Capítulo 15
La noticia corrió por Silver Creek con la velocidad que Birdie siempre había prometido, y antes de que terminara la semana ya tenía tres ofertas distintas para organizar la boda, todas de mujeres que apenas conocía y que actuaban como si llevaran meses esperando la excusa.
—La iglesia es lo único con espacio suficiente —decía Nancy, con una libreta donde ya había empezado a apuntar cosas sin que nadie se lo hubiera pedido—. Y hay que hacerlo antes de que el deshielo complique los caminos. Marzo, como mucho.
—No tenemos ninguna prisa, Nancy.
—Usted no tiene prisa. El pueblo entero sí. Llevamos dos meses esperando una boda de verdad, no solo un compromiso.
Decidimos, entre risas y cierta resignación feliz, dejar que el pueblo se encargara de gran parte de la organización, en parte porque ninguno de los dos tenía experiencia en ese tipo de cosas, y en parte porque resultaba imposible negarle a Silver Creek entero la oportunidad de participar en algo que, según Gus, "no pasaba desde que su propio hijo se casó, hacía ya once años".
Nancy se encargó también de las invitaciones, que resultaron ser menos una lista formal y más un anuncio pegado en la puerta de la tienda de Gus y otro en el tablón de la oficina de correos, porque, según ella, "en un pueblo de cuatrocientos habitantes, invitar formalmente a la mitad y no a la otra mitad sería un desastre social del que no nos recuperaríamos en años".
—¿Y si viene gente que ni conocemos? —le pregunté, mirando el anuncio manuscrito con cierta preocupación.
—Aquí no hay gente que no se conozca, cariño. Solo hay gente con la que todavía no ha coincidido usted en la tienda de Gus.
Earl se ofreció a llevar en su camioneta a quien no tuviera transporte propio hasta la iglesia, algo que Nancy calificó de "el gesto más romántico que Earl ha hecho en su vida entera, y probablemente el único", y hasta el veterinario Doug, que solo bajaba al pueblo dos veces al mes, prometió reorganizar su calendario entero para no perderse la ceremonia.
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Llamé a mi madre esa misma noche, con cierto nerviosismo que no esperaba sentir a mis cuarenta y tres años.
—Mamá, me caso.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea que duró más de lo cómodo, hasta que por fin habló, con una voz que no reconocí del todo.
—¿Estás segura?
—Más segura que de nada en mi vida entera, incluida la primera boda.
—Entonces me alegro, Diana. Y quiero ir. Aunque tenga que aguantar ese frío otra vez.
—¿Vendrás tú sola?
—Vendremos todos. Tu padre incluido, aunque proteste todo el vuelo.
Colgué con una sensación cálida que no tenía nada que ver con la estufa de leña, pensando que quizá el distanciamiento con mi familia no había sido nunca tan profundo como había temido, sino solo una versión torpe de un cariño que ninguno de nosotros había sabido expresar bien hasta que la distancia obligó a intentarlo de otra manera.
Renata, por su parte, recibió la noticia con un grito tan fuerte que tuve que apartarme el teléfono de la oreja.
—¡Te dije que era información útil, lo de los celos!
—No me dijiste que terminaría en boda, Renata.
—No hacía falta decírtelo. Se notaba desde el primer mensaje sobre el mapache.
—¿El mapache tuvo algo que ver con esto?
—El mapache lo tuvo todo que ver, Diana. Cualquiera que le escriba a una amiga preocupada por la vida sentimental de un mapache ajeno ya está más enamorada de lo que está dispuesta a admitir.
No pude rebatirle eso, así que no lo intenté, y quedamos en que vendría a la boda con tiempo suficiente para ayudar con lo que hiciera falta, aunque las dos sabíamos que lo que de verdad quería era comprobar con sus propios ojos que Harold era tan real como sonaba en mis mensajes.
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Los preparativos avanzaron con la eficiencia caótica propia de un pueblo de cuatrocientos habitantes acostumbrado a resolver sus propios problemas sin depender de nadie de fuera.
Birdie se encargó de la comida, reclutando a media docena de mujeres para preparar guisos y panes en cantidades industriales.
Gus prometió cerrar la tienda ese día entero, algo que según Nancy no había hecho ni siquiera cuando enterraron a su propia madre.
Walt, por supuesto, insistió en tocar la guitarra, y esta vez nadie tuvo el valor de decirle que no.
