Zona Muerta Capítulo 1
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Capítulo 1

Theo

Lo primero que hice al volver fue contar.

Antes que la cara de mi padre, antes que la luz blanca del techo, antes que el nombre del sitio: el pulso. Uno. Dos. Tres. Lo busqué en el cuello con dos dedos por costumbre de cuerpo, la misma con la que un pianista mueve los dedos dormido, y lo encontré. Lento. Tranquilo. Ahí.

Latía. No supe por qué eso me pareció digno de anotar, pero lo fue. Que latía.

El resto del inventario salió peor. La garganta me raspaba como si me la hubieran lijado por dentro.

El esternón me dolía con un dolor profundo y central, de hueso, cada vez que tomaba aire del todo, y supe sin que me lo dijeran que alguien me había roto algo del pecho para volverme a poner en marcha.

Tenía una vía en el dorso de la mano izquierda y tres pegatinas frías en el torso, cada una con su cable, y los cables iban a una máquina que pitaba a mi lado con una paciencia que me puso de mal humor enseguida.

Pip. Pip. Pip.

Levanté la mano derecha y la miré. Estaba más delgada de lo que recordaba. No mucho. Lo justo para fijarme.

—Está despierto.

La voz era de una enfermera que cruzaba la habitación con una palangana. Lo dijo hacia la puerta, no hacia mí, y por la puerta entró mi padre antes de que terminara la frase, como si hubiera estado esperando la palabra exacta detrás de la cortina.

Vincent Marchetti tiene una manera de entrar en las habitaciones.

La aprendió en treinta años de vestuarios y la fue puliendo en treinta años de ruedas de prensa, y consiste en ocupar el centro sin moverse al centro.

Se sentó en la silla de al lado de la cama, me puso la mano en el antebrazo, y sonrió la sonrisa que le había visto poner para las cámaras.

—Ahí está mi chico —dijo.

—Hola, papá.

—¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera pasado un autobús por encima y luego diera marcha atrás para asegurarse.

Se rio. Demasiado. Una enfermera que pasaba sonrió también, y entendí, con la parte de mí que llevaba toda la vida mirando a mi padre trabajar, que la frase iba a salir de aquella habitación, que alguien la repetiría, que era buena para la historia.

No supe todavía qué historia. Pero ya estaba dentro de ella.

—¿Cuánto llevo aquí? —pregunté.

—El tiempo suficiente para que medio país rezara por ti.

—Eso no es una cantidad de días, papá.

—Seis —dijo la enfermera desde el lavabo, antes de que él pudiera redondearlo—. Hoy hace seis.

Seis días. Lo guardé. Empecé a hacer la lista sin libreta todavía, en la cabeza, que es donde uno hace las listas cuando aún no sabe que las va a necesitar por escrito.

—¿Y qué pasó? —dije.

Mi padre me apretó el antebrazo. El gesto fue cálido. La pausa, no.

—Lo importante es que estás aquí.

—Ya. Eso lo veo. Lo que no veo es lo de antes de aquí.

—Tú concéntrate en ponerte bien. De lo demás me encargo yo. —Otra sonrisa—. Siempre me he encargado yo.

Lo dejé pasar. No porque me valiera, sino porque acababa de notar algo más urgente que la falta de respuestas, y era que la falta tenía una forma rara.

No era el hueco normal de unos días en blanco después de un golpe.

Lo medí por dentro como medía la distancia a la portería sin mirarla, y no me salió la cuenta.

—Papá. El examen de Microeconomía es el jueves —dije—. ¿Lo han movido o he faltado?

Fue una pregunta tonta. La hice porque era lo último que tenía claro y agarrado: un aula, un profesor que hablaba de curvas de oferta como si fueran personas, un examen el jueves que me daba más miedo del que pensaba contarle a nadie. Lo dije para anclarme a algo verdadero.

Y la habitación se quedó en silencio.

No un silencio cualquiera. Un silencio con trabajo dentro.

