Yo, un malentendido y él (Serie amores divertidos 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Algo cambió en Harold después de la visita de mi familia, algo pequeño que tardé unos días en identificar del todo: se volvió más callado, más ocupado, con excusas de trabajo que antes no habría necesitado inventar para explicar por qué no cruzaba el puente con la frecuencia habitual.

—¿Está bien? —le pregunté, la tercera vez que canceló una cena sin dar mucha explicación—. Lleva días raro.

—Estoy con el manuscrito. Ingrid quiere la entrega para enero.

—Ya entregó en enero el año pasado, y el anterior, y nunca le puso tan nervioso.

—Este año es distinto.

No insistí más esa noche, aunque la sensación de que algo no encajaba se instaló en mí con la misma insistencia con la que se había instalado, meses atrás, la sospecha sobre la carta de Ingrid.

Decidí, esta vez, no construir teorías completas sin preguntar antes, aunque la paciencia me costara bastante más de lo que había costado la primera vez.

•  •  •

Birdie lo notó también, porque en Silver Creek nadie pasaba desapercibido durante mucho tiempo.

—Harold lleva una semana entera sin aparecer por la tienda de Gus. Ni siquiera a por café.

—Dice que está muy ocupado con el manuscrito.

—Cariño, ese hombre ha entregado seis manuscritos desde que lo conozco, y ninguno lo ha tenido tan raro como este.

—¿Usted sabe algo que yo no sé?

Birdie se quedó callada más tiempo del habitual en ella, lo cual, viniendo de una mujer que normalmente no se guardaba ninguna opinión, resultó más inquietante que cualquier respuesta directa.

—No es mi lugar contarlo, si es que hay algo que contar. Pero le diría que no le dé demasiadas vueltas sola. Pregúntele directamente. Es lo que hicieron la última vez, y funcionó bastante bien, si mal no recuerdo.

Pasé el resto de esa tarde intentando concentrarme en la clase de repaso con Tyler, sin conseguirlo del todo, hasta que el propio chico me lo hizo notar con la franqueza brutal de los quince años.

—Está usted en otro planeta hoy.

—Perdona, Tyler. Es un día raro.

—¿Es por Harold? Mi madre dice que lleva días como ido, en la tienda de Gus.

—¿Tu madre también habla de esto?

—Todo el mundo habla de esto, profesora. Es un pueblo pequeño.

Terminé la clase antes de tiempo, con la excusa de un dolor de cabeza que no era del todo mentira, y decidí que ya había tenido suficiente especulación ajena por un solo día.

Pasé por la tienda de Gus de camino a casa, más por costumbre que por necesidad real, encontrándolo detrás del mostrador con la misma sonrisa cómplice de siempre, aunque esta vez se guardó cualquier comentario sobre Harold, algo tan raro en él que resultó, en sí mismo, otra pista más de que algo se estaba cociendo a mis espaldas sin que nadie quisiera contármelo directamente.

—¿Todo bien, Gus?

—Todo perfecto, profesora. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque lleva usted una semana entera sin hacer ningún comentario sobre mi vida privada, y eso, viniendo de usted, resulta más sospechoso que cualquier chisme que pudiera soltar.

—A veces lo mejor que puede hacer un hombre es quedarse callado y dejar que las cosas sucedan solas.

No insistí más, aunque la sensación de que todo el pueblo sabía algo que a mí se me escapaba me acompañó el resto del camino a casa, con el frío mordiéndome las mejillas y una impaciencia creciente que ya no sabía cómo calmar sola.

•  •  •

Fui a la cabaña esa misma tarde, sin excusa ni pan ni café de más, dispuesta a preguntar de frente en lugar de dejar que la imaginación construyera, otra vez, una historia sin cimientos.

El camino hasta el puente se me hizo más largo de lo habitual, con el frío calándome menos que la propia ansiedad de no saber qué me iba a encontrar al otro lado.

Pensé en Marcos, en las semanas antes de que todo se derrumbara, en las señales que había preferido ignorar entonces por miedo a confirmar lo que ya sospechaba.

Me prometí, cruzando el puente, que esta vez no iba a repetir el mismo error: fuera lo que fuera lo que Harold estuviera escondiendo, prefería saberlo de una vez a seguir imaginando versiones cada vez peores en soledad.

Harold tardó en abrir, como siempre, y cuando lo hizo tenía el pelo revuelto y unas ojeras que no le había visto antes.

—¿Puedo pasar?

—Claro.

La mesa de trabajo estaba más desordenada de lo habitual, con fichas esparcidas sin ningún orden aparente, y sobre una de ellas, boca abajo, había algo que parecía un sobre pequeño, del tipo que no se usa normalmente para cartas.

—Harold. Necesito preguntarle algo directamente, sin rodeos, porque la última vez que inventé una historia sola me costó una semana entera de vergüenza.

—Adelante.

—¿Está pasando algo entre nosotros que yo no sepa? ¿Se está alejando de mí?

Se quedó callado un momento, con una expresión que pasó por varias fases distintas antes de asentarse en algo parecido al alivio, como si llevara días esperando exactamente esa pregunta sin saber cómo provocarla él mismo.

—No me estoy alejando. Todo lo contrario.

—Entonces explíqueme por qué lleva una semana evitando a todo el mundo, incluida yo.

