Capítulo 16
La boca de Bobby envolviendo su falo se sentía como una experiencia religiosa. La lujuria había sido empujada a un lado momentáneamente.
La suavidad de los carnosos labios recorriendo su longitud con lentitud y las sutiles lamiditas que le daba viajaban de su polla directo a su corazón, haciéndolo expandirse de amor, latiendo con fuerza en su pecho ante la mirada atenta e inocente del chico.
Con cada succión, Bobby ganaba confianza y alejaba en el pelinegro años de frustración y de deseos reprimidos. Nunca nada ni nadie se sintió tan bien en su puta vida como Bobby White. Era él… siempre había sido y siempre sería él.
—¿Lo estoy haciendo bien? —preguntó Bobby, con ojos inocentes.
Pero su sonrisa era divertida, deleitándose en la forma en la que Tom, con la boca abierta, asentía, hipnotizado en el acto.
La forma en la que el grueso miembro pulsó entre sus labios fue suficiente para confirmarlo; Thomas estaba en el límite.
Cerrando los ojos y aspirando el aroma almizcleño y masculino del pelinegro, Bobby sostuvo su polla por la base, comenzando a chupar a un ritmo constante, lento y erótico, ladeando el rostro, que Thomas contempló embelesado.
Sus mejillas se ahuecaban en cada succión y sus largas pestañas bailaban sobre sus rosados pómulos, mientras, con la lengua, acariciaba el sensible glande del contrario.
—Bobby… Estoy a punto, mi vida —habló agitado el pelinegro, acariciando la mejilla del chico con suavidad—. Retírate, cariño —dijo apartándolo con cuidado.
Siendo consciente de que era la primera vez de Bobby, Tom no quería forzarlo a un acto que le resultase desagradable o fuera una mala experiencia.
Bobby apartó la boca, pero no retiró la mano de la base del miembro de Thomas, y, maravillado, contempló el espeso y blanco semen brotar de la punta y empezar a deslizarse hacia abajo.
Sin pensarlo demasiado, Bobby extendió la punta de la lengua hacia la esencia tibia, probándolo con curiosidad, sorprendido ante el sabor suave y tolerable del esperma del pelinegro.
Envolviendo con sus labios la cabeza de su polla, comenzó a recoger el líquido, que resbalaba por la base, haciendo que Thomas se sacudiera ante el espasmo y la sorpresa del audaz rubio, limpiándolo con sensualidad.
—¡Oh, Dios santo, Bobby! —exclamó Tom, echando la cabeza hacia atrás, sosteniéndose de la rubia cabellera.
—¿Estuvo bien? —preguntó el chico cuando hubo terminado.
Lanzándose a su boca, Tom lo besó lenta e intensamente, probándose a sí mismo entre sus labios antes de responder:
—Estuvo perfecto, mi vida… Mejor que todas las miles de fantasías que tuve durante años con tu boca —dijo acariciándole los labios con el pulgar.
—¿Fantaseabas con que te la chupara alguna vez? —preguntó Bobby con picardía.
Aclarándose la garganta, Tom respondió, sonriente:
—Sí, pero no hablemos de eso ahora; no quiero sonar como un pervertido. Ven acá —dijo, levantándolo del excusado y, abrazándolo por la cintura, recorrió su mandíbula con besos suaves hasta llegar a su oído—. Te amo tanto, Robet White. Como siempre y como nunca —dijo mirándolo a los ojos.
—Yo también, Tom… Como siempre y como nunca.
—¿Quieres que nos vayamos ya al motel, o deseas bailar otro rato más? —preguntó el pelinegro, acariciando su mejilla con el dorso de su mano.
—Vamos a bailar otro rato más —respondió el rubio, con singular alegría—. La noche aún es joven… y nosotros más.