Capítulo 10
Marcos llamó al tercer día, cuando ya me había acostumbrado al silencio distinto que dejaba un pueblo sin la presencia de Harold cruzando el puente cada dos días con cualquier excusa.
—Necesito que firmes unos papeles. Del apartamento. Lo de la fianza.
—Podías haberlo resuelto por correo.
—Quería oír tu voz.
Me quedé callada un segundo, sujetando el teléfono con más fuerza de la necesaria, calculando cuánto de verdad había en esa frase y cuánto de costumbre, la misma costumbre de dieciocho años que me había hecho perdonarle cosas mucho peores que una llamada innecesaria.
—Pues ya la has oído. ¿Algo más?
—¿Cómo es aquello?
—Frío. Y en paz, que es más de lo que puedo decir de la última vez que hablamos.
—Diana...
—Manda los papeles por correo, Marcos. Los firmo y te los devuelvo. No hace falta ninguna llamada para eso.
Colgué antes de que pudiera añadir nada más, con una sensación extraña en el pecho que tardé un rato en identificar: no era tristeza, ni siquiera rabia.
Era, sobre todo, sorpresa por lo poco que me afectaba ya escuchar su voz, comparado con lo mucho que me había afectado, apenas unos meses antes, cualquier gesto suyo por pequeño que fuera.
Los papeles llegaron cuatro días después, en un sobre grueso con matasellos de Tallahassee, y los firmé en la mesa de la cocina sin releer siquiera las condiciones, porque ya nada de lo que dijeran esas hojas podía cambiar lo que fuera que hubiéramos sido Marcos y yo, y porque firmar ya no me producía el nudo en el estómago que me había producido meses atrás, cuando cualquier papel con su nombre al lado bastaba para arruinarme el día entero.
Metí el sobre de vuelta en el buzón de correos de Nancy esa misma tarde, sin ninguna ceremonia, y volví a casa caminando despacio, notando el frío en la cara con una especie de alivio físico, como si acabara de soltar un peso que llevaba cargando sin darme cuenta desde mucho antes de subirme al avión hacia Alaska.
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Mi madre llamó dos días después, con la misma insistencia de siempre disfrazada de preocupación.
—Carol me ha dicho que hay un hombre.
—Carol habla demasiado.
—Carol te quiere. Y yo también, aunque no sepas verlo siempre.
—¿Es esta la parte donde me dices que estoy cometiendo otro error?
—Es la parte donde te pregunto quién es, antes de que decidas que tampoco eso es asunto mío.
Me senté en el borde de la cama, sorprendida de que mi madre, por primera vez en meses, hubiera hecho una pregunta sin cargarla de ningún reproche implícito.
—Se llama Harold. Traduce libros. Está en Alemania ahora mismo, por trabajo.
—¿Es buena persona?
—Es la persona más honesta que he conocido en mi vida, incluido yo misma la mayoría de los días.
Mi madre se quedó callada un momento, y cuando volvió a hablar lo hizo con una voz distinta, más suave, la que usaba pocas veces y que yo había olvidado casi por completo que existía.
—Me alegro, Diana. De verdad.
—¿Y esto qué es? ¿Un cambio de táctica?
—Es que tu padre me ha hecho ver algo esta semana. Que llevo un año entero contándote todo lo que has perdido, como si contarlo fuera a ayudarte a recuperarlo. Y no ha ayudado nada. Solo te ha alejado más.
—Ha ayudado, en realidad. Me ayudó a irme.
—No sé si eso es un cumplido o un reproche.
—Es las dos cosas a la vez, mamá. Como casi todo lo que hay entre nosotras.
Se rió, algo que tampoco esperaba, un sonido corto y genuino que no le había oído en años, y por primera vez en mucho tiempo colgué el teléfono sin esa sensación de peso en el pecho que solía dejarme cualquier conversación con ella.
No supe qué contestar a lo último que había dicho, así que no contesté nada más, y las dos nos quedamos al teléfono un rato largo, sin decir gran cosa, hasta que ella colgó primero, algo que tampoco recordaba que hiciera nunca.
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Sin Harold cruzando el puente, encontré maneras nuevas de llenar los días.
Ayudé a Nancy a clasificar el correo atrasado de tres semanas que se había acumulado por culpa de la nevada, aprendí de Gus a llevar las cuentas de la tienda en un cuaderno cuando el ordenador se quedaba sin batería, y acepté, por fin, la invitación de Birdie a cenar en su casa un jueves cualquiera, sin ninguna excusa de por medio.
La casa de Birdie estaba llena de fotografías igual que la de la tía Susan, aunque las suyas incluían más gente: hijos ya crecidos que vivían en Anchorage y en Seattle, un marido que había muerto hacía nueve años y del que hablaba con la misma naturalidad con la que hablaba del tiempo, nietos que solo veía dos veces al año.
