Capítulo 41
—Nick, creo que algo malo les ha pasado —dijo la mujer a su marido cuando la llamada se cortó. Ambos estaban en la habitación de la pareja, esperándolos.
—¿Por qué dices eso?
—Nadie me respondió y escuché otras voces al fondo…
¿Y si no llegan y la transformación los toma desprevenidos?
¡Oh, Dios!, perderé mi trabajo e iré a la cárcel cuando encuentren los cuerpos de dos ancianos, que eran mi responsabilidad, quién sabe dónde —dijo la mujer ocultando el rostro en el pecho de su marido mientras este la consolaba.
—Llegarán, no te preocupes. Sólo… Seamos positivos —dijo abrazándola.
Lo cierto era que Nicholas también estaba preocupado. No sólo por su esposa, sino que también por la pareja y por su trabajo mismo.
Si todo esto era descubierto, su trabajo como científico acabaría y, tal vez, también terminaría encarcelado debido a ello.
Sólo esperaba que la pareja estuviera bien y que pudieran llegar a salvo.
—¿Usted me está diciendo que la pareja que seguimos son su tío y su novio-amigo de ochenta y cinco años? —preguntó el oficial Gwon, incrédulo, a su acompañante mientras conducía por la carretera.
Jeremy le había explicado su loca teoría, aclarando que no tenía ninguna prueba real, pero sí una corazonada muy fuerte.
El chico le había dicho su nombre. No sólo su nombre, sino el diminutivo con el que su tío lo llamaba. Había sido un susurro, pero él escuchó con claridad.
El rubio, definitivamente, no podría ser alguien más que Robert White.
Sus característicos ojos color miel eran inconfundibles.
Aunque él tenía memoria de un Robert maduro cuando tuvo uso de consciencia, sí recordaba haber visto fotos de la pareja en su juventud.
Su tío tenía una colección de fotografías en un álbum secreto, que él había encontrado al mudarse a su casa.
Fotografías que coincidían demasiado con las tomadas en el celular que habían olvidado los chicos.
Además de que estaba cien por ciento seguro que la voz que escuchó era la de la enfermera que había visto en la tarde.
Ahora: ¿Cómo era posible que la pareja de ancianos hubiera rejuvenecido más de cincuenta años y, qué tenía que ver el hospital con esto?
Lo averiguaría en cuanto llegaran.
Robert y Thomas iban a toda prisa por la carretera poco iluminada, disminuyendo la velocidad cuando las sirenas de las patrullas de policías, paradas unos kilómetros adelante, comenzaron a verse.
¡Mierda! ¿Acaso era un operativo esperándolos?
Avanzando con cautela por la orilla, Thomas se acercó a una distancia prudente, detrás de una fila de autos, donde aún no eran vistos, pero ellos podían hacerlo con más claridad.
Un tráiler volcado en todo lo amplio de la carretera obstruía el paso a los automóviles por ambos lados.
Las maniobras tardarían un par de horas y ellos no tenían tiempo. Tendrían que internarse por la maleza y buscar un camino alterno.
—Llamaré a Nari para avisarle —dijo Thomas buscando el teléfono—. ¿Lo tienes tú? —preguntó a Robert cuando palpó los bolsillos de sus jeans y no lo encontró.
—No, lo tenías tú —respondió Bobby.
—¡Carajo! Lo perdí.
—No te preocupes. Sólo démonos prisa para no preocupar a Nar… ¡Ay! —exclamó el rubio, llevando ambas manos a su vientre y doblándose por el dolor.
—¿Bobby… estás bien? —preguntó el pelinegro girando el rostro.
—No… Yo… Me duele mucho —dijo aún montado en la moto, inclinándose a un lado y vaciando su estómago.
—¡Bobby, cariño! —dijo Thomas angustiado, sacando el soporte de la moto con el pie para bajarse y ayudarlo.
Pero la mano de Bobby lo detuvo cuando hubo acabado de vomitar:
—Tom, tenemos que llegar rápido. Es el cáncer… Son mis síntomas de cáncer, volviendo.
El retroceso en él había comenzado ya…