Capítulo 6
La carta llegó el martes, y no debería haberla visto nunca, si Nancy no me hubiera pedido el favor de acercarla a la cabaña de Harold porque a ella se le había roto el eje de la bicicleta y no le apetecía caminar los tres kilómetros con ese frío.
—Solo déjela en el buzón. No hace falta que llame.
La dejé en el buzón. O lo intenté, porque el buzón de Harold era de esos antiguos con la tapa oxidada que no cerraba bien, y al meter la carta se me cayeron al suelo otras tres que ya estaban dentro, sin abrir, con matasellos de distintas semanas.
Las recogí para volver a meterlas, y no pude evitar ver, en una de ellas, un remite escrito a mano con una letra europea, inclinada y elegante: Ingrid Baumann, Múnich.
No leí la carta. Ni siquiera la abrí. Pero el nombre se me quedó grabado con una insistencia que no tenía ningún derecho a tener, y durante todo el camino de vuelta a casa me sorprendí construyendo teorías completas sobre quién sería esa Ingrid, con qué frecuencia le escribiría, y por qué la idea de que existiera me producía un malestar que no sabía dónde colocar.
Se lo comenté a Renata esa noche, sin darle demasiada importancia, o fingiendo no dársela, que no es lo mismo.
—Vi el nombre de una mujer en su correo. Alemana. Le escribe con cierta frecuencia, por lo visto.
—¿Y?
—Nada. Es solo un dato.
—Diana. Llevas cinco minutos hablándome de un dato que dices que no te importa.
—Porque no me importa.
—Ya. Por eso te tiembla la voz al decirlo.
Colgué antes de que Renata pudiera seguir desmontando algo que yo prefería mantener sin desmontar.
Me quedé mirando el techo de la habitación, con el mapache haciendo ruido otra vez en el porche, pensando que llevaba seis semanas en Silver Creek y ya me comportaba como si tuviera algún derecho sobre la vida privada de un hombre que apenas me toleraba.
No pude dormir bien. Me levanté dos veces a beber agua que no necesitaba, y la segunda vez me quedé un rato larguísimo delante de la ventana de la cocina, mirando hacia el bosque en dirección al puente, como si desde allí pudiera ver algo más que oscuridad y los abetos moviéndose con el viento.
Marcos jamás me había hecho sentir esa clase de inquietud, ni siquiera al principio, cuando se suponía que debía sentirla.
Con Marcos todo había sido cómodo desde el primer día, previsible, sin sobresaltos, y durante dieciocho años había confundido esa ausencia de sobresaltos con estabilidad, hasta que él decidió, sin previo aviso, que la estabilidad le aburría y se marchó a buscar sobresaltos en otra parte.
Con Harold no había nada cómodo. Cada conversación parecía un terreno sin mapear, y sin embargo llevaba dos días pensando en un nombre alemán con más intensidad de la que había dedicado a pensar en mi propio matrimonio durante su último año entero.
Eso, decidí, mientras volvía a la cama sin ninguna intención real de dormir, era exactamente el tipo de dato que Renata habría calificado de "bastante revelador".
Priya me escribió un mensaje a las dos de la madrugada, hora de Florida, sin saber que en Silver Creek ya casi amanecía.
"¿Sigues viva ahí arriba?"
"Viva y aparentemente celosa de una editora de setenta y dos años. No preguntes."
"Ahora sí que tienes que contarme."
"Mañana. O nunca. Todavía no sé cuál de las dos."
No contestó nada más, pero al día siguiente, cuando me desperté, había un segundo mensaje esperando, mandado sin duda entre clase y clase.
"Diana. Que te dé celos alguien es información. Úsala bien."
Dejé el móvil sobre la mesilla sin contestar, pensando que llevaba dieciocho años enseñando a jóvenes de veinte años a examinar sus propias premisas antes de sacar conclusiones, y que quizá había llegado el momento de aplicarme el mismo método a mí misma, aunque solo fuera por una vez.
• • •
Al día siguiente me lo encontré en la tienda de Gus, delante de la nevera de los lácteos, y decidí, sin pensarlo demasiado, tratarlo con la distancia exacta que él había usado conmigo el primer día del acantilado.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
—¿Va todo bien?
—Perfectamente.
Cogió su leche, la pagó, y se quedó un momento junto a la puerta, como si esperara que yo dijera algo más, algo que explicara el tono con el que le había contestado.
—¿He hecho algo?
—No.
—Su "no" suena bastante a "sí".
—Es que a lo mejor no todo gira en torno a usted, Harold.
—No he dicho que girara en torno a mí. Solo he preguntado qué pasaba.
—Pues ya se lo he contestado. Nada.
Gus, detrás del mostrador, fingía ordenar una estantería de latas que llevaba ordenada toda la semana, sin perderse una sola palabra de la conversación.
