Capítulo 2
Renata
Aquella semana hice mi trabajo mejor que nunca. Es lo que pasa cuando lo de fuera es insoportable: el cuerpo se refugia en lo que las manos saben hacer solas.
En la rotación de rehabilitación me dieron tres pacientes nuevos y los llevé sin un fallo.
Goniómetro, ficha, plan. Un hombro congelado, una rodilla operada, un corredor con una fascia que no perdonaba.
Hablaba despacio, explicaba el ejercicio dos veces, sonreía lo justo.
Por fuera era impecable. Por fuera siempre soy impecable; lo difícil nunca se ve por fuera.
El corredor de la fascia, mientras se ataba las zapatillas, me preguntó si yo había competido en algo alguna vez.
Le dije que no, que lo mío era mirar. No añadí el resto: que llevo toda la vida mirando, que leer un cuerpo en movimiento se me dio siempre antes que cualquier otra cosa, antes que conducir, antes que mentir, y que esa habilidad, la de ver lo que un cuerpo va a hacer un segundo antes de que lo haga, no me ha traído nunca nada que no doliera.
Le corregí la zancada y lo mandé a casa con hielo.
Para eso me pagan. Para ver, y para callarme la mitad de lo que veo.
Lo que no hice en toda la semana fue pasar por la tercera planta.
La tercera es cardiología. La rotación no me obligaba a subir, así que no subí.
Cuando tenía que ir del ala oeste a los vestuarios, daba el rodeo por la escalera B en lugar de cruzar por el pasillo de cardio, que era cuarenta segundos más largo.
Lo hice toda la semana sin decírmelo. Hay decisiones que una toma con los pies antes de tomarlas con la cabeza, y la mía estaba muy ocupada en no pensar en una sola cosa.
Tenía razón. Esa era la parte.
Llevaba dos años teniendo razón en un papel que todo el mundo había decidido odiar, y una noche de aquella semana el papel se había levantado del cajón, había bajado a la pista y le había parado el corazón en mitad de un turno para demostrarlo.
Tenía razón. Y no había una sola persona en el mundo a la que pudiera decírselo, porque decirlo en voz alta sonaba a triunfo, y yo habría dado los dos años, el informe, el título y las dos manos por haberme equivocado.
Equivocarme habría sido lo bueno. Equivocarme habría significado que él estaba bien.
Llevo toda la vida estudiando para ver venir las cosas que matan a la gente joven sin avisar.
Es una carrera rara, la mía. Te pasas los días aprendiendo a leer las señales que nadie quiere oír, y cuando por fin las lees y avisas, descubres que el mundo prefiere al que no avisó.
Avisar es de aguafiestas. Avisar te convierte en la que trajo la mala noticia, como si la noticia fuera tuya, como si la hubieras inventado en vez de leerla en una pantalla.
Eso lo aprendí hace dos años. Aquella semana lo volví a aprender entero, por si se me había olvidado algún renglón.
En casa fregué la misma sartén dos veces.
Me di cuenta a la mitad de la segunda, con la esponja dando vueltas sobre un acero que ya chirriaba de limpio, y la dejé en el escurridor mojada y la volví a coger y la sequé como si secarla bien fuera lo único que dependía de mí esa noche. A lo mejor lo era.
—Esa sartén se va a rendir antes que tú —dijo Priya.
Estaba en el marco de la puerta de la cocina, con el pelo recogido con un boli y una taza entre las manos. Priya es fisioterapeuta, es mi compañera de piso desde primero, y tiene el don raro de saber cuándo hay que hablar y cuándo hay que callar y mirar.
—Estaba sucia —dije.
—Estaba inmaculada hace cinco minutos. —Entró, dejó la taza, se apoyó en la encimera a mi lado sin tocarme, que es como me deja que me apoyen—. Llevas toda la semana con esa cara.
—No tengo ninguna cara.
—Tienes una. —Lo dijo sin crueldad—. Es la de Mateo. No la veía desde hace años, pero me acuerdo de ella.
No contesté. En la estantería del salón, entre los manuales de anatomía y los apuntes que nunca tiro, hay una foto de mi hermano con la camiseta del equipo del instituto, el pelo sudado, riéndose de algo que ya no recuerda nadie.
Tenía dieciséis años en esa foto. Vivió tres más.
La camiseta era amarilla y le quedaba grande, y yo la había llevado puesta para dormir hasta que se deshizo en las costuras.
Priya no dijo nada más. Cogió su taza y se fue al salón, y me dejó con la sartén y con el grifo abierto, que es la clase de amiga que es.
No me preguntó si quería hablar. Sabe que no quiero hablar.
Sabe, más o menos, lo que pasó hace dos años con el informe y con el chico al que aparté del hielo, porque eso lo sabe todo el campus, está en internet, tiene fecha y testigos.
Lo otro no lo sabe. Lo otro no lo sabe nadie, y ese es el único cajón que de verdad cierro con llave.
Cerré el grifo. Sesenta y cuatro pulsaciones, calculé sin tocarme, por el ritmo de mi propia respiración. Un número honrado. Un número tranquilo. Lo odié un poco.
Al día siguiente fui a la facultad y noté lo de siempre, que con la noticia se había puesto otra vez del color de hace dos años.
Cuando entraba en una sala, las conversaciones bajaban medio tono.
No del todo: medio. Lo justo para que supieras que estaban hablando de ti y para que no pudieras acusar a nadie de estar hablando de ti.
Una chica de segundo a la que no conocía me miró desde su sitio el tiempo suficiente para que dejara de ser una mirada y empezara a ser otra cosa.
En el grupo de la asignatura, alguien había escrito algo y alguien lo había borrado, y la versión borrada se quedó flotando en el silencio de los que la habían leído.
