Young Blood Capítulo 15
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Capítulo 15

Sus cuerpos vibraban al ritmo de la música y la excitación zumbaba por debajo de su piel; la sangre corría caliente por sus venas, acumulándose en sus ingles, creando un delicioso palpitar.

Llevaban una hora bailando en la pista y frotando sus nuevos y juveniles cuerpos entre ellos.

El par de tragos que habían ingerido transpiraba por sus poros, aderezando la piel del cuello del rubio, que Thomas chupaba con gusto y lascivia, mientras frotaba su erección en el magnífico culo frente a él.

El rubio bailaba de espaldas al pelinegro mientras se afianzaba a los brazos envueltos alrededor de su cintura. Tomando una de las manos de Thom, la frotó sobre su miembro firme, tratando de encontrar alivio.

Thomas gimió ronco en su oído, enviando escalofríos desde su cuello a sus brazos. La sensación de lujuria era embriagante para Bobby. La mejor experiencia de su vida era saberse tan deseado por el hombre que siempre lo amó.

Era curioso que siempre haya estado seguro del amor incondicional del pelinegro por él, pero no de la compatibilidad sexual que hubiesen podido tener. Pero ahora no había ninguna duda: él era gasolina y Thomas el fósforo, y esa noche harían combustión.

Girándose en el abrazo del pelinegro, quedó frente a él mientras colocaba ambas manos a su cuello.

Recostando su frente en la suya, el pelinegro llevó una de sus piernas entre las de Bobby, rozando con el muslo, al compás de la música, la erección aprisionada en los pantalones del chico, haciéndolo gemir sobre su boca, mientras sentía la polla contraria frotándose en su bajo vientre.

—Tomy —gimió Bobby, perdido en los ojos negros, de pupilas dilatadas, que veía en la escasa iluminación del lugar.

—Lo sé, cariño… lo sé —respondió Tom sobre sus labios, burlándose de su cordura un poco más y excitándolo al límite—. Yo te voy a aliviar, bebé —dijo soltándolo abruptamente de su abrazo. Tomándolo de la mano, lo guío entre la pista, directo a los baños.

Encerrándose en un cubículo, Tom se sentó sobre la tapa del excusado frente a Bobby, quien estaba parado y recostado sobre la puerta, esperando a que el pelinegro desabrochara su pantalón con manos temblorosas.

Quedando gratamente complacido, con el rostro asombrado y la mirada de lujuria que el pelinegro le dio al encontrar que llevaba puestas las bragas de encaje que habían tomado de la casa de su sobrino.

—Bobby —dijo Tom en un ronco susurro, sosteniendo la pretina de la prenda con los dedos, mientras que, con la nariz, acariciaba el suave y tonificado vientre del rubio—. Luces espectacular, mi cielo.

—Cre… Creí que era… Ummmg —gimió Bobby, retorciéndose cuando Tom dejó un beso en el hueso de su cadera—… que era un buen momento para ser audaz —concluyó, sosteniéndose con fuerza de la pelinegra cabellera.

—Déjame mirarte —dijo Tom antes de darle la vuelta con suavidad.

Sosteniéndose con ambas manos de la puerta, Bobby inclinó un poco más su culo hacia el rostro que lo contemplaba con deseo, mientras que, con las manos, Tom recorría la suave piel de sus piernas a sus glúteos.

Metió un dedo dentro de la prenda, delineando con lentitud toda la orilla y acariciando la nalga del rubio en el proceso, mientras que, con la otra mano, amasaba el glúteo contrario, haciendo gemir al chico ante las suaves y eróticas caricias, y los dulces besos depositados en su retaguardia.

—Eres tan hermoso, bebé. Hagamos esto rápido y, después, vayamos al motel para que pueda quitártelos con la boca, como prometí —dijo depositando un beso en su coxis.

Y, dándole la vuelta de nuevo, le bajó la prenda lo suficiente para liberar su preciosa erección, tragándosela toda en un solo movimiento.

