Yo, un malentendido y él (Serie amores divertidos 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Llegué a la cabaña de Harold con una excusa tan débil que ni siquiera me molesté en inventar una mejor: le llevaba un termo de café, el bueno, el que Gus solo vendía por encargo especial, porque Birdie me había comentado que en los aviones nunca daban nada decente.

Lo encontré doblando camisas sobre la cama con una precisión que no le conocía, cada prenda alineada con la anterior como si el desorden fuera algo que pudiera evitarse por pura fuerza de voluntad.

—¿Necesita ayuda?

—No suelo necesitar ayuda para hacer una maleta.

—No he preguntado si la necesitaba. He preguntado si quiere que la ayude.

Se apartó, con una media sonrisa que ya empezaba a reconocer como su forma particular de ceder sin admitirlo del todo, y me dejó terminar de doblar el resto de camisas mientras él revisaba una carpeta llena de fichas, comprobando por tercera vez que no faltaba ninguna.

—¿Siempre viaja con tanto trabajo?

—Siempre viajo asustado de que se me olvide algo importante. El trabajo es solo la parte que puedo controlar.

Le pasé la maleta, ya cerrada, y él la dejó junto a la puerta como un aviso que no hacía falta explicar.

—¿Cuánto tiempo estará fuera?

—Tres semanas. Puede que un mes, si Ingrid decide que el manuscrito necesita otra revisión completa, cosa que suele decidir siempre.

—¿Por avión desde aquí?

—Hasta Anchorage en la avioneta. Desde allí, vuelo normal. —Se pasó una mano por el pelo, un gesto que no le había visto hacer antes, más nervioso que resuelto—. No suelo despedirme de nadie cuando me voy. Nadie suele venir a que me despida.

—Yo tampoco pensaba venir. Se me ha ocurrido de camino a la tienda.

—¿De camino a la tienda que está en dirección contraria?

—El pueblo es pequeño. Las direcciones contrarias también se cruzan si uno se esfuerza un poco.

Se rió, y por un segundo la maleta junto a la puerta dejó de parecer tan urgente, tan definitiva, aunque seguía estando ahí, cerrada, con la cremallera puesta y el asa gastada por el uso.

—¿Le importa que le pregunte algo? —dije, apoyándome en el marco de la puerta que él ocupaba de costumbre—. ¿Por qué acepta ir, si tanto le cuesta salir de aquí?

—Porque Ingrid lleva quince años confiando en mi trabajo cuando nadie más lo habría hecho. Se lo debo, aunque sea una vez al año, aparecer en persona y dejarme corregir la mitad de lo que he escrito delante de sus narices.

—Eso suena a lealtad.

—Suena a que tengo una sola persona en el mundo entero a la que no quiero decepcionar, y da la casualidad de que vive en Múnich y tiene setenta y dos años.

Algo en la frase se quedó colgando entre los dos, con el peso de lo que no había dicho del todo, y ninguno de los dos hizo nada por rellenar el silencio que vino después.

—Debería irme —dije, al final, señalando vagamente hacia la tienda que ya ni siquiera pensaba visitar—. Necesita terminar de prepararse.

—Sí.

No me moví. Él tampoco. La maleta seguía junto a la puerta, y entre los dos había una distancia de apenas medio metro que ninguno de los dos parecía dispuesto a cerrar ni a ampliar.

—Escríbame cuando llegue —dije, sorprendida de mi propia voz al pedirlo—. Para saber que ha llegado bien.

—No suelo escribir mensajes a nadie cuando viajo.

—Ya lo sé. Se lo estoy pidiendo de todas formas.

Algo cedió en su cara, una grieta pequeña en esa fachada de tranquilidad metódica que llevaba puesta desde el día del acantilado, y asintió una sola vez, como quien firma un contrato que no pensaba firmar hasta un segundo antes.

—Cuídese con la estufa mientras no estoy.

—Ya sé encender la estufa, Harold. Usted mismo me lo enseñó.

—Ya lo sé. Se lo estoy pidiendo de todas formas.

Me devolvió mis propias palabras con una media sonrisa que no le había visto poner nunca, y por un momento entero pensé que iba a acercarse, que la distancia de medio metro iba por fin a desaparecer, hasta que el motor de una camioneta sonó en el camino: Earl, que venía a llevarlo hasta la pista de aterrizaje, tocando el claxon dos veces con la impaciencia de quien lleva prisa por algo que no es asunto suyo.

—Es mi transporte.

—Ya lo veo.

Cogió la maleta, se colgó la mochila al hombro, y en el último segundo, ya con un pie fuera de la puerta, se giró y me dio un abrazo rápido, torpe, del tipo que se da cuando no se sabe muy bien cómo despedirse de algo que todavía no tiene nombre.

Olí la lana húmeda de su abrigo y el humo de leña que parecía haberse instalado permanentemente en su ropa, y antes de que pudiera devolverle el abrazo con la misma intensidad, ya se había apartado.

—Tres semanas —dijo, bajando los escalones del porche—. Puede que un mes.

—Aquí estaré.

Se metió en la camioneta de Earl sin mirar atrás, y yo me quedé plantada en su porche vacío, con la puerta de la cabaña todavía abierta detrás de mí, sintiendo un vacío repentino que no tenía ningún derecho a sentir por un hombre que apenas conocía desde hacía dos meses.

•  •  •

Birdie me encontró esa misma tarde sentada en mi propio porche, sin ninguna excusa concreta para estar allí más que el frío que empezaba a subir con la caída del sol.

—¿Se ha ido ya?

—Se ha ido ya.

—¿Y esa cara?

