Capítulo 25
—Buenos días, señores Brown —saludó el oficial de policía a la pareja, que lo esperaba en la sala de su casa.
Eran las once de la mañana y ya tenían algunas novedades sobre los delincuentes juveniles que irrumpieron en su casa.
—Buenos días, oficial —se levantó Jeremy a saludarlo—. Siéntese. ¿Desea tomar algo?
—No, muchas gracias; acabo de desayunar —dijo el hombre sentándose frente a la pareja—. Tenemos noticias de los ladrones.
—¿Los atraparon? —preguntó Jayden.
—No, aún no. Pero tenemos sus rostros más claros —aclaró extendiendo el folder que llevaba en las manos—.
Antes de proceder con una orden de aprehensión, queremos saber si ustedes los conocen, para evitar malentendidos o cosas por el estilo.
Nos ha pasado que, en ocasiones, son los hijos o nietos de las víctimas los que han hurtado alguna posesión sin avisar y se crean conflictos familiares.
Jayden tomó el folder y, sacando las fotografías, comenzó a mirarlas.
Era una fotografía de la cámara de seguridad de la gasolinera donde habían llenado el tanque de la motocicleta.
—¡Trae puesta mi ropa! —dijo Jayden a Jeremy, señalando al rubio en la imagen.
—Y se le ve estupenda —agregó este divertido, ganando un ceño fruncido por parte de su pareja—. Pero no mejor que a ti, mi vida —corrigió nervioso, rápidamente.
—¿Entonces también le robaron prendas de vestir? —preguntó el oficial.
—Al parecer —respondió Jayden concentrado en analizar la foto—. En un principio dije que el pelinegro se parecía a ti —dijo echando un vistazo a Jeremy, a su lado—. Pero ahora veo el porqué. Mira. ¡Es idéntico a tu tío Tom! —exclamó poniéndole la fotografía a la altura del rostro.
—¿Podría ser algún hijo de su tío? —preguntó el oficial.
—No lo creo —dijo Jeremy mirando fijamente la fotografía del chico sonriente, recostado sobre la motocicleta, hablando con el rubio.
Este otro no se distinguía muy bien, ya que el ángulo de la cámara lo grababa de espaldas.
Pero la imagen del pelinegro era clara. Y no solo se parecía al tío.
¡Era idéntico! Hasta en la sonrisa que en ese momento mostraba la imagen.
Entre las cosas personales de su tío había una fotografía parecida de Thomas, posando de la misma manera sobre su preciada motocicleta. Al ver las similitudes, lo dejó confundido.
—¿Por qué? —preguntó el oficial sacándolo de sus pensamientos.
—Pues porque, primero, este chico está demasiado joven para ser su hijo. Él tiene ochenta y cinco años y está en un asilo.
—¿Su nieto, tal vez? —insistió el oficial.
—No, tampoco. Él no tuvo hijos. Mi tío, después de divorciarse, nunca más se volvió a casar porque él era gay, con sentimientos reprimidos hacia su mejor amigo.
—Mi abuelo también era gay y aquí estoy, existiendo —dijo el oficial divertido—.
Mi padre nació por medio de inseminación artificial en un vientre de alquiler.
Sus padres, mis dos abuelos, lo criaron con mucho amor.
Y, después, mi padre se casó y nací yo. De hecho, comparto con mi abuelo no sólo un enorme parecido, sino también su nombre: Minho Gwo —comentó con orgullo—.
Su tío pudo haber hecho lo mismo. Engendrar un hijo y tener descendencia. Ese chico podría ser un pariente.
—No, estoy seguro de que no —dijo Jeremy.
—¡Con razón su nombre se me hacía conocido!
—aclaró Jayden al oficial, sorprendiendo a ambos hombres—.
Su abuelo fue aquel oficial reconocido que estuvo a cargo del operativo y la muerte de esos criminales famosos —dijo tronando los dedos a un lado de su sien, en un intento de recordar—.
¡Ah, sí! Red-Dragon y el mafioso italiano-coreano.
Mi abuela me contó de ellos porque, en su juventud, desarrolló un enamoramiento con esos personajes después de verlos en los noticieros.
—Ese mismo fue mi abuelo —dijo el hombre sonriente—. Y cada que me contaba la historia de ese día de la redada y muerte de ambos criminales, siempre concluía diciendo: Minho, a veces las cosas no son lo que parecen y las personas tampoco.
Y, con esas últimas palabras, Jeremy se quedó mirando la fotografía en sus manos fijamente…