Bobby gimió, fuerte y claro, ante el calor de los labios de Tom envolviendo su sensible falo. La sensación era magnífica, exquisita y deliciosa.

Tom chupaba con la presión suficiente, mientras su lengua jugueteaba con su glande y toda su longitud en el proceso.

Con la mano que le acariciaba los testículos, los sostuvo para darles atención con su boca, chupándolos y lamiéndolos con un hambre desesperada, mientras que, con la otra mano, no dejaba de acariciarle el culo.

—Ummmg, Tom —Bobby gimió, con las rodillas flaqueándole ante las deliciosas sensaciones, haciendo que el pelinegro lo sostuviera con el brazo alrededor de ambas piernas, mientras seguía dándole la mejor mamada de su vida.

—Sabes tan bien —afirmó Tom entre succiones rápidas y hambrientas—. Me pasé toda la vida imaginando tu sabor —dijo antes de chupar entre sus labios la cabeza, hinchada y rosada, del rubio— y es mejor de lo que suponía.

—Tom…yo…estoy a punto…

—Sí, mi vida. Córrete en mi boca —pidió Tom antes de chupar una y otra vez, hasta que el rubio estalló con intensidad.

Abriendo su garganta, Tom recibió gustoso su esencia, tibia y espesa, resbalando hacia su esófago.

Mientras, parecía no tener suficiente del sabor de su chico, que gemía hermosamente, sosteniéndose con firmeza de su cabellera y sacudiendo sus caderas con erotismo.

No se despegó de él hasta que la polla de Bobby se volvió flácida en su boca.

Soltándola, repartió pequeños besos por su vientre, acariciándolo con ambas manos.

—Eres delicioso, Bobby —declaró Tom, con la mejilla recostada en el hueso de la cadera de Bobby, con los ojos cerrados y una sonrisa enamorada, abrazándolo—. Siempre lo supuse y me alegra no haber muerto sin comprobarlo —mencionó, haciendo reír a ambos.

—Yo también quiero hacerlo —pidió Bobby, acariciándole la cabellera, haciendo que el contrario levantara el rostro con rapidez para mirarlo, sorprendido, mientras el rubio, encogiéndose de hombros, respondía con simplicidad y una gran sonrisa—: Te dije que hoy decidí ser audaz.

El corazón del pelinegro se hinchó de felicidad y su polla palpitó, gustosa ante la idea.

—¿Estás seguro? No quiero que te sientas presionado a hacer algo que no…

Jalándolo de su camisa, Bobby lo levantó para darle un beso firme.

—No sólo estoy seguro, lo deseo demasiado, Tom —respondió comenzando a desabrocharle los pantalones—.

Sólo que no sé si podré meterme todo esto a la boca —dijo seductoramente sobre sus labios, acariciando la dura longitud de la gruesa polla que descansaba en su mano—. Dime si lo voy haciendo mal, ¿sí?

—No harás nada mal —dijo Thomas respirando agitado.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó el rubio, con un toque de diversión—. Nunca he chupado una polla.

—Porque eres tú, Bobby. Y tú siempre has sido la perfección para mí.

Después de su divorcio, el pelinegro no había podido reprimir sus impulsos homosexuales, teniendo encuentros ocasionales muy discretos con hombres, con los que conectaba en bares y clubs nocturnos, saciando su naturaleza y, de paso, calmando un poco la frustración de no ser correspondido por su verdadero amor.

Bobby vivía casado y criando un hijo en ese entonces. Y, aunque había recibido buenos y muy calientes orales en su vida, estaba completamente seguro de que la boca de Bobby sería una experiencia completamente distinta porque la lujuria y el anhelo iban mezclados con una dosis de amor enorme.

Y, cuando Bobby se sentó sobre el excusado y lo miró con esos hermosos ojos color miel, desbordando amor, supo que no estaba equivocado.