Capítulo 5
Birdie me trajo la invitación en persona, escrita a mano en una cartulina que olía a humo de leña.
—El sábado es la hoguera de otoño. Se hace cada año antes de que empiece a nevar en serio.
—¿Y qué se hace exactamente en una hoguera de otoño?
—Se come demasiado, se bebe más de la cuenta y alguien termina cantando algo que no debería cantar. Lo de siempre.
—No sé si estoy preparada para "lo de siempre" de un pueblo de cuatrocientos habitantes.
—No se lo estoy preguntando, cariño. Se lo estoy comunicando. Traiga algo de postre. Nadie más sabe hacer nada que no lleve alce.
Pasé la tarde del viernes intentando hacer una tarta de manzana con un horno que calentaba de forma desigual y una receta que había buscado en el móvil, con la única barra de cobertura que había en toda la casa, junto a la ventana de la cocina.
Salió torcida, con un lado más alto que el otro, pero olía bien, y decidí que eso ya era más de lo que había conseguido en las últimas seis semanas.
Llegué al descampado una hora antes de lo acordado, porque Nancy me había pedido ayuda para montar las mesas plegables, y me encontré con media docena de vecinos discutiendo animadamente sobre el orden correcto de las mesas, como si de eso dependiera algo más que la comodidad de servirse el guiso.
—Las de comida van cerca del fuego —decía un hombre con barba entrecana que resultó llamarse Walt—. Siempre ha sido así.
—Siempre ha sido así porque tú siempre te sientas cerca del fuego, Walt, no porque tenga ninguna lógica.
—Tiene toda la lógica del mundo. La comida se enfría lejos del fuego.
—La comida se enfría igual esté donde esté, hace menos ocho grados.
Nancy me pasó una mesa plegable sin darme opción a opinar sobre el debate, y entre las dos la levantamos y la colocamos donde Walt había insistido, más por acabar la discusión que por convicción.
—¿Siempre discuten así por las mesas?
—Cada año. Es parte de la tradición tanto como el fuego. —Nancy se sacudió las manos en el pantalón—. El año que dejen de discutir por las mesas, empezaré a preocuparme de verdad por este pueblo.
Terminamos de montar las seis mesas plegables y cubrirlas con manteles de cuadros que olían a naftalina, mientras la gente empezaba a llegar con fuentes tapadas con papel de aluminio y niños que corrían directos hacia la pila de leña que esperaba a ser encendida.
La hoguera estaba en el descampado junto al embarcadero, y para cuando la encendieron ya ardía con la altura suficiente para verse desde la carretera.
Había mesas plegables cubiertas de fuentes, niños corriendo entre las piernas de los adultos, y alguien tocando una guitarra con más entusiasmo que afinación.
—¡La profesora! —gritó Gus desde detrás de una mesa cargada de cervezas, como si llevara toda la vida esperando presentarme a alguien con ese título—. Venga, que le presento a mi cuñado.
Me presentó a su cuñado, y luego a la mujer del cuñado, y luego a un hombre que resultó ser el veterinario del pueblo más cercano, a cuarenta minutos en barca, y que solo bajaba a Silver Creek dos veces al mes.
Todos me preguntaron lo mismo, con variaciones mínimas: si echaba de menos el calor, si sabía ya encender la estufa, si era verdad que casi me había caído al fiordo.
El veterinario, que se presentó como Doug y que llevaba un jersey con un alce bordado en el pecho, me preguntó si echaba de menos algo de Florida en concreto, y tardé un segundo entero en darme cuenta de que la respuesta que me salía de forma natural no incluía ni el calor, ni el mar, ni ninguna de las cosas que se supone que se echan de menos.
—El aire acondicionado —dije, al final, porque era lo único verdadero que se me ocurrió sin sonar demasiado sincera sobre todo lo demás.
—Eso lo entiendo. Aunque aquí tampoco hace tanta falta.
—Fue una exageración del pueblo —dije, por décima vez esa noche, cuando alguien más volvió a sacar el tema del embarcadero—. Resbalé. Alguien me sujetó. Fin de la historia.
—Harold Voss la sujetó —corrigió Nancy, apareciendo con un plato de algo que olía a pescado ahumado—. Eso no es un detalle menor.
