Yo, un malentendido y él (Serie amores divertidos 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Harold volvió un martes, sin avisar del día exacto, y me enteré por Gus antes de que él mismo tuviera oportunidad de decírmelo.

—Ha llegado esta mañana. Earl lo ha traído desde la pista.

—¿Y no ha pasado por aquí?

—Ha pasado por su casa primero, según dice Earl. Pero no había nadie.

Sentí una punzada de decepción tonta, desproporcionada para alguien que ni siquiera me había avisado del día de vuelta, y me obligué a terminar de organizar la estantería de latas que Gus me había pedido ayuda a reponer, contando en silencio hasta que la sensación se me pasara sola, cosa que no ocurrió del todo.

Estaba en la oficina de correos con Nancy, clasificando paquetes atrasados, cuando la puerta se abrió y entró una ráfaga de aire frío seguida de Harold, con la mochila todavía al hombro y una barba más crecida de la que llevaba al marcharse.

—Ha vuelto.

—Ese era el plan, sí.

Nos quedamos mirándonos un segundo de más, con Nancy fingiendo un interés repentino en unas cartas que llevaba clasificando desde hacía diez minutos sin ningún problema aparente, hasta que Harold rompió el silencio con una pregunta que no esperaba.

—¿Tiene tiempo? Quería enseñarle algo.

Salimos juntos hacia el puente, con el frío de última hora de la tarde calándonos ya a través de los abrigos, y por el camino me contó, sin que se lo pidiera, detalles del viaje que no había incluido en ninguno de sus mensajes: la revisión completa del manuscrito, la insistencia de Ingrid en cambiar tres versos enteros, una cena en casa de la editora con su marido, el del queso, que resultó ser mucho más simpático de lo que Harold había anticipado.

—¿Y eso es todo lo que hizo en Múnich? ¿Trabajo y cena de matrimonio mayor?

—Eso es todo lo que hago siempre en Múnich.

—Gus mencionó que en Anchorage, antes del vuelo de vuelta, alguien lo vio con una mujer. En el aeropuerto.

Harold se detuvo en mitad del puente, con una expresión que pasó de la confusión a algo parecido a la exasperación en cuestión de segundos.

—¿Gus le ha contado eso?

—Nancy, en realidad. Pero sí, me lo han contado.

—Era mi hermana. Vive en Anchorage desde hace un año. Nos vemos cuando puedo, que no es muy a menudo, porque las cosas entre nosotros no son sencillas desde que dejó de hablarme durante casi dos años.

Sentí que la cara me ardía otra vez, exactamente como me había ardido en la tienda de Gus semanas atrás, por la misma razón exacta: haber construido una historia entera sobre un dato incompleto, sin preguntar antes de sacar conclusiones.

—Lo siento. Otra vez.

—Empieza a ser una costumbre suya.

—Empieza a ser una costumbre de este pueblo entero, que se dedica a informarme de fragmentos de su vida sin el contexto necesario.

Harold no dijo nada durante un momento, mirando el agua oscura del fiordo bajo el puente, y cuando volvió a hablar lo hizo con una voz más baja, menos defendida que de costumbre.

—Mi hermana se marchó después de que le dijera que no pensaba ir a la boda de nuestro padre con su nueva mujer. Ella sí fue. Discutimos, y durante dos años apenas nos hablamos. El año pasado empezó a escribirme otra vez, sin explicación, como si el silencio nunca hubiera existido.

—¿Y usted se lo permitió, sin más?

—No todo el mundo tiene que pedir perdón con palabras exactas para que uno decida perdonar de todas formas. A veces basta con que alguien vuelva a intentarlo.

—Suena a algo que le costó mucho aprender.

—Me costó dos años enteros de silencio y una hermana que ahora vive a cuatro horas de avioneta. Prefiero no repetir la lección con nadie más.

Lo dijo mirándome de un modo que dejaba claro que la frase tenía un destinatario mucho más concreto que su propia familia, y sentí el peso de esa mirada instalarse en algún punto del pecho que todavía no sabía nombrar del todo.

Me miró entonces, con una intención que no intentó disimular, y por un instante pensé que por fin iba a pasar algo entre los dos, allí mismo, en mitad del puente, con el frío subiendo del agua y ninguna excusa de estufas ni de panes de por medio.

