Young Blood Capítulo 26
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Capítulo 26

Tomaron una ducha de nuevo y salieron del cuarto a las doce del mediodía, encontrándose con el encargado barriendo sospechosamente el pasillo afuera del motel, muy cerca de su habitación.

—Bu… Buenos días —saludó el chico mirando a Bobby de arriba abajo mientras aclaraba su garganta.

—Buenos días —lo saludó Bobby con una sonrisa tímida.

—¿Acaso estabas espiando? —preguntó Thomas detrás de su rubio, sujetándolo por la cintura con posesión mientras le daba una mirada de desaprobación al encargado.

—¿Qué?… No, no, no, no —dijo levantando ambas manos, haciendo que la escoba se cayera al piso, rápidamente agachándose a recogerla, nervioso—.

No vi nada… Sólo escuché un poquito, nada más —dijo haciendo la señal de juntar el dedo índice y pulgar—.

Puff, qué intenso —dijo poniendo mirada soñadora mientras colocaba ambas manos en la punta de la escoba y recargaba su barbilla sobre ellas, suspirando sonriente—.

Yo también quiero algo así —finalizó haciendo un puchero.

—Pervertido —dijo Thomas tomando a Bobby de la mano y caminando hacia la moto.

—Me refería a que quiero algo así de bello como lo que tienen ustedes —dijo el chico a sus espaldas—. Se ve que se aman mucho.

—Sí, mucho —dijo Bobby deteniéndose y girando a verlo—. Es el amor de mi vida.

Thomas detuvo su paso, dando media vuelta para mirar al rubio con devoción y los ojos brillantes de amor.

—Te tiene domado, hermano. Mira la cara de tonto que pones al verlo —dijo el encargado, divertido.

—Tú te quieres morir, ¿verdad? —exclamó el pelinegro, cambiando su semblante al verlo, haciendo ademán de lanzarse sobre él.

Pero Bobby lo detuvo con ambas manos en el pecho mientras reía. No sabía por qué el extraño encargado del lugar le resultaba tan singular y divertido. El chico le agradaba.

—Deseo que encuentres a alguien especial en tu vida también. Y, cuando lo hagas, no pierdas el tiempo y lo dejes ir —dijo Bobby guiñándole el ojo al chico.

—Oye, pervertido, mejor sé útil y dime dónde podemos ir a comer algo delicioso —dijo Thomas.

—¿Qué no eres de aquí, que no conoces nada? —preguntó el joven ganándose otra mirada de desaprobación por parte del pelinegro, retractándose de inmediato. Antes de recibir un puñetazo, respondió con rapidez—. Caramel Macchiato Café, en la zona costera, al este.

—Estuvimos fuera mucho tiempo —respondió Bobby, con la amabilidad que le caracterizaba—. Por eso no conocemos los lugares de moda —se excusó el rubio.

—Sirven un café riquísimo y los paninis de jamón serrano con queso manchego son deliciosos —dijo el chico.

—Gracias, Jin-Mae, eres muy amable —respondió el chico de ojos color miel, haciendo derretir al encargado ante su amabilidad.

El rubio era adorable y una cosita muy tierna. Realmente le agradaba a Jin-Mae.

—Por nada —dijo despidiéndose de él con su mano y una amplia sonrisa para, luego, con el ceño fruncido, mirar al pelinegro y murmurar—: Adiós, amargado.

Mientras Thomas, con dos dedos en sus ojos, señalaba después al chico, indicándole que lo estaría observando.

Y, montándose a la moto, con un Robert demasiado divertido riendo detrás de él, partieron a la ciudad.

Una hora después, un automóvil negro se estacionó frente a la oficina de recepción del motel mientras un atractivo hombre de traje y corbata se bajaba del vehículo.

—Buenos días —saludó el hombre, con una radiante sonrisa—, soy el oficial Minho Gwo.

—Ho… Hola, oficial. Buenos… días, soy Jin-Mae Bong —dijo el chico mirándolo embobado—. ¿Desea una habitación?

—Estoy buscando información sobre un par de personas que fueron vistas ayer en una gasolinera a unos kilómetros adelante de aquí.

Y quería saber si, por casualidad, usted no los había visto pasar por aquí —dijo poniendo sobre el mostrador la foto que había mostrado a Jerry y Jayden un par de horas antes.

Mirándola con cautela, el encargado preguntó:

—¿Han hecho algo malo?

—Entraron a una propiedad y robaron un vehículo. Una motocicleta. ¿Ha visto a un par de chicos con una motocicleta? Uno es rubio y el otro pelinegro.

Mientras Jin Mae miraba la foto con detenimiento, recordó la tierna mirada del chico de ojos color miel y la protección y el amor que el pelinegro mostraba alrededor de él.

Mirando a los ojos al oficial y, sin saber por qué, sólo guiándose por su instinto, que le indicaba que los chicos no eran malos, a pesar de que le había dicho que eran unos ladrones, mintió:

—No, oficial. No los he visto por aquí.