Capítulo 12
El viento frío de la madrugada soplaba sobre sus caras, acaloradas por la emoción.
Entretanto, el corazón de Bobby latía rápidamente mientras escapaban del suburbio residencial hacia el norte, viajando por la costa poco transitada del lugar.
La adrenalina era sobreestimulante, lo hacía sentir vivo y audaz, y reír como un loco.
Estaba seguro de que Thomas podía sentir su corazón golpeando fuerte sobre su espalda mientras lo abrazaba con fuerza.
Conducía veloz, rugía el poderoso motor de la Aston bajo sus cuerpos, pudiendo sentir el ronroneo en su sensible polla, como una suave caricia.
Dejándose llevar por su excitación, Bobby coló sus manos bajo la playera del pelinegro, deleitándose ante los abdominales definidos del contrario, que se tensaron con su tacto.
Le hizo perder la concentración por un segundo y se desestabilizó por un instante el control sobre la motocicleta.
Bobby se asustó cuando Thomas desaceleró la moto y se orilló en un pasaje solitario, detrás de unas palmeras entre unas dunas de arena formadas por el viento en la playa.
El mar, unos metros adelante, se escuchaba con un golpeteo tranquilo de olas en la orilla.
Apagó el motor y bajó el soporte lateral de la moto para que se sostuviera.
—¡Bájate! —le indicó a Bobby, un poco rudo.
Temeroso de haberla cagado al distraerlo con su lujuria y casi hacerlos accidentarse, Bobby se bajó, disculpándose:
—Lo siento, Tom. Lo siento. Lo siento, yo…
—Por favor, no te disculpes —interrumpió Tom jalándolo por la parte delantera de la playera hacia él y lo tomó en un beso rudo y ansioso—.
¡Dios!, he estado duro desde hace una hora, cuando te vi desnudo en la regadera —exclamó sobre la boca del rubio, entre besos húmedos, mientras, con la mano, le frotaba la notable erección—.
Y hay tantas cosas que deseo hacerte, Bobby.
Pero me quiero tomar el tiempo necesario para adorarte cuando eso suceda —dijo chupando el hermoso cuello del chico, que, maleable, se dejaba besar, morder y chupar mientras se sentía embriagado por tantas sensaciones nuevas y gemía bajito entre los poderosos brazos del contrario—.
Mientras tanto, podemos aliviar esto rápidamente y continuar nuestra aventura —añadió quitándole la mochila de la espalda y tirándola a la arena.
Tom lo sujetó por la cintura y lo levantó, sentándolo a horcajadas sobre la moto y de frente a él. Bajando el frente de sus pantalones, sacó ambas pollas y las tomó juntas en su mano. Bobby siseó ante la caricia, el calor y la sedosidad del miembro de Thomas frotándose contra el suyo.
—Tomy —dijo Bobby en medio de un gemido suave y delicioso, llevando ambas manos a la nuca del contrario.
Apretó sensualmente la cabellera pelinegra, lo cual provocó un gimoteo ronco en la profundidad de la garganta de Tom, que Bobby sintió en los labios mientras le chupaba la manzana de Adán—. Se… Se siente tan bien… Umg.
—Sí, mi amor, se… se siente perfecto —decía el pelinegro restregando con más fuerza las pollas, resbaladizas por el presemen saliendo de sus puntas, creando un delicioso sonido de humedad que tenía a Bobby loco de lujuria. Nunca había estado más excitado en su vida.
Aferrándose con fuerza a los hombros de Tom, Bobby comenzó a frotarse de arriba abajo, ayudando con la fricción de sus miembros mientras Thomas, con un brazo, lo sujetaba por la cintura y, con la otra mano, los masturbaba con destreza, besándolo sin parar y haciendo acopio de su autocontrol para no correrse antes que el rubio.
Sintió el orgasmo de Bobby formarse cuando su polla palpitó en su mano antes de comenzar a escupir tibio y espeso esperma, haciéndolo correrse de inmediato ante la cálida lubricación de la corrida de este, tragándose el exquisito gemido del rubio en su boca, mientras él bajaba de su propio orgasmo, mordisqueando el voluptuoso labio inferior del chico.
Después de unos minutos de silencio, donde esperaban regular sus ritmos cardíacos y sus respiraciones, manteniéndose abrazados en la oscuridad, con el sonido de mar al fondo, Bobby habló:
—Eso fue alucinante, Tom.
—Tú eres alucinante, bebé —añadió besándole la naricita.
—¿Ahora a dónde vamos? —preguntó el rubio.
—Primero, a buscar un motel de paso para limpiar este desastre —dijo riendo, asomándose entre sus cuerpos para ver sus corridas sobre sus pantalones—. Y después… Voy a llevarte a bailar.