Capítulo 8
La nieve no paró en tres días, y Silver Creek entero pareció encogerse hasta convertirse en un puñado de casas conectadas por caminos que Earl y su cuadrilla despejaban con la quitanieves antes del amanecer, cuando todavía estaba oscuro y solo se les oía pasar como un rumor de motor bajo la ventana.
El primer día lo pasé casi entero mirando por la ventana, viendo cómo el mundo entero se volvía blanco y silencioso de una forma que en Florida jamás había presenciado.
Los abetos se doblaban un poco bajo el peso, el camino desaparecía bajo una capa uniforme que borraba cualquier huella de quien hubiera pasado antes, y el fiordo, a lo lejos, se volvía casi invisible entre la nieve que caía y la niebla que subía del agua.
Intenté trabajar en algo, cualquier cosa, para no pasarme el día entero mirando por la ventana como una idiota.
Encontré, en una caja que todavía no había abierto, un cuaderno viejo de la tía Susan con anotaciones sobre el jardín, las fechas de siembra, los años buenos y los años malos de cosecha, y me pasé la tarde leyéndolo entero, como si esas notas de una mujer que nunca había conocido pudieran enseñarme algo sobre cómo sobrevivir a un invierno que apenas había empezado.
Perdí la luz el segundo día. La compañía eléctrica me llamó para decirme, con la misma frase de siempre, que "el problema se estaba investigando", y colgué preguntándome si esa frase era lo único que sabían decir en aquella oficina.
Carol llamó esa misma tarde, con la batería del móvil casi agotada porque me había olvidado de cargarlo antes del corte de luz.
—Mamá dice que le has contado a Nancy que tienes novio.
—No tengo novio. Y no le he contado nada a Nancy. Nancy se entera de las cosas antes de que sucedan.
—¿Entonces no hay nadie?
—Hay un vecino que me ha traído una estufa de camping porque se ha ido la luz. Eso es todo lo que hay.
—Eso no suena a "eso es todo lo que hay", Diana. Suena a que hay bastante más.
—Se me está acabando la batería.
—Eso mismo le dijiste a mamá la semana pasada.
Colgué de verdad esta vez, con el teléfono al dos por ciento, riéndome sola en la cocina a oscuras de un modo que no me había pasado en meses, mientras fuera la nieve seguía cayendo sobre un pueblo entero que parecía haberse puesto de acuerdo, sin decírmelo, para hablar de mi vida privada con más interés del que yo misma le había dedicado en semanas.
Con la casa a oscuras y sin nada mejor que hacer, me abrigué hasta el cuello y decidí caminar hasta el puente para comprobar, sin admitir del todo por qué me importaba, si la luz de la cabaña de Harold seguía encendida.
No llegué ni a la mitad del camino. La nieve me llegaba por encima de las botas, el viento me cerraba los ojos casi por completo, y a los diez minutos entendí que aquello no era un paseo, sino una manera bastante estúpida de acabar necesitando ayuda de verdad.
Volví sobre mis propios pasos, ya casi borrados por la nieve nueva, maldiciendo en voz alta a nadie en particular, y para cuando llegué de vuelta al porche tenía las mejillas entumecidas y una idea mucho más clara de por qué Birdie insistía tanto en que nadie saliera solo con ese tiempo.
Harold apareció a media tarde, con una linterna de gas y una bolsa de lona que dejó caer sobre la mesa de la cocina con un ruido metálico.
—Birdie me ha dicho que no tiene luz.
—Birdie tiene una fijación con informarle a usted de todo lo que me pasa.
—Birdie tiene una fijación con que nadie se congele. Ya se lo dije la primera vez.
Sacó de la bolsa una estufa portátil de camping, un termo, y una lata de sopa que colocó encima del termo como si fuera la parte más importante de todo el cargamento.
—No hacía falta que trajera nada. Tengo la estufa de leña.
—La estufa de leña calienta el salón. Esto calienta la cocina mientras cocina algo caliente de verdad, no ese café instantáneo que le he visto tomar tres días seguidos.
—¿Me está espiando la dieta?
—La veo desde mi ventana ir y venir de la tienda de Gus con la misma bolsa cada dos días. No hace falta espiar nada. Hace falta tener ventanas.
Nos sentamos en la cocina, con la estufa portátil encendida y el termo abierto entre los dos, mientras fuera la nieve seguía cayendo con una insistencia que ya no me resultaba amenazante, solo constante, como el ruido de fondo de un sitio que empezaba, por fin, a sentirse propio.
—¿Le enseño algo? —preguntó, sacando de la mochila el cuaderno de tapas de cuero, el mismo que había estado a punto de matarnos a los dos en el acantilado.
—¿El cuaderno del suicidio?
—El cuaderno del poeta que nadie va a leer. Ese mismo.
Lo abrió por una página cualquiera, cubierta de tachones y anotaciones en los márgenes, y me leyó dos versos en alemán primero, con una pronunciación que sonaba a otra persona completamente distinta de la que hablaba conmigo en inglés, más suave, más lenta, como si el idioma le permitiera algo que el suyo propio no le dejaba.
—¿Qué significa?
—"El invierno no perdona, pero tampoco olvida a quien se queda a esperarlo."
—Suena mejor en alemán.
—Todo suena mejor en alemán. Es el problema de mi trabajo entero.
—¿Y usted lo escribió, esa traducción?
—Esta versión, sí. Llevo cuatro intentos distintos. Las tres primeras sonaban a inglés fingiendo ser alemán. Esta, creo, por fin suena a los dos idiomas a la vez.
Le miré las manos mientras pasaba las páginas, agrietadas por el frío, con una cicatriz pequeña en el nudillo del pulgar que no le había visto antes, y sentí un impulso que no me molesté en analizar del todo: el de acercarme un poco más de lo que la mesa de la cocina permitía sin resultar evidente.