—¿Por qué todo el mundo insiste tanto en ese detalle?
—Porque Harold no sujeta nada. Ni platos ajenos en la cena comunitaria, para que se haga una idea.
Busqué a Harold entre la gente sin admitir ante mí misma que lo estaba buscando, y lo encontré al final, apartado del grupo principal, sentado en un tronco junto al fuego, con un vaso de algo caliente entre las manos y la mirada puesta en las llamas con la misma concentración que le había visto poner en sus fichas de traducción.
Nadie se sentaba a su lado. No porque lo evitaran con desprecio, sino con una especie de respeto tácito, como si todos supieran de antemano que el sitio junto a Harold era territorio que él prefería mantener vacío.
Me senté de todas formas.
—Pensaba que odiaba estas cosas.
—Las odio. —No apartó la vista del fuego—. Vengo cada año de todas formas.
—¿Por qué?
—Porque si no vengo, Birdie se presenta en mi cabaña al día siguiente a preguntarme por qué no he venido, y esa conversación es peor que la hoguera entera.
Me reí, más fuerte de lo que pretendía, y varias cabezas se giraron hacia nosotros con una curiosidad que no se molestaron en disimular.
—Nos están mirando —dije.
—Siempre miran. Aquí no hay mucho más que ver.
—A mí me miran más desde que usted me sacó del embarcadero.
—Eso no fue idea mía.
—Ya lo sé. Fue idea del hielo.
Se giró entonces, y por primera vez desde que lo conocía vi algo parecido a una sonrisa completa, breve, casi tímida, como si no estuviera del todo seguro de tener permiso para hacerla.
—Ha traído tarta —dijo, señalando con la barbilla la mesa de postres—. La torcida.
—¿Cómo sabe que es mía?
—Es la única que tiene un lado más alto que el otro. Y la única mesa donde Birdie ha puesto un cartel que dice "de la nueva".
—Qué cariñosa.
—Es su forma de decir que le ha caído bien. Si le hubiera caído mal, no habría puesto ningún cartel. Simplemente habría fingido que la tarta no existía.
Cogió un trozo, sin preguntarme si podía, y se lo comió entero de pie, mirando el fuego, mientras yo intentaba no darle demasiada importancia al hecho de que un hombre que rechazaba invitaciones a cenar de todo el pueblo se hubiera comido un trozo entero de mi tarta torcida sin que se lo pidiera nadie.
—Está buena —dijo, al terminar.
—Está torcida.
—Eso ya lo he dicho yo antes. No hace falta que lo repita como si fuera un defecto.
Un grupo de niños se acercó corriendo, liderados por una niña de unos ocho años con dos coletas que se le escapaban del gorro, y se plantaron delante de Harold con la seguridad de quien ya lo conoce de sobra.
—Harold, cuéntanos algo en alemán.
—No sé cuentos en alemán.
—Cualquier cosa. Que suene raro.
Harold puso los ojos en blanco, como quien ya ha perdido esa batalla otras veces, y dijo una frase larga, con las erres marcadas y las vocales cerradas, que hizo reír a los niños sin que entendieran ni una palabra.
—¿Qué significa? —pregunté yo también, tan curiosa como ellos.
—Significa que si no se van a lavar las manos antes de la cena, Birdie se va a enfadar mucho.
Los niños salieron corriendo hacia el puesto de agua, convencidos a medias de que Harold acababa de revelarles algún secreto importante, y él se quedó mirándolos con una expresión que por primera vez no tenía ninguna reserva detrás.
—Se le dan bien los niños.
—Se me dan bien las mentiras útiles. No es lo mismo.
• • •
A las once, cuando el fuego ya empezaba a bajar y la mayoría de los niños se habían quedado dormidos en los regazos de sus padres, Birdie se acercó con dos tazas de algo humeante y se sentó entre Harold y yo sin pedir permiso a ninguno de los dos.
—¿De qué hablan ustedes dos con tanto secreto?
—De tartas —dijo Harold.
—De hielo —dije yo, al mismo tiempo.
Birdie nos miró alternativamente, con una expresión que dejaba claro que no se creía ninguna de las dos respuestas, y bebió un trago largo antes de hablar de nuevo.