—Antes del embarcadero apenas me dirigía la palabra —dijo Harold, bajando un poco el tono, como si de pronto le importara que Gus no lo oyera del todo—. Ahora me habla como si le debiera una explicación por algo que ni siquiera sé qué es. Prefiero lo de antes, si le soy sincero.
Eso me dolió más de lo que esperaba, y la sorpresa de que me doliera tanto fue, en sí misma, otra pista que no estaba lista para seguir.
—Pues quédese con lo de antes, entonces.
Se quedó callado un segundo de más, con la bolsa de la leche colgando de la mano, y por primera vez desde que lo conocía me pareció que había herido algo en él que no tenía intención de herir, aunque tampoco supe explicarme por qué me importaba tanto haberlo hecho.
—De acuerdo —dijo, al final, con una voz más apagada que de costumbre—. Buen día, entonces.
Se marchó, y yo me quedé sola delante de la nevera de los lácteos, sujetando un cartón de huevos que no recordaba haber cogido, sintiéndome exactamente tan ridícula como merecía sentirme.
Gus, detrás del mostrador, no dijo nada, aunque su cara decía bastante más de lo que yo tenía ganas de escuchar esa mañana.
• • •
Birdie apareció esa tarde sin táper, lo cual ya era, en sí mismo, una señal de que algo distinto pasaba.
—Harold ha estado cortando leña durante tres horas seguidas. Nunca corta leña durante tres horas seguidas.
—¿Y eso a mí qué me cuenta?
—Se lo cuento porque la última vez que lo vi cortar leña así fue cuando se marchó su hermana, hace dos años, después de una discusión que ninguno de los dos me ha querido contar del todo.
—No hemos discutido.
—Entonces explíqueme por qué en la tienda de Gus lo trató como si le debiera dinero.
Me senté en el escalón del porche, al lado de Birdie, con las manos entre las rodillas, decidiendo si valía la pena explicarle algo que ni siquiera me había explicado bien a mí misma.
—Vi una carta. De una mujer. Alemana. Ingrid, se llama.
Birdie se quedó mirándome un segundo entero antes de soltar una carcajada que no me esperaba en absoluto.
—¿Ingrid Baumann?
—¿La conoce?
—Toda Silver Creek sabe quién es Ingrid Baumann, cariño. Es su editora. Lleva quince años publicándole las traducciones en Múnich. Tiene setenta y dos años y un marido que hace queso.
Sentí que la cara me ardía de un modo que no tenía nada que ver con el frío de fuera.
—Ah.
—¿"Ah"? ¿Eso es todo lo que tiene que decir después de haber tratado a ese hombre como a un extraño por una editora de setenta y dos años?
—No sabía que era su editora.
—No, claro. Prefirió inventarse una historia usted sola, sin preguntar, y castigarlo por algo que ni siquiera existe. Muy propio de una profesora de filosofía, todo hay que decirlo.
El comentario me dolió más de lo que Birdie probablemente pretendía, precisamente porque tenía razón, y porque en dieciocho años enseñando a pensar con rigor a jóvenes de veinte años, yo misma acababa de construir una teoría entera sobre unos cimientos que no existían.
—Tengo que disculparme.
—Sí —dijo Birdie, levantándose y sacudiéndose el abrigo—. Sí que tiene.
Se quedó un momento más en el escalón, mirando hacia el camino que llevaba al puente, antes de añadir algo que no le había pedido.
—Y otra cosa, ya que estamos. La próxima vez que sienta algo raro por un hombre que le devuelve el favor de la estufa con una carta ajena, quizá valga la pena preguntarse por qué le importa tanto, en lugar de fingir que no le importa nada.
—No sé de qué me está hablando.
—Claro que lo sabe, cariño. Solo que todavía no se ha dado el permiso para decirlo en voz alta.
Se marchó calle abajo con las bolsas de la compra que había traído antes, dejándome sola en el porche con el frío entrándome por las mangas y una verdad incómoda instalándose despacio, del mismo modo en que se instala la nieve: sin prisa, pero sin dar ninguna opción a ignorarla del todo.
Esa noche escribí, y luego borré, tres versiones distintas de un mensaje para Harold.
La primera era demasiado formal, la segunda demasiado directa, y la tercera, la que más se acercaba a lo que de verdad quería decir, me pareció tan expuesta que la borré antes incluso de terminar de escribirla entera.
Al final no mandé nada. Apagué el teléfono, subí el fuego de la estufa hasta un punto que probablemente no necesitaba, y me metí en la cama pensando que quizá lo mejor, por una vez en la vida, era dejar que las cosas se resolvieran por su propio peso, sin que yo interviniera con palabras que todavía no estaba segura de saber ordenar bien.