera por la puerta principal.
Podríamos haber salido por urgencias, donde el coche llega a cubierto y nadie te ve hacer el ridículo en una silla de ruedas que no necesitas.
Pero en la puerta principal había dos cámaras y un fotógrafo, y mi padre necesitaba la foto del milagro andando con sus propios pies.
Así que me levanté de la silla doce metros antes de tiempo, le di la mano a la médica que firmaba el alta, sonreí lo justo para que la foto no saliera triste, y me subí al coche con el esternón quejándose a cada paso y la sensación clara de que acababa de hacer un favor que no me habían pedido permiso para pedirme.
—Has estado perfecto —dijo mi padre desde el asiento de delante.
—Soy un profesional —dije.
A mi casa la habían preparado para una visita. La visita era yo.
No sé describirlo de otra manera. Entré por la puerta y todo estaba en su sitio con esa clase de orden que no tiene ninguna casa donde de verdad vive gente.
La casa de los Marchetti nunca ha sido un hogar; ha sido una vitrina, y yo crecí dentro de la vitrina sin darme cuenta hasta que volví con dos años menos en la cabeza y la pude mirar de fuera por un momento, como mira un extraño.
En el recibidor seguía la pared. La pared es la biografía de mi padre traducida a marcos: Vincent Marchetti con el casco de los años buenos, Vincent levantando la copa, Vincent dándole la mano a gente que sale en las noticias, las dos sortijas de campeón en una vitrina con luz propia, por si a alguien se le olvidaba contar.
Al lado, más pequeño, el escudo del apellido que un diseñador nos cobró una fortuna por convertir en logotipo, el mismo que va en las gorras que vende la academia, en las camisetas, en los folletos.
Marchetti no es mi familia. Es una empresa con dos empleados que llevan su sangre.
Lo había visto cuatro mil veces. Aquella tarde lo vi por primera vez.
—Te he dejado el móvil en tu cuarto —dijo Dominic.
Mi hermano tiene veintisiete años y la cara de cansancio de alguien mucho mayor.
Lleva la agenda de mi padre, lleva la mía, lleva las llamadas que nadie quiere hacer.
Apareció con el móvil en la mano como quien entrega un documento, y yo lo cogí y lo encendí ahí mismo, en el recibidor, porque mi cabeza era un mapa con dos años en blanco y el móvil es donde la gente guarda los años.
Estaba vacío.
No vacío de batería. Vacío de mí. Pantalla de fábrica, las aplicaciones por defecto en su cuadrícula recién instalada, cero fotos, cero mensajes, una lista de contactos con seis números: mi padre, Dominic, el médico del equipo, el fisioterapeuta, una pizzería y yo mismo, por si me perdía.
—¿Y lo demás? —pregunté.
—Te lo hackearon cuando lo del paro —dijo Dominic—. Hubo de todo. Periodistas pagando por entrar, gente intentando sacar fotos tuyas del hospital. Era un coladero. Lo restauramos de fábrica por seguridad y le metimos contraseña nueva. Lo importante lo tienes a salvo.
—¿Lo importante dónde está?
—A salvo —repitió, y me sostuvo la mirada el tiempo exacto que se sostiene una mirada cuando no piensas decir nada más.
No le grité. No le pregunté qué significaba «a salvo», ni quién decidía qué era importante de mi propia vida, ni por qué un hackeo se arregla borrándote a ti en lugar de a quien entró.
Me guardé el móvil vacío en el bolsillo y me guardé también la frase, entera, para la libreta, porque la frase era correcta en todas sus palabras y falsa en todo lo demás.
Mi hermano no me había mentido. Me había dado una explicación impecable, con su lógica y su motivo y su tono tranquilo, y la explicación encajaba en todo menos en mí.
Llevaba toda la vida oyendo a mi familia hablar así.
Lo que pasa es que antes hablaban así de otros.
Subí a mi cuarto.
