Zona Muerta
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Prólogo
Cuatro minutos
El hielo me sostiene como solo el hielo sabe sostener a un cuerpo que sabe lo que hace. Primer cambio. Cuarenta segundos en pista y ya tengo el frío metido hasta los dientes. El bueno. El que sabe a metal y a aire viejo de pabellón y me dice que estoy donde tengo que estar.
Empujo con el canto del patín y el cuerpo va exactamente adonde lo mando. Carril limpio. Eso es lo único que importa aquí dentro, lo único que ha importado nunca: que mando y el cuerpo obedece, que entre lo que pienso y lo que hago no cabe ni una décima de retraso.
Veintidós años quitando esa décima. Puliéndola hasta que desaparece. Que el cuerpo no dude, que no pregunte, que vaya.
Arriba, la grada es una sola garganta.
Mar-che-tti.
Mar-che-tti.
Tres sílabas que pegan contra las tablas y vuelven. Suben del hielo a lo alto y bajan otra vez y me entran por las plantas de los pies, a través de la cuchilla y del frío. No las oigo con los oídos. Las oigo con todo.
Recojo el disco en la línea azul sin mirarlo. Las manos saben dónde está antes de que llegue. Cargo el peso a la izquierda, hundo el filo, finto, y el de blanco muerde el engaño medio segundo tarde. Lo justo. Se le va el palo a perseguir un cuerpo que ya no está ahí.
Levanto la vista una milésima. El portero ha mordido el lado corto, se ha abierto medio palmo de más, y ese medio palmo es todo lo que necesito.
Lo veo. Ya está hecho en mi cabeza antes de hacerlo con las manos.
Tengo carril. Tengo el carril entero abierto, las piernas frescas, el disco pegado a la pala como si fuera mío de nacimiento, y catorce mil personas gritando un nombre que también es mío.
Tomo aire para la última zancada, la que rompe.
Y en mitad de la zancada, algo da un paso en falso.
No en el hielo.
Dentro.
Un latido llega donde no toca. Uno solo, fuera de sitio, adelantado, como una nota que entra antes de tiempo en una canción que me sé desde antes de tener memoria y que nunca, ni una vez en veintidós años, he tenido que pararme a pensar.
Espero el siguiente.
No llega.
Espero. El sitio donde tiene que llegar se queda callado.
Y después ese sitio se llena de otra cosa: de un aleteo rápido y sin orden, muchos golpes pequeños amontonados que no son un ritmo, que no son nada que sirva, que no empujan la sangre a ninguna parte.
Lo sé sin saber cómo lo sé. Que la sangre se ha parado en la mitad del camino, y que el cuerpo entero empieza a pedir lo que no llega.
El pecho se queda sin suelo.
No es dolor. Es ausencia. El sitio que lleva toda mi vida marcando el compás se vacía de golpe, y lo primero en enterarse es lo último, las piernas, que siguen un poco más por pura costumbre. Dos zancadas tontas. Dos zancadas de muñeco al que le acaban de soltar los hilos. Luego dejan de ser mías.
El disco se me va de la pala solo. Lo veo alejarse por el hielo, despacio, sin nadie que lo empuje, hasta que choca con la valla y se para. Nadie va a por él. Todos vienen a por mí.
Caben cosas en el rato que tarda un cuerpo en empezar a caerse.
Más de las que parece. Cabe el frío entero de todas las pistas a la vez.
Cabe el peso del casco, que ahora pesa como si lo hubieran llenado de agua.
Cabe una idea, pequeña y muy clara, la única que me queda entera: que el cuerpo que mando se ha ido sin mí.
El pabellón se aleja.
El ruido sigue ahí, pero llega desde más lejos, como si alguien hubiera metido el partido entero en una caja y estuviera cerrando la tapa muy despacio, sin prisa, sílaba a sílaba. Mar. Che. La tercera ya casi no me alcanza.
Por los bordes, el color empieza a irse.
Las vallas de publicidad, los cascos, los focos: se quedan en blanco y negro de fuera hacia dentro. Un círculo que se cierra. Lo veo cerrarse y no puedo hacer nada, igual que no puedo hacer nada con las piernas, ni con el aleteo, ni con el latido que no vino.
El hielo viene a buscarme.
No me caigo hacia él. Es él el que sube. Me recibe en la mejilla primero, después en la cadera, en la mano abierta que no llego a cerrar a tiempo, y por fin entiendo de qué frío hablaba antes. El de verdad. El que no sabe a metal ni a pabellón ni a nada bueno. El que no sabe a nada.
El círculo casi se ha cerrado del todo.
Dentro queda poco. Queda el hielo pegado a la cara, tan cerca que veo las marcas blancas de las cuchillas, todas las curvas que hemos firmado encima esta noche.
Y queda, justo enfrente, un trozo de grada.
Primera fila. La valla, y por encima gente que se levanta a cámara lenta, bocas abiertas en negro y blanco.
Y en ese trozo hay una mancha de color.
Es lo único que el blanco y negro no se ha llevado. En todo el pabellón apagado, ahí, en la primera fila, esa mancha sigue teniendo color. Terco. Encendido. Como si alguien se hubiera olvidado de apagarla.
La miro.
Sé que la conozco.
Sé que tiene nombre. Sé que ese nombre lo tengo guardado en alguna parte, que es importante, que a lo mejor es lo más importante que tengo guardado en todo el cuerpo, y voy a por él.
Voy a por el nombre.
Y no está.
Busco donde tiene que estar y encuentro el hueco. El mismo hueco que el pecho. El mismo silencio que el latido que no vino. Una mancha de color en la primera fila, sin nombre, lo último que queda encendido en un mundo que se apaga de fuera hacia dentro.
Lo último.
El círculo se cierra del todo.
Negro.
En algún sitio que ya no es el hielo, una máquina empieza a contar por mí.
Una línea verde sube y baja sobre una pantalla. Sube y baja. Dibuja despacio el compás que a mí se me ha caído de las manos, lo dibuja por mí porque yo ya no puedo, marca el tiempo que yo he dejado de marcar. No sé cuánto dura. Aquí dentro no hay reloj.
Sube.
Baja.
Sube.
Y después no sube.
La línea se estira. Se va recta hasta el borde de la pantalla y se queda ahí, tendida, lisa, sin un pico, sin un solo golpe que la levante. Un pitido, uno solo, se alarga y no se rompe. Llena la sala. Lo llena todo.
No hay zancada que rompa esto.
Plano.