—¿Nunca pensó en irse con ellos? —pregunté, mientras ella removía el estofado con una cuchara de madera desgastada por el uso.
—Me lo han propuesto cien veces. Vente a Anchorage, mamá, aquí hay médicos de verdad, aquí no tienes que cortar tu propia leña.
—¿Y por qué no lo hace?
—Porque este pueblo me conoce. Y yo lo conozco a él. Eso vale más de lo que cualquier hijo entiende hasta que le pasa lo mismo a él.
Me sirvió un plato generoso, sin preguntarme si tenía hambre, con la misma seguridad con la que hacía todo lo demás.
—Está usted distinta —dijo Birdie, un rato después—. Más suelta.
—Será el frío. Dicen que endurece el carácter.
—Será que ha dejado de fingir que no quiere estar aquí.
Tenía razón, aunque tardé un par de días más en admitirlo del todo: llevaba dos meses en Silver Creek y por primera vez, al despertarme, no pensaba en Florida ni en lo que había perdido allí, sino en lo que tenía que hacer ese mismo día en un pueblo que empezaba a sentir, contra todo pronóstico, como propio.
Harold escribió al quinto día, un mensaje corto, sin ningún adorno, exactamente como esperaba de él.
"He llegado bien. Ingrid dice que el poema del invierno por fin funciona. H."
Le contesté enseguida, quizá demasiado deprisa, quizá sin la elegancia que la ocasión merecía.
"Me alegro. Aquí todo sigue igual. El mapache le manda saludos."
"El mapache no sabe que existo."
"El mapache sabe más de lo que usted cree."
Priya me llamó esa misma noche, con la excusa de preguntarme por el clima, aunque las dos sabíamos que la excusa duraría menos de un minuto de conversación.
—¿Sigues con lo del traductor?
—No sé si "seguir" es la palabra. Está en Alemania. Yo estoy aquí. No hay mucho que seguir todavía.
—Pero piensas en él.
—Pienso en él más de lo que pensaba en Marcos el último año entero de casados, si te soy sincera.
—Eso, Diana, es la respuesta más clara que me has dado sobre este tema desde que empezaste a hablarme de él.
No contestó nada más esa noche, pero al día siguiente encontré, entre el correo que Nancy había dejado sin repartir por error, una postal de Múnich con una sola línea escrita: "Sigo sin saber qué contestar a lo del mapache. H."
Guardé la postal en el mismo cuaderno donde había guardado la nota del poema, en la sección de los años buenos de cosecha, que a esas alturas ya empezaba a parecer menos el cuaderno de la tía Susan y más una especie de archivo personal que yo misma había empezado a construir sin darme mucha cuenta.
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La segunda semana sin Harold, Nancy me pidió ayuda con algo que no tenía nada que ver con el correo: el pueblo necesitaba a alguien que diera clases de repaso a los tres adolescentes que estudiaban a distancia, porque la escuela más cercana quedaba a dos horas en barca y el profesor virtual que les asignaban desde Anchorage cambiaba cada semestre sin ninguna continuidad.
—Usted fue profesora dieciocho años.
—De filosofía, Nancy. No de matemáticas de instituto.
—Da igual la materia. Necesitan a alguien que sepa explicar las cosas sin hacerles sentir estúpidos por no entenderlas a la primera. Eso es lo único que de verdad hace falta.
Acepté, sin estar del todo segura de que fuera buena idea, y descubrí, en las dos sesiones que di esa semana, algo que no esperaba: que enseñar sin la presión de calificaciones, sin departamentos que recortar, sin decanos con corbatas de veleros esperando resultados, se parecía mucho más a lo que había imaginado que sería dar clases cuando empezó su carrera, veinte años atrás, antes de que la universidad convirtiera esa vocación en una lista interminable de indicadores que nadie del claustro llegaba a leer del todo.
—Es usted buena en esto —me dijo uno de los chicos, Tyler, después de que por fin entendiera una ecuación que llevaba dos semanas atascada—. Mi profesor de antes nunca lo explicaba así.
—Llevo dieciocho años practicando explicar las cosas de formas distintas hasta que una funciona.
—¿Y por qué lo dejó?
No tuve una respuesta corta para eso, así que le di la única honesta que se me ocurrió.
—Porque a veces uno no elige dejar las cosas. A veces las cosas deciden dejarte a ti primero, y lo único que queda es averiguar qué hacer después.
Tyler se quedó pensando en eso más tiempo del que yo esperaba de un adolescente de quince años, y cuando por fin habló de nuevo, lo hizo con una seriedad que no le había visto hasta entonces.
—Pues a mí me alegra que las cosas la hayan dejado a usted. Aquí explica mejor que el profesor de la pantalla.
Fue, sin ninguna duda, el cumplido más sincero que había recibido en meses, y me lo guardé para los días en que la duda sobre haber dejado Florida volviera a asomar, como sabía que volvería a hacerlo tarde o temprano.