Mi cuarto estaba demasiado limpio.
Es difícil de explicar por qué eso me puso en guardia más que ninguna otra cosa de aquella tarde.
Una cama hecha con esquinas de hotel. La mesa despejada.
Los libros alineados por altura, una alineación que yo no he hecho en mi vida.
Olía a producto, no a habitación. Faltaba el desorden que deja una persona que existe: ni un cargador tirado, ni una sudadera en la silla, ni un vaso a medio terminar fosilizándose en la mesilla.
Habían limpiado mi cuarto como se limpia una escena, hasta dejarlo sin huellas, y lo habían dejado sin las mías.
Y como en todo lo demás, faltaban dos años.
Lo noté en las cosas pequeñas. En la estantería, las fotos enmarcadas llegaban hasta un punto y se paraban: yo con la equipación juvenil, yo en un torneo de verano que recordaba, yo con cara de tener diecinueve años.
De ahí en adelante, nada. Dos cursos enteros de mi vida no habían dejado ni una foto en mi propio cuarto, como si esos dos años no se hubieran podido mirar, o como si alguien hubiera decidido que era mejor que no los mirara yo.
El calendario de la pared seguía la misma regla.
La medalla más reciente colgada del corcho era de antes del agujero.
Mi habitación era un museo, igual que el recibidor, solo que el de abajo celebraba a mi padre y el de arriba celebraba a un chico que yo había dejado de ser sin enterarme.
Abrí los cajones del escritorio uno por uno, buscando lo que busca cualquiera que ha perdido un trozo de su vida: una entrada de cine, un papel con una letra que no fuera la mía, una nota, un nombre, cualquier prueba de haber estado vivo esos dos años.
Los cajones estaban tan ordenados como la mesa.
Bolígrafos, un cargador enrollado con su goma, apuntes de hace tres cursos grapados y nada de después.
Alguien los había repasado con el mismo cuidado con que había hecho la cama.
No quedaba ni un recibo, y la gente deja recibos.
Por lo visto, en dos años yo no había comprado nada, no había guardado nada, no le había escrito a nadie una nota que mereciera quedarse en un cajón.
O alguien había decidido que sí la merecía, y se la había llevado.
En el suelo del armario, en cambio, había una cosa de verdad.
Mi bolsa de hockey. La reconocí antes de verla del todo, por la forma, por el bulto, por dos años o por veinte de cargar con ella al hombro.
Alguien la había traído del pabellón después del paro y la había metido en el armario sin abrirla, con las prisas con las que se recogen las cosas de alguien de quien no estás seguro de que vaya a volver a usarlas. Esa idea no me la quité fácil.
Me senté en el suelo y abrí la cremallera, y el olor que salió fue el único olor sincero de toda la casa.
Cuero, sudor seco, cinta aislante, el plástico de las espinilleras.
Mi vida verdadera estaba ahí dentro, comprimida, esperándome.
Saqué un patín y lo dejé en el suelo. Saqué el casco.
Y luego metí la mano en el guante izquierdo sin pensar, por el mismo gesto con el que un crío mete la mano debajo de la almohada para comprobar que el diente sigue ahí.
Dentro del guante había algo que no era mi mano.
Lo noté con los dedos antes de verlo: una cosa fina, seca, que crujía. La saqué con cuidado, porque lo que cruje se rompe, y la puse en la palma a la luz de la ventana.
Era una flor.
Una flor seca y aplastada, prensada por el acolchado del guante hasta quedar casi plana, del tamaño de la palma de una mano.
Había sido blanca; ahora era de ese color que tienen las cosas blancas cuando llevan mucho tiempo muertas, entre el hueso y el papel viejo.
Los pétalos estaban apretados unos contra otros como las páginas de un libro que nadie abre, y cuando moví el dedo, uno se soltó del borde y se deshizo en migas finísimas sobre mi pantalón.
La olí, por hacer algo con ella, por ver si el olfato sabía lo que la cabeza no.