—Venga —dijo, en cambio, dando media vuelta hacia el bosque—. Quería enseñarle algo, ¿recuerda? No era esto.

Lo seguí, con una mezcla de decepción y curiosidad que no supe muy bien cómo repartir, hasta un claro entre los abetos que no conocía, a unos diez minutos de la cabaña, donde el suelo se abría de pronto en una pequeña pradera cubierta de nieve reciente, sin ninguna huella todavía, con la luna asomando ya sobre las montañas al otro lado del fiordo.

—Vengo aquí cuando necesito pensar. Nadie más lo conoce, o al menos nadie más viene.

—¿Por qué me lo enseña a mí?

—Porque llevo tres semanas en Múnich pensando en este sitio, y en que quería que usted lo viera antes de que la nieve lo cubriera del todo hasta la primavera.

—¿Sabe lo que más me sorprendió de Múnich? —dijo Harold, mientras nos sentábamos sobre un tronco caído, con el frío calándonos a través del abrigo—. Que echaba de menos este sitio. Nunca me había pasado antes, en cuatro años. Siempre que salía de Silver Creek sentía alivio, no nostalgia.

—¿Y esta vez qué sintió?

—Esta vez me pasé media cena con Ingrid pensando en si el mapache seguiría entrando en su porche.

—El mapache está encantado de saber que ocupa un lugar tan importante en su vida sentimental.

—No es el mapache lo que me importaba, en realidad.

Lo dijo mirando al frente, hacia la nieve intacta que se extendía delante de nosotros, con una honestidad tan directa que me costó sostenerle la mirada cuando por fin se giró a comprobar mi reacción.

Nos quedamos allí un rato largo, sin decir gran cosa, mirando cómo la luz de la luna se reflejaba sobre la nieve intacta, y cuando por fin volvimos hacia el pueblo, caminando uno junto al otro por el sendero estrecho, nuestras manos se rozaron dos veces, sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo la segunda vez.

—¿Qué le va a decir a Birdie? —pregunté, cuando ya se veían las primeras luces del pueblo entre los árboles—. Porque nos habrá visto salir juntos, y a estas horas seguramente ya lo sabe medio Silver Creek.

—Le diré la verdad. Que le enseñé un sitio que no le enseño a nadie.

—Eso solo va a empeorar las cosas.

—Con Birdie, todo empeora las cosas. La única opción es decidir si prefiere que empeoren con la verdad o con lo que ella misma se va a inventar de todas formas.

Tenía razón, como solía tenerla en casi todo, y decidí que por una vez prefería que la verdad llegara primero, aunque solo fuera para tener alguna influencia sobre la versión que terminaría corriendo por el pueblo antes de que amaneciera.

•  •  •

Birdie me interceptó al día siguiente, exactamente como había predicho Harold, con una expresión de triunfo que no se molestó en disimular.

—¿Y bien? Earl me ha dicho que los vio a los dos volviendo del bosque muy tarde anoche.

—Earl debería ocuparse más de la línea eléctrica y menos de vigilar quién camina por dónde.

—Earl se ocupa de las dos cosas perfectamente. Contésteme.

—Me enseñó un sitio. Hablamos. Volvimos. No hay ningún misterio, Birdie.

—Con usted dos siempre hay misterio, aunque los dos insistan en que no.

No le saqué nada más, ni ella a mí, aunque por la forma en que sonrió al despedirse, con esa expresión de quien sabe algo que todavía no ha decidido si compartir, tuve la certeza de que Birdie llevaba ya, en su cabeza, una versión completa de la historia que probablemente se acercaba bastante más a la verdad de lo que a mí me habría gustado admitir.

Harold pasó por mi casa esa misma tarde, con una excusa tan débil como las que yo solía inventar: una lata de café que, según él, había comprado de más en la tienda de Gus.

—No compra de más en la tienda de Gus. Compra exactamente lo que necesita, siempre.

—Esta vez calculé mal.

—Harold.

—De acuerdo. Quería una excusa para verla. ¿Es un delito?

—No es un delito. Es solo la excusa más floja que le he oído usar hasta ahora, y ya van varias.

Se quedó en la puerta, con la lata de café todavía en la mano, sin decidirse a entrar ni a marcharse, hasta que yo misma me aparté para dejarle pasar, con la misma facilidad con la que ya empezaba a resultarme natural tenerlo cerca.