Yo, un malentendido y él (Serie amores divertidos 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Carol llamó a principios de diciembre con una pregunta que no esperaba de ella.

—¿Podemos ir a verte? Mamá también quiere venir.

—¿A Alaska? ¿En pleno invierno?

—Mamá dice que si tú puedes sobrevivir ahí, ella puede aguantar una semana de visita.

Colgué con una mezcla de pánico y algo parecido a la ilusión, dos sensaciones que no había esperado sentir juntas por la misma noticia. Se lo comenté a Harold esa misma tarde, mientras él cortaba leña en mi porche con la misma eficiencia metódica de siempre.

—Mi hermana y mi madre vienen a pasar unos días. Antes de Navidad.

—¿Y eso la pone nerviosa?

—Me pone nerviosa que las vean vivir en una casa con estufa de leña y un mapache de mascota no oficial. Me pone nerviosa que la vean a usted.

Dejó el hacha apoyada contra el tocón y se giró, con una expresión que no supe leer del todo.

—¿Por qué le pone nerviosa eso?

—Porque mi madre tiene una opinión sobre todo, y esa opinión suele llegar antes de que le dé tiempo a conocer los hechos.

—Entonces tenemos algo en común. Yo hice exactamente lo mismo con usted el día del acantilado.

Eso me hizo reír, aunque el nudo en el estómago no desapareció del todo.

•  •  •

Llegaron un martes, con tres maletas para una semana y una expresión de mi madre que dejaba claro que había subestimado gravemente lo que significaba "frío de verdad".

—Diana, esto es inhumano.

—Mamá, llevas cinco minutos fuera del aeropuerto.

—Cinco minutos suficientes para saber que jamás en la vida podría vivir aquí.

—Nadie te ha pedido que vivas aquí. Te he pedido que la visites.

Gus insistió en que probaran el salmón ahumado de la tienda nada más llegar, con la excusa de que "nadie entiende Alaska sin probarlo primero", y mi madre, después de la primera reticencia, se comió tres trozos seguidos sin ningún comentario negativo, algo que en ella equivalía a una ovación entera.

—Está bueno —admitió, limpiándose los dedos con una servilleta—. No pensaba admitirlo, pero está bueno.

—Nadie te ha pedido que lo admitas, mamá. Solo que lo comas.

—Diana, déjame tener mis pequeñas victorias de orgullo. Son lo único que me queda después de un vuelo de nueve horas y una avioneta que ha dado más bandazos de los que ninguna aseguradora debería permitir.

Carol, más pragmática, se limitó a mirar la casa de la tía Susan con una curiosidad genuina, tocando las paredes de madera, asomándose a la ventana de la cocina, comprobando el estado de la estufa con un respeto que no esperaba de ella.

—Es bonita, Diana. De verdad.

—Gracias.

—Y pareces distinta. Más tranquila.

No tuve tiempo de contestar, porque mi madre ya había encontrado la foto de la tía Susan con el salmón del tamaño de su propio brazo y estaba, según sus propias palabras, "necesitando sentarse un momento para procesar ese tamaño de pez".

•  •  •

Presenté a Harold esa misma noche, en una cena que Birdie insistió en organizar en su propia casa, "porque la cocina de Diana no tiene sitio para tanta gente y menos aún tanto drama contenido".

Mi madre lo estudió durante toda la cena con la misma atención de inventario que Birdie había usado conmigo el primer día, y Harold, para mi sorpresa, aguantó el escrutinio con una paciencia que no le conocía en situaciones sociales.

—¿A qué se dedica exactamente? —preguntó mi madre, cortando el estofado de alce con la misma precisión con la que mi padre había cortado el pollo meses atrás, en otra cena, en otra vida.

—Traduzco libros. Del alemán al inglés, sobre todo.

—¿Y eso da dinero?

—Mamá.

—Es una pregunta legítima, Diana.

—Da lo suficiente para vivir en un pueblo donde nadie paga alquiler y donde el mayor gasto es la leña —contestó Harold, sin ninguna irritación en la voz, lo cual pareció desarmar a mi madre más que cualquier respuesta defensiva—. No es una vida de lujos, señora. Pero es una vida honesta.

—Eso ya es más de lo que puedo decir de la última persona que salió con mi hija.

Fue lo más parecido a un cumplido que mi madre le había hecho a nadie en años, y Harold lo recibió con un movimiento de cabeza tan discreto que casi nadie más en la mesa lo notó, excepto yo, que llevaba ya semanas aprendiendo a leer cada uno de sus gestos pequeños como si fueran un idioma aparte.

Mi padre, más callado durante toda la cena, esperó al postre para hacer su propia pregunta, la única que de verdad parecía importarle.

—¿La trata bien?

—Lo intento cada día, señor. Algunos días me sale mejor que otros.

—Esa es la respuesta correcta. Cualquiera que diga que la trata bien siempre, sin excepción, está mintiendo o no presta suficiente atención.

Fue el comentario más largo que mi padre había hecho en toda la cena, y me pareció, viniendo de él, casi tan significativo como el propio cumplido de mi madre.

•  •  •

Al día siguiente, Earl se ofreció a llevar a Carol y a mi madre en el trineo que guardaba para emergencias, con la excusa de enseñarles "el pueblo desde la perspectiva correcta", aunque sospecho que en realidad quería presumir del trineo delante de alguien nuevo.

Mi madre se subió con una desconfianza absoluta, sujetándose con ambas manos al lateral, y para cuando Earl arrancó a media velocidad por el camino nevado que bordeaba el fiordo, ya estaba gritando de un modo que oscilaba, de forma bastante confusa, entre el terror y la diversión más pura.

