Capítulo 4
El hielo del embarcadero no se veía. Ese fue el problema.
Llevaba dos semanas en Silver Creek y ya me había acostumbrado a cosas que en Florida me habrían parecido de otro planeta: que el sol se pusiera a las cuatro de la tarde, que Gus me guardara el pan bajo el mostrador porque sabía que a mí me gustaba entero, que Birdie apareciera sin avisar con un táper de guiso de alce que yo comía sin preguntar qué llevaba dentro.
No me había acostumbrado, en cambio, a que las tablas del embarcadero se cubrieran de una capa de hielo transparente, invisible hasta que la pisabas.
Fui hasta allí para ver las barcas volver con la pesca de la tarde, porque Nancy me había dicho que era "lo más parecido a un espectáculo que tenemos por aquí", y porque llevaba días sin hablar con nadie más que con el técnico de la compañía eléctrica, que me había llamado dos veces para decirme que el problema de la luz "se estaba investigando".
Pisé mal. O pisé bien, pero el suelo decidió no estarlo.
La pierna se me fue hacia un lado, el brazo buscó algo a lo que agarrarse y no encontró nada, y durante un segundo entero vi el agua negra del fiordo acercándose desde un ángulo que ningún cuerpo humano debería experimentar de forma voluntaria.
Algo me sujetó del brazo con fuerza suficiente para que me doliera después, tiró hacia atrás, y de pronto estaba de rodillas sobre las tablas de madera, con el corazón golpeándome en los oídos y las manos de Harold todavía cerradas sobre mi antebrazo.
—No se mueva. El hielo sigue ahí.
—No pensaba moverme, créame.
Me ayudó a levantarme, con cuidado, probando el suelo con el pie antes de cada paso, hasta que llegamos a la parte del embarcadero cubierta de sal que Gus esparcía cada mañana.
—¿Está bien?
—Sí. —Me temblaban las manos. Las escondí en los bolsillos del abrigo—. Bien.
—No tiene buena cara.
—Acabo de estar a diez centímetros de caerme a un fiordo helado. Perdone si mi cara no está a la altura de sus expectativas.
Algo en su boca se movió, apenas, y por primera vez desde que lo conocía me pareció que estaba a punto de sonreír de verdad, no esa media mueca de tolerancia con la que me trataba desde el día del acantilado.
—Tiene gracia.
—¿El qué?
—Que la última vez que hablamos, usted pensaba que yo era el que estaba a punto de tirarse. Y ahora la que casi se cae al agua es usted.
—No tiene ninguna gracia.
—Un poco sí.
Le miré. Llevaba un gorro de lana gris que le tapaba las orejas y un abrigo con una manga rota en el codo, cosida con un hilo de color equivocado, como si alguien —él mismo, probablemente— hubiera arreglado el desgarrón sin ninguna intención estética.
Tenía las manos agrietadas por el frío, sin guantes, y todavía me sujetaba el brazo, aunque ya no hacía falta.
Se dio cuenta al mismo tiempo que yo. Retiró la mano rápido, como quien toca algo caliente sin querer.
—Debería sentarse un momento. —Señaló un banco de madera junto al almacén de aparejos—. El susto se pasa antes si se para un rato.
—¿Es un consejo médico o una traducción del alemán?
—Es sentido común. No hace falta traducirlo de ningún sitio.
Nos sentamos. El fiordo, delante de nosotros, tenía ese color imposible entre gris y verde que todavía no me acostumbraba a ver sin sacar el móvil para hacer una foto que luego nunca miraba. Dos barcas entraban a lo lejos, dejando una estela blanca que se deshacía despacio.
—¿Qué traduce exactamente? —pregunté, más por llenar el silencio que por curiosidad real, aunque a los pocos segundos me di cuenta de que sí tenía curiosidad, y bastante.
—Poesía, sobre todo. Algo de narrativa. Ahora mismo llevo dos años con un poeta que nadie ha oído nombrar en este país y que probablemente nadie oiga nombrar tampoco cuando termine.
—¿Y por qué seguir con él si nadie va a leerlo?
—Porque alguien tiene que hacerlo bien antes de que se pierda del todo.
—Lo dijo sin dramatismo, mirando el agua, como quien menciona la hora—.
La mayoría de las traducciones que existen de él son malas.
Alguien decidió en los años setenta que sonaba mejor en inglés si se le quitaba la mitad de las comas, y desde entonces todo el mundo copia esa versión sin comprobar el original.
—Eso suena a algo que le importa mucho.
—Me importa lo que hago. No es lo mismo.
—¿Y qué es lo mismo?
Me miró entonces, de verdad, por primera vez sin esa distancia con la que me había estado observando desde el día del acantilado, y durante un segundo tuve la sensación incómoda de que podía leer con exactitud lo que yo estaba pensando, lo cual era mucho peor que si hubiera sido al revés.
—¿Siempre hace tantas preguntas?
—Di clases de filosofía dieciocho años. Es una lesión permanente.
—¿Y por qué dejó de darlas?