La enfermera dejó de fregar. Mi padre no apartó la mano de mi antebrazo, pero algo en él se quedó muy quieto, la quietud del que decide rápido qué cara poner.

Y supe que había metido el pie donde no había suelo, otra vez, igual que en el hielo, aunque del hielo todavía no me acordaba.

—Voy a buscar al doctor —dijo la enfermera.

El neurólogo era un hombre tranquilo con gafas que no hacía como mi padre.

No buscaba el centro de la habitación. Se sentó en el borde de la cama, me miró a los ojos en vez de a la grada imaginaria, y me hizo tres preguntas: mi nombre, la fecha, quién era el presidente.

Las dos primeras las contesté. La tercera la contesté también, y por la cara que puso, fallé.

—¿He fallado? —dije.

—Ha contestado usted con seguridad —dijo él—. Eso es lo interesante. ¿Sabe en qué curso está?

—Segundo.

—¿Y el draft?

—En junio. —Lo dije sin pensar, y por primera vez desde que había vuelto, lo dije con ganas, porque era lo único de toda la habitación que me hacía sentir yo—. Voy alto. Primera ronda, si no la cago.

El neurólogo asintió despacio, como se asiente cuando lo que oyes confirma algo que preferirías que no.

Me explicó lo que pasaba sin adornarlo, y se lo agradecí más de lo que le dije.

Mi corazón se había parado en un partido.

Cuatro minutos sin bombear. Cuatro minutos sin sangre subiendo a donde tenía que subir, y el cerebro es el primero que protesta cuando deja de llegarle el riego.

Lo más reciente es lo primero que se cae, me dijo.

Lo de hace años está pegado con cemento viejo; lo de los últimos meses, lo de los últimos un par de años en mi caso, estaba todavía fresco, sin fraguar, y la falta de oxígeno se lo había llevado por delante como el mar se lleva lo que dejas demasiado cerca de la orilla.

—¿Cuánto? —pregunté. Tenía la boca seca y me dolía al tragar, pero la voz me salió firme. Eso me importó. Que saliera firme.

—Es pronto para ponerle número. Por ahora, calculamos que ha perdido en torno a dos años.

Dos años.

Hice la cuenta. La hice deprisa, como se hacen las cuentas que dan miedo, para terminarlas antes de sentirlas.

Si habían pasado dos años, el draft de junio ya no estaba en junio.

Ya había pasado. El examen del jueves había pasado.

El compañero de cuarto del que iba a hablar a lo mejor ya ni era mi compañero de cuarto.

Dos años de mi vida estaban en alguna parte, le habían ocurrido a alguien con mi nombre y mi cara y mi mano un poco más delgada, y yo no estaba invitado a ninguno de ellos.

—Vale —dije.

—¿Vale? —El neurólogo casi sonrió.

—¿Qué quiere que diga? ¿Que es una putada? Es una putada. —Miré el techo—. ¿Lo de los dos años vuelve?

—A veces. En parte. No le voy a prometer nada que no sepa.

Me cayó bien por eso. Fue el único de la habitación, en seis días, que no me prometió nada.

Mi padre habló entonces. Habló por encima del médico, con suavidad, como quien recoloca un cuadro torcido.

—Lo va a recuperar todo —dijo—. Es un Marchetti. Y lo que no recupere, se lo cuento yo, que para eso estoy. No te falta nada, hijo. Me tienes a mí.

Lo dijo mirándome a mí y hablando para la habitación, y por primera vez desde que había vuelto algo dentro de mí, muy pequeño y muy frío, se puso en guardia sin que yo le diera la orden.

No por lo que decía. Por cómo lo decía. Llevaba toda la vida oyendo a mi padre decir verdades con esa voz.

La voz era la de siempre. La música, no.

No anoté eso todavía. Pero lo oí.