—¡Diana, esto es una locura!

—¡Ya te lo había dicho, mamá!

—¡No me dijiste que fuera tan rápido!

Carol, detrás de ella, se reía con una libertad que no le veía desde que éramos adolescentes, con el pelo suelto al viento y las mejillas rojas de frío, gritándole a Earl que fuera todavía más rápido, algo que mi madre desmintió inmediatamente a gritos también.

Cuando por fin volvieron, las dos con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada de la risa, mi madre se bajó del trineo declarando, con una solemnidad que no encajaba nada con el desastre de pelo que llevaba, que aquello había sido "la cosa más terrorífica y maravillosa" que había hecho en años.

—¿Ves, mamá? Alaska no es tan terrible.

—No he dicho que Alaska sea terrible, Diana. He dicho que el trineo de ese hombre debería tener algún tipo de licencia especial.

Esa noche, mientras preparaba la cena, mi padre se acercó a la cocina con una excusa tan floja como las que solía usar Harold, cargando dos troncos que no hacían ninguna falta.

—Pensé que necesitarías más leña.

—Tengo suficiente leña, papá.

—Ya lo sé. Quería una excusa para hablar contigo a solas, y esta es la única que se me ha ocurrido de camino.

Me sequé las manos en el paño de cocina, sorprendida, porque mi padre nunca había sido de los que buscaban conversaciones a solas por iniciativa propia.

—¿Qué pasa?

—Nada pasa. Solo quería decirte que me alegro de que te fueras. En su momento no lo entendí, y puede que ni siquiera lo dijera bien delante de tu madre, pero ahora que te veo aquí, entiendo que hiciste lo correcto marchándote de Florida.

—Gracias, papá.

—No hace falta que me des las gracias. Solo quería decírtelo antes de irme, por si tardo en encontrar otra excusa tan buena como la leña.

Se quedó un momento más en la cocina, sin decir nada, observando cómo yo terminaba de remover la olla, y antes de salir dejó los dos troncos junto a la estufa, con el mismo cuidado silencioso con el que Harold solía dejar las cosas en su sitio, como si esos dos hombres, sin conocerse apenas, compartieran alguna forma particular de decir las cosas importantes sin usar demasiadas palabras.

•  •  •

Los días siguientes transcurrieron mejor de lo que había temido.

Carol se apuntó a una de mis sesiones de repaso con Tyler y los otros chicos, y salió de allí con una opinión completamente nueva sobre lo que yo hacía con mis tardes, algo parecido a la admiración que nunca había mostrado por mi trabajo en la universidad.

—No sabía que dabas clases así. De verdad, quiero decir, no solo para cumplir un horario.

—En Florida también las daba así, Carol. Solo que allí nadie tenía tiempo de notarlo entre tanto papeleo.

Mi madre, por su parte, se instaló en el sofá junto a la estufa con el cuaderno de anotaciones de la tía Susan, que había encontrado sin que yo se lo enseñara, y pasó una tarde entera leyendo sobre años de cosecha, patos cazados y anotaciones sobre el clima que la propia Susan había ido dejando durante décadas.

—Nunca la conocí de verdad —dijo mi madre, sin levantar la vista del cuaderno—. Era la hermana de mi padre. Discutieron por algo relacionado con una herencia, hace mucho, y nunca volvieron a hablarse.

—¿Y por eso nunca vinisteis a visitarla?

—Por eso, y por el orgullo, que en esta familia se hereda mejor que cualquier otra cosa.

Fue la primera vez que mi madre admitía, en voz alta, algo parecido a un defecto propio, y me pregunté si el frío de Alaska tenía alguna propiedad especial para ablandar a la gente, o si simplemente hacía falta la distancia suficiente de Florida para que las palabras salieran con menos resistencia.

La noche antes de que se marcharan, Harold vino a cenar de nuevo, sin la excusa de ninguna reunión organizada por Birdie, y por primera vez lo vi relajado del todo delante de mi familia, riéndose con Carol de una anécdota sobre Walt y sus canciones de salmones, dejando que mi madre le preguntara sobre Alemania sin poner ninguna reserva en las respuestas.

—Me alegro por ti, Diana —dijo Carol, en el aeropuerto de tierra al día siguiente, mientras esperábamos la avioneta con el frío mordiéndonos las mejillas—. De verdad. No te había visto así en años.

—¿Así cómo?

—Como alguien que ya no está esperando que la vida mejore. Como alguien a quien ya le está mejorando de verdad.

Las abracé a las dos, más fuerte de lo habitual, y las vi subir a la avioneta con una sensación extraña en el pecho, mezcla de tristeza por su marcha y de alivio por poder volver, por fin, a la tranquilidad de mi propia vida en Silver Creek, sin necesidad de explicarle a nadie por qué la había elegido.

Harold me esperaba en el camino de vuelta, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa suya que ya no intentaba disimular delante de nadie.

—¿Cómo ha ido la despedida?

—Mejor de lo que esperaba. Mi padre casi me dice algo bonito, y mi madre admitió que el salmón ahumado estaba bueno. Para ser mi familia, es prácticamente un milagro.

—Entonces ha sido un buen viaje, en general.

—Ha sido el mejor viaje familiar que recuerdo en años, aunque solo haya durado una semana entera de nervios constantes.

Caminamos juntos de vuelta a casa, con el sol ya bajo sobre las montañas y el frío de última hora de la tarde calándonos despacio, sin ninguna prisa por llegar, disfrutando simplemente de tener, por fin, todo el pueblo y todo el invierno por delante sin ninguna visita pendiente que gestionar.