Yo, un malentendido y él (Serie amores divertidos 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

La fiesta de la cosecha de invierno —así la llamaba todo el pueblo, sin que nadie me explicara nunca por qué se celebraba una cosecha en pleno noviembre, con la tierra ya congelada— se organizó en el salón de la iglesia, el único edificio con suficiente espacio para meter a los cuatrocientos habitantes que decidieran presentarse.

Birdie se presentó en mi casa dos horas antes, con un neceser entero de maquillaje que yo no sabía que existía en todo Silver Creek, y se instaló en mi cocina como si fuera su propio salón de belleza particular.

—No necesito ayuda para arreglarme, Birdie.

—Todo el mundo necesita ayuda para arreglarse cuando lleva seis meses sin maquillarse más que para ir a la tienda de Gus. Siéntese.

Me senté, sin mucha opción de negociar, y dejé que Birdie me pintara los labios con un tono que ella misma calificó de "decente sin resultar escandaloso para este pueblo", mientras me contaba, sin que se lo pidiera, la historia de al menos tres parejas del pueblo que se habían formado en fiestas exactamente iguales a esta.

—¿Y todas siguen juntas?

—Dos de tres. La tercera se separó, pero por motivos de pesca, no de amor. Aquí la pesca rompe más matrimonios que cualquier otra cosa.

—¿Y si no viene? —pregunté, mientras Birdie me ajustaba un mechón rebelde con un pasador que probablemente llevaba en su neceser desde los años ochenta.

—Vendrá.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque desde que volvió de Múnich no ha hablado con nadie del pueblo más que para preguntar, con disimulo bastante torpe para alguien que se dedica a las palabras, si usted pensaba venir esta noche.

Sentí algo cálido instalarse en el pecho, una sensación que llevaba semanas visitándome cada vez con más frecuencia y que ya no me molestaba en fingir que no reconocía.

Fui con un vestido que no había tenido ocasión de estrenar desde Florida, guardado en el fondo de una maleta que ya casi había olvidado que existía, y Birdie, al verme entrar en el salón de la iglesia, soltó un silbido que atrajo más miradas de las que a mí me habría gustado.

—Esta noche va a pasar algo —anunció, con la misma certeza con la que anunciaba el parte meteorológico.

—No va a pasar nada, Birdie.

—Ya veremos.

Harold llegó tarde, como siempre, con una camisa que no le había visto antes y el pelo todavía húmedo, como si se hubiera arreglado con más cuidado del habitual y no quisiera que nadie lo notara.

Se quedó junto a la puerta un momento, buscando algo con la mirada entre la gente, hasta que me encontró a mí, y algo en su expresión se relajó de un modo que ya no intentaba disimular ante nadie del pueblo.

—Está usted distinta esta noche.

—Es el vestido. Hacía meses que no me lo ponía.

—No es el vestido.

No supe qué contestar a eso, y por suerte no tuve que hacerlo, porque Walt volvió a subirse a un escenario improvisado con la misma guitarra desafinada de la hoguera, anunciando que esta vez tocaría algo "más romántico, para la ocasión", lo cual resultó ser la misma canción de los salmones con la letra ligeramente modificada.

Bailamos, torpemente al principio, con la distancia prudente que se guarda cuando todavía no se ha dicho nada en voz alta.

—No sabía que bailaba —dije, sorprendida de que sus pasos, aunque rígidos, siguieran el ritmo con más soltura de la que esperaba de un hombre que se pasaba el día entero encorvado sobre un cuaderno.

—No bailo. Esto es lo más parecido a bailar que consigo hacer sin pisarla.

—Va bastante bien, para no bailar.

—Tengo motivación esta noche.

Nos movimos con menos distancia después de eso, mientras Walt desafinaba una segunda canción y el pueblo entero fingía, con muy poco esfuerzo, no estar mirándonos.

—Tengo que decirle algo —dijo Harold, cuando la música bajó de volumen y la gente empezó a dispersarse hacia las mesas de comida—. Y no sé cómo se dice bien, así que lo diré mal, si no le importa.

—Adelante.

—Llevo dos meses diciéndome que esto es solo curiosidad.

Que usted es nueva, que el pueblo es pequeño, que cualquier cosa nueva llama la atención en un sitio donde nunca pasa nada.

Pero volví de Múnich pensando en usted más de lo que he pensado en nadie en cuatro años, y ya no sé cómo seguir llamando curiosidad a algo que se parece bastante más a otra cosa.

El corazón me golpeaba en el pecho con una fuerza que no sentía desde hacía años, quizá desde antes de Marcos, quizá desde antes de que hubiera aprendido a desconfiar de esa misma sensación.

—Yo tampoco sé cómo llamarlo —dije—. Pero llevo semanas guardando notas suyas en un cuaderno como si fueran pruebas de algo que todavía no me atrevía a nombrar.

—¿Qué cuaderno?

—El de la tía Susan. La sección de los años buenos de cosecha.

Se rió, bajo, casi para sí mismo, y se acercó un poco más, con las manos todavía un poco alzadas, como si necesitara permiso incluso ahora.

—¿Puedo?

—Lleva dos meses salvándome de acantilados, hielo y estufas de leña. Creo que ya se ha ganado el permiso.

Me besó despacio, sin la torpeza de dos personas que se conocen mal, sino con la seguridad tranquila de dos personas que llevaban semanas construyendo, sin decirlo, exactamente ese momento.

Alrededor, el salón entero de la iglesia estalló en un aplauso espontáneo que no dejaba ninguna duda sobre quién había estado observando, y Birdie, en algún punto entre la multitud, gritó algo sobre haberlo sabido "desde el primer día del acantilado" que nadie más pudo confirmar del todo.

