Capítulo 7
Fui a la cabaña al día siguiente sin pan, sin excusa, sin nada que pudiera esconder detrás del gesto de devolver un favor.
Harold tardó en abrir, otra vez, y cuando lo hizo tenía las mangas subidas y serrín en el antebrazo, como si de verdad hubiera pasado la tarde entera cortando leña que probablemente ya no necesitaba.
—Vengo a disculparme.
—No hace falta.
—Sí que hace falta. Vi una carta de una mujer, en su buzón. Ingrid. Y en lugar de preguntar, decidí sola que era algo que no me correspondía, y lo traté fatal en la tienda de Gus por un motivo que ni siquiera existe.
Harold se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, y algo en su expresión se relajó, aunque no del todo.
—Ingrid tiene setenta y dos años.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho Birdie. Con bastante disfrute, además.
—¿Estaba celosa?
La pregunta me pilló tan directa que no tuve tiempo de preparar una respuesta elegante.
—No sé cómo llamarlo. Sentí algo raro. No me gustó sentirlo, y todavía me gusta menos que usted me lo pregunte así, sin rodeos.
—Prefiero preguntar sin rodeos. Ahorra tiempo.
—Eso ya lo había notado.
Se apartó de la puerta, un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero que dejaba espacio suficiente para entender que no iba a cerrarla esta vez.
—¿Quiere pasar? Hace frío ahí fuera.
Entré. La cabaña por dentro era más cálida de lo que había imaginado desde el camino, con las paredes cubiertas de estanterías hasta el techo, libros en alemán, en inglés, en algún idioma que no reconocí, y una estufa de leña que ardía sin ningún esfuerzo aparente, como todo lo que él tocaba.
Encima de la mesa había fotografías pequeñas, sujetas con chinchetas a un panel de corcho: montañas que no reconocí, un lago partido por la mitad entre hielo y agua abierta, y una mujer mayor con delantal, riéndose frente a un horno de leña.
—¿Quién es?
—Mi abuela. Ella me enseñó alemán antes que en cualquier escuela. Emigró después de la guerra y nunca perdió el idioma, aunque vivió cuarenta años en Wisconsin sin volver a pisar Europa.
—¿Por eso traduce?
—Traduzco porque un idioma que no se usa se pudre por dentro, aunque siga sonando igual por fuera. Alguien tiene que mantenerlo vivo, aunque sea moviéndolo de un sitio a otro sin que nadie se dé cuenta del trabajo que cuesta.
—¿Por eso vino a Alaska? —pregunté, señalando con la barbilla las estanterías—. ¿Para traducir en paz?
—Vine porque necesitaba un sitio donde nadie esperara nada de mí.
—¿Y en Seattle esperaban algo?
Se sentó frente a la mesa de trabajo, sin invitarme a sentarme, aunque tampoco me pidió que me fuera, así que cogí la única otra silla de la habitación y me senté de todos modos.
—Estuve prometido —dijo, sin mirarme, ordenando unas fichas que no necesitaban ningún orden—.
Cinco años. Íbamos a casarnos en primavera.
Ella conoció a otra persona en un congreso de traducción, de todos los sitios posibles, y me lo contó con la misma tranquilidad con la que se cuenta que ha llovido.
—Lo siento.
—No hace falta que lo sienta. Fue hace cuatro años.
—Cuatro años no son tantos como para que ya no importe.
Levantó la vista entonces, con una expresión que no supe si era sorpresa o algo más incómodo de nombrar.
Se levantó a poner agua a calentar en un hervidor viejo, de esos que silban de verdad, y sacó dos tazas desparejadas de un armario que no parecía tener ningún otro juego completo de nada.
—¿Té o café? Solo tengo té, en realidad. El café se me acabó hace una semana y todavía no he bajado a la tienda.
—Té, entonces.
Sirvió el agua, me pasó una taza con una bolsita de manzanilla flotando sin ninguna intención de sacarla, y volvió a sentarse frente a mí, con las manos alrededor de su propia taza como si necesitara el calor más de lo que admitía.
