Capítulo 14
Thomas condujo por la línea costera hacia las afueras de la ciudad, en dirección contraria al asilo.
Recordaba haber visto un pequeño y discreto motel por ahí hacía unos veinte años.
Sólo esperaba que alguien más siguiera administrando el lugar aún.
Unos kilómetros adelante, el letrero luminoso sobre el sitio le indicó que sí.
Magic Shop Motel les daba la bienvenida.
Thomas estacionó en el primer cuarto del lugar, donde era la oficina del administrador.
Era un complejo rectangular, compuesto de seis habitaciones en fila, una al costado de la otra, con frente a la carretera y la parte trasera con acceso a la playa.
Se bajaron del vehículo y entraron a la recepción vacía, tocando la campanita en el mostrador para que alguien los atendiera.
Un chico castaño, con el pelo despeinado y frotándose los ojos rasgados, apareció por la puerta que había detrás del mostrador, donde estaba su habitación para descansar.
—Buenas noches —dijo bostezando y estirándose—, ¿desean una habitación?
—Sí —afirmó Thomas—, ¿cuál es el costo?
—Depende si la quieren alquilar por seis, doce o veinticuatro horas.
—Que sea por veinticuatro horas —respondió el pelinegro, buscando la aplicación bancaria en el teléfono para pagar.
—Buena elección —declaró el chico, dándole una mirada apreciativa al hermoso rubio de ojos color miel al lado de Thomas, quien estaba sonrojándose en ese momento ante la sonrisa pícara del encargado.
—Ni lo sueñes, amigo. Es mío. Llevo muchos años esperando por él —dijo Tom, entre divertido y amenazante, atrayendo a Bobby por la cintura y besándole la mejilla.
—Bueno, pero si desean un servicio especial y agregarle sazón al momento, yo podría dárselos —comentó moviendo las cejas coquetamente de arriba abajo.
—¿Le ofreces eso a todos los clientes? —preguntó Bobby, con los ojos abiertos por la sorpresa.
—Oh no, no. Claro que no. Sólo a los guapos —respondió el sinvergüenza chico—. Pero nunca aceptan. Estoy muy solito —dijo mostrando un puchero con la boca, lo que hizo reír a Bobby, divertido por la irreverencia y audacia del muchacho.
En su época, haber bromeado con ese tipo de cosas podía hacer que los fanáticos homofóbicos te dieran una buena paliza.
Le agradaba ver qué las cosas habían cambiado mucho y que era normal que un par de hombres alquilaran una habitación en un motel así como las insinuaciones de un guapo joven hacia ellos.
—Cóbrame antes de que te parta la cara —aseveró Tom, con tono firme, haciendo que el castaño levantara los brazos en señal de paz.
—Okey, okey. Sólo es parte del servicio extra, amigo. Así como ofrecer toallas para la playa o algún artículo de tocador que necesites.
—Pero eso no lo has ofrecido —dijo Bobby, bastante divertido. No sabía por qué, pero la personalidad del chico le agradaba demasiado.
—Oh, es verdad —añadió, dándoles de nuevo esa sonrisa encantadora—. Si quieren toallas extras para la playa o algo así, sólo tienen que pedirlas. Soy Jin-Mae Bong y estoy a sus órdenes.
—Gracias —respondió Bobby.
—De hecho, hay dos cosas que necesitamos —dijo Thomas una vez que terminó la transacción—. Primero, ¿hay algún lugar por aquí que aún distribuya gasolina? —dijo, señalando la motocicleta afuera.
—¡Wuooo, hermano, está preciosa! Eso debió ser de tu abuelo. ¿Cómo es que está tan bien conservada?
Ante la mirada inquisitiva, con la ceja levantada, que el pelinegro le daba, indicándole que no pensaba entablar una conversación innecesaria sobre la motocicleta, el chico respondió:
—Hay una a cinco kilómetros más adelante, para la gente rara, como tú, que no ocupa vehículos eléctricos.