—Harold, ¿ya le has contado a Diana que este año te vas antes a Anchorage por lo del editor?
Algo se me encogió por dentro, una sensación rápida y desagradable que no tuve tiempo de examinar antes de que apareciera.
—No hacía falta contárselo —dijo Harold, con un tono que no invitaba a seguir por ahí—. No es asunto suyo, Birdie.
—Todo es asunto mío. Vivo aquí desde antes de que ninguno de los dos supiera dónde quedaba Alaska en el mapa.
Walt eligió justo ese momento para subirse a un tronco con una guitarra desafinada y anunciar, con la solemnidad de quien va a dar un discurso de Estado, que iba a cantar una canción sobre salmones que él mismo había escrito hacía veinte años.
La canción era mala. Objetivamente mala, con una rima forzada entre "salmón" y "corazón" que se repetía en cada estrofa, y sin embargo todo el pueblo la coreó de memoria, incluidos los niños, incluida Nancy, incluido Gus, que cantaba con una convicción que no merecía la letra en absoluto.
—¿Usted no canta? —le pregunté a Harold, que se había quedado en silencio a mi lado durante toda la actuación.
—Prefiero conservar la dignidad.
—Yo tampoco me la sé.
—No hace falta saberla. Aquí nadie la sabe bien. Es lo que la hace tradición.
Cuando la canción terminó, entre aplausos y un par de silbidos, Birdie se levantó del tronco de al lado, se estiró la espalda con un gesto exagerado, y anunció que era hora de irse antes de que el frío le entrara en los huesos "de verdad, no de mentira".
Harold se levantó también, se sacudió el pantalón —el mismo gesto de siempre, mecánico, como una firma— y se despidió con un movimiento de cabeza que nos incluía a las dos, aunque solo a una de las dos la miró un segundo de más antes de darse la vuelta.
—Buenas noches —dijo, y se marchó hacia la oscuridad del camino, sin linterna, como si conociera cada piedra del sendero de memoria.
Birdie esperó a que se hubiera alejado lo suficiente para hablar de nuevo.
—¿Qué ha sido eso?
—¿El qué?
—Esa cara que ha puesto usted cuando he mencionado Anchorage.
—No he puesto ninguna cara.
—Cariño, llevo treinta y un años viendo caras en este pueblo. La suya decía bastante más de lo que usted cree.
No le contesté. Me quedé mirando el fuego, que ya no era más que brasas rojas y un hilo fino de humo, pensando que Birdie tenía razón en algo que yo todavía no estaba lista para admitir, ni siquiera para mí misma.
• • •
Volví caminando sola, porque había rechazado que nadie me acercara en coche, con la excusa de que necesitaba el aire frío después de tanta gente y tanto ruido. La verdad era más simple: quería tiempo para pensar sin que nadie me mirara pensar.
El camino hasta mi casa pasaba, sin que lo hubiera planeado, cerca del puente que llevaba a la cabaña de Harold, y al cruzarlo vi luz en su única ventana grande, la silueta inclinada sobre la mesa de trabajo, la misma postura de siempre, como si la hoguera de otoño no hubiera cambiado nada en absoluto para él.
Me detuve un momento en el puente, con el frío calándome a través del abrigo, mirando esa luz encendida en mitad de la oscuridad del bosque, y pensé en lo fácil que sería llamar a su puerta con cualquier excusa —devolver un plato, preguntar por el tiempo, cualquier cosa— y en lo poco convencida que estaba de que fuera buena idea hacerlo esa misma noche, con la mención de Anchorage todavía fresca y una sensación en el estómago que prefería no examinar con tanto frío de por medio.
Un búho ululó en algún lugar entre los abetos, un sonido que todavía me sobresaltaba después de seis semanas, y esa fue, al final, la excusa que necesitaba para seguir caminando en lugar de quedarme parada en un puente helado esperando ver si alguien se asomaba a una ventana.
Seguí caminando. La luz de la cabaña se quedó atrás, pequeña entre los abetos, y para cuando llegué a mi porche ya había decidido que lo de esa noche —la cara que había puesto, el nombre de Ingrid, la sensación fría al pensar en Anchorage— era demasiado para resolver antes de dormir, y que ya tendría tiempo de sobra para arrepentirse de no haber llamado a esa puerta.