No olía a nada. A polvo, a cuero de guante, al fondo de una bolsa cerrada dos meses.
Con el apellido de la enfermera el cuerpo se me había disparado solo, sin permiso.
Con esto, nada. Ni el cuerpo la reconocía.
Era un enigma frío, sin pulso, y eso lo hacía peor.
La miré un rato largo.
No sentí nada. Esa es la parte que apunté después, porque me pareció lo más raro de todo: no sentí nada.
No me vino ningún recuerdo, ninguna cara, ningún sitio.
No hubo música de fondo, ni un golpe en el pecho, ni esa sensación de borde de algo que la gente describe cuando se le acerca un recuerdo perdido.
Solo había en mi mano una flor muerta que no tenía ninguna razón para estar dentro de mi guante de hockey, y una pregunta que no tenía ninguna respuesta.
Yo no soy de flores. No conozco a nadie que sea de flores.
Un guante de coger es lo más privado que tiene un jugador, lo que no presta, lo que no toca nadie más, y en el mío, en el fondo, escondida donde solo la encontraría mi propia mano, alguien con mis dedos había guardado una flor blanca y la había dejado morir ahí dentro.
Oí pasos en la escalera.
No fue una decisión que pensara. Fue otra de esas que el cuerpo toma antes que la cabeza, como salir de la silla doce metros antes de tiempo, como meter la mano en el guante.
Cerré la palma sobre la flor, deprisa, y me la guardé en el bolsillo del pantalón antes de que la puerta terminara de abrirse.
—¿Necesitas algo? —Dominic, en el marco—. Vincent pregunta si bajas a cenar.
—Ahora bajo.
Me miró el patín en el suelo, el casco, la bolsa abierta, y algo en su cara hizo el cálculo de costumbre, esa suma rápida que hacen en esta casa antes de decidir qué decir.
—El médico ha dicho nada de esfuerzos —dijo—. Lo del equipo ya lo hablaremos. No corras.
—Solo estaba mirando mis cosas.
—Vale. —Otra mirada a la bolsa—. No te enredes con cosas viejas, anda. Cena, duerme. Mañana es otro día.
Se fue. Y yo me quedé sentado en el suelo de mi cuarto demasiado limpio, con un patín, un casco, dos años de menos y una flor muerta en el bolsillo que acababa de esconder de mi propio hermano sin saber por qué.
Esa fue la primera vez. La primera cosa que escondí de mi familia desde que había vuelto. No la última.
Cuando bajó la casa al silencio, saqué la libreta de debajo del colchón, donde la había vuelto a meter al deshacer la maleta, y la abrí por donde la había dejado.
La página uno tenía sus tres cosas que no cuadraban.
Pasé a la dos y escribí, con la mano todavía un poco torpe, la pregunta nueva, que era la más absurda de todas y por eso, supe, la más importante:
¿Quién guarda una flor muerta en un guante?
Y debajo, porque las pruebas se anotan aunque no se entiendan:
Flor blanca, seca, dentro del guante izquierdo. Mía. La escondí. No sé de quién me la escondo. Esta casa borró mi móvil y mi cuarto y dos años de fotos «por seguridad». Lo único que no encontraron fue esto. Empiezo a pensar que el agujero de mi cabeza no es el único sitio donde faltan cosas.
Saqué la flor del bolsillo y la metí entre las páginas de la libreta, prensada otra vez, donde había estado a salvo en un guante y ahora estaría a salvo en un cuaderno, que para el caso de las cosas que no se pueden explicar viene a ser lo mismo. Cerré la tapa. La volví a esconder.
Y bajé a cenar con mi padre, a poner buena cara sobre una mesa de un museo, con el bolsillo vacío y la cabeza por fin con algo dentro: la certeza, pequeña y fría y mía, de que en mi propia casa había alguien editando mi vida, y de que ese alguien era muy bueno en su trabajo.