Capítulo 24
Hincado detrás de Bobby, Thomas lo levantó, pegándolo a su cuerpo.
El rubio podía sentir la dureza del pelinegro, gruesa y firme, elevada hacia arriba entre sus nalgas, encontrándose ansioso por tenerla de nuevo dentro de él.
La experiencia de hacía un par de horas atrás había sido muy placentera, lenta, delicada y amorosa. Pero algo en el aura dominante de Thomas en ese momento le decía a Bobby que todo iba a ser satisfactoriamente diferente, y esperaba ansioso descubrirlo.
Separándose un poco de su cuerpo, Tom tomó su erección por la base y la bajó, guiándola a la apretada entrada del chico.
—Si necesitas que me detenga, dímelo, Bobby. ¿Sí? —dijo acomodando la cabeza de su polla en el agujero fruncido, comenzando a enterrarse con lentitud, haciendo sisear a Bobby en el proceso, deteniéndose al instante—. ¿Te duele?
—No —dijo Bobby negado con la cabeza—. Sólo que… la sensación es intensa al principio. Eres… Ummmg… Eres mu… muy grande —dijo ladeando el rostro, buscando que Tom viera su rostro y que estaba bien—. No te detengas, por… favor.
—Y tú estás… tan… apretado —añadió Tom, enterrándose por completo en la estrecha cavidad, guiando sus labios al cuello del chico, donde comenzó a besarlo—.
Te amo tanto… tanto —afirmó trazando un camino de besos hasta su hombro y, regresando, ascendió hasta su oreja, donde chupó el lóbulo entre sus labios de una forma tan erótica que Bobby tembló por el escalofrío creado por la acción.
—Tomy —susurró Bobby con erotismo—, te amo, mi amor. Soy tuyo… Siempre fui tuyo —dijo girando el rostro, encontrándose con la boca de Thomas, quien, sosteniéndolo por la mandíbula, lo besó hasta dejarlo sin aliento mientras sus caderas comenzaban a cobrar vida.
Llevando su mano a la erección del rubio, Tom empezó a masturbarlo de manera lenta, incrementando los movimientos de acuerdo con el golpeteo de su pelvis en su retaguardia.
Muy pronto, Bobby estaba relajado y completamente dilatado, disfrutando de lleno las penetraciones intensas de Tom y la forma en la que frotaba su próstata en el proceso.
Inclinándose hacia delante, Bobby pegó el rostro y el pecho a la cama, dejando el culo levantado y expuesto para el deleite del pelinegro.
—¡Dios, Bobby! —dijo Tom acariciando la curva de su espalda, llevando después ambas manos a las nalgas del chico, abriéndolas y disfrutando, maravillado a la vista.
Su polla era engullida de forma deliciosa en el perfecto y rosado agujero de su chico.
Aumentando la velocidad y soltando sus nalgas, Tom contempló extasiado la forma en la que rebotaban con cada empuje firme, deleitándose en el sonido de las pieles chocando.
—¡Más! —gimió el rubio apretando las sábanas con ambas manos, despertando el instinto primitivo en Thomas.
Colocándose sobre la espalda del chico, Tom se sostuvo con sus brazos en la cama y, colocando la planta de uno de sus pies sobre el colchón, empezó a balancearse con fuerza, enterrándose una y otra vez, sin descanso ni piedad.
Los gemidos de Bobby habían sido reemplazados por gritos de placer ahogados sobre el colchón, que, junto a los gruñidos de Thomas, creaban una erótica sinfonía, incrementando el placer de ambos.
—Tom… Sí, siií, ummmg —el rubio gemía descontrolado, siendo sacudido con rudeza, mientras que, de su polla firme, escurría un fluido hilo de líquido preseminal sobre las sábanas.
Colocándose de nuevo sobre sus rodillas, Tom levantó a Bobby, sujetándolo con ambas manos en el pecho, mirando hacia abajo cómo clavaba una y otra vez su precioso culo, mientras la polla del rubio, totalmente firme hacia el frente, se sacudía de arriba abajo, golpeando su bajo vientre.
Sin querer tocarla para evitar su orgasmo, Bobby levantó ambas manos, llevándolas hacia atrás y envolviéndolas alrededor del cuello del pelinegro, arqueando su espalda de manera elegante y sensual, rebotando el culo al encuentro de las penetraciones del contrario.
—Bobby… Yo… ¡Mierda! —exclamó Tom, sin evitar correrse en el apretado esfínter del chico cuando su corrida lubricaba, de manera deliciosa, la estrecha cavidad, que no había dejado de clavar, haciendo que Bobby se corriera detrás de él sin siquiera tocarse, mientras su polla hacía un desastre, sacudiéndose de aquí a allá, salpicando semen en su vientre, en sus piernas y sobre las sábanas, sintiéndose todo tan sucio y erótico al mismo tiempo.
Se mantuvieron hincados y con sus cuerpos unidos.
Robert con su cabeza ladeada y Thomas besándole cuello y mandíbula con amor y devoción.
—No creo poder tener suficiente de ti, Bobby.
—Yo tampoco —dijo el rubio cansado, sonriendo con satisfacción.
—Te amo —declaró el pelinegro.
—Yo también.
—¿Cómo siempre?
—Y como nunca —finalizó el rubio antes de fundirse en un lento y tierno beso.