—Es la cara de siempre, Birdie.

—No, cariño. Esa es la cara de alguien que se ha dado cuenta de algo importante en el peor momento posible para dárselo cuenta, justo cuando la persona en cuestión acaba de subirse a una avioneta.

No le contesté, porque no tenía ninguna respuesta que no fuera admitir que llevaba razón, y Birdie, con la sabiduría de quien ha visto pasar suficientes inviernos como para reconocer los patrones antes de que se completen, se sentó a mi lado sin decir nada más, dejando que el silencio hiciera el trabajo que ninguna de las dos tenía ganas de hacer con palabras.

—¿Sabe lo que hacía su tía Susan cuando algo la ponía nerviosa? —preguntó, al cabo de un rato.

—No tengo ni idea. Apenas la conocí.

—Cortaba leña. Decía que el hacha no perdonaba las distracciones, así que era la única manera segura de dejar de pensar en lo que fuera que la estuviera atormentando.

—¿Y funcionaba?

—Funcionaba para la leña. Tenía siempre la reserva más grande del pueblo entero. Para lo demás, no sé si le funcionaba tanto, pero al menos entraba en calor mientras lo intentaba.

Me reí, la primera risa de verdad desde que Harold se había subido a la camioneta de Earl, y Birdie se levantó satisfecha, como si esa risa fuera prueba suficiente de que había cumplido su trabajo por esa tarde.

—Tres semanas pasan rápido, cariño. Ya lo verá.

No pasaron tan rápido como Birdie prometía, pero tampoco tan lentas como yo había temido esa primera noche, sentada sola en un porche que de pronto se sentía más vacío de lo que debería sentirse por la ausencia de un hombre al que apenas conocía desde hacía dos meses.

•  •  •

Gus me preguntó por él a la mañana siguiente, mientras me cobraba el café de la semana con el mismo descuento que llevaba haciéndome desde que había aprendido a llevar sus cuentas.

—¿Cuánto va a durar esta vez?

—Tres semanas. Puede que un mes.

—Un mes es mucho tiempo para un pueblo tan pequeño.

—¿Insinúa algo, Gus?

—Insinúo que en un pueblo de cuatrocientos habitantes, un mes sin Harold Voss cruzando el puente da mucho que hablar, y que usted va a ser la protagonista de esas conversaciones le guste o no.

No me equivoqué al pensar que tenía razón.

Durante la primera semana, al menos tres personas distintas me preguntaron, con la misma falsa casualidad, si sabía algo de él, si había escrito, si pensaba visitarlo en Anchorage cuando volviera de Múnich.

Contesté a todas con la misma vaguedad calculada, aunque por dentro llevaba la cuenta de los días con una precisión que no me atrevía a admitir ni siquiera ante mí misma.

Nancy fue la única que no preguntó nada directamente.

Se limitó a dejarme, cada vez que pasaba por la oficina de correos, algún comentario suelto sobre lo tranquilo que estaba el pueblo "sin cierta persona antisocial rondando por ahí", dicho siempre con una sonrisa que dejaba claro que no hablaba en absoluto del pueblo en general.

—¿Usted también va a empezar, Nancy?

—Yo no he empezado nada. Solo comento que el puente se ve más vacío estos días. Es una observación meteorológica, nada más.

—El puente no tiene clima, Nancy.

—Todo tiene clima, cariño, si uno sabe mirar bien.

•  •  •

La segunda semana empecé a notar que dormía peor, no por preocupación, sino por una especie de espera constante que no me dejaba relajarme del todo, como si una parte de mí estuviera siempre pendiente del teléfono aunque supiera que Harold no era de los que escribían todos los días.

Llené las tardes con la estufa de leña, que ya encendía sin ayuda de nadie, y con largas caminatas hasta el embarcadero, donde Gus había esparcido tanta sal que ya no quedaba ni rastro del hielo que casi me había hecho caer al fiordo dos meses antes.

Me sentaba en el mismo banco donde Harold me había preguntado por mi trabajo, y me quedaba mirando el agua durante más tiempo del que cualquier persona sensata dedicaría a mirar agua fría en pleno noviembre.

Una tarde, Walt se sentó a mi lado sin que se lo pidiera, con dos cafés en las manos, uno de los cuales me ofreció sin preguntar si lo quería.

—Se le nota que lo echa de menos.

—No sé de qué me habla, Walt.

—Claro que lo sabe. Todos en este pueblo hemos echado de menos a alguien alguna vez. Se nos nota igual que se le nota a usted ahora mismo.

No le contradije, porque ya no tenía sentido seguir fingiendo delante de nadie, ni siquiera delante de un hombre que apenas conocía y que cantaba fatal canciones sobre salmones en cada fiesta del pueblo.

—¿Cómo se soporta el invierno aquí, Walt? El de verdad, quiero decir. El que todavía no he visto.

—Se soporta con gente. Los que llegan pensando que lo van a superar solos, sin dejarse ayudar por nadie, son los que se marchan antes de marzo. Los que aceptan la ayuda, aunque les cueste el orgullo, son los que se quedan para siempre.

—¿Usted lleva aquí toda la vida?

—Nací en la cabaña que hoy es el almacén de la quitanieves. Mi madre no llegó a tiempo al hospital de Anchorage, así que aquí me quedé, literalmente, desde el primer minuto.

Nos quedamos un rato más en silencio, mirando el fiordo, hasta que el frío empezó a calarnos de verdad y cada uno volvió por su lado, él hacia su camioneta, yo hacia una casa que cada semana que pasaba se sentía un poco menos prestada y un poco más mía.