Cogió el sobre pequeño de la mesa, lo sostuvo un momento entre los dedos, y por fin me lo tendió sin decir nada, con una torpeza que contrastaba con la precisión metódica con la que hacía absolutamente todo lo demás.

Dentro había un anillo. Sencillo, sin ninguna piedra grande, con un grabado diminuto por dentro que no alcancé a leer hasta que lo saqué del todo a la luz de la ventana: dos palabras en alemán que no reconocí.

—¿Qué significa?

—"Quédate aquí." Es lo que dice el poema del invierno, la última línea, la que más me costó traducir bien.

Llevo desde que volví de Múnich intentando decidir cuándo y cómo dárselo, y cada día que pasaba me parecía peor idea que el anterior, hasta que he terminado encerrado aquí una semana entera, paralizado por algo que se supone que debería ser sencillo.

—¿Por eso estaba tan raro?

—Estaba aterrorizado, Diana. No de que dijera que no.

De que dijera que sí, y de que luego se diera cuenta de que esto —señaló la cabaña, el pueblo entero al otro lado de la ventana— no es suficiente para alguien que ha sido profesora de filosofía, que ha vivido en ciudades de verdad, que podría tener una vida mucho más grande que esta en cualquier otro sitio.

—¿De verdad ha pasado una semana entera pensando eso?

—He pasado una semana entera escribiendo y rompiendo la misma frase quince veces distintas, sí. Traduzco poemas para ganarme la vida y no conseguía encontrar tres palabras propias que sonaran bien.

—¿Y cuáles encontró al final?

Se quedó callado, con el sobre todavía en la mano, y por un momento pensé que iba a volver a esconderse detrás de alguna evasiva, hasta que habló, con una voz más baja de la que le había oído usar nunca.

—No encontré ninguna que me convenciera del todo. Así que decidí enseñarle esto en lugar de decir nada, y esperar que el anillo hablara mejor que yo.

Me acerqué, le quité el sobre vacío de la mano temblorosa, y le sostuve la cara entre las manos un momento, obligándolo a mirarme directamente antes de contestar.

—Esta vida ya es lo bastante grande, Harold.

Es más grande que la que tenía en Florida, con todo lo que allí parecía importante y que aquí no significa absolutamente nada.

Deje de decidir por mí lo que necesito para ser feliz.

Eso ya lo decido yo sola, y llevo semanas decidiéndolo sin que hiciera falta ningún anillo para confirmarlo.

—Entonces, ¿qué dice?

—Digo que sí, evidentemente. Aunque va a tener que aprender a pedirlo con menos angustia la próxima vez que necesite algo de mí.

Se rió, con una risa temblorosa que se le mezclaba con algo mucho más parecido al llanto, y me puso el anillo con manos que todavía no habían dejado de temblar del todo, mientras fuera empezaba a nevar otra vez, fino y silencioso, contra el cristal de la única ventana grande de la cabaña.

—Birdie va a estar insoportable cuando se entere.

—Birdie ya lo sabe, probablemente, antes de que hayamos terminado de decirlo en voz alta.

No se equivocaba. Cuando salimos de la cabaña, ya de noche, encontramos a Birdie sentada en el porche de su propia casa, al otro lado del puente, con un táper de guiso preparado de antemano y una sonrisa que dejaba claro que llevaba toda la tarde esperando exactamente esa noticia.

—¿Y bien?

—Nos casamos, Birdie.

—¡Lo sabía! —Se levantó de un salto para su edad, con una agilidad que desmentía sus treinta y un años de residencia en el pueblo, y nos abrazó a los dos a la vez, con el táper todavía en una mano—.

Se lo dije a Gus hace un mes. Le dije: ese hombre va a pedirle matrimonio antes de que acabe el invierno, y él me dijo que estaba loca.

—¿Y qué apostaron esta vez?

—Cincuenta dólares. Que ya son setenta contando lo del embarcadero. A este paso, Gus me va a terminar pagando la boda entera con lo que pierde apostando contra nosotros dos.

Nos hizo pasar, a pesar del frío y de la hora, y nos sirvió el guiso que llevaba preparado como si hubiera sabido, con esa certeza tranquila que la caracterizaba desde el primer día, que esa noche iba a necesitarse una celebración improvisada antes de que llegara la oficial.

—¿Se lo han dicho ya a Gus?

—Todavía no. Íbamos a esperar a mañana.

—Ni hablar. Vamos ahora mismo. Ese hombre lleva semanas apostando en contra sin saber que ya había perdido, y no pienso dejarle disfrutar de una noche más de ignorancia.

Nos arrastró literalmente hasta la tienda, que a esas horas ya estaba cerrada, y golpeó la puerta trasera con una insistencia que solo Birdie podía permitirse sin resultar maleducada.

Gus abrió en pijama, con cara de sueño, y cuando escuchó la noticia soltó una carcajada que despertó, según nos confesaría al día siguiente, a media manzana entera.

—¡Lo sabía! Bueno, no lo sabía, apostaba lo contrario, pero en el fondo siempre lo supe.

—Eso no tiene ningún sentido, Gus.

—Tiene todo el sentido del mundo a las once de la noche. Páguenme setenta dólares y déjenme volver a dormir, par de tortolitos.