La enfermera volvió un rato después, cuando mi padre había salido a hacer llamadas al pasillo. Era mayor, de manos rápidas, de las que hablan mientras trabajan porque hablar les hace el trabajo más corto. Me cambió una de las pegatinas del pecho y, sin más, como quien comenta el tiempo, dijo:

—Pues hay que ver. Con la que se montó en su día con lo del informe de la chica esa, y mírelo ahora, aquí, hecho un toro. La Acosta. Si al final...

No terminó la frase.

No la terminó porque la máquina de mi lado, la paciente, la que pitaba cada segundo con la misma cara, se volvió loca de golpe.

Pip-pip-pip-pip. El número de la pantalla, que llevaba toda la mañana en algún sitio tranquilo por los sesenta, saltó.

Lo vi saltar. Ciento veinte. Ciento treinta. Subiendo.

Yo no me había movido. Estaba tumbado, con la espalda apoyada, las manos quietas encima de la sábana. No había corrido, no había peleado, no había hecho nada más que estar ahí oyendo a una enfermera hablar del tiempo.

Y mi cuerpo, que llevaba seis días sin pedirme permiso para nada, había oído un apellido y se había puesto a latir como si tuviera que huir de la habitación.

—Uy —dijo la enfermera, mirando la pantalla, mirándome a mí—. ¿Se encuentra bien? Se le ha disparado.

—Estoy bien —dije.

Tenía la mandíbula apretada. La noté apretada porque me dolió soltarla. Apretada por algo que no había decidido apretar, contra alguien que no sabía quién era, porque un apellido que no reconocía me había entrado por el oído y había bajado directo al pecho saltándose la cabeza por completo.

—¿Quién es? —pregunté.

La enfermera abrió la boca. Y entonces, desde la puerta, sin levantar la voz, con la misma sonrisa con la que entraba en las habitaciones, mi padre dijo:

—Marisa, ¿le pueden traer algo de comer? Lleva sin probar bocado desde anoche.

Marisa cerró la boca. Cogió la palangana y salió.

Y mi padre se sentó otra vez en la silla, me puso la mano en el antebrazo, y no dijo nada de lo que acababa de pasar, igual que no había dicho nada de lo de antes, igual que llevaba seis días sin decir nada de nada con una habilidad que, vista de cerca, daba miedo.

—Descansa —dijo.

Descansé. O hice como que descansaba, que para el caso, con mi padre delante, era lo mismo.

Esa noche, cuando se fue, le pedí a Marisa una libreta. Cualquiera. Me trajo una pequeña, negra, de las que llevan en el bolsillo de la bata, y un boli que pintaba a trompicones.

No me fiaba de mi cabeza. Mi cabeza acababa de demostrarme que se quedaba con lo que le daba la gana y tiraba el resto al mar. Lo que no pensaba tirar lo iba a poner por escrito, donde el mar no llega.

Abrí la libreta por la primera página y, arriba, escribí el título de lo que iba a ser, sin saberlo, el trabajo de los meses siguientes:

Cosas que no cuadran.

Y debajo, despacio, con la letra peor de lo normal porque la mano derecha también había vuelto un poco más torpe:

1. Me faltan dos años. No me los va a contar nadie de esta casa. Tendré que ir a buscarlos yo.

2. Jugaba un partido. Nadie me dice qué partido ni por qué. En mi cabeza estoy sano. A los sanos no se les para el corazón a los veinte años en mitad de un turno.

3. Acosta.

Me quedé mirando el tres. No tenía nada que poner detrás. No sabía quién era, no sabía qué informe, no sabía por qué la enfermera bajaba la voz y mi padre la cortaba.

Lo único que sabía lo había dicho la máquina por mí.

Así que lo añadí, porque era el único dato verdadero que tenía:

Pulso 130 sin moverme. La cabeza no la conoce. El cuerpo sí.

Cerré la libreta. La metí debajo de la almohada, donde de crío escondía las cosas que no quería que mi padre encontrara, y me di cuenta, con esa mano sola en la oscuridad, de que algunas costumbres del cuerpo no las había borrado el mar.

Esa, por lo visto, tampoco.