Capítulo 1
El ocaso era la parte favorita del viejo señor Robert White todos los días en el asilo de ancianos en el que se encontraba.
Ver la puesta de sol, ocultándose en el amplio jardín trasero de la propiedad, era magnífico.
Admirar cómo el mar al fondo iba engullendo, poco a poco, al astro rey para que la oscuridad comenzara a envolver el mundo. Tal como ocurría con su vida.
El sol de sus días empezaba a ocultarse, dándole paso a la oscuridad del cáncer, invadiendo su cuerpo desde hacía ya tres años.
Pero la mano que sostenía la suya en ese momento era lo único bueno de todo.
En la banca bajo el árbol de cerezo, y tomado de la mano del señor Wood, transcurrían sus días desde hacía quince años, cuando habían llegado allí.
Thomas Wood, su más grande amigo desde hacía ochenta años… Y su único gran amor .
Era una pena que hubiera desperdiciado toda una vida de felicidad a su lado.
Robert y Thomas se habían conocido en el jardín de niños un primero de septiembre de 1985 cuando el pequeño Thomas había sido presentado a la clase como el niño nuevo, quien, justamente, estaba cumpliendo años; su cumpleaños número cinco.
Robert, el hermoso rubio de ojos color miel, mofletes inflados y boquita esponjosa, que había llamado la atención del pelinegro, era sólo un par de meses mayor que él.
La maestra envió al pequeño Thomas a sentarse al lado del hermoso niño, quien le dio la más bella sonrisa, haciendo empequeñecer su hermosa y rasgada mirada.
—Hola, soy Robert —saludó la linda criatura.
—Hola, yo Thomas.
—¿Puedo decirte Tomy? —preguntó mirándolo con esos hermosos ojos que lo hipnotizaron al instante—. Puedes decirme Bobby. Sólo las personas especiales pueden hacerlo —añadió rápidamente—. Bueno, sólo mamá y papá me dicen así, y ahora tú también puedes hacerlo.
—Bobby —repitió el pelinegro—. Es lindo… Como tú.
La sonrisa que Bobby le dio le aceleró el pequeño corazón y fue suficiente para saber que quería esa sonrisa sólo para él.
Desde ese momento, se volvieron inseparables.
Pero en la secundaria experimentaron un sentimiento diferente, inquietante, que, definitivamente, iba más allá de la amistad… Algo muy parecido al amor.
Robert siempre supo que haría cualquier cosa por el pequeño pelinegro, que lo miraba con ojos de adoración y le seguía a todas partes como un cachorro; cualquier cosa menos salir del closet por él.
El machismo y la homofobia en los años noventa aún no estaban erradicados; no se veía con buenos ojos a las personas con gustos «diferentes».
Las familias de ambos chicos eran tradicionales y homofóbicas.
Bobby y Tom sabían que se amaban, pero nunca cruzaron esa línea imaginaria que ellos mismos se habían impuesto.
Jamás defraudaría a sus familias. Nunca harían algo que los condenara al infierno; el pecado de la homosexualidad era un pase directo a él, escuchaban en misa cada domingo, entre tantas otras cosas, como ser el hombre de la casa, la responsabilidad de casarse y tener hijos, etcétera.
Un beso fue todo lo que pudieron compartir en su adolescencia y encerraron sus sentimientos en una amistad… eterna y fiel.
Con lágrimas en los ojos, Thomas escuchó a su amigo y eterno amor informarle que debía casarse con Jenifer a los veintiún años porque la había embarazado; pero, aun así, aceptó, un año después, ser el padrino de su hijo.
Lo amaba. Adoraba a Robert y a su hijo por añadidura, y haría cualquier cosa por permanecer a su lado y cerca de él.
Dos años después, con un nudo en la garganta, Robert acompañó a Thomas al altar como su padrino de bodas cuando se casó con Lena.
Y, seis años después, estuvo para él, apoyándolo, cuando ella lo abandonó por otro hombre.
Así como Thomas estuvo para él cuando, dieciocho años después de casado, Robert enviudó debido al cáncer de ovario que Jenifer padeció.
Y, a pesar de encontrarse solos y ya en sus cuarentas, ambos hombres jamás se atrevieron a dar el paso; seguía siendo una época difícil, donde hubiesen sido juzgados y mal vistos.
Thomas jamás habría soportado que su ahijado, e hijo de Robert, despreciara a su padre debido a él.
Continuaron siendo «sólo amigos», a pesar del tiempo y las circunstancias.
Y cuando el hijo de Robert trajo a su padre al asilo justo después de que cumpliera los setenta años, Thomas, sin dudarlo, se mudó con él.
Thomas nunca tuvo hijos y no lo lamentaba; Robert había tenido uno, por quien lo había dado todo, y este le había pagado con el abandono cuando su padre se había vuelto una carga para él.
Ni siquiera tenía tiempo para venir a visitarlo.
Thomas había hecho una fortuna con un concesionario de motocicletas durante su vida productiva, logrando tener tres tiendas en diferentes partes de la ciudad.
Le había heredado en vida sus negocios y bienes a su único y querido sobrino, quien le pagaba su estadía del lugar desde hacía quince años y lo visitaba esporádicamente.
El atardecer era para ellos su tiempo favorito del día. Tomados de la mano, hablaban de que pronto llegaría el momento de despedirse el uno del otro, y diario se recordaban lo mucho que se amaban y se arrepentían de no haber vivido sus vidas y su amor con libertad.