Young Blood Capítulo 9
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Capítulo 9

Oficialmente, ya no era su casa. Se la había heredado en vida a su sobrino Jeremy, quien en la actualidad vivía allí con su pareja, Jayden.

Jeremy, o Jerry, como su tío le decía, era el único hijo de la hermana menor de Tom, quien, después de múltiples tratamientos de fertilidad, había logrado concebirlo y darlo a luz a sus treinta y nueve años, haciendo tío a Tom a sus ya maduros cuarenta y cinco años.

Adoró a esa criatura desde que había llegado al mundo, siendo consentido y mimado por él y creando una estrecha relación, como si fueran padre e hijo, en especial después de que el padre de Jeremy, Lucas Brown, hubiese muerto en un accidente automovilístico cuando el niño sólo tenía cinco años.

Tom se había hecho cargo de su hermana y de su criatura, y también había sido quien pagó la carrera de cirujano oncólogo de Jeremy, vocación que nació después de que la hermana de Tom hubiese muerto de un cáncer muy agresivo de estómago, cuando el chico era apenas un adolescente.

Justo su sobrino había sido quien, años después, había detectado el cáncer de Bobby, diciéndole a su tío, con pesar, que ya nada se podía hacer debido a la etapa avanzada en la que había sido descubierto.

Jeremy apoyó a su tío cuando este se quiso ir a vivir con su amado Bobby al asilo. Él sabía del amor que la pareja se tenía y las dificultades que habían tenido en su juventud para llevarlo a cabo.

—Me alegra que sean otros tiempos y que tú seas mucho más valiente que yo para luchar por el amor de tu vida, Jerry —le había dicho su tío cuando él había salido del closet a sus veinte años, formalizando su relación con su hermoso Jayden.

Hacía quince años que se había mudado a la casa que su tío le heredó, manteniendo intacta la recámara del hombre y algunas posesiones de este, diciéndole a su esposo que, mientras su tío viviera, aunque estuviera en el asilo, respetaría su casa y sus cosas como si estuviese viviendo allí.

Es por eso por lo que Tom tenía la confianza de poder entrar a hurtadillas a su casa y tomar algo de ropa y algunas de sus posesiones especiales.

—¿Quieren que esperemos a que salgan? —preguntó Nicholas, estacionándose afuera de la gran mansión al otro lado de la calle.

—No. No se preocupen. De aquí en adelante estamos por nuestra cuenta. Muchas gracias por todo —dijo Tom al salir del auto.

—De verdad, muchas gracias —aclaró Bobby, dándole una tierna sonrisa y una mirada cargada de afecto a la pareja.

—Disfruten mucho sus horas juntos. Los veré después —añadió Nari, volviendo su mirada al frente del auto para evitar que Bobby viera sus lágrimas, mientras Nicholas asentía y Bobby bajaba del automóvil.

La pareja arrancó, dejándolos solos en la oscuridad de la calle.

—¿Y vamos sólo a tocar y explicarle a Jerry quiénes somos y por qué estamos aquí? —preguntó Bobby, al lado de Tom, contemplando la mansión.

—Probablemente no nos creería, llamaría a la policía y nos retendrían, haciéndonos perder tiempo valioso juntos —dijo el pelinegro.

—¿Entonces qué vamos a hacer?

—Vamos a entrar a hurtadillas y a tomar lo que necesitamos.

Bobby abrió sus hermosos ojos color miel con asombro.

—¿Cómo ladrones? —preguntó.

—Será divertido —dijo el pelinegro, arrugando su nariz mientras le sonreía con malicia, mostrando todos sus dientes—. Vamos, cariño. Es hora de comenzar la aventura.

Y, tomándolo de la mano, cruzaron la calle.