Ahí me tocó a mí mirar el fiordo.
—Recortes. La más nueva se va primero.
—Eso no explica por qué está usted en Alaska.
—Mi tía me dejó una casa. Y en Florida ya no me quedaba nada que valiera la pena quedarse a defender.
No dije lo del divorcio. No dije lo de mi madre contando con los dedos todo lo que había perdido.
Pero algo en cómo lo dije debió de sonar más de lo que pretendía, porque Harold no insistió, y ese silencio suyo, en lugar de resultarme incómodo, resultó ser el primero desde que había llegado a Silver Creek que no necesitaba que nadie lo llenara.
—Gracias —dije al final—. Por lo de antes.
—No hace falta que me dé las gracias.
—¿Por qué no?
—Porque la próxima vez que me vea colgado de un acantilado, seguramente volverá a gritarme que no salte. Estamos empatados.
—No estoy segura de que salvarme la vida y gritarle a usted por error sean equivalentes.
—Depende del punto de vista. —Se levantó, se ajustó el gorro, y por un momento pareció que iba a decir algo más antes de cambiar de idea—. Tenga cuidado con el hielo. No siempre voy a estar en el embarcadero.
Se marchó cuesta arriba, con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás, y yo me quedé sentada en el banco más tiempo del necesario, mirando el sitio exacto donde había estado a punto de caer, pensando que en Florida nunca nadie me había sujetado de nada, ni siquiera cuando se suponía que debía hacerlo.
Esa noche, Birdie apareció con otro táper de guiso.
—Me han dicho que casi se cae al fiordo.
—Las noticias vuelan en este pueblo.
—Las noticias vuelan en cualquier pueblo de cuatrocientos habitantes, cariño. Lo raro sería que no volaran. —Dejó el táper en la mesa y me miró con esa misma inspección de inventario del primer día—. Y me han dicho que fue Harold quien la sacó del agua.
—No llegué a caerme al agua.
—Da igual el detalle. Lo importante es quién estaba ahí para agarrarla.
—No empiece.
—No he empezado nada. Solo he traído guiso.
Pero sonreía de una forma que dejaba muy claro que sí había empezado algo, y que en Silver Creek, donde todo el mundo sabía todo de todos en menos de dos días, mi historia con Harold Voss ya tenía, para el resto del pueblo, un capítulo dos antes de que yo hubiera decidido si quería que lo tuviera.
• • •
En el bar de Gus, dos días después, la cosa había crecido hasta proporciones que no le correspondían al hecho original.
—He oído que la sacó del agua nadando —dijo un hombre en la barra al que no había visto en mi vida, con una cerveza a medio terminar delante—. Con el hielo y todo.
—No hubo agua. No hubo nadar. Solo me agarró del brazo.
—Yo he oído que se tiró él detrás de usted.
—Nadie se tiró detrás de nadie. Estábamos los dos completamente secos todo el tiempo.
Gus, detrás de la barra, sonreía sin disimulo mientras servía otra ronda, disfrutando visiblemente de que la leyenda creciera sin que él tuviera que mover un dedo para alimentarla.
—Es la historia más emocionante que ha pasado aquí desde que el oso entró en la iglesia en el ochenta y nueve —dijo—. Deje que la gente disfrute.
—El oso de la iglesia suena más interesante que mi resbalón.
—El oso de la iglesia no tenía a Harold Voss de protagonista. Usted sí. Eso cambia el interés considerablemente.
Nancy se sentó a mi lado con un café que no había pedido, y me lo puso delante con la misma seguridad con la que ponía las cartas en los buzones de todo el pueblo, como si supiera exactamente lo que cada persona necesitaba sin que hiciera falta preguntar.
—No le haga caso a Gus. Solo está celoso porque a él nadie le pone motes cariñosos en el pueblo.
—Nadie me está poniendo motes cariñosos a mí tampoco.
—Ah, ¿no? —Nancy levantó las cejas, con una expresión que dejaba claro que sabía algo que yo todavía no—. Pregúntele a Birdie cómo la llama ya la señora del bazar.
No pregunté. Preferí no saberlo esa misma tarde, aunque una semana después me lo dijo la propia Birdie sin que se lo pidiera, con la misma naturalidad con la que anunciaba el parte meteorológico.
—La llaman la Filósofa del Hielo.
—¿Perdón?
—Por lo del embarcadero. Y porque todo el mundo sabe ya que fue usted profesora. En este pueblo los motes se ganan rápido y no hay forma de devolverlos.
—Preferiría que no me llamaran de ninguna manera.
—Podría ser peor. Al anterior dueño de su casa lo llamaban el Loco del Salmón, y eso que llevaba veinte años muerto cuando yo llegué al pueblo.
Terminé el café que Nancy me había puesto sin preguntar, con el bar entero a mi alrededor discutiendo los detalles de una historia que ya no me pertenecía del todo, y pensé que en Florida nadie me habría puesto un mote en toda la vida, y que quizá eso, más que el frío o la oscuridad o los mapaches, era la diferencia real entre los dos sitios.