Capítulo 28
Terminaron su comida y salieron de la mano a recorrer las renovadas calles de su vieja ciudad, encontrando muchas novedades y centros comerciales nuevos.
—Oye, bebé: ¿por qué no entras ahí a ver ropa mientras yo consigo dinero extra para gastar? —le dijo concentrado, mirando hacia una tienda de antigüedades al otro lado de la avenida—. Iré a ver cuánto me dan por mi Rolex —añadió guiñándole el ojo—. Y, después, lo gastaremos en cosas divertidas.
Robert, en otras circunstancias, se hubiera negado a que Thomas se deshiciera de algo tan valioso e importante para él.
Pero la situación era otra. El tiempo era limitado y las posesiones materiales no servirían para ninguno de los dos en un par de horas más.
Así que, ¿por qué no disfrutarlo ahora? Sonriéndole, asintió.
—Te alcanzo en un momento. Busca algo que te guste, ¿vale? —y, dándole un beso, Tom cruzó la calle.
Bobby entró a la tienda de ropa, justo donde estaba parado.
Era de un solo piso, pero lo suficientemente grande como para entretenerse por un buen rato.
Comenzó con el área de accesorios, donde se distrajo cerca de quince minutos, viendo joyería.
La vendedora lo animó a probarse algunos anillos, cadenas y pulseras.
Después de librarse amablemente de ella, partió al departamento de ropa, donde diez minutos, después Thomas lo encontró.
—Hola, cariño —dijo sonriente dándole un rápido beso en los labios—. ¿Encontraste algo que te gustara?
—Nada en específico —respondió el rubio.
—Bueno, vamos a buscar algo formal. Iremos a una celebración —respondió el pelinegro, haciendo que Bobby lo mirase con cara de interrogación—. Es una sorpresa —dijo guiñándole el ojo.
Después de otros quince minutos más, salieron con ropa a juego. Pantalón negro de vestir, camisa blanca, corbata del mismo color del pantalón y zapatos de vestir, más un bolso, donde guardaron la ropa que traían y un par de calzoncillos nuevos, que «nunca estaban de más», había dicho el pelinegro.
Thomas pagó una buena cantidad de dinero por todo, pero le dijo a Bobby que le habían dado el triple de eso gracias a que su Rolex era un modelo antiguo y muy valioso para cualquier coleccionista.
—¿En dónde es la celebración a la que iremos? —preguntó Bobby a su lado. Lucía guapísimo y Thomas no pudo evitar decírselo.
—Aquí a la vuelta de la esquina, corazón. Luces realmente hermoso —dijo Tom deteniéndose a besarlo porque no podía dejar pasar la oportunidad de hacerlo—. Te amo, Robert White —declaró con la frente recostada en la del rubio.
—Yo también, mi amor —respondió este sonriendo sobre sus labios.
—Démonos prisa, nuestro tiempo es valioso —dijo el pelinegro tomándolo de la mano de nuevo para cruzar la calle.
Al doblar en la esquina, Bobby se encontró con Nick y Nari en la acera, esperándolos, al parecer.
Emocionado se lanzó a abrazar a la mujer.
—Nari, ¡me alegra verte! Hola, Nicholas —saludó al esposo de la mujer.
—Hola, señor White. Luce muy guapo. Ambos —dijo la mujer mirando a Thomas después—. ¿Están disfrutando su tiempo juntos? —preguntó con una tierna sonrisa.
—Sí, mucho —respondió Bobby—. ¿La celebración es de ustedes? —dijo echando un vistazo, mirando que estaban afuera de una pequeña capilla religiosa.
La pareja miró a Thomas, a espaldas del rubio, y este se dio la vuelta para hacer lo mismo, encontrándolo hincado, con una rodilla en el suelo y una caja en sus manos, con un par de anillos en ella.
—Robert White —comenzó el pelinegro, mirándolo con devoción y tomando una inhalación profunda antes de continuar—. Me gustaría, con Nicholas y Nari de testigos, hacerte mi esposo y disfrutar nuestra felicidad con la bendición de Dios por el tiempo que nos queda de vida… ¿Aceptarías?
Con los ojos brillantes por las lágrimas a punto de derramarse y una sonrisa radiante, Bobby se acercó a él y, tomando el rostro del pelinegro entre sus manos, se inclinó a besarlo, no sin antes responder:
—Por supuesto que sí, mi amor… Acepto.