Capítulo 31
—Necesito que uno de ustedes dos vaya al centro comercial más cercano y revise las cámaras de seguridad para ver si puede localizar la ubicación de los sospechosos dentro de la plaza.
El otro puede dar un rondín por las afueras de la zona para comprobar si los puede ver.
Yo me quedaré aquí a vigilar que regresen a buscar el vehículo.
Recuerden: son un par de chicos de entre veinticinco y treinta años; uno pelinegro y el otro rubio.
¿Quedó claro? —preguntó el oficial Gwon.
—¡Sí, señor! —respondieron al unísono ambos oficiales y se fueron por distintas direcciones.
Robert y Thomas se habían acercado, sigilosos, al puesto de jugos que estaba a un lado, mientras escuchaban escondidos en una de las paredes y permanecían camuflajeados entre la fila de personas formadas para que las atendieran.
Aunque el hecho de que ambos hombres encajaran con la descripción y llevaran ropa a juego los hacía más visibles aún.
—Tengo un plan, vamos —dijo Tom tomando a Bobby de la mano y entrando a uno de los baños más cercanos—. Necesitamos cambiarnos de ropa y debes distraerlo mientras yo tomo la motocicleta.
—Entendido —dijo Bobby.
Cinco minutos después, Thomas se estaba adelantando y cruzando a la calle de enfrente.
Se dirigió a la otra esquina, pasando a espaldas del oficial Gwon, quien, disimuladamente, caminaba de un lado a otro, atento a los transeúntes.
Se había comprado un jugo en el puesto donde los chicos habían estado escondidos unos momentos antes y lo bebía a pausas, mientras, en la otra mano, sostenía el celular, esperando noticias de los oficiales que patrullaban.
Thomas se pasó a la acera donde estaba el oficial y empezó a acercarse tranquilamente, con un gorro negro, que habían comprado antes en una de las tiendas, y un cubrebocas, ocultando su rostro.
La bolsa en donde habían guardado su ropa la llevaba atravesada en su pecho, colgando hacia atrás. Lucía relajado y casual.
Tenía las llaves de la moto en su mano, listo para arrancar en el momento indicado.
Bobby, en el extremo contrario, esperaba paciente para actuar. En ropa deportiva y una gorra cubriendo su rubia cabellera, estaba a un par de metros del oficial Gwon, viendo cómo Thomas se acercaba a él desde el otro extremo.
Cuando el pelinegro se encontraba a un metro del oficial, le hizo una señal al rubio con la cabeza y, entonces, este salió disparado, corriendo en dirección al oficial, embistiéndolo de forma accidental, tirándole el celular de la mano y el jugo sobre su costoso traje.
—Lo siento, lo siento, lo siento mucho —decía Bobby agachado, tomando el celular del oficial e intentando secar con su ropa las manchas de jugo sobre él.
Aprovechando la distracción y que el oficial se encontraba de espaldas, Thomas montó la motocicleta, encendiéndola y arrancando justo cuando Bobby estaba por entregarle el celular al hombre.
—¡Alto ahí! —gritó el oficial girando y sacando su arma del cinturón para apuntarle al delincuente.
Pero, entonces, el torpe chico con el que había chocado, en un hábil movimiento con ambas manos, golpeó las suyas hacia abajo, haciendo que Gwon soltara la pistola al piso, dándole una mirada de asombro hacia él, que aún sostenía su celular, notando los mechones rubios que asomaban a los lados de su gorra y llegando el entendimiento a su cerebro.
¡Eran ellos!
Pero todo sucedió demasiado rápido y, antes de que el oficial pudiese reaccionar, el rubio le había lanzado el celular al rostro y le golpeó la nariz.
Corriendo, se montó a la parte trasera de la motocicleta que el pelinegro tenía lista sobre la calle.
Partieron a toda velocidad y se perdieron en el tráfico de la ciudad.
Dejando a un molesto, mojado y lastimado oficial gritando de frustración, viendo cómo se escapaban de sus manos.