—Okey, gracias. Y la segunda pregunta es: ¿hay algún sitio en la ciudad, abierto toda la noche, donde podamos ir a bailar?
—Claro que sí: el club Dynamite, en el centro de la ciudad.
Se ducharon por separado porque Thomas tenía miedo de perder su autocontrol con Bobby desnudo de nuevo frente a él. Estaba deseoso de hacerle el amor como merecía, pero también quería vivir estas experiencias únicas con él, ya que nunca habían tenido, ni tendrían otra oportunidad igual.
Quería bailar con él de manera libre y sin tabúes, llevarlo a desayunar por la mañana, tomarlo de la mano en la calle, y poder besarlo con tranquilidad en cualquier lugar. Quería todo y tenían tan poco tiempo.
Bobby lucía espectacular cuando terminó de arreglarse.
El pantalón negro de cuero de Jayden hacía resaltar sus curvas a la perfección, sus torneadas piernas y el espectacular culo que tenía.
La camisa blanca y la chaqueta negra, que portaba encima, con adornos dorados y brillantes, le daban un aura de príncipe elegante, pensaba Thomas.
—Pareces un príncipe con esa chaqueta —le dijo Bobby, ya que portaba una vestimenta parecida a la suya.
—Qué curioso. Yo estaba pensando lo mismo de ti —añadió Tom abrazándolo.
Y, colocando ambas manos en sus redondeados glúteos, lo acercó a él para darle un sexi y cálido beso, haciendo que Bobby se parara de puntitas, mientras se le aferraba al cuello, correspondiendo el beso y volviéndolo intenso en cuestión de segundos.
Separándose en busca de aire, Thomas habló, visiblemente agitado—: Será…
umm… Será mejor que nos vayamos, así podremos estar pronto de regreso —opinó sobre su boca mientras Bobby asentía.
igual de afectado—. Pero déjame tomarte una foto, luces precioso.
Condujeron hasta la gasolinera que Jin-Mae les había dicho. Sólo tenía dos bombas despachadoras de gasolina y lucía vacía, ya que la mayoría de los automóviles en esta época ocupaban energía eléctrica.
Cargaron el tanque con tranquilidad mientras conversaban amenamente, hicieron el pago y dieron la vuelta para regresar a la ciudad por otro camino más céntrico. Cuarenta minutos después, estaban frente a «Dynamite Nigth Club. 80’s, 90’s y más».
Jin-Mae les había dicho que el lugar era para gente vintage , ya que tocaban música de décadas pasadas. Y, tomando como referencia la moto de modelo antiguo que Thomas traía, les aseguró que les iba a gustar.
Entraron sin ninguna complicación. No había seguridad a la puerta, sólo una especie de cajero, donde pagaron su entrada con su aplicación móvil.
El lugar estaba lleno. Había mesas alrededor de la pista y en un segundo piso, mientras los cuerpos bailaban al centro, en la oscuridad, con luces de neón alumbrándolos brevemente. Había parejas de mujeres y parejas de hombres danzando sin pudor y dándose muestras de afecto, sin miedo ni dudas.
Parados en la entrada, apreciaron a detalle todo con una emoción nueva recorriendo sus cuerpos. La música cambió a una canción de la banda Five Seconds of Summer , con una letra demasiado significativa para ellos en ese momento:
Remember the words you told me ( Recuerdo las palabras que me dijiste)
Love me ‘til the doy I die ( Ámame hasta el día en que muera)
Ambos voltearon a mirarse, con el amor reflejado en sus ojos.
Surrender my everything ( Renuncio a todo)
Tomándolo de la mano, Thomas dijo:
—Vamos a hacer que cada minuto valga la pena, cariño.
Bobby asintió, con los ojos cristalizados y una hermosa sonrisa. Y Thomas los dirigió a la pista justo cuando el estribillo de la canción estalló…
Young blood (Sangre joven).
Say you want me (Di que me quieres).
Say you want me (Di que me quieres ).