Yo era la chica del informe. La que lo apartó del hielo.
La que le costó el draft, la que arruinó al niño bonito del hockey, la resentida, la envidiosa, la que vaya usted a saber por qué lo hizo.
Llevaba dos años siendo ella. Me había acostumbrado a la villanía como uno se acostumbra a un abrigo que ya no abriga: dejas de notar que lo llevas puesto, solo notas el peso en los hombros al final del día.
Al principio, hace dos años, fue peor. Hubo pintadas y hubo un mote que todavía me persigue por los pasillos: la Enterradora.
Muy fino, el campus. Hubo una semana entera en la que no podía entrar en la cafetería sin notar ese cambio de temperatura de una sala que ya te ha juzgado y ha archivado el caso.
Después se gastó, como se gasta todo. La gente se cansa hasta de odiar si no le das material nuevo, y yo no di material nuevo: bajé la cabeza, saqué las mejores notas de la promoción y me convertí en algo más cómodo que una villana, en una villana silenciosa, que es la que antes se deja de mirar.
Hasta esa semana. Esa semana volví a ser nueva.
Lo nuevo era el matiz. Ahora a la mirada se le había sumado una pregunta, y la pregunta era incómoda para todos menos para mí: si el papel que escribió esa loca decía que el chico tenía algo en el corazón, y al chico se le ha parado el corazón.
.. La gente no soporta esa clase de cuentas.
Prefiere odiarte entera a tener que admitir que en algún renglón tuviste razón.
Así que el campus hizo lo que hace siempre: bajó la voz medio tono y siguió.
No me defendí. No me defiendo nunca. Defenderme habría sido contar, y contar no es una opción que esté sobre mi mesa.
Tragarme la versión fácil de mí misma es más barato que la verdad, y yo de precios entiendo.
Pagué en silencio, como llevo pagando desde el principio, y me fui a casa por la calle de atrás, que también es cuarenta segundos más larga.
El altar lo montaron en la puerta del pabellón.
Lo vi de pasada el segundo día y aparté la vista, igual que apartaba la vista de la tercera planta.
Flores apoyadas en la pared de ladrillo, debajo de la cristalera.
Velas en vasos de cristal, algunas apagadas por la lluvia.
Cartulinas con su número y frases de las que se escriben cuando alguien casi se muere y no encuentras nada mejor que decir.
Un peluche, no sé por qué siempre hay un peluche.
Y flores y más flores, ramos comprados en la gasolinera y ramos de los caros, casi todas moradas, esa manía que tiene la gente de creer que el morado es serio.
Lo miré de lejos durante tres días.
Fui la cuarta noche, a las cuatro de la madrugada, cuando no quedaba nadie.
Llevaba una sola flor. Una peonía blanca, todavía cerrada, comprada esa tarde en la única floristería del centro que conoce mi cara y no me hace preguntas.
La llevé en la mano todo el camino, no en el bolso, para que no se aplastara, y eso ya debería habérmelo dicho todo, la clase de cuidado que pones en las cosas que no sabes explicar.
El campus de madrugada es de otro planeta. Las farolas, la cristalera negra, mi propia respiración. Me agaché delante del altar. Olía a flor pasada y a cera y al frío de la piedra mojada, y por un momento me costó respirar de un modo que no tenía nada que ver con el aire.
Busqué un hueco. Lo había, hacia un lado, entre un ramo morado ya vencido y la pared.
Metí la peonía ahí, donde casi no se veía, donde habría que estar buscándola para encontrarla.
No la puse en el centro. No vine a que la viera nadie.
La blanca entre las moradas, escondida a propósito, igual que llevo escondida toda la verdad: a la vista, pero solo para quien sepa mirar, y no sabe mirar nadie.
Le di un cuarto de vuelta al tallo para que la flor cerrada apuntara hacia la cristalera, hacia dentro, hacia donde no estaba él. No sé por qué hice eso. Hay gestos que el cuerpo te pide y no preguntas.
No me quedé. No lloré, no hablé con nadie que no estuviera, no le dije nada a una pared.
Me levanté, me limpié la rodilla del pantalón y me fui antes de que la cosa se convirtiera en una escena, porque las escenas son para la gente que tiene derecho a hacerlas, y yo ese derecho lo perdí hace dos años en la puerta de mi propio piso.
Cuando llegaba a la esquina, las luces de un coche de seguridad barrieron la fachada.
Me metí en el portal de al lado y esperé a que pasara, con el corazón portándose mal por primera vez en toda la semana, no por miedo a que me pillaran, sino por lo absurdo de la situación: una mujer de veintitrés años escondiéndose en un portal a las cuatro de la mañana por haber dejado una flor que nadie iba a contar. El coche pasó. Salí. Seguí.
De vuelta a casa me tomé el pulso en el semáforo, con dos dedos en la muñeca, por costumbre de oficio.
Sesenta y dos. Sereno. Un corazón sano, el mío, latiendo limpio en su sitio, sin una sola onda fuera de compás, mientras el suyo, al otro lado de la ciudad, aprendía otra vez a hacer lo que el mío hacía gratis.
No es justo, los corazones. Se paran los que no deben y siguen los que no se lo merecen, y no hay informe que arregle eso. De eso no se puede avisar a nadie con tiempo.
Subí a casa. Priya dormía. La foto de Mateo me miraba desde la estantería con sus dieciséis años y su camiseta amarilla, y la dejé que me mirara, que es lo mínimo que le debo.
Lo único que tenía derecho a sentir aquella semana era alivio de que él siguiera vivo. Así que sentí eso, lo sentí entero, me lo bebí hasta el fondo.
Lo demás lo guardé donde guardo siempre lo demás. En el mismo cajón que el informe. Con la misma llave.