—¿Por qué me está enseñando esto?
Levantó la vista del cuaderno, y por un segundo entero nos quedamos mirándonos sin que ninguno de los dos dijera nada, con el termo enfriándose entre las manos y la estufa portátil silbando bajito en un rincón.
—Porque casi nadie me pregunta qué hago aquí encerrado todo el día. Y usted lo ha preguntado dos veces.
—Me da curiosidad la gente que elige el silencio en lugar del ruido.
—¿Y a usted qué le eligió a usted, el silencio o el ruido?
—Nadie me eligió nada. Yo elegí Alaska porque en Florida ya no me quedaba ningún ruido que valiera la pena escuchar.
Se acercó, despacio, con la misma cautela con la que probaba el hielo del embarcadero antes de pisarlo, y por un momento pensé que iba a decir algo más, quizás el tipo de cosa que ninguno de los dos había dicho todavía en voz alta.
En vez de eso, me apartó un mechón de pelo de la cara, con dos dedos, un gesto tan breve que casi pude convencerme de que no había pasado.
—Se le ha quedado nieve en el pelo. De antes de entrar.
—Llevo tres horas dentro de casa, Harold.
—Ya lo sé.
No apartó la mano inmediatamente. Se quedó un segundo de más, con los dedos todavía cerca de mi sien, y el aire de la cocina pareció encogerse igual que se había encogido el pueblo entero bajo la nieve, hasta que un golpe fuerte en la puerta —Birdie, con dos táperes y una excusa que nadie le había pedido— lo rompió todo de un plumazo.
—¡He traído guiso! ¿Interrumpo algo?
—Sí —dijimos los dos a la vez, y luego, casi al mismo tiempo, añadimos—: No.
Birdie nos miró alternativamente, con la misma expresión de inventario del primer día, y depositó los táperes en la mesa sin ninguna prisa, disfrutando visiblemente de la incomodidad que acababa de provocar.
—Qué interesante —dijo, sin más explicación, y se sentó a cenar con nosotros como si llevara toda la vida invitada a esa cocina.
Harold no volvió a acercarse esa noche. Pero cuando se marchó, ya tarde, con la linterna de gas colgando de la mano y la nieve todavía cayendo despacio sobre el porche, se giró un momento antes de bajar el escalón.
—Gracias por escuchar el poema.
—Gracias por la sopa.
—No fue solo por la sopa.
Se marchó antes de que yo pudiera pedirle que terminara esa frase, dejándome en la puerta con el frío entrando por el hueco y una sensación en el pecho que ya no tenía ninguna intención de seguir llamando confusión.
• • •
La luz volvió al cuarto día, justo cuando la nieve empezó a dar tregua y el sol, débil pero real, se asomó entre las nubes por primera vez en casi una semana.
Salí al porche a comprobar el estado del camino y encontré, apoyado contra la puerta, un sobre sin remite, con mi nombre escrito en una letra pequeña y apretada que ya reconocía sin necesidad de firma.
Dentro había una sola hoja, con la traducción del poema entero, la versión que según él por fin sonaba a los dos idiomas a la vez, y una nota corta al final, escrita a mano:
"Por si el inglés también le suena mejor cuando alguien se ha tomado el trabajo de hacerlo bien. H."
Me quedé de pie en el porche, con la hoja entre las manos y el frío calándome a través del pijama que todavía llevaba puesto, releyendo esa última línea más veces de las que estaba dispuesta a admitir ante nadie, ni siquiera ante Renata, ni siquiera ante Birdie, que seguramente ya sabría de la existencia de esa nota antes de que terminara el día.
Entré en casa, doblé la hoja con cuidado, como si pudiera estropearse con un mal pliegue, y la guardé entre las páginas del cuaderno de anotaciones de la tía Susan, en la sección de los años buenos de cosecha, sin pararme a pensar por qué había elegido precisamente ese sitio.
Puse café a calentar —el instantáneo, el mismo de siempre, el que Harold ya había criticado dos veces— y me senté a la mesa de la cocina a mirar por la ventana hacia el bosque, hacia el puente, hacia la dirección exacta donde se levantaba una cabaña con las cortinas descorridas y un hombre dentro que probablemente llevaba ya horas trabajando como si no hubiera pasado nada la noche anterior.
Puede que para él no hubiera pasado nada. Pero para mí, sentada sola en una cocina que empezaba a sentirse cada vez menos prestada, algo había cambiado de un modo que ya no tenía sentido seguir negando.
Birdie llamó a la puerta a media mañana, con las botas todavía cubiertas de nieve del camino, y se quedó mirándome la cara con una atención que no me dejó ningún margen para disimular.
—Tiene usted una cara rara hoy.
—Tengo la cara de siempre.
—No, no la tiene. Tiene la cara de alguien a quien le ha pasado algo que todavía no sabe cómo contar.
—No me ha pasado nada, Birdie.
—Cariño, llevo treinta y un años en este pueblo. Sé distinguir a alguien a quien no le ha pasado nada de alguien que se está guardando algo para sí misma con todas sus fuerzas.
No le enseñé la nota. No le conté lo del poema, ni lo del pelo apartado de la cara, ni la sensación exacta que llevaba toda la mañana intentando nombrar sin conseguirlo del todo.
Me limité a servirle un café del malo, del instantáneo, y a cambiar de tema hacia la única cosa segura que se me ocurrió: el estado de la carretera después de tres días de nieve seguida.
Birdie se dejó llevar, aunque con una sonrisa que dejaba claro que sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y que estaba dispuesta a esperar, con la misma paciencia con la que esperaba todo lo demás en Silver Creek, a que yo decidiera contarlo por mí misma.