Young Blood Capítulo 7
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Capítulo 7

Tom no podía despegar sus ojos del cuerpo de Bobby, de espaldas a él mientras se duchaban.

Pero nadie podía culparlo. Nunca, en todos estos años que habían tenido de amistad y convivencia en su juventud, había tenido la oportunidad de verlo así, en todo su esplendor.

Y ni sus más íntimas fantasías, que recurrentemente había tenido con su amigo, se acercaban a la belleza de Bobby White.

Piel blanca y tersa le cubría todo el cuerpo, con algunos coquetos lunares salpicando aquí y allá su anatomía y el sexi tatuaje en un costado del torso.

La cintura, pequeña y curveada, era un enorme contraste bajo la más amplia y elegante espalda.

Los brazos, un poco más delgados que los suyos, eran bien tonificados, resaltando cada músculo en ellos.

Hermosos. El culo, redondo, carnoso y respingado, estaba provocando estragos en el autocontrol de Tom, complicando controlar su excitación juvenil.

Su erección estaba despertando, inevitablemente.

Bobby giró el rostro mientras terminaba de enjuagarse, sonriéndole por encima del hombro al hombre que había atrapado, mirándole el culo con deseo y que se enjabonaba su muy firme erección con parsimonia.

—Ya… Ya. Umm… terminé aquí —aclaró Bobby moviéndose a un lado para dejarle el chorro de la regadera libre—. Iré a vestirme.

—Claro —respondió Tom aclarando su garganta y metiéndose bajo el agua de la regadera.

Nari les había traído ropa deportiva de Nicholas, ya que, al recuperar sus antiguos cuerpos, las ropas de ancianos no les quedarían; serían más altos y musculosos de lo que eran en los viejos cuerpos.

Bobby se puso un pantalón de algodón a juego con una sudadera gris. No había ropa interior y tenía demasiada vergüenza de pedirle a la mujer en la habitación un par de calzoncillos para ambos, así que ya resolvería eso después.

Tom salió cuando él había terminado de vestirse a su lado. Con la toalla envuelta en sus caderas, tomó una chamarra y un pantalón deportivo negro de una tela impermeable, con una playera del mismo tono.

—¿No hay ropa interior? —preguntó.

—Creo que se le olvidó darnos porque está acostumbrada a ponernos pañales —dijo Bobby riendo.

Carcajeó Tom divertido.

—¿Podemos pasar? —preguntó Nicholas tocando la puerta.

—Sí, pasen —respondió Bobby.

Nari entró, desesperada por verlos, deteniéndose al instante y llevándose ambas manos a la boca ante la sorpresa por lo que contemplaba: dos hombres jóvenes y hermosos.

Los ojos miel del señor White eran los mismos que veía a diario, sólo que sin arrugas a los lados y con mucha más vida.

Su cabello blanco ahora era rubio y también era más alto.

Pero el imponente pelinegro a un lado la sorprendió demasiado: era mucho más alto que el rubio, musculoso, con un rostro masculino y unos ojos negros profundos, que seguían dándole la misma mirada de adoración de siempre al señor White, mostrando al mismo devoto señor Wood.

—¡Oh, por Dios, son guapísimos! —exclamó corriendo a abrazarlos a ambos mientras no podía dejar de llorar—. Me alegro tanto por ustedes.

—Gracias, Nari —expresó Bobby besándole la cabeza—.

Lo que están haciendo por nosotros es grandioso.

No tenemos palabras ni tendremos el tiempo suficiente para agradecerlo, pero lo estamos.

Estamos muy muy agradecidos. —Abrazó a la mujer por los hombros, mientras Tom a su lado asentía a sus palabras.

—Van a ayudarme mucho con sus muestras de ADN —afirmó Nicholas sacando un par de jeringas y unos tubos de ensayo de su maletín—.

Su sangre y piel nos ayudarán a corregir las fallas en el tratamiento para que podamos ayudar a las personas a futuro.

Por favor —dijo señalando a una silla junto a la puerta.

Tom se sentó de inmediato. Levantándole la manga de la chamarra, Nicholas limpió el área con algodón y, después, pinchó con una aguja, poniendo del otro lado el tubo de ensayo, que llenó de su sangre.

Al terminar con esa parte, cortó un mechón del cabello azabache del hombre, el cual colocó en otro tubo.

Para finalizar, con un bisturí cauterizador quitó un pequeño fragmento de piel en el hombro, colocando una bandita al final.

—Sanará rápido. No te preocupes —dijo al pelinegro, quien asintió.

Poniéndole el nombre del paciente a los tres tubos de ensayo, los colocó en una base y llamó al señor White para hacer lo mismo con él.