—Necesito un vestido —le dije a Birdie, una tarde de enero, mientras revisábamos catálogos que Nancy había impreso desde la única conexión decente del pueblo, en la oficina de correos.
—Tenía uno guardado, de cuando se casó mi hija. Le queda grande de hombros, pero eso se arregla con dos puntadas.
—¿Me está ofreciendo el vestido de boda de su hija?
—Le estoy ofreciendo un vestido perfectamente bueno que lleva quince años guardado en un armario sin que nadie lo use. Es una tontería comprar uno nuevo por correo cuando tenemos uno aquí mismo esperando a alguien de su talla.
El vestido, cuando por fin me lo probé, resultó ser sencillo, de un blanco ya ligeramente amarillento por el paso del tiempo, con un encaje en las mangas que Birdie insistió en que no se tocara "porque lo cosió mi propia madre, y esas puntadas no se repiten ya".
—¿Y su hija no lo necesita? —pregunté, mirándome en el espejo pequeño y algo torcido del dormitorio de Birdie.
—Mi hija se divorció de ese vestido hace ocho años, junto con el marido que venía incluido. Prefiere no verlo nunca más, así que hace un favor a todo el mundo dejando que usted le dé un uso más feliz.
—Eso no suena muy alentador para un vestido de boda.
—Cariño, un vestido no trae mala suerte. La mala suerte la traen las personas que lo llevan puesto, y usted no tiene pinta de traer ninguna.
Renata llegó tres días antes de la ceremonia, con una maleta pensada para cualquier clima menos el que se encontró nada más bajar de la avioneta, y con una expresión de incredulidad total ante el paisaje que no perdió en toda la visita.
—Esto es precioso, Diana. Y absolutamente aterrador al mismo tiempo.
—Te acostumbras. Yo también pensaba que era de otro planeta al principio.
—¿Y el famoso Harold?
Se lo presenté esa misma tarde, y Renata, que llevaba meses siguiendo la historia entera a través de mensajes de texto, lo estudió con una curiosidad tan descarada como la que había usado mi madre semanas antes, aunque con bastante menos disimulo.
—Así que tú eres el del mapache.
—Empiezo a sospechar que ese animal va a terminar teniendo más protagonismo en esta historia que yo mismo.
—Ya lo tiene, cariño —le dijo Renata, dándome una palmada en el hombro—. Ya lo tiene desde hace meses.
—Está preciosa —dijo Birdie, con los ojos brillantes de un modo que no le había visto antes—. Susan estaría orgullosa, si pudiera verla.
—Apenas la conocí.
—Ya lo sé, cariño. Pero le dejó su casa a la única sobrina que se atrevió a empezar de cero, sin saber lo que se encontraría. Eso dice más de lo que usted cree sobre lo que Susan habría pensado de esta boda.
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Harold, mientras tanto, se ocupaba de una tarea que había insistido en hacer solo: traducir, del alemán al inglés y luego al español, un poema entero para leerlo en la ceremonia, algo del mismo autor que llevaba dos años ocupando sus cuadernos.
Lo encontré una tarde, sentado a la mesa de la cabaña, rodeado de al menos seis versiones distintas del mismo verso, tachadas y reescritas con esa letra pequeña y apretada que ya reconocía como suya sin necesidad de firma.
—¿Cuántas versiones lleva ya?
—Perdí la cuenta después de la quinta. El problema no es el alemán. El problema es que en español algunas palabras significan casi lo mismo, pero "casi" no es suficiente para lo que quiero decir con esto.
—¿Puedo ayudar?
—No. Esta la tengo que encontrar yo solo. Es lo único de esta boda entera que quiero hacer sin que nadie del pueblo meta la mano, con todo el cariño que les tengo a todos ellos.
Me reí, porque tenía razón: entre Birdie, Nancy, Gus y Walt, apenas quedaba un solo detalle de la ceremonia que no llevara ya la huella de alguien más que nosotros dos.
—¿Por qué en español? —le pregunté, la única vez que me dejó ver un fragmento antes de terminarlo del todo.
—Porque usted da clases de filosofía en inglés pero piensa, según me ha dicho más de una vez, mejor en español cuando está realmente conmovida. Quiero que lo entienda con el idioma que de verdad le llega, no con el que le sirve para el día a día.
Fue, sin ninguna duda, el gesto más romántico que nadie me había hecho en toda mi vida, y no le dije nada de eso en el momento, porque me temblaba demasiado la voz para intentarlo sin ponerme a llorar delante de él antes de tiempo.