—¿Cómo era usted como profesora? —preguntó, de pronto, con una curiosidad que no esperaba de él.
—Exigente. Los alumnos que me odiaban el primer semestre solían ser los que mejor me recordaban después.
—¿Por qué la odiaban al principio?
—Porque les hacía defender ideas con las que no estaban de acuerdo. La mitad del curso pasado defendiendo el utilitarismo, la otra mitad defendiendo justo lo contrario. Nadie sale de eso sintiéndose cómodo.
—Suena parecido a traducir un poema que no comparte tus ideas.
—¿Le ha pasado eso?
—Constantemente. El poeta que traduzco ahora era bastante religioso. Yo no lo soy en absoluto. Y aun así tengo que encontrar sus palabras exactas, no las mías, aunque las mías me resulten más cómodas.
—¿Habla por experiencia?
—Mi marido se fue con una alumna de fisioterapia que llamaba "cielo" a todo el mundo, incluido el portero del edificio. Hace seis meses. Así que sí, hablo por experiencia.
Algo cambió en el ambiente de la habitación, no dramáticamente, sino con la suavidad de dos personas que de pronto reconocen en la otra una versión distinta del mismo golpe.
—¿Por eso vino usted también? —preguntó—. ¿Para que nadie esperara nada?
—Vine porque no me quedaba nada que defender en Florida. No es exactamente lo mismo, pero se le parece bastante.
Nos quedamos callados un rato, un silencio que ya no me pesaba como los primeros días, mientras el fuego crepitaba y afuera empezaba a caer la primera nieve de verdad de la temporada, fina y silenciosa, contra el cristal de la única ventana grande de la cabaña.
—Gracias por escucharme —dije, al final—. Y perdón otra vez, por lo de la tienda.
—Ya está perdonado. —Se levantó, y por un momento pareció que iba a decir algo más antes de decidir no hacerlo—. La próxima vez que vea una carta que no entienda, pregunte. No invente.
—Es un consejo bastante bueno para alguien que se pasa el día traduciendo palabras de otros y evitando decir las propias.
Eso le arrancó, por fin, una risa de verdad, corta pero completa, la primera que le había oído desde que había llegado a Silver Creek, y salí de la cabaña con la nieve cayéndome en el pelo y una sensación en el pecho que no tenía ninguna intención de examinar esa misma noche.
Birdie me esperaba de nuevo en mi porche cuando llegué, como si tuviera un radar instalado para esas cosas.
—¿Y bien?
—Le pedí disculpas. Me las aceptó.
—¿Eso es todo lo que va a contarme?
—Es todo lo que hay que contar.
Birdie sonrió con la misma expresión de quien sabe que no está recibiendo toda la información, y se marchó sin insistir más, aunque me dejó, antes de irse, un comentario que se me quedó dando vueltas toda la noche.
—Ese hombre no le enseña la cabaña a cualquiera, cariño. Yo llevo cuatro años sin ver el interior de esas cuatro paredes.
Entré en casa y me quedé un rato sentada junto a la estufa, con la taza de té todavía en la mano —me la había dado Harold para el camino, sin que yo se lo pidiera, con la bolsita de manzanilla flotando dentro—, pensando en la fotografía de la abuela riéndose frente al horno, en la caligrafía inclinada de Ingrid Baumann, en la mujer que se había marchado con otro en un congreso de traducción "de todos los sitios posibles".
Marcos jamás me había enseñado nada suyo de verdad, ni siquiera en dieciocho años de matrimonio.
Yo tampoco se lo había pedido, ahora que lo pensaba con la distancia suficiente para verlo con claridad.
Habíamos construido una vida entera basada en no preguntar demasiado, y quizá esa era, más que la alumna de fisioterapia, la verdadera razón de que todo se hubiera derrumbado con tanta facilidad.
Con Harold llevaba dos semanas preguntando más de lo que había preguntado en los últimos cinco años de mi propio matrimonio, y la diferencia entre las dos formas de estar con alguien empezaba a resultarme demasiado evidente como para seguir fingiendo que no la había notado.