Nos separamos entre risas, con las caras encendidas de vergüenza y de algo mucho más cálido que la vergüenza, y Harold me cogió de la mano sin ningún disimulo, delante de todo el pueblo que llevaba dos meses esperando exactamente esa escena.

—Esto va a estar en boca de todo Silver Creek antes de que amanezca.

—Ya lo sabía antes de besarla. Lo he hecho de todas formas.

Gus se acercó con dos vasos de algo que olía sospechosamente a más alcohol del anunciado, y nos los puso en las manos sin que nadie se los hubiera pedido.

—Invita la casa. Llevo apostando con Nancy desde el día del embarcadero que esto acabaría pasando antes de Navidad.

—¿Cuánto se apostaban?

—Veinte dólares. Y yo he ganado, así que están ustedes obligados moralmente a seguir juntos, para que no parezca que gané con trampas.

Nos reímos los dos, con esa risa floja de quien acaba de vivir algo demasiado grande para el tamaño del pueblo que lo rodea, y Nancy, desde el otro lado del salón, levantó su propio vaso en un brindis silencioso que no necesitaba palabras para entenderse.

Walt se acercó también, con la guitarra todavía colgada del hombro, y hasta él, que llevaba toda la noche fingiendo estar demasiado ocupado con su repertorio para prestar atención a nada más, tuvo un comentario que añadir.

—Le voy a componer una canción a esto. Con rima entre "hielo" y "cielo". Ya verá.

—Prefiero que no, Walt.

—Nadie prefiere nunca mis canciones al principio. Luego todos las cantan igual.

Se alejó satisfecho, sin esperar respuesta, y Harold, todavía con mi mano en la suya, negó con la cabeza con una expresión que dejaba claro que ya se había resignado, después de cuatro años en el pueblo, a que Walt terminara componiendo canciones sobre absolutamente todo lo que pasara en Silver Creek digno de mención.

Salimos al porche de la iglesia a tomar aire, dejando atrás el ruido y el calor acumulado de tanta gente junta, y nos quedamos allí un rato, envueltos en el frío de noviembre, mirando cómo el vaho de nuestra propia respiración se mezclaba en el aire entre los dos.

—Mi madre me ha preguntado por usted —dije—. Por teléfono, hace unos días.

—¿Y qué le ha contado?

—Que es la persona más honesta que he conocido en mi vida, incluida yo misma la mayoría de los días.

Harold se quedó callado un momento, con esa expresión suya que ya empezaba a reconocer como la de alguien conmovido que no sabe muy bien cómo mostrarlo sin que le resulte incómodo.

—Es la cosa más bonita que me han dicho en cuatro años.

—Pues empiece a acostumbrarse, porque no pienso ser tan parca con los cumplidos como usted.

—Yo no soy parco con los cumplidos. Soy selectivo.

—Es la misma cosa con mejor nombre.

Volvimos a entrar cuando el frío empezó a calarnos de verdad, con las manos todavía entrelazadas, y el resto de la noche transcurrió entre bailes torpes, más brindis de Gus, y las miradas satisfechas de un pueblo entero que llevaba dos meses esperando exactamente ese desenlace sin decírmelo directamente a la cara.

Cuando por fin la gente empezó a despedirse, ya pasada la medianoche, Birdie se acercó una última vez, con el abrigo puesto y una sonrisa que resumía mejor que ninguna palabra todo lo que había ocurrido esa noche.

—Se lo dije el primer día, cariño. En cuanto la vi bajar de esa camioneta con cara de ciudad, supe que este pueblo iba a hacerle algo bueno.

—No dijo nada parecido el primer día, Birdie. Dijo que tenía cara de ciudad y me preguntó si sabía cazar.

—Es lo mismo, si sabe leer entre líneas.

•  •  •

Caminamos de vuelta juntos, muy tarde, bajo un cielo despejado por primera vez en semanas, con estrellas que en Florida jamás había visto con tanta nitidez, y una aurora débil y verde ondulando muy lejos, sobre las montañas, como si el propio cielo hubiera decidido participar de la fiesta.

—¿Se queda a vivir aquí de verdad? —preguntó Harold, deteniéndose frente a mi porche—. ¿O esto es solo un invierno de transición antes de volver a algún sitio con más sol?

—Llevo semanas sin pensar en volver a ningún sitio.

—Eso no es lo mismo que decidir quedarse.

—Harold. —Le sostuve la mano un momento, buscando las palabras exactas, tan poco acostumbrada a decir en voz alta lo que de verdad pensaba—.

Me quedo. No por usted, aunque usted ayude bastante.

Me quedo porque aquí, por primera vez en años, sé exactamente quién soy sin que nadie tenga que decírmelo.

—Va a hacer frío este invierno —dijo Harold, todavía con mi mano entre las suyas, sin ninguna prisa por soltarla—. El de verdad. El que no perdona a los que llegan sin saber encender una estufa.

—Ya sé encender una estufa. Usted mismo me lo enseñó.

—Ya lo sé. Se lo estoy recordando de todas formas.

—¿Va a seguir recordándomelo todo el invierno?

—Es posible. Si me deja.

—Puede que sí le deje.

Me besó otra vez, más despacio, en el porche helado de una casa que ya no se sentía prestada, y cuando por fin se marchó hacia el puente, con las manos en los bolsillos y la misma tranquilidad de siempre, me quedé un rato larguísimo mirando su silueta alejarse entre los abetos, pensando que llevaba seis meses convencida de que Alaska iba a ser el sitio donde terminaba de perderlo todo, y que en cambio se estaba convirtiendo, contra cualquier pronóstico razonable, en el sitio exacto donde por fin había empezado a encontrarlo.